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LEVANTAMIENTO ITURBIDISTA DEL SARGENTO PÍO MARCHA

CIUDAD DE MÉXICO, DISTRITO FEDERAL; 18 DE MAYO DE 1822

El Congreso constituyente se instaló en México el 24 de febrero de 1822, presidiéndolo don Hipólito Odoardo, en los momentos en que se tenía noticia de la enérgica reprobación de España a los tratados de Córdoba.

En vista de esto, la primera atención del Congreso era elegir un soberano, y esta necesidad fue la manzana de la discordia lanzada en medio de los diferentes partidos.

En el seno del Congreso se aliaron republicanos y borbonistas contra los iturbidistas, y destituyeron como a tales, de la Regencia, al obispo Pérez, Bárcena y Velázquez de León, sustituyéndolos con don Nicolás Bravo, el conde de casa de Heras Soto y el doctor don Miguel Valentín.

Los jefes de las fuerzas militares se habían abanderado en los partidos beligerantes, figurando de un modo anómalo en el partido republicano, compuesto de Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Nicolas Bravo y otros antiguos insurgentes, borbonistas intolerantes.

En el partido iturbidista sobresalían decididos los generales Anastasio Bustamante, Francisco Cortázar, Vicente Filisola y otros que se habían distinguido como enemigos de los insurgentes.

Aunque se habían embarcado y tomado el rumbo de España fuerzas españolas; Dávila, jefe español, que no había entrado en transacción alguna, permaneció dueño de San Juan de Ulúa, que se designaba como punto de apoyo de una reacción en favor de España.

La exacerbación de las pasiones había llegado a su último extremo; en el seno de la Cámara y en el público se notaba la decadencia rápida del partido de Iturbide.

En tales circunstancias, Pío Marcha, sargento del primer regimiento de infantería de línea, la noche del 18 de mayo de 1822, en medio de una revuelta callejera, proclamó emperador a Iturbide con el nombre de Agustín I: el populacho lo secunda, los repiques y las dianas difunden el movimiento tumultuoso, y la chusma escandalosa se dirigió al frente de la casa de Iturbide, gritando: ¡Viva Agustín I!

La proclamación que se ratificó por el Congreso el 20 del mismo mes, efectuándose la coronación de Iturbide y su esposa el 21 de julio siguiente.

Iturbide no quería desairar la tan espontánea manifestación del voto del ejército y del pueblo, pero aparentaba resistir, mientras que ocultamente atizaba con sus manejos el movimiento. Llamado al seno del Congreso, se discutió si se confirmaba o no aquella proclamación pérfida y revolucionaria; y el Congreso, después de un ardientísimo debate, en presencia de Iturbide, en que éste representó el papel más jesuítico, respecto a sus enemigos, aprobó la elección por sesenta y siete votos contra quince, habiéndose ocultado dos individuos diputados [1].

El emperador volvió a su casa, tirando de su carruaje el pueblo, en medio de un entusiasmo que se parecía al delirio.

Las provincias dominadas, hasta en los ayuntamientos, por entidades militares, se transmitieron resignadas la consigna que partía de la capital.

La corona se declaró hereditaria; la nobleza de abarrote, que era la sola existente en México, desempolvó sus pergaminos y conservó la ridícula farsa aristócrata, haciendo caricaturas con las imitaciones de Europa.

Celebróse al fin de la coronación, y se instituyó la Orden de Caballeros de Guadalupe. (durante su breve reinado creó la Orden de Guadalupe, para premiar a sus partidarios, la que se restableció más tarde por Santa Anna y luego por el emperador Maximiliano).

Alucinado Agustín de Iturbide con estas manifestaciones de la adulación, reclamó el derecho del veto sobre los artículos de la Constitución, derecho absoluto de nombrar y destituir jueces de todas categorías, y por último, pidió la creación de un tribunal militar, con el objeto de juzgar soberanamente. A pesar de las circunstancias y de los partidarios que tenía Iturbide en el Congreso, todos esos proyectos de decreto fueron rechazados.

Iturbide envió a don Manuel Zozaya, como ministro a los Estados Unidos, los que retardaron el reconocimiento de la independencia hasta la caída de Iturbide.

Nota: [1] Sobre los antecedentes de la coronación de Iturbide y otros pormenores análogos, véanse las Memorias de don Anastasio Zerecero, impresas en San Luis Potosí y dedicadas al señor licenciado don José María Iglesias y al autor de estas lecciones. Puede consultarse, aunque con reservas, a don Luis Cuevas Gonzaga, en su obra titulada Porvenir de México, página 215 y siguientes; Memorias de Iturbide, Mexicanos distinguidos de Sosa, etcétera.

Referencias: RIVA PALACIOS, Vicente (1940). México á través de los siglos: historia general y completa del desenvolvimiento social, político, religioso, militar, artístico, científico y literario de México desde a antigüedad más remota hasta la época actual; obra, única en su género. (G. S. López edición). México.

Fuente: Wikipedia. Atribuido a Josephus Arias Huarte, Agustín de Iturbide, emperador de México, Imagen tomada del libro: Guadalupe Jiménez Codinach, Los proyectos de una nación, 1821–1888, México, Fomento Cultural Banamex, p. 81.

 
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