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PIERDE BRAZO ALVARO OBREGÓN EN SANTA ANA DEL CONDE

Dos campos de batalla se libraban, con el estallido de la Revolución Mexicana, por una parte las pugnas con Madero, para alcanzar la Presidencia de la República, y por otra, la revuelta que ya era generalizada por doquier, en León los efectos se empiezan a sentir de inmediato, con la entrada de Cándido Navarro el 3 de junio de 1911, quien fue recibido por el Jefe político Hilarión Torres.

En medio del júbilo de cientos de leoneses que aclamaban a los revolucionarios maderistas, Cándido Navarro desde el balcón del Círculo Leonés Mutualista aconsejó a la multitud guardar orden y compostura, así como respeto a los guardias municipales.

Sin embargo, los ánimos se caldearon al no liberar a los presos que la multitud enfurecida reclamaba, en medio de cambios en la jefatura política municipal y estatal, el desorden, pillaje, y sobre todo la hambruna generalizada, causaba grandes estragos entre los leoneses, a esto sumado el tremendo saqueo y devastación a cargo de Pascual Orozco el 1 de agosto de 1914.

En ese mismo año, para variar la ocupación villista en León, siendo ocupada la residencia llamada popularmente "La Casa de las Monas" con el cuartel de Pancho Villa.

Uno de los episodios más sobresalientes de la "Revolufia" (dicho popular) se dio en las inmediaciones de León, los protagonistas: Francisco Villa y Álvaro Obregón.

Este último caudillo escribió el libro titulado: "Ocho Mil Kilómetros en Campaña" editado en 1970 por el Fondo de Cultura Económica, en custodia del Archivo Histórico Municipal de León, del cual se extraen los siguientes párrafos: "El día 3 muy temprano, marché a Santa Ana acompañado del General Diéguez y algunos Jefes y oficiales de nuestros respectivos estados mayores.

Llegamos a dicha Hacienda a las 7 a.m. y en seguida de desmontar, subimos al torreón de la finca principal, que sirve de mirador, donde ya se encontraban los generales Murguía, Castro y Alejo González. Aquel sitio ofrecía un magnífico punto de observación de donde podían ser vistos, con toda claridad, los movimientos y colocación del enemigo. Este había suspendido sus asaltos a la Hacienda, y se concretaba a hacer fuego, poco nutrido, por el frente, y con algo más de intensidad por el poniente de la Hacienda. Sin embargo, la situación allí se hacía más crítica, sobre todo por la falta del vital líquido.

Habíamos resuelto ya la hora y forma en que debería efectuarse el asalto sobre el enemigo, y dábamos por terminada la observación, siendo un poco antes de las nueve de la mañana, cuando descubrimos una columna que se aproximaba a paso veloz, y pocos momentos después pudimos distinguir claramente que era artillería la que con toda precipitación hacían avanzar los villistas rumbo a la Hacienda.

Como en aquellas posiciones no teníamos artillería, y ellas ofrecían un magnífico blanco al enemigo, comprendí, desde luego, que sus fuegos serían eficaces, por lo que ordené a los generales Murguía y Castro que hicieran salir violentamente todas las caballerías e impedimentas que había en las cuadras de la finca, y cuyo número pasaba de mil dragones.

Descendimos luego del torreón, para que cada quien tomara su colocación, pues teníamos ya la certeza de la proximidad de una seria batalla.

Las caballerías e impedimentas empezaron a hacer su retirada con toda actividad, dirigida por el General Castro adonde se encontraban sus tropas, y el General Murguía hacia la línea de fuego, al Oeste de la Hacienda, cubierta por el 20 Batallón de Sonora: mientras que el General Diéguez, se dirigía a Trinidad, y yo mandaba retirar nuestros caballos a retaguardia de las casas de la Hacienda. Entonces, seguido del General Serrano, del Coronel Piña, de los tenientes coroneles Jesús Garza y Aarón Saénz, de los capitanes Ezequiel Ríos y Rafael Valdés, y de algunos otros miembros de mi Estado Mayor, me dirigí a las trincheras del frente, que estaban ocupadas por soldados del 8º Batallón de Sonora.

El tiempo empleado por nosotros para hacer ese recorrido fue reducidísimo; pero el enemigo obró con tal diligencia e impunidad, porque no teníamos artillería con qué obligarlo a conservar la suya a largo trecho, que había emplazado ya sus cañones a distancia no mayor de 1,200 metros de nuestra línea. El fuego no se hizo esperar, pues cuando nos faltaban unos setenta metros para llegar a nuestras trincheras, explotó cerca de nosotros la primera granada y a ésta siguieron otras, que siguieron otras, que eran dirigidas sobre el grupo que formaban, en tanto que seguía yo avanzando con el Coronel Piña, el Teniente Coronel Garza y el Capitán Ríos y Valdés.

Faltaban unos veinticinco metros para llegar a las trincheras, cuando, en los momentos que atravesábamos un pequeño patio situado entre ellas y el casco de la Hacienda, sentimos entre nosotros la súbita explosión de una granada, que a todos nos derribó por tierra.

Antes de darme exacta cuenta de lo ocurrido, me incorporé, y entonces pude ver que me faltaba el brazo derecho, y sentía dolores agudísimos en el costado, lo que me hacía suponerlo desangrado también por la metralla.

El desangramiento era tan abundante, que tuve desde luego la seguridad de que prolongar aquella situación en lo que a mí se refería era completamente inútil y con ello sólo conseguiría una agonía agrandada y angustiosa, dando a mis compañeros un espectáculo doloroso.

Impulsado por tales consideraciones, tomé con la mano que me quedaba, la pequeña pistola "Savage" que llevaba al cinto, y la disparé sobre mi sien izquierda pretendiendo consumar la obra que la metralla no había terminado, le hablé al General Murguía y le dije: "Diga usted al Primer Jefe, que he caído cumpliendo con mi deber, y que muero bendiciendo la Revolución".

Sin embargo Álvaro Obregón no murió y se retiró al norte.

Fuente: Wikipedia. Sergio Campos. El Sol de León; 20 de noviembre de 2009. Creative Commons.

 
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