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CASTULO HERRERA FUE UNO DE LOS JEFES MADERISTAS DE CHIHUAHUA

La lucha en Chihuahua se había iniciado en ausencia de Madero antes del 20 de noviembre y el presidente Porfirio Díaz había enviado al general Juan Hernández con 10 mil hombres para sofocarla. Ningún líder conocido aparecía a la vista pero los recuerdos que el Gobierno tenía de la oposición en Chihuahua cuando la rebelión en Tomochic eran amargos. Tomochic era una ex colonia militar en donde cada hombre guardaba en su casa una carabina Winchester de repetición que sobrepasaba en capacidad de fuego a las armas del Ejército Federal y que les habían acompañado en la guerra contra los apaches. Esa vez en Tomochic mil doscientos soldados federales no fueron capaces de doblegar a cien hombres quienes les infligieron numerosísimas bajas antes de morir.

Así las cosas, don Abraham González, un respetable opositor contactó a Pascual Orozco, un transportista de mineral, quien pronto demostró dotes como jefe militar. También tuvo un encuentro inusual con Francisco Villa, un hombre desconocido con antecedentes de ser un forajido, cuyo nombre de guerra trascendería comandando la División del Norte, un Ejército de más de 50 mil hombres.

En la fría madrugada del 20 de noviembre el grupo de hombres reunidos en el pequeño rancho de La Cueva Pinta, escucharon la lectura del Plan de San Luis y luego eligieron a Cástulo Herrera líder del Sindicato de Caldereros como jefe militar y a otros cuatro de segundo nivel, entre quienes estaba Francisco Villa.

El historiador Friedrich Katz, biógrafo de Villa, relata el encuentro de don Abraham González con Villa: habían acordado, dice, reunirse en una hora después del anochecer en el local del Partido Antireeleccionista en la Ciudad de Chihuahua. Cuando González llegó se encontró con dos hombres cubiertos con sarapes que lo esperaban en la oscuridad y sin darse la mano, hizo ademán de sacar de la bolsa trasera los cerillos para encender la lámpara de petróleo, al poner luz en la mecha y ver de reojo se encontró con dos pistolas apuntándole a la cabeza y la inconfundible sonrisa de Villa detrás de ellas.

El 17 de noviembre, tres días antes de unirse al grupo de hombres armados que comandaba Cástulo Herrera, Villa y un grupo de 14 hombres que había reclutado, principalmente entre quienes habían sido sus socios cuando se dedicaba al abigeato, atacaron la hacienda de Chavarría para obtener dinero, caballos y víveres. Para entrar en la hacienda tuvieron que abrirse paso a balazos y matar a su administrador, Pedro Domínguez, que intentó presentar resistencia.(1)

El 21 de noviembre, Herrera, Villa y sus hombres ocuparon la antigua colonia militar de San Andrés sin hallar oposición activa. Ese mismo día, a Villa le llegó la noticia de que un tren que transportaba tropas federales se dirigía al pueblo. Con un pequeño grupo de hombres, Villa se atrincheró en la estación y, cuando los soldados empezaban a descender del tren, los revolucionarios abrieron fuego. El capitán Yépez, que comandaba las tropas federales, cayó muerto, al igual que varios de sus hombres, y los supervivientes se retiraron.

En términos militares, fue un choque de menor importancia, pero su impacto psicológico fue enorme. Por primera vez los revolucionarios se habían enfrentado a los federales y los habían obligado a retirarse. Cientos de voluntarios, principalmente de San Andrés, pero también de los pueblos circundantes, se unieron al ejército revolucionario. El contingente de Herrera y Villa pronto llegó a los 325 hombres. En teoría, Herrera era su comandante. En la práctica, Villa asumía cada vez más funciones de jefe. Herrera había sido un buen político pero no era un jefe militar y se mostró incapaz de controlar a sus hombres.

Cuando su contingente entró en San Andrés, los hombres empezaron a celebrar su victoria disparando las armas al aire. No sólo esa ruidosa balacera asustaba a la población civil, sino que era un desperdicio de municiones. Villa intentó persuadir a su jefe de que ordenara detenerla. Pero tal vez por inseguridad, Herrera rehusó. Y fue Villa quien tuvo que ordenar que cesaran los disparos y disciplinar a la tropa.(2) Así empezó a trasladarse la autoridad de Herrera a él.

En los primeros días de cualquier revolución hay una oleada de incontrolable exuberancia, optimismo sin límites, la sensación de que, con un mínimo de sacrificio, todo es posible. Los revolucionarios de Chihuahua no fueron la excepción. Habían tomado sus primeros pueblos prácticamente sin lucha y habían rechazado el primer ataque de las tropas federales. ¿Por qué no atacar la capital del estado y así obtener el triunfo decisivo de una vez por todas? Era un plan loco y estuvo a punto de conducir a Villa y sus hombres al desastre total.

Ya con quinientos rebeldes en sus filas, marcharon sobre la ciudad de Chihuahua. Acamparon a pocas millas de ella y Herrera envió a cuarenta hombres en misión de reconocimiento bajo el mando de Villa, quien los dividió en dos pequeños grupos. Los treinta revolucionarios que integraban el primero de ellos llegaron a la cima de El Tecolote, donde vieron a setecientos soldados federales que avanzaban contra ellos.

En vez de regresar para unirse al contingente principal, decidieron presentar batalla. Era un combate desigual y media hora más tarde se vieron forzados a retroceder. Pero mediante un astuto ardid lograron retardar la persecución de los federales. Colocaron en la cima de la montaña una hilera de sombreros, y los soldados creyeron que había un revolucionario debajo de cada uno de ellos, de manera que avanzaron muy cautelosamente, disparando todas sus municiones contra los ficticios contrincantes.(3)

Mientras los treinta revolucionarios se retiraban así, sin haber sufrido bajas, Villa y los diez hombres restantes entraron en escena y atacaron a los setecientos soldados federales. Fue un acto de valor pero, tal como Villa más tarde relató, absolutamente absurdo, y él y sus hombres estaban cerca de perecer cuando el grupo que se retiraba regresó y contraatacó. Tras mantener a los federales a raya por casi una hora, lograron escapar. Las tropas federales no podían concebir que sólo cuarenta hombres los hubieran atacado.

Villa y sus hombres resistieron todo ese tiempo, contra fuerzas muy superiores, en la esperanza de que Herrera y los suyos se les unirían y que desde la situación de ventaja de la cima podrían impedir que las tropas federales avanzaran hacia las montañas del oeste de Chihuahua, donde se concentraban las fuerzas revolucionarias. Pero Herrera no se movió. Como resultado, empezó a crecer un encono mutuo entre Villa y él.(4)

Fuente: Wikipedia. Creative Commons. Friedrich Katz, "Francisco Villa*", Fractal n° 9, abril-junio, 1998, año 3, volumen III, pp. 165-181.

Notas: (1) Francisco Almada, Resumen de la historia del estados de Chihuahua, México, 1955. (2) Manuel Bauche Alcalde, "El General Francisco Villa", manuscrito inédito, p. 72. (3) Las actividades militares de Villa durante las primeras fases de la revolución maderista han sido objeto de controversias entre los historiadores. Para la mejor descripción y análisis de las actividades de Villa en esta etapa de su vida véase Miguel Sánchez Lamego, Historia militar de la revolución mexicana en la época maderista, Talleres Gráficos de la Nación, México, vol. 1, y sobre todo el notable libro de Santiago Portilla sobre la revolución maderista, Una sociedad en armas. Insurrección antirreeleccionista en México, 1910-1911, El Colegio de México, México, 1995. Aunque no hay discrepancias sobre el intento de atacar a la ciudad de Chihuahua, el truco de los sombreros no es aceptado por todos los autores, pero lo registra Juvenal (pseudónimo de Pérez Rul), ¿Quién es Francisco Villa?, Gran Imprenta Políglota, Dallas, 1916. (4) Manuel Bauche Alcalde, op. cit., p. 77.

 
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