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LEYENDA DE EL CURRO DEL POBLADO DE SANTA EULALIA

 

EL CURRO DE  SANTA EULALIA

Según dice la leyenda, en Santa Eulalia de Mérida allá por 1702 cuando se trasladaron los mineros a esa población, ya existía en el animo de sus moradores la leyenda del curro, traída desde la Madre Patria, de los ambientes mineros.

Se cuenta que a altas horas de la noche suele pasear por la calle real, por enfrente de la iglesia, de lado a lado, donde se fundo Chihuahua el viejo, un hombre elegante a caballo, buen jinete, trotando ligero para desaparecer repentinamente por donde esta la estatua dedicada al minero.

Se dice que más de un borrachín trasnochado, se ha tomado en mitad de la noche al curro, con su inmaculado traje negro brillante, camisa de cuello alto, moño negro y un saco largo de puntas traseras, que se presenta de improviso ofreciendo riquezas si le entregan su alma al diablo, mediante ciertas condiciones y compromisos.

La leyenda del Curro, cuenta que en tiempos en que la Santa Inquisición perseguía a los herejes, había en Santa Eulalia un hombre que tenía fama de ser brujo con poderes sobrenaturales al que temían, pero un día se extralimito dañando a una mujer, esposa de uno de los ricos mineros, por lo que se mando aprehender al brujo por ordenes del gobierno de San Felipe del Real de Chihuahua.

Los policías llegaron ante la casona que poseía, atrás de la iglesia, Pancracio, “El brujo”; entraron con cierto temor y le informaron los motivos que los obliga a ir por él, los recibió tranquilamente y con cierta humildad, pero les contesto imperativo y firme: “Había llegado la hora de perder”, y que no podía resistirse, aunque sus poderes eran tan fuertes que podían destruirlos en aquel mismo instante, no obstante se debía doblegar a las fuerzas del más allá que también tenía sus condiciones y normas establecidas desde la antigüedad.

Los policías temerosos le explicaron que solo obedecían ordenes superiores, que comprendiera  que no pensaban en otra cosa que no fuera cumplir su cometido y que debían presentarlo ante la justicia mayor que comandaba el virreinato.

Pancracio como un brujo, de una gran psicología natural les dijo con cierta suplica: “¿Puedo pedirles un último favor como una gracia, antes de ser conducido al tribunal de la justicia?”, “Pero no temais por vuestra existencia, que no cobrare venganza alguna contra ustedes, podéis estar seguros que seguirán cobrando en la nomina del gobierno hasta el final de sus vidas, en fin que sois sólo parte del engranaje oficialista”.

Los policías aceptaron cumplir su deseo y el brujo les dijo que solo haría un dibujo en la pared. Trazo el contorno de un corcel azabache que rápido cobro vida y de un salto monto invitando a los aprensores a recorrer el mundo, se perdió a través de los muros ante la mirada de los guardianes de la alcaldía mayor.

Muchos no creyeron sobre esta historia, pero nunca se supo que paso realmente. Algunos dicen que se sigue apareciendo en la boca de las minas de Santa Eulalia.

 
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