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REBELIONES DE LOS INDIOS TARAHUMARAS EN NUEVA VIZCAYA DURANTE EL SIGLO XVII

Por: Irma Leticia Magallanes Castañeda

Doctoranda del Programa Historia y Sociedad en las Américas, Universidad de Sevilla.

Becaria del Gobierno del Estado de Durango, México. 

Este estudio centra especialmente la atención en las rebeliones y resistencias de los indígenas tarahumaras en los periodos 1648-1652 y 1684-1690 en el territorio de la Nueva Vizcaya. Este trabajo muestra la región tarahumara y algunas de las características de su pueblo. El artículo analiza algunos conflictos entre el español y los indígenas en el proceso de colonización especialmente en el siglo XVII y presenta algunas de las causas de la rebelión. En este trabajo también se incluye una cronología de todas las rebeliones de los tarahumaras  y algunos testimonios de este pueblo.

      (...) paréceme puros sueños por no decir otra

      cosa: seáse lo que se quisiere, porque allá en la

      Mancha no eran gigantes pero eran molinos [2]

 

1. La región que habitan los tarahumaras se divide en tres partes: la Tarahumara [3] inferior, la alta Tarahumara y la Tarahumara montañosa [4]. La región anterior o antigua, está situada al norte de Durango, consta de la parte sur de los territorios ocupados por estas tribus, la alta Tarahumara constituye la región central de Chihuahua y la Tarahumara  montañosa situada al oeste de Chihuahua fue conocida con el nombre  de Chínipas en el período colonial.

El nombre de esta tribu en castellano es tarahumar; ellos se nombran a sí mismos rarámuri, de rará que significa planta del pie y el sufijo mari, y de los verbos mama y jumama que significan correr, por lo tanto el significado de su nombre en lengua tarahumara es corredor de a pie [5].

Los tarahumaras nunca habitaron, ni aun en la actualidad, un mismo lugar. Emprenden grandes caminatas para concurrir a sus ceremonias religiosas y para comunicarse entre sí; establecen sus campamentos de invierno en barrancas y tierras bajas en que el clima es más templado y durante la primavera y el verano se trasladan a las montañas.

Los tarahumaras conservan sus tradiciones y un sistema de vida primitivo; no se dan casos de matrimonios con individuos de otras razas por lo que seguramente no existe el mestizaje. Es famosa su resistencia física; algunos son capaces de salvar grandes distancias corriendo sin parar más de doce horas; una explicación puede ser la adaptación de siglos a la vida trashumante que lleva esta tribu en la sierra y, a un entrenamiento continuado. Su forma de vida les da condición los entrena y los hace resistentes a la fatiga. Gracias a su adaptación y al conocimiento del medio geográfico, optimizan la energía proporcionada por una alimentación deficiente, aunque rica en hidratos de carbono contenidos en el maíz con que elaboran el pinole [6] su alimento principal y energético por excelencia.

El padre Joseph Newman que vivió en la Tarahumara más de medio siglo, de 1681 a 1732, describe el lugar que habitaron de la siguiente manera: la región tarahumara es casi toda montañosa [con] caminos escarpados a través de montes muy altos y valles profundísimos [7], La mayoría de los tarahumaras viven cerca de los riachuelos y torrentes con sus sementeras de maíz instaladas en pequeños valles. La piel de los tarahumaras es de color obscuro pero no negro. Su afición a la embriaguez, a la poligamia y a las supersticiones dificultó su conversión; son belicosos, mostraron valor en el momento del encuentro de su cultura con la de los colonizadores, por lo que estuvieron con los españoles o contra ellos. Los hombres andan generalmente semidesnudos, solamente ceñidos a la cintura con un paño y cubiertos durante el invierno con una cobija obscura. Las mujeres se visten con falda y blusa, ambos usan el pelo largo.

Los tarahumaras caminan armados con arcos y flechas. Construyen sus cabañas separadas unas de otras a distancia de un tiro de escopeta, las techan con ramas y paja, son bajas con puertas pequeñas, solo reptando se puede entrar a ellas y dentro no puede estar de pie. El grupo cambia su lugar de habitación constantemente, por lo regular lo hacen cuatro veces al año y en ocasiones más si se toma en cuenta la costumbre de abandonar la casa cuando alguien muere en un sitio, entonces, destruyen ese hogar y no lo vuelven a habitar.

Los tarahumaras ocuparon casi todo el territorio de la Nueva Vizcaya en la época de la Colonia, diseminados en una larga extensión de montañas y barrancas de la Sierra Madre Occidental localizados actualmente entre los estados de Chihuahua, Durango y parte de Sonora. Las montañas donde habitan estos indios, llegan a alcanzar los dos mil y hasta los tres mil metros sobre el nivel del mar, en contraparte, las barrancas más profundas tienen una profundidad entre de mil y hasta mil quinientos metros de profundidad. La vida trashumante de los tarahumaras no les ha permitido dejar vestigios de su civilización, por la condición de vivir siempre errantes entre las montañas.

Las regiones que habitan los tarahumaras son sanas. En la constitución el suelo domina el sílice en estado compacto o fragmentado (rocas y arena), por lo tanto es saludable. El agua corre en pequeños arroyos y ríos tranquilos y transparentes, no hay estancamiento de aguas y la que brota al pie de las montañas, es de buena calidad Las características propias del suelo evita la formación de pantanos y de focos de putrefacción.

Las noticias más tempranas que se tienen de la Sierra Tarahumara y de sus habitantes provienen de los primeros exploradores españoles que dirigieron sus pasos al noroeste [8]. Sin embargo, los españoles tuvieron mayor contacto con los tarahumaras a partir de la segunda mitad del siglo XVI y no fue sino hasta cuando se inició la evangelización a principios del siglo XVII, con las ordenes franciscanas y jesuitas en la Tarahumara, que comenzó a registrarse mayor información sobre este grupo étnico.. En 1604, los jesuitas fundaron la misión de San Pablo en las inmediaciones de Santa Bárbara situada entre los límites de los estados de Durango y Chihuahua. En 1631 fueron descubiertas las minas de Parral, y en 1639 se estableció una misión jesuita en la Tarahumara independiente de la de Tepehuanes. En estos paisajes áridos y despoblados, los misioneros emplearon todos los medios para convencer a los indios de vivir en congregados en pueblos con gobernadores y capitanes de su misma nación.

Por esta época los indios tobosos [9], enemigos de los españoles asolaban la región, asaltando a los viajeros, para robar y matarlos, de manera que el comercio con el Parral, era casi imposible. Para dar seguridad a la población, se habían establecido por estos territorios dos Presidios de soldados [10]. Sin embargo, estos Presidios no fueron suficientes para defender a los viajeros, ni a las caravanas de arrieros  y comerciantes con sus recuas de mulas cargadas como era la costumbre, de mercancías llevadas desde la ciudad de México. El camino de Tierra Adentro era muy peligroso, los indígenas constantemente atacaban a los viajeros.

Por esta época los indios tobosos [9], enemigos de los españoles asolaban la región, asaltando a los viajeros, para robar y matarlos, de manera que el comercio con el Parral, era casi imposible. Para dar seguridad a la población, se habían establecido por estos territorios dos Presidios de soldados [10]. Sin embargo, estos Presidios no fueron suficientes para defender a los viajeros, ni a las caravanas de arrieros  y comerciantes con sus recuas de mulas cargadas como era la costumbre, de mercancías llevadas desde la ciudad de México. El camino de Tierra Adentro era muy peligroso, los indígenas constantemente atacaban a los viajeros.

 

2. Las sublevaciones que protagonizaron los tarahumaras a lo largo de la época colonial fueron muchas [11]. A continuación se presenta una cronología de las  principales rebeliones  tarahumaras en la provincia de la Nueva Vizcaya  a lo largo del siglo XVII.

1599

Los tarahumaras se sublevan en el reino de la Nueva Vizcaya las causas fueron el mal trato y la influencia de los hechiceros quienes levantaron a los indios y causaron una matanza general.

1606

Los tarahumaras junto con los tepehuanos se sublevaron en Durango por la influencia de un indígena que recorría los poblados predicando contra los españoles y la religión católica, les llamaba a reestablecer la libertad perdida, estuvieron alzados un año.

1621

En el territorio actual estado de Chihuahua, los tepehuanos y los tarahumaras se rebelaron asesinando a españoles e indios aliados y saqueando haciendas.

1635

Una rebelión de tarahumaras y tepehuanes se realiza en Chihuahua por la razón que no deseaban ser sometidos a la vez que ofrecen resistencia a la conquista española.

1646

En Sonora se sublevan los tarahumaras atacando haciendas y huyendo, fueron sometidos dos años después, muchos huyeron a las montañas

1648

Vuelven a sublevarse en Chihuahua por no querer subordinarse a los españoles, utilizaban hábilmente las tácticas de guerrillas; son sometidos y obligados a formar un pueblo de paz.

1650

Se realiza una nueva rebelión en Chihuahua para terminar con el dominio español otra vez son derrotados y obligados a formar un pueblo de paz.

1651

Continúan las sublevaciones en Chihuahua. Los españoles cansados de la rebeldía tarahumara, deciden quemar casas y sementeras, la reacción indígena fue asesinar a todos los blancos.

1652

Dirigidos por Gabriel Teparame los tarahumaras atacan nuevamente a Chihuahua revelándose contra el dominio español, es derrotado un año más tarde sin renegar de su causa.

1662

Chihuahua es el escenario de otro intento tarahumara para terminar con el dominio español, encabezados por el cacique Teporaca, este es condenado a la horca tras la derrota.

1684

En Chihuahua los tarahumaras contagiados por los tabaris, inician una nueva sublevación, dirigidos por el cacique Corosia.

1689

En Chihuahua los tarahumaras y los tepehuanos se levantan contra el mal trato en las minas; asesinaron al misionero y resistieron hasta que otro misionero logró reducirlos

1690

En Chihuahua los tarahumaras se sublevan contra la oposición del alcalde a que se cultivara maíz para el fraile en tierra indígena, además del descontento general.

1694

En Chihuahua los tarahumaras se enfrentaron a los indios aliados y al ejército, además por las diferencias entre éstos y los misioneros, retardaron la pacificación.

1697

Los tarahumaras junto con los apaches, jacomes y janos se levantan en el territorio de Chihuahua y Nuevo México. Atacaron una estancia, robando caballos, los españoles les hicieron frente pero fueron derrotados, esta sublevación estuvo acaudillada por el cacique Pablo Quihué.

De las sublevaciones enunciadas arriba, las efectuadas entre los años de 1648- 1652 y 1684-1690. Fueron tres las que más llamaron la atención por su nivel de organización y violencia. La primera fue dirigida por los caciques Supichiochi, Tepox, Ochavarri y otro cacique conocido por el nombre de Don Bartolomé [12]. Los cuatro líderes inquietaron la provincia de Sonora e impidieron la comunicación de ésta con Sinaloa y obligaron al propio gobernador de Nueva Vizcaya a encabezar el combate defensivo personalmente [13]. En 1650 volvieron a levantarse los tarahumaras, unidos, esta vez,  a los conchos y a los tobosos. El virrey ordena al gobernador de Durango, que haga construir un nuevo Presidio en Papigochic para detenerlos [14], a los dos años el Presidio fue destruido y el padre Jacomé [15] muerto: lo mataron a flechazos y para que ni sepulcro de él se conservase, arrojaron el cadáver en el incendio del fuerte [16]. El conocimiento de estos sucesos provocaron  temor en los vecinos de las poblaciones  villas de la Nueva Vizcaya, mientras tanto, los indios se infundían de valor para seguir atacando a los españoles con el fin de librarse de su sometimiento.

En 1684 el descontento de los tabaris fue el principio de una gran sublevación en las misiones de Sonora y Tarahumara, situación que el cacique Corocia, de genio feroz y revoltoso aprovechó con el pretexto de socorrerlos contra la violencia de los pocos españoles que ahí habitaban. Corocia se encontraba siempre listo para hacer la guerra a los cristianos, comenzando por esparcir rumores sediciosos contra ellos. Las naciones de indios de los conchos, tobosos, cabezas y más adentro y al norte los yumas, los janos, los chinanos y otros, acordaron tener una junta general en Casas Grandes, para determinar de común acuerdo, el modo, lugar y tiempo de hacer la guerra. Se citaron para el fin del mes de octubre con la intención de iniciar las primeras hostilidades aprovechando la entrada del invierno, tiempo muy temido por los españoles por las inclemencias que suelen sufrirse. Los indios no pudieron tener esta reunión secreta porque la noticia llegó a oídos del padre Juan Antonio Estrella, las mismas que llegaban de Janos a Parral y de otros lugares que pusieron en suma consternación a los cabos de aquellos Presidios [17]. El territorio en conflicto pertenecía a la jurisdicción de la Nueva Vizcaya donde el capitán del puesto Don Francisco Ramírez de Salazar había pedido ya socorro, tenía bastantes motivos para temer un ataque por haber tenido noticias de algunas humaredas y otras señales de indios. Entre tanto en aquellos países remotos habían comenzado con bastante furor las hostilidades sin que hubiese fuerzas suficientes para contener aquella inundación de bárbaros que parecían acabar en breve con todas aquellas gentes, iglesias y Presidios [18].

Desde 1684 y hasta 1690, no habían cesado las juntas y rumores sediciosos de los confederados con algunas muertes y robos en los lugares muy distantes. Los misioneros franciscanos y jesuitas de conchos, tarahumaras y sonoras no dejaban de dar continuos avisos pero no eran escuchados. El 2 de abril se dejaron caer en copiosa avenida los bárbaros sobre haciendas, reales de minas y misiones [19] sin alguna resistencia, talando los sembrados, quemando los edificios y robando cuanto hallaban a la mano hasta la jurisdicción de Ostimuri y aun hasta las fronteras septentrionales de la Nueva Galicia, fue entonces, cuando al ruido de estos atentados, despertaron como de un profundo letargo a los capitanes de los Presidios.

El gobernador y capitán general de la Nueva Vizcaya Don Juan Isidro de Pardiñas, caballero de la orden de Santiago, se hallaba en Parral y dio orden a los capitanes de los Presidios de Casas Grandes, Janos y Conchos salieran a buscar a los enemigos. Lograron juntar cerca de cuarenta soldados de los presidios de Cerro Gordo y del Gallo, llegaron ciento dos arcabuceros para asegurar los caminos de Casas Grandes y Sonora para impedir las reuniones de los indios y cerrarles el paso a los pueblos fieles que por todos los medios procuraban atraer a su partido. El gobernador salió del Parral acompañado de pocos españoles con la esperanza de juntarse con indios aliados en el camino para ir a Papigochi donde pensaba instalar su plaza, pero cuando pasó por la misión de Yepomera ésta se encontraba ya con el mayor peso de la guerra. El padre Juan Ortiz de Foronda había sido asesinado, y en la misión de Maicoba también habían matado al padre Manuel Sánchez [20] y al teniente de San Nicolás, además habían quemado también Ostímuri y sus haciendas y matado algunos españoles y arrieros que iban a Parral [21]. Después de esta invasión y sabiendo los preparativos que hacía el gobernador de Nueva Vizcaya, los amotinados huyeron a los montes. En resumen, de marzo a mayo de 1690, ocho misiones más fueron quemadas en Sonora por los tarahumaras después de Yepómera, la primera misión destruida por el fuego la noche del 29 de marzo de 1690 por los rebeldes, y Maicoba enseguida. Le siguieron una tras otra y sin oponer resistencia o intertar defenderse: Ariseachi, Cajurichi, Cocomórachi, Matachi, Tutuaca, Yépachi, Temochi, Papigochi, Temechi, Temósachi y Batopilas.

Si los indígenas fueron violentos y se resistieron al sometimiento, muchos colonos se dedicaron a la cacería de los esclavos indios, los vejaban al pasar por sus pueblos, forzándolos a darles maíz y carne sin pagarles; los obligaban a proporcionar trabajadores de repartimiento para las minas, las haciendas y ranchos, además de echar ganado a sus cultivos y destruir sus bosques para obtener madera; por la destrucción de sus ídolos; por un incremento de rigor misional jesuítico y por la persecución de sus prácticas religiosas.

Los abusos y excesos de los colonos, funcionarios y eclesiásticos agravaban las ya de por si precarias condiciones de vida de los indígenas, mostraban las limitaciones de la negociación y la protesta pacífica; exacerbaban la conciencia del sometimiento, hacían más difícil refugiarse en el fatalismo y, asimismo proporcionaban un enemigo visible, una fuente de irritación hacia la cual dirigir el descontento.

 

3. Las rebeliones indígenas no fueron alzamientos desesperados espontáneos o incoherentes, no se presentaron como explosiones irracionales, ni instintivas, sino como una especie de respuesta mecánica y refleja a las circunstancias materiales [22], aunque los españoles por lo común, pensaron que las sublevaciones eran «incendios» o «epidemias» que se extendían por sí solas.

Por otra parte, la geografía se convirtió en un elemento importante en la defensa y en la subsistencia de indígenas y de españoles. El conocimiento del territorio pesaba mucho en las relaciones humanas, las distancias que separaban a los pueblos era elemento en contra en momentos de peligro; las noticias no llegaban, la ayuda ante el peligro se retrasaba en aquellos caminos malos con difíciles cuestas, generalmente bajo el sino de ásperos climas.

Parte fundamental de los preparativos de las rebeliones fue la convocatoria, coordinación y comunicación entre los pueblos y etnias. En las primeras revueltas fue fundamental la comunicación, ésta se hizo mediante los tlatoles [23] a través de mensajes verbales. Un ejemplo es la rebelión de 1648, se refiere al jefe fue Teporaca, de quien el cronista jesuita Francisco Javier Alegre reconoce su habilidad para convencer a través de la palabra, su talento y valor que constantemente ponía en evidencia ante situaciones difíciles, no comunes. Manejó la organización del alzamiento con astucia y a pesar de que fue capturado por sus propios hombres y presionado cristiana y moralmente por el sacerdote, nunca se arrepintió y murió vomitando injurias contra los españoles y la cobardía de los suyos [24].

Francisco Javier Alegre escribió del indígena Teporaca, de la rebelión de 1695, lo siguiente:

“era alma de esta conspiración un indio llamado Pablo Quihue, gobernador que había sido del pueblo de Santa María Baseraca, indio ladino demasiadamente verboso y naturalmente elocuente, capaz de dar una gran apariencia de verdad a los asuntos más inverosímiles; enemigo oculto de los españoles y tanto más temible por cuanto sabía, según las circunstancias, reprimir su rencor y encubrirlo con el más profundo disimulo. Este empezó a esparcir entre su gente rumores sediciosos. Decíales que habiéndose los de Sonora sometido voluntariamente a la dirección de los padres (misioneros), poco a poco se había llenado la tierra de soldados, de presidios, de haciendas y de familias de españoles; que, en lugar de agradecerles el beneficio de haberles recibido en su país, se apoderaban del terreno y aun de sus personas, para servirles como de esclavos; que sus vacas sus carneros, sus caballos y aun sus mujeres y sus hijos habían de estar a su disposición..."

Gran parte del éxito de la resistencia de los tarahumara se atribuye a la utilización sistemática de las ventajas naturales de su entorno, negándose a acudir al territorio plano, abierto apropiado para la caballería y la artillería o actuando en numerosos grupos dispersos, que no ofrecían un blanco fijo para las tropas españolas. Así preferían dar «albazos» sorpresivos, atacaban poblaciones sólo si tenían una superioridad numérica incontrastable y en caso contrario preferían sitiar los pueblos, minas y misiones, dando muerte a las bestias de carga y de transporte. Otro aspecto fuerte de la táctica militar indígena era la lucha defensiva sobre todo cuando optaban por «empeñolarse», esto es, atrincherarse en serranías de difícil acceso.

Hay que reconocer que el orden colonial no se estableció sobre el aplastamiento y la destrucción total de la cultura y la sociedad indígenas, tampoco los diferentes grupos étnicos fueron objetos pasivos y sufridos de las arbitrariedades y el saqueo institucional de los poderosos así,  las rebeliones fueron episodios de gran trascendencia en la historia de la resistencia indígena. La que nos ocupa, la de los tarahumaras, mantuvieron una pertinaz tradición rebelde, aunque también hubo comunidades que actuaron como auxiliares de los españoles en la represión de ellos mismos.

Las causas de las rebeliones y las razones fundamentales de los levantamientos tarahumaras fueron, el deseo de sacudirse el yugo español y misionero, no aceptar vivir congregados en pueblos, ni trabajar para los españoles en las minas de Parral, Tacupeto, Ostímuri, o Nacatobori.

Ante situaciones tan adversas para sus hábitos tribales, los indígenas se vieron en la obligación de vivir congregados en pueblos, disposición administrativa o eclesiástica que no aceptaron y a  la que se resistieron durante toda la época colonial aún a costa de la pérdida de su propia existencia. Las condiciones de vida a las que se vieron sometidos fueron totalmente contrarias a las establecidas por su cultura y tradiciones que respondían al entendimiento entre los hombres y el medio, es decir, las condiciones geográficas y climáticas determinaron una particular costumbre alimentaria de montaña o de barranca; su particulares formas dispersa de vivir en ranchos dispuestos a mayor o menor distancia unos de otros de acuerdo a la configuración del terreno y a las realidades productivas de la región. El rechazo a una nueva religión, también fue motivo suficiente para someterse. Los indígenas eran obligados a asistir diariamente a la doctrina y a las oraciones en las iglesias y capillas de las misiones.

Dice Luis González Rodríguez [25] que había un triple sometimiento que contrariaba profundamente sus formas de vida, sus sistemas laborales sus creencias y sus costumbres ancestrales. Para el misionero y el español los indios tenían que vivir en policía cristiana, concebida como la única posibilidad, al modo occidental de vivir civilizadamente y no como salvajes y brutos animales en cuevas y barrancos o en jacales desperdigados. Ellos tenían que ser vasallos de Dios, de la Iglesia y del rey, cumpliendo con lo establecido en las Leyes de Indias. Quien no se sometía a esta política indiana, cuyo único objetivo era el bien espiritual y material de los indios, era castigado con azotes, con grillos, en el cepo, tuzándolo y según la gravedad del delito juzgado con cánones españoles o cristianos, obligándolos a trabajar meses o años en el mortero.

Ser buen vasallo y buen cristiano conllevaba, obligatoriamente, no permitirle a los indígenas seguir viviendo con los vicios de su gente; no tener varias mujeres, no emborracharse, no consultar a los hechiceros, no revelarse contra los misioneros ni contra el amo español. Todo intento de rebelión se castigó como traición, como designio diabólico y como apostasía, por eso fueron tan cruelmente reprimidos.

A grandes rasgos, este fue el trasfondo de la guerra a muerte que estalló en el noroeste y, en pocas palabras, el motivo de todas las sublevaciones fue siempre acabar con los españoles y con los misioneros, con los reales de minas y con las haciendas.

El paradigma de la guerra de 1690 que había tenido antecedentes a lo largo de todo el siglo XVII, es solo una ejemplificación de los movimientos indígenas que convulsionaron el noroeste colonial. Por la importancia que representó el misionero en el proceso de conquista, colonización y expansión de las fronteras septentrionales, la muerte de algunos de ellos a manos de los indios, tuvo mayor repercusión que la muerte de cualquier otro vasallo o caudillo español. Los documentos históricos son ricos en información al respecto.

Particularizando los motivos de la sublevación de los tarahumaras, se dan a continuación testimonios declarados por los mismos indígenas:

Castigos y humillaciones.

“ Lo más cierto y que corre entre todos  los de aquel partido es que el indio Bernardo, capitán de Yepómera... conmovió todo porque el padre le hizo dar en público, siendo capitán, muchos azotes, siendo ya viejo, y se los dieron atado a un palo; y también a un hijo suyo. Y desde aquel día se fue aquel dicho Bernardo a Nahueráchi, y estuvo un mes, y al fin de él vino a matar al padre. El misionero había mandado azotar a Bernardo porque un día de fiesta, que nevaba, dejó de ir a misa.”

 Insistencia en congregarlos.

...y porque no querían venir desde tan lejos a misa , que el padre los amenazaba que había de traer muchos españoles que los matasen.

Los trabajos en la misión.

“Les tenían mala voluntad al padre porque les llamaba para que hicieran adobes para hacer la iglesia... y un tanque grande para represar el agua para regar los trigos...  y que viniesen a la doctrina... por eso les robaban las bestias... y haber sidopresos los ladrones lo interpretaron así: que ya los padres no los defendían, antes los entregaban a la justicia”.

La poliginia.

“...que el gobernador de Yepómera se hallaba disgustado porque el padre, como su ministro, le reprochaba que tuviese tres mujeres, y que lo había amenazado tres veces con que llamaría al capitán y a los soldados...” 

Otras frases y declaraciones indican las actitudes y la mentalidad de los indígenas así como el estado de ánimo en que se encontraban, saturado de amargura y de las injusticias cometidas con ellos.

“ no dejar español, ni padre... “

“irán entrando a matar a los padres misioneros”

“que no admitieran padres porque los españoles los envían por delante y luego entraban ellos y los hacían trabajar y los maltrataban”

“los misioneros y los capitanes los obligan a vivir congregados en pueblos”

Aún faltaba la declaración del anuncio del fin de los religiosos y de esta forma el fin de una vida impuesta que los tarahumaras nunca aceptaron, su plan era terminar con los misioneros pues eran nueve los religiosos que habían de morir a un mismo tiempo, sin embargo, fueron doce los religiosos que fueron avisados de morir a la vez. Cabe entender que la conducta y actitudes de los indígenas respondían a un objetivo mesiánico, regresar a su vida anterior y eliminar o expulsar a los españoles.

Según las cartas de guerra, los indios estaban seguros de su victoria. Sus dirigentes les prometían la inmunidad del ataque de los españoles, les decían que estuvieran firmes en el alzamiento; que los extranjeros nada les harían, y que si por acaso alguno de ellos, cayera herido por una lanza o espada, les garantizaba que resucitarían a los tres días. Estas manifestaciones estuvieron teñidas de elementos mesiánicos y religiosos, porque fueron promovidos por sacerdotes o hechiceros indígenas o mestizos que desempeñaban una función importante en estas comunidades. Las naciones indias participantes en estas sublevaciones, compartían ideas comunes, sentimientos de inminencia, de entrega total a la causa promovida por personajes con gran facilidad para la elocuencia y la oratoria; la salvación llegaría, entonces, de sus dioses antiguos no de los nuevos que les habían impuesto los padres misioneros.

 

4. Las rebeliones de los indígenas tarahumaras, constituyeron un acontecimiento notable en el reino de la Nueva España. La notoriedad adquirida se debió en parte, a la osadía de los bárbaros al atentar contra la iglesia y dar muerte a algunos de sus ministros, en cerrar la comunicación entre Sinaloa y el Valle de Sonora de la provincia de la Nueva Vizcaya y al rechazo por aceptar la religión católica.

Como conclusión, las rebeliones indígenas no pueden explicarse desde un determinismo unívoco, sino como un juego de combinación de variables que en situaciones específicas convergentes causantes de una situación de extrema violencia. En un sentido amplio, la causa de las rebeliones indígenas se encuentra en la naturaleza misma de la dominación colonial. Desde cualquier punto de vista los indígenas tuvieron suficientes motivos para levantarse en armas contra un sistema que los colocaba en el nivel más bajo de la sociedad, los sometía a múltiples humillaciones de discriminación y de violencia cotidiana. Por más avanzada y humanista que fue la legislación protectora del indígena el sistema colonial se fundamentaba en la explotación masiva y sistemática; todas sus instituciones de dedicaron de una u otra manera a apropiarse de su trabajo, su dinero, su producción y su conciencia. Los hacendados, mineros, encomenderos, funcionarios, clérigos y frailes, se enfrentaban a enconadas contradicciones defendieron distintos proyectos de sociedad; pero todas sin excepción, coincidían en mantener al indígena en una situación que, ratificada por la ley y el prejuicio, lo sometía a una condición inferior.

Bibliografía: Fuentes Impresas; BASAURI, Carlos. Monografía de los Tarahumara, México, Talleres Gráficos de la Nación, 1929. CASTRO, Felipe. La rebelión de los indios y la paz de los españoles, México, CIESAS/INI, 1996.  COLL, J. Olivia de. La resistencia indígena ante la conquista, México, Siglo XXI, 1976. GONZÁLEZ Rodríguez, Luis. El noroeste novohispano en la época colonial, Instituto de Investigaciones Antropológicas, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1993. HUERTA, María Teresa y Patricia Palacios, Recopiladoras. Rebeliones indígenas de la época colonial, México, SEP/INAH, 1976. JIMENEZ Nuñez, Alfredo. Etnohistoria de la Nueva Vizcaya, Sevilla, Separata de Anales de la Universidad Hispalense, Volumen XXVII, Año 1967. NEUMANN, Joseph P. Historia de las rebeliones en la sierra tarahumara (1626-1724), Traducción del latín Joaquín Díaz Anchondo y Luis González Rodríguez, Introducción y notas de Luis González Rodríguez, Chihuahua, México, Editorial Camino, 1991. Révoltes des indiens tarahumars (1626-1724). París, Institut des Hautes Études de l’Amérique Latine, 1969. SARAVIA, Atanasio G. Los misioneros muertos en el norte de la Nueva España, México, Ediciones Botas, 1943. SORIANO Hernández, Silvia. Lucha y resistencia indígena en el México Colonial, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1994.

Fuentes Manuscritas: AGI, Estado, 34,N.36. Breve noticia de las principales expediciones y providencias de visita de Real Hacienda que promovió Don José de Gálvez del Consejo de Indias y Visitador General de Tribunales de Nueva España para mejorar la suerte de aquel reino. AGI, Patronato, 236, R.1 Nueva Vizcaya 1693. Guerra de Tarahumaras, pimas, jobos, conchos, tepehuanes y otros testimonios de autos y demás licencias que el señor gobernador y capitán general de este reino formó en la guerra y pacificación de los indios de nación tarahumara y otros aliados.

 [1] Irma Leticia Magallanes Castañeda: Doctoranda del Programa Historia y Sociedad en las Américas, Universidad de Sevilla. Becaria del Gobierno del Estado de Durango, México.

 [2] AGI. Estado, 34,N.36. Breve noticia de las principales expediciones y providencias de visita de Real Hacienda que promovió Don José de Gálvez del Consejo de Indias y Visitador General de Tribunales de Nueva España para mejorar la suerte de aquel reino.

[3] Tarahumara escrita con mayúscula se refiere al nombre de la región geográfica.

 [4] Joseph Neumann, S. I. Révoltes des indiens tarahumars (1626-1724), París, Institut des Hautes Études de l’Amérique Latine, 1969, p. XLIII.

 [5] Alfredo Jiménez Nuñez, Etnohistoria de la Nueva Vizcaya, Sevilla. Separata de los Anales de la Universidad Hispalense, Volumen XXVII, Año 1967 P.11

[6] Carlos Basauri. Monografía de los Tarahumaras, México, Talleres Gráficos de la Nación, 1929, pp. 7-37

 [7] Luis González Rodríguez. El Noroeste Novohispano en la Época Colonial. UNAM, Instituto de Investigaciones Antropológicas, México, 1993, p. 302

[8] Baltazar de Obregón en Historia de los descubrimientos de la Nueva España, Estudio introductorio, edición y glosario de Eva Ma. Bravo, Sevilla, Alfar,, 1997, p. 177, se refiere al encuentro de Alvar Núñez  Cabeza de Vaca. Ver en Lloyd J. Mecham eFrancisco de Ibarra and Nueva Vizcaya, North Carolina, Duke University Press, 1927, pp. 159-167.

[9] Los tobosos se localizaban al este del actual estado de Chihuahua y al oeste de Coahuila, por el Bolsón de Mapimí entre Durango y Parral; eran nómadas, bandoleros, devoradores de ganado y aún antropófagos.

 [10] El Presidio fue la fortificación esrablecida para la vigilancia de las fronteras en el norte de la Nueva España, ver: Felipe Castro, La rebelión de los indígenas y la paz de los españoles, México, CIESAS/INI, 1996, P. 160. El Presidio de Santa Catalina de Tepehuanes a 70 leguas de Parral, fundado hacia 1622 y el de San Miguel de Cerro Gordo a 24 leguas de Parral, fundado en 1648. Para 1649 había cinco Presidios para la defensa de Nueva Vizcaya: San Hipólito, Santa Catalina, Cerro Gordo, San Sabastián y el de Sinaloa.

 [11] Silvia Soriano Hernández. “Cronología de las rebeliones y resistencia” en Lucha y resistencia indígena en el México Colonial, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1994, pp. 354-369.

[12] J. Olivia de Coll. La resistencia indígena ante la conquista, México, Siglo XXI,  976, p. 145.

 [13] En 1649 el gobernador de la Nueva Vizcaya Diego Guajardo Fajardo, con sede oficial en Durango, se cambió de facto a San José del Parral, “para acudir al remedio de las invasiones y levantamientos de los indios”.

 [14] J. Olivia Coll. Op. Cit., p. 146.

 [15] Originario de Italia llegó a la Tarahumara en 1649. Se encontraba en el pueblo de Temaichique , Fue avisado por el cacique Don Pedro del ataque de los indios, cuyo propósito era dar muerte a todos los vecinos de la villa. El padre se negó a abandonar el lugar, pero envió a un indio con esas noticias al gobernador de la Nueva Vizcaya. Atanasio G. Saravia. Los misioneros muertos en el norte de la Nueva España, México, Ediciones Botas, 1943.

 [16] Ibid.

[17] “Rebelión de los Tarahumaras, 1646,1650-1652 y 1884-1690”, de Francisco Javier Alegre, en Rebeliones indígenas de la época colonial, recopiladas por María Teresa Huerta y Patricia Palacios, México, SEP/INAH, 1976, pp. 329-330.

 [18] Op. Cit., p. 330

[19] Op. Cit., p. 331

 [20] Ambos sacerdotes jesuitas. El primero murió en Yepómera y el segundo en el camino de San Nicolás a Tatuaca en el mismo día, el 2 de abril de 1692.

 [21] Luis González Rodríguez, Op. Cit., pp. 274-286

[22] Felipe Castro. La rebelión de los indios y la paz de los españoles, México, CIESAS/INI,  1996, p. 60

[23] Del nahuatl tlatolli que significa palabra, plática o habla.

 [24] Ibid.

[25] El noroete novohispano en la época colonial. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1993, p. 239.

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