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CARTA DE UN SOLDADO FRANCÉS PRISIONERO EN LA BATALLA DE SANTA ISABEL, COAHUILA

Monterrey, 26 de agosto de 1866

Mis queridos padres:

El 1Q. de septiembre se cumplirán seis meses de que soy prisionero de guerra.- Los periódicos les han hecho saber del heroico combate sostenido el pasado ig. de marzo en la hacienda de Santa Isabel contra las fuerzas liberales.

Creo haberles escrito mi última carta de Parras hacia el 24 ó 25 de febrero.

El 28 de febrero por la tarde, el comandante De Brian, encargado de las fuerzas de Parras, es decir, de cuatro compañías del 29. Batallón del Regimiento Extranjero, fue informado que los liberales se encontraban a tres leguas de la ciudad. Él decidió salir a la medianoche con tres compañías, dejando en Parras la 5'. Cia. para la protección de la ciudad con un pequeño destacamento del tren. A esas tres compañías se unieron alrededor de 400 hombres de las fuerzas rurales incluyendo cerca de 90 hombres de caballería, pero todos mal armados, no teniendo más que una bala en la cartuchera y sin haber completado 15 días de servicio.

A dos leguas nos encontramos con el primer puesto de vanguardia, que se replegó después de haber disparado sus armas. A tres horas estábamos frente al enemigo, atrincherado sobre una serie de rocas y ocupando por otro lado la hacienda, situada a 25 pasos. El tiempo de reconocimiento de la posición duró una hora, tiempo durante el cual el enemigo no dejó de dispararnos, hiriendo a varios de nuestros hombres. Después de que fue dada la señal de carga, llegamos al pie del cerro, al grito de Viva la Francia, subimos para intentar el asalto bajo una lluvia de balas por el frente, y por detrás, que disparaban los soldados ubicados sobre la terraza de la hacienda, de tres veces que intentamos con inauditos esfuerzos tomar esa posición, tres veces fuimos rechazados teniendo pérdidas considerables, los auxiliares que estaban con nosotros no podían confiar en sus armas, así que nos abandonaron al principio de la carga, solamente el jefe Campos, prefecto de Parras, participó en el asalto en una ocasión, con 50 de sus hombres, y logró escapar. Finalmente, todo este esfuerzo de un puñado de hombres valientes sería infructuoso (150 hombres) contra 2 mil atrincherados detrás de las rocas y de los cuales cerca de un centenar estaban armados con rifles de ocho tiros.

Nos batimos en retirada después de haber perdido más de la mitad de los hombres y a tres oficiales, que quedaron muertos al pie del cerro, todos alcanzados por muchos disparos. Nuestra caballería, al igual que los soldados de infantería, nos había abandonado desde que se tiraron los primeros disparos, nosotros, al no estar protegidos, fuimos inmediatamente rodeados por 600 hombres de caballería que nos persiguieron como bestias salvajes. El comandante estaba ya herido, mi teniente Schmidt, el valiente entre los valientes de esta acción, había sido muerto mientras descendía, había sido alcanzado por varios disparos y animaba aún a los soldados con voz debilitada, caído en la tierra, con los dos brazos rotos, finalmente, una última bala disparada al cráneo terminó con su vida. El capitán Caze también había sido muerto al ir subiendo, así como el subteniente Royaux y el ayudante Gavériaux. El capitán Moulinier, cuyo caballo había sido herido, permanecía para la retirada con el teniente Ravin y conmigo, los tres sin heridas por haber corrido antes del asalto.

Varias veces, cada uno por nuestra parte, intentamos formar el cuadro o más bien un grupo de hombres para poder reunirnos de inmediato, pero esto era imposible, eran demasiado numerosos, como dijo un viejo soldado de Waterloo. El Capitán Moulinier (a quien ustedes vieron en París), al estar saltando una barranca recibió alrededor de 15 balazos, y como el comandante De Brian había sido ultimado a sablazos, quedábamos el teniente Ravix y yo, quienes intentamos reorganizar una línea de tiradores. Sin embargo, a medida que el tiempo corría, más aumentaban, finalmente caímos en una tercera barranca, donde podíamos protegernos de los sablazos de la caballería, pero la infantería había tenido tiempo de llegar. En seguida, de cada lado de este barranco, los soldados de caballería, armados de fusil, nos tiraban por encima. Mi revólver me ha salvado la vida tres veces en estas circunstancias, y aun descargado, todavía asustaba a cada soldado poniéndolo en fuga; el señor Ravix que debería haber permanecido conmigo, se había acurrucado en un agujero donde fue muerto, a unos 50 pasos del final de esta barranca, de la cual no podíamos salir. Yo por mi parte, me agazapé detrás de un refugio. Rendido, sin poder respirar, y sin poder dar un paso más, resuelto a morir, cargué mi revólver para poner fin a mi existencia y no ser masacrado, cuando pensé en hacer un breve rezo.

Habiendo terminado, pensé en ustedes, mis queridos padres. Entonces me levanté prefiriendo sufrir y abrigar la oportunidad de vivir para ustedes. En ese momento, un oficial enemigo se presentó, me pidió mis armas y me hizo prisionero. Los 15 hombres que podían haber llegado al extremo de la barranca habían sido hechos prisioneros también y los otros fueron recogidos a lo largo del campo de batalla. Fuimos 82 los prisioneros de los cuales 37 estaban heridos.

Desde entonces, el tiempo que he pasado como prisionero sería demasiado largo de contar aquí, me reservo para después el darles estos interesantes detalles. Crucé el desierto del Bolsón de Mapimí sufriendo como ellos las privaciones de agua y pasando hambre. Pero siempre el trato ha sido bueno. Estoy contento de la manera en que he sido tratado hasta ahora. Tengo, en cambio, mucho de qué quejarme del ejército francés, que por así decirlo, se ha olvidado completamente de nosotros; no pretende intercambiamos ni entrar en negociaciones con los generales Escobedo o Treviño. Este último y el general Viesca nos otorgaron la gracia de la vida. Nosotros deberíamos haber sido fusilados, puesto que de nuestro lado, a partir del abominable Decreto de Maximiliano, no se toman más prisioneros, sino que se fusila a los oficiales y se expulsa a los soldados. Somos los abastecedores de los fusilamientos de Maximiliano.

Aprovecharé alguna ocasión para hacerles llegar esta carta, pensando que ustedes han de estar muy inquietos, aunque cinco días después de este suceso pude informar al general Douai a quien rogué les escribiera. Enseguida, todo mundo supo que el regimiento había sido hecho prisionero; la estafeta [sic, quizá por Gaceta] de México publicó los nombres de los prisioneros de acuerdo con un boletín de Juárez. Ahora, después del hecho del 16 de junio y la pérdida de un convoy con 2 millares de mercancías salido de Matamoros para Monterrey y donde los liberales hicieron presos a 130 austriacos y 7 oficiales, y 20 oficiales del Imperio, yo espero que el mariscal desee intercambiamos.

Para la próxima ocasión yo les escribiré de nuevo. El Imperio está cada vez más acabado, la única opción es abandonar México si no se envían más tropas europeas. Los franceses abandonaron Monterrey y están en Matehuala, retirándose a San Luis, según se dice. Corre el rumor de que el capitán De la Mayrie fue muerto cerca de Matehuala. Es una pérdida para el ejército, ya que era un valiente e intrépido soldado. Se habla de la abdicación de Maximiliano a favor de cualquier otro, hay que creer, yo no sé nada. Nosotros no sabemos una palabra de política. Escuchamos todo lo que se nos dice de Europa. Yo sé ahora que la paz ha sido firmada, que Austria ha cedido el Véneto a Francia y que ésta la regresará sin duda a Italia a cambio de la Cerdeña, así lo espero.

Hubiera preferido que la guerra se volviera general en nuestro país y que Francia aprovechara para apoderarse de las fronteras del Rin, que a toda costa hay que retomar para comandar a Europa, y aún más lejos. Estoy en Monterrey desde hace ocho días, estoy bien, me falta un poco de dinero, los liberales no son ricos. Pero encontré a un comerciante que me ha prestado dinero sobre el pago que he de recibir del regimiento.

Una vez la suma agotada, tendría quizá que recurrir al bolsillo de ustedes, aunque el regimiento me debe más de 400 piastras. Actualmente estoy contento, casi olvido el cautiverio. Doy mi palabra, soy libre en la ciudad. Estoy hospedado con los oficiales austriacos de los cuales algunos hablan francés, en una casa particular, sin muebles ni propietario. Nuestros asistentes están con nosotros.

Encontré algunos viejos periódicos de La Ilustración, el primero que tuve en mis manos hablaba de mi excelente cuñado. Con qué alegría leí las líneas que hablaban del busto de Verdi así como las bromas y caricaturas. Pero también me enteré con gran dolor de la muerte de uno de los buenos y viejos amigos de ustedes, el pintor teniente Bellangé. Hagan saber mis sinceras condolencias a Eugenio, su hijo, con quien cené en la casa de ustedes. No he dejado de rezar por ustedes durante todo este tiempo de cautiverio, pidiendo a Dios que les conserve con salud.

Y mi querida hermana Isabel, ¿está en París? Mi querida madre debe estar muy triste, y en cuanto a ti, mi buena y dulce hermana Paulina, lamento toda la pena que he provocado en ti sin querer. Mi querido cuñado, deje usted por fin de trabajar, consérvese bien para que yo pueda acompañarle en 20 años y más a Bade para jugar juntos y en compañía de su viejo amigo el señor Werger una buena partida de dominó.

Con qué placer volveré a ver también al buen señor Werger, sobre todo ahora que hablo un poco de alemán, incluso inglés, aunque mejor el español. Santa Isabel ha de haber rezado por mí elr. de marzo. Monterrey me gusta mucho. Si yo no fuera un francés amante del rincón de tierra que me vio nacer, me quedaría aquí, pues existen mexicanas muy bellas.

Espero que la próxima vez les anuncie mi liberación.

Les abrazo a todos, así como a mi buena madre, a la cual les pido hagan saber estas novedades, mis hermanos y cuñadas.

Les vuelvo a abrazar

E. Moutiez, 5e del Regm. Extranjero

Por favor no olviden hablar de mí a todas las personas de vuestro círculo y a los que se interesen en mí, el señor Fleury, el capitán Lanvion, el coronel 011ivier.

Presenten mis saludos respetuosos al señor Colson.

Estoy impaciente por volver al regimiento siguen dos renglones achados y continúa en párrafo aparte

El general Osmont ha sido nombrado ministro de Guerra, el intendente Friant, ministro de Finanzas, el Imperio no tiene un centavo, Maximiliano tiende la mano al mariscal Bazaine que no quiere seguir dándole dinero por mucho tiempo.

Fuente: Wikipedia Santa Isabel: Las dos visiones; Javier Villarreal Lozano. Imagen: Museo de Caballería del Ejército Mexicano.

 
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