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JOHN REED

JOHN SILAS REED (1887-1920)

Nació el 22 de octubre 1887 en Portland, Oregón, en la costa del Pacífico de los Estados Unidos de Norteamerica.

Pertenecía a una familia acomodada. Su padre, exitoso hombre de negocios, se enfrentó a la corrupción existente en la industria maderera de Oregón. Su madre pertenecía a una familia que había hecho fortuna en la industria del arrabio (metal fundido obtenido en el alto horno por reducción del mineral de hierro), era conservadora e intentó imponer su visión a su hijo.

Niño tímido y mimado, estudió primeramente en Morristown, un colegio de élite y más tarde en la Universidad de Harvard donde se graduó en el año de 1910

Por su paso en Harvard, Reed destacó sobre todo como animador de las revistas que se publicaron en la Universidad, causando más de un dolor de cabeza a los rectores con su periódico satírico El Burlón, en el que mostraba un estilo ingenioso y brillante, por lo que recibió numerosas proposiciones para escribir en grandes diarios y revistas ilustradas.

Ya graduado, emprendió un largo viaje por Europa pasando por Inglaterra, Francia -donde frecuentó los medios artísticos- y España.

En 1912, tras su vuelta de Europa, se trasladó a Nueva York, instalándose en Greenwich Village, Nueva York, donde frecuenta y se convierte en uno de los protagonistas del ambiente bohemio y progresista.

En Nueva York, se incorpora al personal editor de la revista The Masses, el principal órgano de expresión de los intelectuales progresistas norteamericanos.

En este momento único de la contracultura norteamericana, Reed trabaja entro otros, con Max Eastman (el director de la revista), Eloy Delí, Theodore Dreisser -el autor de Una tragedia americana-, Van Wyck Brooks, Walter Lippmann -que acabó siendo una de las más ilustres plumas del sistema-, Upton Sinclair y Eugene O'Neill.

Reed sintió una gran atracción por la revolución mexicana, en cuya vorágine pensaba forjar su personalidad como individuo y artista. Olvidó los miedos, abandonó a Mabel Dodge y consiguió contratos con el diario Metropolitan y más tarde con el World; también tenía que escribir para The Masses y otras revistas progresistas.

Cruzó Río Grande, viajó hasta al cuartel del general Urbina en Durango y no tardó en encontrarse en el campo de batalla. A lo largo de un año y medio, consiguió ganarse la confianza de los revolucionarios y terminó involucrándose activamente en la guerra revolucionaria.

 

La primera ciudad mexicana que visitó fue Ojinaga, desde allí envió una nota al general Mercado que resultó interceptada por el general Orozco, rival del anterior, quien le responde: Estimado y honorable señor. Si usted pone un pie en Ojinaga, lo colocaré ante el paredón y con mi propia mano tendré el gran placer de hacerle algunos agujeros por la espalda. Fue la primera vez pero no la última que corrió graves peligros. Poco tiempo después se encontró con Pancho Villa que apareció a la cabeza de sus tropas.

John Reed acompañó a Pancho Villa en sus ataques por el norte de México, convivió con los soldados y conoció a Venustiano Carranza, presidente de este país. Todas sus impresiones sobre la Revolución mexicana las recogió en un libro titulado "México insurgente", obra en la que combina un estilo literario preciso, objetivo, fiel a la verdad, como es propio del periodismo, con una extraordinaria calidad formal y gran cuidado por los detalles y las descripciones, tanto del paisaje como de los grandes personajes revolucionarios mexicanos.

Reed no contempla la guerra y la revolución solamente a través de las batallas y la política, la reconstruye a través de un extenso campo de detalles que nos permiten ver más allá de lo que habitualmente nos enseñan los libros de historia o las películas.

En 1916, la prensa norteamericana acusó a Villa de una serie de crímenes detrás de los cuales Reed y sus amigos vieron la mano del gran capital norteamericano que poseía grandes intereses en México. Reed ya famoso por su libro México Insurgente, volvió a defender de nuevo la revolución mexicana y confió a sus amigos que estaba dispuesto a reunirse con sus viejos camaradas en contra del ejército estadounidense.

En 1914, John Reed escribe sobre las huelgas de los mineros de Colorado, Estados Unidos. Ese mismo año, al estallar la I Guerra Mundial, volvió a trabajar como corresponsal de guerra, fue enviado a Rusia, que estaba en plena efervescencia revolucionaria.

Conoció a Lenin, y estuvo presente en la capital San Petersburgo durante las jornadas de octubre-noviembre de 1917 en las que tuvo lugar el II Congreso de los Soviets de Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia y durante las semanas posteriores en que el congreso, liderado por el Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia (bolchevique) acordó la toma del poder bajo el programa básico de conseguir una paz justa e inmediata, el control obrero de la industria y la reforma agraria en el campo.

John Reed, acreditado como periodista, hizo un seguimiento diario del proceso revolucionario, asistiendo a las multitudinarias asambleas y a las reuniones de todas las facciones enfrentadas, entrevistando a los principales dirigentes del momento, e hizo una crónica diaria de la Revolución de Octubre.

Este relato de primera mano con los detalles y el día a día de la revolución bolchevique quedó plasmado en su obra más famosa, "Diez días que estremecieron el mundo", publicada en 1919.

En Rusia estuvo detenido durante dos semanas y fue seguido benévolamente por la Ojrana, la policía zarista. Se sintió fascinado por este gran país donde intuyó un fuego poderoso y destructor que opera en sus entrañas y se percibió que los revolucionarios rusos no eran aficionados sino auténticos profesionales.

 

De vuelta a Europa, se convirtió en un dirigente internacionalista y escribió una y otra vez en contra de la guerra. Dijo con ironía que una “regla segura de seguir es que hoy en día, cuando oigas a la gente hablar de ‘patriotismo’, no quites la mano de tu reloj”. Pero más seriamente apuntó sobre los beneficiarios de la guerra, contra los grandes capitalistas y las grandes compañías, señalando nombres y apellidos de los manipuladores camuflados detrás de las asociaciones patrioteras.

Regresa de nuevo a Rusia y encontró que las condiciones se habían endurecido extremadamente. Se entrevistó con Vladímir Ilich Lenin y conoció a Vladimír Maiakovski.

Vuelve a los Estados Unidos, fue detenido en Helsinki con un minúsculo cargamento de diamantes con los que la Internacional quería ayudar al incipiente comunismo americano. Detenido y confinado en una lóbrega mazmorra, Reed cayó gravemente enfermo. Sus eternos enemigos, los funcionarios de las embajadas americanas que ya le habían puesto obstáculos en otros viajes suyos, hicieron todo lo posible para evitar que pudiera regresar a su tierra.

Reed volvió a multiplicar sus actividades, escribiendo artículos y hablando en conferencias. Escribe varios de sus mejores artículos en El Libertador, una revista norteamericana de carácter revolucionario. Fundó y dirigió La voz del trabajo, y participó también en las redacciones de La edad revolucionaria y El comunista.

Por aquel entonces visitó a Gene Debs, el noble dirigente del movimiento obrero norteamericano. Éste se encontraba ya bastante viejo, pero le expresó a Reed todo su apoyo a la revolución. La antorcha había cambiado de manos. Reed había pasado a ser un dirigente revolucionario, y se convirtió en uno de los objetivos de la policía.

John Reed tuvo que enfrentarse con un contexto hostil, junto con otros miembros, fue expulsado del Congreso Socialista Nacional de agosto de 1919. El grupo disidente formó el Partido Comunista de Estados Unidos.

Acusado de espionaje, John escapó a la Unión Soviética, se enferma, los médicos diagnosticaron una fuerte gripe, pero después no dudaron que se trataba de tifus.

 

John Silas Reed muere en Moscú el día 17 de septiembre de 1920, tres días antes de cumplir 33. Fue enterrado en las murallas del Kremlin como un héroe de la revolución de octubre.

Fuente: Wikipedia. www.antorcha.org. Nevada Observer, Hemeroteca Nacional. Culver Pictures. Creative Commons.

 
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