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SANGRE EN PADILLA: LA EJECUCIÓN DE ITURBIDE

Cuando abordó el bergantín inglés Spring la única certeza que tenía Agustín de Iturbide era que le aguardaba una larga travesía por el Atlántico antes de volver a tocar tierras americanas. Lo acompañaban su esposa embarazada, sus dos hijos menores, un sobrino, un par de capellanes, dos criadas y dos criados y el teniente polaco Beneski que había servido bajo sus órdenes en México algunos años atrás.

La tripulación de la nave estaba formada por el capitán y trece marineros; como era costumbre el bergantín cargaba con cuatro cañones y sus correspondientes municiones. Nada que pudiera poner en peligro a las poblaciones ribereñas, nada con que el “malvado” Iturbide pudiera “turbar la tranquilidad y el sosiego público”. Don Agustín regresaba a su patria absolutamente solo. No sabía lo que el destino le tenía reservado, pero al despedirse del mayor de sus hijos en Londres, por su mente cruzó la posibilidad de que la muerte se convertía en una posibilidad real.

“Vamos a separarnos, hijo mío, Agustín –escribió el libertador-; pero no es fácil calcular el tiempo de nuestra ausencia: ¡tal vez no volveremos a vernos! Esta consideración traspasa el corazón mío y casi aparece mayor mi pesar a la fuerza que debo oponerle; ciertamente, me faltaría el poder para obrar, o el dolor me consumiría, si no acudiese a los auxilios divinos, únicos capaces de animarme en circunstancias tan exquisitas y tan críticas”.

Luego de navegar cuarenta y nueve días, el Spring llegó a las costas Golfo de México. No encontró población alguna adecuada para desembarcar; con excepción de Veracruz o Tampico, el extenso territorio mexicano aún estaba lejos de contar con puertos de mediana importancia. Ante la escasez de agua y el mal tiempo de la época veraniega, Iturbide tomó la decisión de atracar en la barra de Soto la Marina el 14 de julio.

Las horas transcurrieron en calma. El libertador y su familia permanecieron a bordo del Spring y la mañana del 15, Carlos de Beneski, compañero de Iturbide, se presentó ante el comandante militar, Felipe de la Garza, argumentando que llegaba con un plan de colonización y otros negocios y se hacía acompañar de un amigo inglés. El comandante no reparó tanto en el asunto que expuso Beneski; conociendo su relación con Iturbide preguntó por él y el polaco respondió que permanecía en Londres con su familia.

De regreso en el bergantín y con la autorización para realizar el desembarco, Beneski le dijo a Iturbide que nadie había sospechado de su presencia. El libertador se aprestó, subió al bote y se recostó, envolviendo su cabeza y cubriéndose con un capote. Una vez en tierra pidió un mozo y dos caballos ensillados. Mientras conseguían las monturas, Iturbide permaneció en el bote.

Cerca de las 6 de la tarde del día 15, Iturbide montó el caballo y lo hizo con tal destreza, con “una agilidad no conocida en los ingleses”, que no pasó desapercibido. No al menos para dos personas: el cabo Jorge Espino y el teniente coronel Juan Manuel Azúnzolo. Ambos coincidieron en que el acompañante de Beneski les había resultado sospechoso, pero también familiar. Azúnzolo se aventuró a señalar que “se parecía en el cuerpo a Iturbide”. El cabo ordenó a tres soldados alcanzar a los viajeros y cerca de las cuatro de la mañana del 16 de julio, los alcanzaron en el rancho de Los Arroyos.

Iturbide y Beneski dormían a cielo abierto pero el tropel de los caballos los despertó. No pusieron resistencia y en cambio solicitaron que el comandante militar, Felipe de la Garza, se presentara en el lugar. Dos de los soldados acordaron permanecer ahí mientras uno más regresaba a Soto la Marina a informar. A las cuatro y media de la tarde, De la Garza llegó al rancho y descubriendo a Iturbide preguntó: “¿Qué es esto? ¿Qué anda haciendo aquí?”. Sin perder la calma, el otrora emperador respondió: “Vengo de Londres con mi mujer, dos hijos menores, para ofrecer de nuevo mis servicios a la patria”. “¿Qué servicios?” –agregó De la Garza- “si usted está proscrito y fuera de la ley por el soberano Congreso de México”. La respuesta de Iturbide fue contundente: “No sé cuál sea la causa; mas estoy resuelto a sufrir en mi país la suerte que se me prepare”.

De la Garza le pidió a Iturbide todos los papeles que cargaba consigo, entre los cuales había una carta y un pliego cerrado para el Congreso del Estado. Se mandó ensillar y mientras esto sucedía, el libertador le dio un gran sorbo a un jarro de chocolate que le ofrecieron. Era el primero que tomaba desde hacía más de un año cuando había partido al exilio.

Todos los hombres cabalgaron de vuelta a Soto la Marina. En el camino, Iturbide rompió el silencio y le preguntó a De la Garza qué destino le deparaba. “La muerte conforme a la ley”, respondió el militar. Iturbide señaló: “No lo sentiré, si llevo el consuelo de que la nación se prepare y se ponga en defensa”. Así justificaba su regreso a México, argumentando que en Europa, la Santa Alianza, estaba dispuesta a brindar su apoyo a España para recuperar sus colonias en América. Y si bien existía el temor real, los informes procedentes de Europa no dejaban de ser tan sólo rumores.

Iturbide y Beneski fueron puestos en prisión y bajo custodia de un oficial y quince hombres. Un par de catres sirvieron para pasar la noche y en una mesa desvencijada y sin mantel pudieron tomar algunos alimentos. El libertador probó con gusto un plato de frijoles. Beneski rechazó ocupar una mesa desnuda a lo que Iturbide, no sin cierta resignación y sombrío optimismo agregó: “Nunca es malo lo que el tiempo ofrece”.

El 17 de julio, Iturbide despertó con la noticia de que sería pasado por las armas a las tres de la tarde. Se resignó y solicitó la presencia de uno de los capellanes que lo habían acompañado desde Europa. No se lo permitieron, como tampoco autorizaron los tres días que pidió para arreglar sus asuntos y “disponerse como cristiano”. Sin embargo, dada la importancia del prisionero y ante las posibles repercusiones que podría traer su muerte, De la Garza tomó la decisión de suspender la ejecución y presentarlo ante el Congreso del estado para “salvar la duda de si se hallaba en el caso de la ley”, aunque Iturbide no la hubiese conocido con antelación.

Iturbide fue trasladado a Padilla, donde sesionaba el Congreso del estado. Al dejar la villa, saludó a la tropa y al pueblo reunido en la plaza que no dejaba de mostrarse sorprendido. Más de uno se compadecía de Iturbide y del futuro que le acechaba. Lo seguían cuarenta hombres, incluido De la Garza, quien además pidió la compañía de un sacerdote. “Sobre la marcha Iturbide me encargó que viera con caridad a su familia, más desgraciada que él; yo le ofrecí cuanto estuviera de mi parte hacer en su beneficio, y él repuso que de Dios tendría el premio”.

El camino era largo, por lo que la comitiva tuvo que hacer varias paradas para descansar; en una de ellas, Iturbide sostuvo una larga conversación con el religioso, fue prácticamente una confesión. En las primeras horas del 18 de julio, el contingente se detuvo para escuchar misa, luego continuaron su camino.

Aunque la presentación de Iturbide ante el Congreso parecía una oportunidad para alcanzar el indulto, el libertador sabía que no tenía salvación. Se mostraba resignado y dispuesto a enfrentar el patíbulo. A pesar de ser el consumador de la Independencia, nunca pudo borrar de su pasado los años en que persiguió exitosa y sanguinariamente a los insurgentes; no pudo borrar de la memoria colectiva que, como emperador, había disuelto el Congreso y enviado a prisión a muchos de sus opositores; no pudo evitar, que en vísperas de la conformación de la República, su presencia siguiera inflamando los ánimos de sus partidarios. Aquella mañana del 19 de julio, Iturbide sabía, sin lugar a dudas, que sería el último día de su vida.

Como era de esperarse, una vez en Padilla, el Congreso le negó a Iturbide la posibilidad de presentarse a exponer su defensa. Sin embargo, durante varias horas sesionó para determinar la suerte del caudillo. “Poco después se abrió la sesión –escribió De la Garza-, en la que me presenté a ofrecer mis respetos, asegurando que podían obrar con la confianza de que serían puntualísimamente obedecidas sus órdenes. Se me pidieron informes, que satisfice; otras veces se me mandó hablar; hícelo en favor de la víctima, y me retiré. A las tres de la tarde se me entregó la declaración del honorable Congreso conforme a la ley, autorizándome para que dispusiese el castigo cuando me pareciera conveniente”. La muerte aguardaba en Padilla.

“A ver, muchachos… daré al mundo la última vista”, dijo Iturbide minutos antes de las 6 de la tarde, cuando fue sacado de la prisión para ser llevado al lugar de la ejecución. Se veía sereno. No quiso que nadie le vendara los ojos; lo hizo él mismo con tal naturalidad que parecía haber pasado ya por el trance de la muerte. Se opuso a que le ataran las manos, pero ante la insistencia del oficial de que debía hacerlo no puso más reparos. Minutos antes le entregó al sacerdote una carta para su esposa, su reloj y el rosario que llevaba al cuello a fin de que lo remitiese a su hijo mayor que se había quedado en Londres.

Parado ya en el lugar donde habría de morir el 19 de julio de 1824 Agustín de  Iturbide expresó: “¡Mexicanos! En el acto mismo de mi muerte os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión: ella es quien os ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros; no quedará a mis hijos y su posteridad otra mancha: no soy traidor no. Guardad subordinación y prstad obediencia a vuestros jefes, que haciendo lo que ellos mandan, es cumplir con Dios. No digo esto lleno de vanidad porque estoy muy distante de tenerla”.

Rezó el credo por algunos minutos e hizo un acto de contrición; besó el crucifijo que le presentaron y de pronto se oyó la descarga que cegó su vida. Su cuerpo inerte fue recogido, varios vecinos lo reconocieron para beneficio de la autoridad y finalmente lo sepultaron en la iglesia del pueblo de Padilla. En 1838, Anastasio Bustamante trasladó sus restos al altar de San Felipe de Jesús, en la catedral de la ciudad de México, donde se encuentran actualmente. Lejos del reconocimiento nacional; lejos de ocupar un lugar entre los personajes fundadores de la nación mexicana.

A principios del siglo XX, el intelectual y político Francisco Bulnes escribió:

Espero que para el Centenario de 2110, dentro de doscientos años, se habrá reconocido que los tres héroes prominentes de nuestra independencia, fueron Hidalgo Morelos e Iturbide. Como los muertos no se cansan de reposar en sus tumbas, Iturbide bien puede esperar algunos cientos de años, a que el pueblo mexicano, en la plenitud de su cultura, le reconozca con moderados réditos lo que le debe. Mientras no se honre como debe ser a los verdaderos héroes de la independencia y se llegue hasta suprimir de los homenajes, la figura de uno o algunos de los más grandes, habrá derecho para decir que en las solemnes fiestas patrias… quedó vacío el lugar del primero de los personajes: la Justicia.

El propio don Agustín, desde su exilio en Liorna, Italia, vislumbró que el juicio de sus contemporáneos y de futuras generaciones podría ser tan adverso que concluyó sus memorias escribiendo: “Cuando instruyáis a vuestros hijos en historia de la Patria, inspiradles amor al primer jefe del ejército trigarante quien empleó el mejor tiempo de su vida en trabajar porque fuesen dichosos”.

Fuente: Wikipedia. Alejandro Rosas. bicentenario.com.mx. Creative Commons.

 
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