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EL PLAN DE AGUA PRIETA

Ese día, 12 de abril de 1920, Álvaro Obregón tuvo que disfrazarse de ferrocarrilero para escapar de la ciudad de México. Se encontraba en una gira proselitista por el norte del país, cuando fue requerido en la capital para declarar en el caso del general Roberto Cejudo, a quien se le acusaba de conspirar para organizar una rebelión en contra del gobierno y en la que se vinculaba a Obregón. Aunque sus amigos cercanos le habían dicho que se trataba de una celada, el general invicto de la revolución, desafió nuevamente a su suerte y se dirigió hacia el centro. Una vez en la gran ciudad, se percató de que lo que se le advertía era cierto. Por eso se vio obligado a huir, como lo hiciera Francisco I. Madero unos años antes, disfrazado. Pero ¿por qué y de quién se escondía el personaje más popular del momento?

Eran aquellos, días tormentosos, sin duda. Sus protagonistas no lo sabían con absoluta certeza, aunque lo deseaban unos, lo temían otros y lo sospechaban casi todos: había llegado la hora final de la hegemonía carrancista; era, quizá, la última campaña de la larga lucha que había iniciado una década antes, en 1910.

Apenas unos años atrás, justo antes de que Venustiano Carranza asumiera el mando de la nación como presidente constitucional en mayo de 1917, su más conspicuo lugarteniente, héroe de mil batallas, y hasta entonces su ministro de Guerra y Marina, Álvaro Obregón, había decidido retirarse de la vida pública para dedicarse a cultivar las haciendas que poseía en su natal Sonora. Nadie en México le creyó, por más que, en efecto, pasaba largas temporadas en el campo. Y había razones para no dar crédito a esa puesta en escena: Obregón era, con mucho, el personaje más popular del país y el jefe más respetado del ejército, un verdadero caudillo, y se le veía como el sucesor natural de Carranza al término del periodo constitucional vigente; además, sus seguidores fueron construyendo, sin demasiada discreción, los amarres necesarios para apuntalar su candidatura hacia las elecciones de 1920.

La inquietud electoral inició con mucha anticipación, desde finales de 1918. Ante ello, en enero de 1919 Carranza tuvo que conminar a la clase política a detener sus trabajos de cara a los comicios que se veían aún lejanos en aras de evitar una inútil y prematura división, cuando –decía el Varón de Cuatrociénegas– la revolución contaba aún con muchos enemigos y requería de la unidad de quienes habían luchado a favor del constitucionalismo. Si bien la labor proselitista no se detuvo, se hizo menos ostensible hasta el 1 de junio de ese año, cuando Obregón anunció abiertamente sus aspiraciones presidenciales. Aunque inicialmente dijo no estar adherido a partido político alguno, muy pronto el Partido Liberal Constitucionalista postuló su candidatura, a la que se fueron sumando numerosos seguidores de todo el país y de todos los sectores sociales, de manera destacada, los obreros afiliados a la CROM, con la que estableció un pacto secreto de colaboración.

No hubo que esperar demasiado para que Pablo González, otro de los más destacados generales de la revolución y caracterizado por su cercanía con Carranza, levantara la mano manifestando su interés por contender en los próximos comicios.

Desde muchos meses antes, el presidente, ya por voz propia o bien a través de terceros, había manifestado su rechazo rotundo a favorecer la llegada de algún militar a la presidencia, argumentando que se correría el riesgo de caer en un régimen militarista autoritario y de echar por tierra los logros alcanzados hasta entonces en materia de organización institucional. Con ello, se anticipaba a las naturales y previsibles ambiciones para sucederlo por parte de los generales que ganaron la guerra en los campos de batalla. Carranza se abstuvo de apoyar a Obregón y a González, pero vio en sus candidaturas el pretexto para prevenir sobre la posibilidad de que ambos contendientes se enfrentaran con las armas en la mano, afianzando así su alegato acerca de la necesidad de una candidatura civil. Él mismo se encargó de armar dicha candidatura al proponer al ingeniero Ignacio Bonillas, antiguo colaborador suyo y a la sazón embajador de México en Estados Unidos, como tercer contendiente. Fiel a su jefe, Bonillas acató más por obediencia que por convicción.

Al mismo tiempo, Carranza se ocupó de minar los apoyos a la candidatura de Obregón, incuestionablemente el candidato con mayor fuerza. Dirigió sus baterías al principal baluarte del obregonismo: Sonora. Casi inmediatamente después de que éste anunciara su candidatura, en lo que se entendió como una abierta provocación, el mandatario declaró que las aguas del río Sonora eran de propiedad federal. Pocos meses después, a fines de diciembre de 1919, ordenó el envío de más tropas del ejército para combatir a los indios yaquis, que recientemente habían pactado la paz en un acuerdo que el propio Carranza se había negado a reconocer; al mes siguiente hizo cambiar al jefe de Operaciones Militares en el estado por uno de su absoluta confianza. A partir de ese momento se tensaron fuertemente las relaciones entre el gobierno del estado, encabezado por Adolfo de la Huerta, apenas entrado en funciones, y el de la república.

El conflicto fue escalando por sí mismo en el contexto de la presión oficial sobre la campaña obregonista. El gobierno sonorense reclamó al federal por lo que consideraba una violación a la soberanía del estado al tiempo que reforzaba la milicia local y se encargaba de ganar el apoyo de las tropas federales destacadas en su territorio, formadas principalmente por oriundos de aquellas tierras, y el de los estados vecinos. La situación llegó a un punto límite, pues ni Carranza quiso escuchar las solicitudes del gobierno de Sonora para retirar los efectivos militares, ni éste dejó de reclamar por tal situación. Más aún, el presidente hizo saber a De la Huerta que si su gobierno consideraba que había sido violada la soberanía estatal, podía recurrir a la Suprema Corte de Justicia, pero que él no discutiría con un gobernador las atribuciones que le confería la constitución y que dadas las circunstancias estaba al borde de ser desconocido por contrariar el pacto federal. El gobierno norteño respondió que la actitud del presidente sólo llevaría a la guerra civil.

Y en efecto, para el 10 de abril el gobierno de Sonora desconoció al nacional. De la Huerta cesó al jefe de Operaciones Militares y nombró a Plutarco Elías Calles jefe de la División del Cuerpo del Noroeste. Al mismo tiempo los gobiernos de Zacatecas, y Michoacán se declararon en rebeldía en apoyo del primero. El de Tabasco haría lo mismo un poco más tarde. También se levantaron en armas algunos grupos obregonistas en Sinaloa y en la Huasteca.

Fue entonces cuando Obregón, que se encontraba en gira proselitista por Tampico fue requerido en la capital. Cuando el caudillo se encontraba en la ciudad, el gobierno de Sonora rompió con el de Carranza, lo cual le fue comunicado telegráficamente al candidato por Plutarco Elías Calles. Obregón entendió que se encontraba en una ratonera y aprovechando el apoyo que le habían manifestado los ferrocarrileros escapó disfrazado como uno de ellos con rumbo a Guerrero. Una vez guarnecido en territorio amigo, el 20 de abril de ese año de 1920 desde Chilpancingo emitió una proclama en la que se adhería al movimiento encabezado por el gobernador sonorense y se ponía a sus órdenes. Se conectaba así el conflicto sonorense con el movimiento obregonista, de modo que muy pronto la rebelión adoptó un carácter nacional y pasó del desafío político a la lucha armada generalizada.

Cerrado el círculo de apoyos políticos y militares, De la Huerta y sus allegados redactaron y proclamaron el Plan de Agua Prieta el 23 de abril para dar cauce a la rebelión. En el plan se desconocía a Venustiano Carranza como presidente de la república y a los gobernadores de Guanajuato, San Luis Potosí, Querétaro, Nuevo León y Tamaulipas, cuyos nombramientos, de acuerdo con los rebeldes, había sido producto de una imposición; se convocaba a los gobernadores a que se adhirieran al movimiento; se designaba a Adolfo de la Huerta jefe supremo del Ejército Liberal Constitucionalista; y se establecía que al triunfo de la causa, se nombraría un presidente provisional que convocaría a elecciones.

Muy pronto una importante porción del ejército se adhirió a la revuelta; otros sectores sociales y políticos hicieron lo mismo en una especie de plebiscito en contra de Carranza; incluso numerosos exiliados apoyaron la rebelión viendo en ella la oportunidad de regresar a México. Poco a poco y casi de manera incruenta el país fue cayendo en manos de los aguaprietistas.

Carranza se quedó solo en lo político y en lo militar. Apenas dos semanas después de proclamado el plan, el 7 de mayo, se vio obligado a evacuar la capital que inmediatamente fue ocupada por los alzados. Seguido por unos cuantos fieles partió rumbo a Veracruz. El tren en que viajaba fue duramente asediado durante el breve trayecto que pudo recorrer. En Aljibes, Puebla, Carranza y su comitiva ya muy reducida, tuvieron que continuar el camino a caballo. El rey viejo cayó muerto en una de las paradas, mientras dormía en una choza en Tlaxcalantongo, el 20 de mayo de 1920.

Cuatro días después, en la ciudad de México Adolfo de la Huerta era designado presidente provisional, cargo que asumió el 1 de junio siguiente. Se puso al frente del Ejecutivo con la encomienda de organizar elecciones, mismas que al celebrarse el 5 de septiembre le dieron el triunfo al principal beneficiario de Agua Prieta, Álvaro Obregón.

Fuente: Wikipedia. Pablo Serrano Álvarez INEHRM.; www.inehrm.gob.mx.  Imagen tomada del libro: Gustavo Casasola, Biografía Ilustrada del general Álvaro Obregón, 1880-1970, México, Editorial Gustavo Casasola, 1975, p. 69. INEHRM.

 
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