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CAPSULA CULTURAL... LA BATALLA DE OJINAGA

Por el Profr. Raúl Juventino Juárez 

Cronista de la ciudad de Ojinaga

Consejero Cultural de 3 Siglos 3 Fiestas A.C.

Hacía un frío  que calaba hasta los huesos. Los belfos de los caballos temblaban y de sus hocicos salían sonidos estruendosos acompañados de un vaho que formaban pequeñas neblinas. La gente de a caballo se encorvaba sobre la cabalgadura tratando de  cubrir su cuerpo con un zarape de lana, buscando oponer la menor resistencia al viento. Todos iban en formación militar por el lomerío de La Mula con dirección a San Juan, muy cerca de Ojinaga. Pancho Villa cabalgaba al frente a corta distancia de los exploradores que iban señalando el camino, siempre a corta distancia de la Sierra de Matazaguas. La guardia personal perfectamente uniformada, con los mejores rifles y con suficiente parque para un ataque sorpresa, cabalgaban dejando una estela de polvo  que se divisaba desde lejos. Un día antes Pancho Villa había enviado a las Brigadas Hernández y Herrera a El Mulato para que desde ahí se dirigieran a Ojinaga para el combate. No consideró prudente concentrarlas en San Juan por la carencia de víveres y de alimento para los caballos, pero también como estrategia para que se confiaran los huertistas.

Salvador Mercado  enfundado en su mackinof verde olivo se encontraba apostado en la parte alta del vetusto cuartel militar que estaba junto a la Iglesia de Ojinaga y con sus catalejos alcanzaba a distinguir la polvareda que levantaba la columna de Pancho Villa. No distinguía con precisión cuántos eran, pero alcanzó a ver que eran pocos y respiró aliviado.  Militar como era, Mercado no debía tener miedo, sin embargo cuando vio la polvareda imaginó a una enorme columna de villistas, presagió que lo acorralarían en esta pequeña población fronteriza. Aspiró profundo una bocanada de aire como queriendo darse ánimo y bajó a prepararse para el asedio de la ciudad que estaba bajo su mando. Sabía perfectamente que la batalla no tardaría en presentarse, la incógnita que bullía en su mente era de cuándo y cómo sería esta batalla. De lo que si estaba seguro era que esta sería la decisiva, la de ganar o morir en el combate.

Pancho iba callado, con la mirada perdida en lontananza tratando de escudriñar lo que había más allá de aquellas lomas pelonas llenas de fósiles marinos que se recortaban en el horizonte. La Muñeca, su yegüa favorita a la que todo mundo conocía como Siete Leguas,  caminaba con paso seguro y lista  a obedecer la rienda  de su amo.  Desde hacía muchos años que no llovía y la tierra estaba suelta, hecha polvo, casi talco. Los que iban adelante no sufrían tanto como los que iban atrás que tragaban tanto polvo que los hacía estornudar constantemente.

Cuando ya habían recorrido más de la mitad del trayecto, Pancho Villa llamó a tres de sus más cercanos colaboradores y a galope tendido se dirigió a un cerrito al que llamaban Picachos desde donde se divisaba Ojinaga. En una ladera cubierta de guame se apostaron en los caballos y escogieron un lugar adecuado para observar.  Pancho Villa sacó los miralejos que siempre traía en la maletilla izquierda de su montura y alcanzó a ver los techos de las vetustas casonas de Ojinaga, las murallas del cuartel militar y al fondo el techo de la Iglesia. Se veía movimiento en el edificio militar y en las viejas casonas de adobe de la ciudad. Daba la impresión de que estaban subiendo armas a los techos. También se veía una columna humana que iba y venía al río como si trataran de cruzar a Presidio, Tex.

Rápidamente bajaron del cerro y a galope se  incorporaron a la columna. No tardaron en divisar las goteras de Ojinaga y dando un rodeo se dirigieron al oeste pasando por las labores  de Dolores y El Ancón para luego llegar a las tierras labrantías de San Juan.

Cuando llegaron al Río Conchos, la gente se dispersó para dar agua a los caballos. Luego pasaron el río de manera muy sigilosa y para cuando menos pensaron ya estaba Villa al pie de un enorme álamo que ya había tirado sus hojas. De un salto bajó del caballo, cortó una rama seca de zacate Jhonson  y se sentó en una prominente raíz que le sirvió de asiento. Hizo llamar a Toribio Ortega y a Pánfilo Natera que ni cuenta se habían dado de que Villa ya estaba ahí, a unos cuantos pasos de la Hacienda. Nerviosos y con bastante temor, aprisa llegaron a donde Villa se encontraba. Cuando estuvieron ante la presencia de Centauro, vieron como masticaba una caña de alguna hierba, observaron como de un mordisco había trozado una parte de la planta y con saña masticaba como si fuera caña amarga pero necesaria, señal inequívoca de que estaba enojado. Levantó la vista y a quemarropa les espetó

_Así que me tienen malas cuentas muchachitos__

Pero no les dio tiempo  a que se justificaran, inmediatamente les continuó diciendo.

__No hicieron las cosas como les indiqué, empezaron a competir entre ustedes y descuidaron el ataque. No es posible que en tantos días no hayan podido tomar Ojinaga. ¿No recuerdan lo que les dije cuando salieron de Chihuahua?... Pero no se preocupen, aquí está Pancho Villa  que viene a decirles como se hace una batalla.

Después de recibir las primeras recriminaciones de su jefe, pero reconfortados por su presencia, se dirigieron todos  a la Hacienda. Iban cabizbajos porque de alguna manera se sentían avergonzados porque no le tenían  buenas cuentas a su jefe. Por más de quince días habían estado tratando de darle la batalla al General Salvador Mercado que con más de cinco mil hombres defendía la Villa de Ojinaga. Le habían tendido un cerco a la ciudad empezando en las Lomas de la Juliana, el Chaparral y en un arco envolvente se habían apostado en las lomas de Cañada Ancha y  por el lado que da a San Francisco. Sin embargo no habían podido entrar a la población porque una y otra vez fueron rechazados por la gente de Salvador Mercado. Quince días de intensos combates no habían sido lo suficientemente efectivos para derrotar a los huertistas. Para reorganizarse habían decidido replegarse y escogieron la Hacienda de San Juan porque era el lugar estratégico para reponerse de las derrotas.

La Hacienda era una construcción de adobe de gruesas paredes que tenía el frente para el lado del pueblo. Ubicada en una pequeña meseta que dominaba todo el caserío, no había nada en el pueblo que no se visualizara desde la vieja casona. Pasaron a una sala grande de aproximadamente 8 por 10 metros. Al fondo se veía un pasillo y a los lados habitaciones de cuatro por seis que habían sido ocupadas por la gente de Toribio Ortega y de Pánfilo Natera. A una seña de Pancho Villa todos los jefes de brigada se acercaron para escuchar las indicaciones.

Sin sentarse y recorriendo de uno a otro lado la sala, Villa fijó la mirada en cada uno de sus muchachitos, como él les llamaba. Antes de pronunciar palabra, fue recorriendo lentamente los rostros de cada uno de los ahí reunidos, como queriendo penetrar hasta lo más recóndito de la mente para saber sus pensamientos. Todos sintieron un ligero escalofrío cuando tuvieron la mirada fija en su rostro. Sin duda alguna que no le  tenían miedo al combate, pero sí tenían miedo a la reacción que pudiera tener su guía y máximo exponente de la Revolución Mexicana.

Por fin, de sus labios salieron las palabras como si le dictara a una secretaria.

“Jefes y soldados de la libertad: he venido a cumplir con mi deber, vengo a que tomemos Ojinaga. Traigo la Brigada Hernández y la Brigada Herrera, y espero que ustedes cumplirán con las órdenes que les voy a dictar aquí, a grito abierto, para que todos las oigan y nadie se equivoque”.

“Mañana marcharemos a las ocho de  la mañana en correcta formación, colocaremos la línea de fuego a distancia, que no la batan los cañones del enemigo. Al quererse venir las sombras de la noche, todas las brigadas coronarán la ciudad y en formación de infantería penetraremos hasta el centro del pueblo. De coronel a subteniente les pertenece arrear la tropa, y tanto el jefe como el soldado que dé un paso atrás, inmediatamente pasarlo por las armas, para que así, tanto se liberte al último soldado como el primero de los jefes. El hombre de vergüenza siempre entra adelante y el cobarde tiene que presentar valor o quedar sepultado para siempre. Así pues,  voy a dictarles los puntos finales del ataque, de los que estarán ustedes muy pendientes, por ser de suma importancia: seña, Juárez; contraseña, fieles.”

“Todo mundo entrará al combate sin sombrero y cuando estemos revueltos con el enemigo, ya sea a la lucha o a la pistola, espero que tengan el suficiente corazón para que no nos matemos unos a otros, hasta que les sea dada  la seña particular. Cuando uno de ustedes le ponga el arma en el pecho a otro, le preguntará ¿Qué número? Y si es de los de nosotros, en secreto contestará: “uno”. Y si ese número no se contestare, inmediatamente harán fuego. En hora y media tenemos que tomar el pueblo y todo oficial o soldado que encuentre yo que no entra en la batalla, tiene la pena de muerte. Ahora pregunto a los jefes y soldados: ¿Están ustedes contentos con las órdenes que he dictado?”

Todos a grito abierto contestaron: ¡Sí!

Quién demonios iba a decir que no. Pobre de aquél que diera muestras de cobardía. Sin duda esa sería su última acción en este mundo.

Acto seguido se dispersaron los jefes por toda la Hacienda y una algarabía empezó a subir de tono. El sonido de los mosquetones dominaba el ambiente. Algunos cortaban cartucho para probar sus carabinas, otros amartillaban las pistolas y lentamente dejaban caer el percutor para que no disparara, sólo como maniobra para  probar que no estuviera encasquillada. Algunos más con el sombrero caído sobre la espalda, levantaban su 30-30 con la mano izquierda en señal de que estaban listos para el combate. La humareda se levantaba en distintas partes de la hacienda, algunas mujeres del lugar echaban sus últimas tortillas sobre el comal y  los frijoles saltaban entre los jarros de barro como chapulines queriendo escapar de la chamusquina.

Después de darle agua y comida a los caballos, cada uno de los jinetes se fue acercando a la fogata donde se preparaban los alimentos. Con la mano izquierda tomaban una tortilla de maíz, la doblaban por la mitad y a manera de taco la rellenaban de frijoles graneados, les espolvoreaban un poco de sal y la saboreaban como el mejor manjar que hubieran comido en su vida. ¿Cuándo volverían a comer tranquilamente? Nadie lo sabía, así es que disfrutaban esos momentos porque pudieran muy bien ser los últimos que tuvieran en mucho tiempo.

Poco a poco cada jefe fue reuniendo a su gente. Las Brigadas Villa y Cuauhtémoc fueron las primeras en estar listas para emprender la travesía hasta Ojinaga. Después estuvieron listas las Brigadas Morelos y la Brigada Juárez. De pronto los llanos blancos de El Ancón se cubrieron de villistas. Enormes filas de revolucionarios caminaban en perfecta formación rumbo a Ojinaga. Pasando la ranchería de El Ancón, unos pocos subieron por unos cerros que por el lado oriente mostraban unos bellos paredones de formas caprichosas que le dan un aspecto muy peculiar al paisaje desértico. Desde lo alto se divisaba perfectamente la ciudad  de Ojinaga. No se necesitaba de binoculares para darse cuenta de lo que allá sucedía. A escasos metros, el Río Conchos se deslizaba mansamente con muy poco agua y a unos dos kilómetros la orilla de la ciudad.

Más adelante las columnas de revolucionarios se concentraron en el punto conocido como Las Vegas para pasar el río. Por última vez dieron agua a los caballos y se aprestaron a entrar en batalla tal y como Villa les había indicado. No sería una batalla abierta, con el pecho descubierto y el corazón por delante. No. Esta sería una batalla de inteligencia, de estrategia militar, de sembrar el terror en corto tiempo para obligar al enemigo a rendirse. O a huir hacia Presidio, Texas en caso de que cundiera el pánico.

Ya estaba cayendo la tarde y el frío húmedo del río y de las labores empezaba a calar profundo. Algunos no muy bien abrigados temblaban de pies a cabeza. ¿Sería que el miedo y el frío se juntaban para apropiarse de los esqueléticos cuerpos de aquellos desventurados rancheros convertidos por azares del destino en soldados de la revolución?

En cuanto las primeras sombras de la noche empezaron a cubrir los alrededores de Ojinaga, ya los hombres estaban con el sombrero echado hacia atrás para que con las prisas no se les fuera a olvidar la señal. La artillería al mando de Martiniano Servín estaba emplazada en las lomas de Cañada Ancha apuntando hacia la Iglesia y el cuartel militar. Los cuidadores estaban perfectamente distribuidos desde la bajada de San Francisco, Cañada Ancha, el Chaparral  y los cerros al oeste de la Juliana. Cada uno tomando la rienda de diez caballos que estarían listos para una eventual retirada. Los Dorados de Pancho Villa situados a la retaguardia listos a cobrar con imperturbable ánimo la vida de cualquier cobarde que quisiera huir o retroceder. Nadie, absolutamente nadie tenía que hacerse maje, dar muestras de cobardía o intentar huir porque  invariablemente se encontrarían con la boca de los fusiles de los Dorados que apuntaban sin cesar.

Toribio Ortega con la Brigada González Ortega se había posicionado por el lado de Cañada Ancha, Pánfilo Natera lo hacía por el lado de La Juliana, José de la Cruz Sánchez por el lado del Chaparral y José Rodríguez por el lado de la subida de San Francisco.

Mientras tanto, en el cuartel militar, El General Salvador Mercado discutía con Pascual Orozco, con Francisco Rojas, con Blas Orpinel, con Marcelo Caraveo y otros jefes colorados y huertistas. No se ponían bien de acuerdo en cuanto a la estrategia porque dentro de las filas había todo un abanico de ideas y de ideales. Desde los muy leales a Huerta, hasta los que seguían a los Flores Magón. También en este lado de la revolución frecuentemente se disputaban el mando de la tropa. Salvador Mercado era el General en Jefe, oficial de carrera por decirlo de alguna manera. Los demás habían sido revolucionarios y por desacuerdo con las estrategias y objetivos, se habían separado de sus compañeros de lucha y se habían unido a sus primeros enemigos.  Pero cada uno mandaba a su propia gente. Cada uno traía sus propios seguidores. A veces obedecían en grupo a Salvador Mercado, pero en ocasiones  sólo hacían lo que su jefe colorado les indicaba.

Antes de entrar en combate, Pancho Villa recorrió toda la línea de tiradores. Con su escolta personal recorrió cada Brigada, arengó a cada Jefe, dio instrucciones en voz alta para que todos lo escucharan que esta batalla sería a muerte. Usaba el lenguaje simple y llano de la gente del campo.  Eran unas cuantas palabras pero suficientes para que entendieran que aquí se jugaban la vida y los ideales de la revolución.

En su recorrido revisando las brigadas, Pancho Villa emparejó su caballo al de Toribio Ortega que revisaba a los valientes de Cuchillo Parado que le eran fieles a morir, se acercó  y mirándolo de frente le dijo: “amiguito, no quiero que vuelva a fallarme, los más de quince días que ya llevan tratando de tomar Ojinaga, no lo han podido lograr porque no se han puesto de acuerdo. Usted le ha estado estorbando a Maclovio en toda la campaña. Sus caprichitos y su celo han hecho que hayamos perdido mucha gente y hasta tuve que venir personalmente a dirigir la batalla porque ustedes no han podido con estos pelones. Bien claro les dije cuando salieron de Chihuahua el 15 de diciembre, que no quería desavenencias entre ustedes. Usted tuvo la oportunidad de ser el Jefe de estas operaciones y le cedió el lugar a Maclovio Herrera así que ahora se aguanta. No quiero errores ni reclamos. Esta batalla es la decisiva para la Revolución Mexicana. Con que ya sabe, la próxima no se la perdono”.

Villa sabía perfectamente que de esta Batalla de Ojinaga dependía el destino de la Revolución. Con la toma de Ciudad Juárez, sus bonos  se habían ido hasta el cielo. Ya no era el bandido incorporado a la revolución por accidente. Ya tenía bien firme los ideales que defendía y cómo conseguirlos. Ya no era el segundón de la Revolución. No. Para nada. Era ya todo un personaje cuya figura se extendía más allá de las fronteras e inclusive de los mares. Su foto ya aparecía en los principales diarios del mundo. Ya lo asediaban constantemente los reporteros, los fotógrafos y hasta las incipientes compañías cinematográficas. De las entrevistas que había concedido en Ciudad Juárez y El Paso, Tex. había salido bien librado. Junto con él viajaban rumbo a Ojinaga los camarógrafos de la Mutual Film Corporation que con él habían firmado un contrato para filmar la tan esperada batalla.

Por alguna razón esta acción bélica de Ojinaga había despertado la curiosidad del mundo, pero principalmente de los Estados Unidos. El mismo presidente de esta nación estaba al tanto de lo que ocurría diariamente en la frontera sur. Todos los días los reporteros y fotógrafos de El Paso Herald y El Paso Times llenaban sus páginas con los acontecimientos de la frontera. En el mes de diciembre de 1913 y lo que llevaban del mes de enero de 1914, las noticias llegadas desde Ojinaga llenaban las principales páginas de sus diarios. Tanto que hasta rebasaron con mucho las noticias de la guerra con Japón.

Con los informes que recibían de sus cónsules y de lo que publicaban los periódicos, vigilaban paso a paso lo que Villa y sus tropas hacían en esta frontera. Todo lo conocían a la perfección. Hasta sabía qué  y con quien conversaba Villa. Por eso cuando Villa salió de Ciudad Juárez, ellos enviaron a un contingente militar numeroso a Presidio, Tex. para vigilar la frontera. Traían médicos y enfermeros, tiendas de campaña, víveres, forrajes y todo lo necesario para una prolongada estancia. Se asentaron en la parte norte del poblado de Presidio, pero acondicionaron la escuela y la iglesia como hospitales.

Los estrategas militares sabían que a los huertistas no les quedó otra salida que venirse a refugiar a Ojinaga porque Torreón había caído en poder de los revolucionarios y con la toma de ciudad Juárez, la única posibilidad de escape era la frontera.

En las calles angostas de Ojinaga  y de altas casas de adobe, había un caos inusitado. Todo mundo corría de un lado para otro. Los zapadores huertistas cavaban fosos alrededor de la ciudad, otros castigados levantaban barricadas en las calles, muchos se subían a las azoteas y acomodaban sus ametralladoras. La parte más alta de la ciudad era el techo de la iglesia y allí se subieron alrededor de 25 soldados bien municionados. Con la penumbra de la oscuridad parecían  zopilotes buscando un lugar donde pasar la noche. Otros más se habían subido a los techos de la Presidencia Municipal y el resto estaba acomodado en la azotea de la casa grande de don Bibiano Jiménez.

El General Salvador Mercado tenía su puesto de operaciones en el cuartel militar. Desde ahí daba órdenes, instruía a sus subalternos y trazaba la estrategia de la batalla. Pascual Orozco,  Marcelo Caraveo y José Inés Salazar, traían sus propias tropas compuestas por puros colorados. Es decir gentes que se habían levantado en ciudad Guerrero el 19 de noviembre apoyando el Plan de San Luis, que habían abrazado las ideas liberales de los hermanos Flores Magón y que aprovecharon el descontento de la gente para impulsar sus ideas anarquistas. Toda la gente les tenía el mote de colorados, aunque la mayoría de los revolucionarios no sabían bien a bien que era lo que buscaban. Sólo sabían que  usaban como distintivo un listón rojo en sus sombreros y para no meterse en cuestiones ideológicas simplemente les decían los colorados. De alguna manera estos jefes no obedecían institucionalmente a Salvador Mercado, sino que se unían a él para defenderse de los villistas que se habían convertido en enemigos a raíz de los desacuerdos con Don Francisco I. Madero, pero frecuentemente chocaban en sus puntos de vista. Como quiera el objetivo central se imponía y se mantenían hasta cierto punto unidos.

Ese 10 de enero de 1914, la situación en Ojinaga era ya muy tensa. La gente de Salvador Mercado no podía controlar a sus subordinados que desde antes de la batalla, empezaban a esconderse y buscaban afanosamente llegar al río para pasarse a Presidio, Tex.

Para obligarlos a no abandonar el campo de batalla, Mercado concentró a las mujeres en el cuartel militar y no les permitió salir de ahí sin su autorización. Así los soldados por no abandonar a su “vieja” se vieron obligados a permanecer en la línea de combate. Hubo ocasiones en que pistola en mano tuvo que detener a algunos que ya iban corriendo por la bajada de Los Carretones. Otros bajaban la loma de los Paredes y se iban resbalando por la ladera como si  fueran en costales de manta. En cuanto llegaban al río aventaban el arma  y se quitaban la camisa militar para no verse comprometidos, con la esperanza de que los confundieran con parroquianos que huían de sus casas.

Hacía un frío infernal, pero ni eso los detenía. Ya dentro del río sentían el agua calientita y no sabían si era por su deseo de librarse de la batalla o porque  esa agua les representaba su permanencia en la tierra. Salían del río unos por la “bomba” de los Barriga y otros por el lado de Puerto Rico, todos tiritando de frío, con una tronadera de dientes que parecían matracas descompuestas. Para esas horas ya los esperaban los Rangers en el lado americano que habían tendido un cerco paralelo al río y nomás estaban casando huertistas como si fueran conejos asustados. Los conducían en grupos compactos desde la orilla del río hasta una alambrada que tenían por el norte del pueblo. Ahí los metían en una área cercada con alambre de púas, les daban indicaciones de dónde tenían que permanecer. Les daban café calientito para que se quitaran el frío y les proporcionaban zarapes para que se abrigaran y después los alojaron en cientos de tiendas de campaña para que pasaran la noche.

Serían como las 9 de aquella fría noche del 10  de enero de 1914, cuando empezó la gran Batalla de Ojinaga. Pecho a tierra los soldados de la revolución avanzaban protegiéndose entre los guames y los mezquites. Los arroyitos que se forman antes de llegar a la meseta donde se asienta la ciudad, eran lo único que les servía de muralla para protegerse de las balas de los huertistas. Como lagartijas panteoneras iban llegando poco a poco a las primeras casas de la ciudad. Cada revolucionario llevaba su dotación de parque para su 30-30, dos cartuchos de dinamita fajadas a la cintura y una pequeña barreta de fierro con punta cónica por un lado y por el otro a manera de hachuela. La pistola bien fajada al cinto lista para disparar cuando ya entraran a la ciudad.

La señal para abalanzarse sobre el enemigo sería un cañonazo. Así lo hizo Martiniano Servín que ordenó que el primer blanco fuera la pared oeste de la Iglesia, ya que había visto que ahí se encontraba un buen número de huertistas. Los primeros en llegar aventaron  cartuchos de dinamita a las azoteas de las primeras casas. Grandes boquetes se abrieron por donde entraban y amagaban a los que se encontraban adentro. Al grito de ¿quién vive? Y al obtener una respuesta diferente a la clave que les habían dado, les soltaban un plomazo sin misericordia ninguna. La disyuntiva era matar o morir.

Por el lado de San Francisco subía una marea humana pegados a la tierra, avanzando con los codos y empujándose con las puntas de los pies. Parecían iguanas arrastrándose por las laderas de aquella parte de la ciudad. Como era de noche sólo se oía el arrastrarse de su cuerpo. Siempre con el sombrero a la espalda y lista la pistola, avanzaban sin voltear para atrás. No querían encontrarse con la boca oscura de la pistola de un Dorado. Había que seguir para adelante, siempre para adelante topara en lo que topara. Continuaban cercando las casas, aventando cartuchos de dinamita a los techos de las humildes viviendas. Las gruesas paredes de adobe estallaban como polvorón de harina. Por ahí penetraban los soldados de la revolución en grupos de tres o cuatro. Si alguno había quedado vivo después de la explosión, ahí lo remataban sin misericordia alguna. Pasaban a las otras piezas de la casa y salían por la puerta que daba a la calle, donde una marea humana corría en dirección al Río Bravo. Todo era cuestión de apretar el gatillo para que los huertistas cayeran como soldaditos de plomo.

La gente de Pánfilo Natera que entraba por  el lado de la Juliana, era la que se había retrasado un poco más porque la distancia de las lomas a la orilla de la ciudad es de poco más de un kilómetro. Pero en cuanto llegaron a la orilla de la loma, subían agazapados por la ladera y con los ojos pelones tratando de adivinar lo que había más adelante. Ni  el intenso frío sentían. No había tiempo para eso. De los techos de las casas y por los huecos de las ventanas, salían fogonazos que iluminaban la noche como fuegos pirotécnicos. A veces se oía el ruido seco de una bala que atravesaba el cuerpo de un compañero y los gritos de dolor que seguían a la caída estrepitosa de su humanidad. A la luz de los disparos se iban orientando a donde tenían que pegarle primero. Algunos atrevidos se subían como gatos a las azoteas y desde ahí empezaban a tumbar huertistas a diestra y siniestra. Despejado el camino de las primeras casas, los otros avanzaban con mayor rapidez.

Salvador Mercado y  Francisco Castro, Blas Orpinel, Manuel Landa, Cayetano Romero, José Inés Salazar, Félix Terrazas y Alberto Aduna dirigían el combate ahora desde la punta de la loma que está por el noreste de la ciudad. Tenían previsto desde mucho antes, presentar alguna resistencia a los villistas, pero en su mente estaba la de entregarse a los norteamericanos con el pretexto de salvar la  vida  de sus compañeros.

Pascual Orozco, Antonio Rojas y Marcelo Caraveo se batían con verdadero arrojo. Montados en sus caballos recorrían las trincheras, alentaban a sus seguidores a vender caras sus vidas. Entre ellos nunca existió la idea de pasarse al lado americano para salvar sus vidas.  Por eso las diferencias con Salvador Mercado que desde que emprendió el camino hacia Ojinaga, ya bullía en su mente la idea de cruzarse a los Estados Unidos si las cosas se ponían difíciles. Por el contrario, Orozco, Rojas y Caraveo, como buenos “colorados”, no tenían buenos conceptos de los norteamericanos y sabían que estos tampoco les tendrían consideración alguna.  Por eso eran los más interesados en pertrechar el pueblo, en arengar a su gente para que a toda costa defendieran la ciudad o habrían de perecer en el intento. Estos formaban un grupo más compacto, traían más clara la idea de lo que estaba en juego, sabía lo que les esperaba si caían en manos de la gente de Pancho Villa.

Esta mezcla de intereses y de ideales,  era lo que le dificultaba a Salvador Mercado tener una sola voz de mando. Las intrigas y las desavenencias eran tan comunes que hubo ocasiones en que había dos generales en jefe al mismo tiempo.

Salvador Mercado recorría a pie la ciudad más que dando órdenes mascullando palabrotas contra sus subalternos que no podían controlar a la gente que se les estaba escabullendo rumbo al río. Marcelo Caraveo, Francisco Rojas y Pascual Orozco al frente de los aguerridos colorados, desde su cabalgadura arengaban a su gente para que no tuviera miedo. Revisaban los fosos cavados por el Barrio de El Chamizal y por la Bajada de los Carretones. Se aseguraban de que no les faltara parque, pero sobre todo de que no les temblaran las corvas a la hora de la verdad. No era lo mismo una batalla donde ellos eran los de la ofensiva, a estar esperando pacientemente al enemigo. Sobre todo dada las características de Ojinaga que estaba asentada en una pequeña meseta y desde lejos se podían observar los movimientos.

Villa había ordenado dejar libre la salida por el Barrio de los Carretones por la experiencia adquirida en Ciudad Juárez. Sabía que si colocaba a su gente en esta parte de la ciudad, las balas que cruzaran ambos bandos podían ir a alojarse en territorio norteamericano y eso Villa bien sabía las consecuencias. Por eso el cerco sólo formaba como una herradura que dejaba libre el espacio del Río Bravo. Pero también lo hacía con toda intención de que al verse invadidos por el miedo de enfrentarse a él, tuvieran una opción de escape.

La gente de Villa avanzaba de casa en casa, con la rapidez de un asalto. Los de caballería venían atrás rematando lo que quedaba de pie. En la retaguardia venían los Dorados de Villa asegurándose de que nadie diera un paso atrás. Miles y miles de hombres a pie y a caballo fueron avanzando de sur a norte y de oeste a este.

Después de una incipiente defensa, en franca desbandada la gente de Salvador Mercado corrió despavorida hacia el río y hasta sus oídos les llegaba los gritos de ¡Viva Villa!. Sentían tan cerca las voces que muchos se tropezaban y caían de bruces mordiendo la tierra y escupiendo el miedo. Los que pudieron se levantaron y nuevamente emprendieron veloz carrera y sin ver hacia atrás se lanzaban al río tratando de salvar sus vidas.

En medio de la confusión, Chico Lares, un jovencito de 16 años que ya había dado muestras de valor a tan temprana edad, se desprendió de la columna que recorría la ciudad revisando el campo de batalla, se dirigió en veloz carrera a la iglesia y  echó al vuelo las campanas en señal de que  el pueblo había quedado libre de huertistas  y que la Batalla  de Ojinaga se había ganado. Villa molesto por esta acción no ordenada, preguntó por el nombre de aquel jovencito y lo llamó para regañarlo, pero entusiasmado por la valentía, lo animó a que siguiera con el repique de las campanas.  El ¡Viva Villa! se escuchaba en toda la ciudad, los gritos y los disparos de fusiles quebraban el aire y el olor a pólvora y a muerte se quedaron para siempre en esta frontera que había librado una de las batallas decisivas para el triunfo de la Revolución Mexicana.

NOTA:

El 10 de  enero de 1914, Pancho Villa tomó Ojinaga a sangre y fuego. Para conmemorar este importante acontecimiento, este sábado 14 de enero será la segunda ocasión en que se lleve a cabo la escenificación de esta Batalla en el Zócalo Municipal y en el Atrio de la Iglesia, más o menos a la misma hora en que se llevó a cabo en aquella fecha. La Presidencia Municipal de Ojinaga, el Instituto Chihuahuense de la Cultura, el Comité Ciudadano Tres Siglos Tres Fiestas, El Grupo Teatro sin Fronteras  y muchos ciudadanos comprometidos con el rescate de nuestros valores históricos, unieron esfuerzos para hacer posible la recreación histórica de tan significativo acontecimiento revolucionario.

 
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