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DURANTE LA REVOLUCIÓN, LA MUJER SE INTEGRÓ AL MOVIMIENTO SOCIAL

Como liberal y continuador de los ideales legalistas de Francisco I. Madero, Venustiano Carranza comprendió que el cambio necesario para el país no sólo debería ser político y conforme a lo expresado en el discurso de Hermosillo, Sonora, el 14 de septiembre de 1913, “...Las nuevas ideas sociales tendrán que imponerse en nuestras masas; y no es sólo repartir las tierras y las riquezas nacionales, no es el sufragio efectivo, no es abrir más escuelas, no es igualar y repartir las riquezas nacionales; es algo más grande y más sagrado; es establecer la justicia, es buscar la igualdad es la desaparición de los poderosos, para establecer el equilibrio de la conciencia nacional”.[1] La Revolución entonces se volvió auténtica.

Durante este periodo, de 1913 a 1917, mujeres de diversos estratos sociales, participaron en el movimiento armado a través de múltiples facetas; hubieron las que, al levantarse en armas ocuparon puestos de mando y obtuvieron grados militares, como Encarnación Mares, quien fue cabo, sargento segundo y sargento primero o como el de María del Refugio Salado Santoyo, que enfrentó a las partidas villistas del 13 al 15 de abril de 1915, en la batalla de Celaya, Guanajuato. Estas combatientes demostraron habilidad en el manejo de la tropa y ser diestras en el uso de las armas.

Otras mujeres también participaron en el campo de batalla corno voluntarias y benefactoras; hubo quien fundó la Cruz Blanca Constitucionalista o que convencida de la causa revolucionaria, se manifestó contra el gobierno ilegal del general Victoriano Huerta adhiriéndose a las filas constitucionalista, como fueron los casos de Leonor Villegas de Magón y de Sofía Díez de Bonilla de Ramió, respectivamente; o aquellas voluntarias, como Ana Pérez de Villarreal, que atendieron a enfermos y heridos, o Beatriz González Ortega Ferniza, quien colaboró en el establecimiento de un hospital de sangre para ayudar a los combatientes, así como Rosaura Lechuga Jáuregui, voluntaria en los hospitales de sangre fundados por la Cruz Roja.

Rosaura Zapata Cano, Ana Esperanza Romero Zetina, Dionisia Villarino Espinoza y Carolina Lima Vázquez, ejecutaron labores de enlace y correo y participaban también como combatientes.[2] Por su condición de mujeres, les fue más fácil incursionar en el espionaje y ser agentes confidenciales.

Así las cosas, Venustiano Carranza pudo conciliar los distintos intereses porque tuvo una visión general de los problemas y necesidades del país; ejerció la hegemonía de la Revolución con una visión clara y precisa de lo que quería: hacer de México un país donde el individualismo y el Estado promoviera el progreso de la nación.

El constitucionalismo también requirió de acciones organizadas para difundir sus ideas revolucionarias, en este quehacer, las mujeres realizaron valiosa labor; se tienen algunos ejemplos significativos, como el de María Heredia Navarro y el de Dolores Sotomayor, quienes realizaron trabajos de propaganda en el Distrito Federal, o el de Delfina Garmendia Villafaña Viuda de Monroy, con igual labor pero en el estado de Oaxaca; Manuela de la Garza de Jackson desde el exilio se dedicó a hacer propaganda contra el régimen del general Victoriano Huerta y a pasar armamento y parque por la frontera con Estados Unidos. Cabe mencionar también a Atala Apodaca Anaya de Ruiz Cabañas, quien además de ser profesora y miembro de la Liga de Amigos del Pueblo, fue presidenta de la Comisión de Estudios y Propaganda Nacionalista.

Los terribles enfrentamientos armados, la falta de servicios sanitarios y medicamentos, así como de provisiones alimenticias, provocaron heridas, enfermedades y epidemias entre la población. Aquí, la labor humanitaria de las enfermeras fue vital; atendieron sin descanso a todos aquellos que lo necesitaran sin percibir muchas veces un salario, lo único que las impulsaba era su ingénita bondad: “Un herido pedía a gritos que le pegaran un tiro. Ante el sufrimiento, la Chata Micaela se encaramó en el carro, encendió un cigarro de mariguana —Dios te lo pague, mujer— dijo el hombre y a poco se calmó”.[3]

Enfermeras y practicantes que dejaron su hogar, su carrera, su familia y sus bienes con el objeto de servir y luchar en los campos de batalla, entre los escombros, entre la miseria, entre el hambre y la muerte, respondían algunas de ellas al nombre de: Carolina Blackaller Arocha, Antonia Álvarez Sánchez, Dominga Carrascosa de Huerta, Carmen Heredia Urcelay y María Guerrero Manrique.

En las filas carrancistas también se destacaron las profesoras; algunas a través de la enseñanza propagaron las ideas revolucionarias e invitaron al pueblo a levantarse en armas y acompañar al Primer Jefe; hubo también, muchas más, que al dedicarse a la academia produjeron libros, y con ello lograron dar un giro a la conciencia del pueblo, o como el caso particular de Estefanía Castañeda Núñez de Cáceres, quien aplicó la técnica de Federico Froebel, poniendo en práctica la creación, la enseñanza intuitiva, los juegos sensoriales, el canto y el trabajo manual, y fundó el primer jardín de niños en la ciudad de México. En la trinchera o dentro de una biblioteca, las educadoras estuvieron presentes apoyando la revolución constitucionalista.

Al triunfo del movimiento constitucionalista contra Huerta, empezaron a surgir divisiones entre los diversos grupos combatientes debido a las diferencias personales y a los distintos enfoques políticos de los principales jefes de la Revolución, básicamente entre Venustiano Carranza, Francisco Villa y Emiliano Zapata, quienes se enfrentaron por el poder ante perspectivas muy disímbolas. Villa buscaba reivindicaciones económicas y sociales para un sector de la población; Carranza con su lema "Constitución y Reforma", planteaba soluciones a los problemas nacionales, y Zapata defendía radicalmente los postulados del Plan de Ayala.

Las divergencias entre los jefes mencionados propiciaron que la contienda no llegara a su fin con la firma de los Tratados de Teoloyucan, por el contrario, se inició una nueva lucha armada entre ellos.

En julio de 1914 la Revolución contra Huerta triunfó y en agosto del mismo año Carranza entró a la ciudad como Primer Jefe, asumiendo el Poder Ejecutivo. Un mes después convocó a una convención de gobernadores y generales en la ciudad de México; por su parte, Villa desconoció a Carranza y lanzó desde Chihuahua un manifiesto; en tanto que las negociaciones iniciadas para que Zapata se sometiera a Carranza fracasaron. Así, el 1° de octubre de 1914, cuando se instaló la convención en la capital faltaron Villa y Zapata.

En las sesiones de esta reunión los participantes rechazaron la renuncia de Carranza a su cargo de Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Encargado del Poder Ejecutivo y lo ratificaron en su puesto. En un intento por unificar a los grupos revolucionarios, la convención decidió trasladar sus trabajos a la ciudad de Aguascalientes. En la nueva sede se logró la participación de los tres grupos y, entre otros puntos, se discutió el artículo 22 constitucional en relación a la legislación del divorcio para fortalecer la emancipación de la mujer por medio de una juiciosa ley. Al respecto Federico Cervantes, representante de

Felipe Ángeles, planteó: "Es común en nuestra sociedad que la mujer sea la esclava, y por eso los hombres mezquinos y egoístas llamamos a la mujer mexicana la mujer más llena de virtudes de todo el mundo, por que es la mujer que menos ha comprendido su papel principal en la tierra, y porque somos los hombres que de la manera más bestial o absurda golpeamos a la mujer o la obligamos a trabajar o a obedecernos...”[4]

En esta Soberana Convención se resolvió que Villa y Carranza renunciaran a sus cargos y se nombró a Eulalio Gutiérrez como Presidente Provisional de la República.

Carranza desconoció la resolución y declaró que defendería con las armas el Poder Ejecutivo. Se trasladó a Veracruz y desde ahí controló a su ejército comandado por Álvaro Obregón e instaló su gobierno, en donde comenzó a dictar leyes como la del Municipio Libre, divorcio, tierras y ejidos, explotación petrolera y cuestiones obreras.

Referencias: 1 Barragán Rodríguez, Juan, Historia de/ ejército y /a revolución constitucionalista, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1985, p. 217. 2 “La mujer y la lucha social en la Historia de México”, en Cuadernos Agrarios, México, año 4, núm. 9, septiembre 1979, pp. 105118. 3 Mendieta Alatorre, Ángeles, La mujer y /a Revolución Mexicana, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1961 (Biblioteca INEHRM:23). 4 Ávila Espinosa, Felipe Arturo, El pensamiento económica, político y social de la Convención de Aguascalientes, México, Instituto Cultural de Aguascalientes Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1991, p. 192.

Fuente: Las mujeres en la Revolución Mexicana, 1884-1920. © Derechos Reservados – 1992. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana e Instituto deInvestigaciones Legislativas de la H. Cámara de Diputados ISBN-968-805-713-4

 
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