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LA RENUNCIA Y HUIDA DE VICTORIANO HUERTA

De manera oficial, y hasta donde se sabe, durante los diecisiete meses que Huerta estuvo al frente del gobierno, los altos mandos del ejército federal mantuvieron una unidad irrestricta. Tanto en las fuentes oficiales como en la prensa, no existen indicios de que se hubiera fraguado una conspiración para substituirlo en la presidencia. Tampoco existe evidencia de un desgajamiento importante entre el ejército federal a raíz del llamado de Carranza para que se sumaran a sus filas. De hecho, los casos de deserción fueron contados, lo que les valdría posteriormente su conversión en héroes de la Revolución mexicana; sea como fuera, la situación no significó amenaza grave alguna para Huerta.

La deserción de Felipe Ángeles y otros elementos de las distintas divisiones militares no cimbraron la estructura del ejército, aunque extraoficialmente sí hubo otros conatos de ruptura e incluso de asesinato. En su extenso texto epistolar, la esposa del encargado de negocios de Estados Unidos en México, Edith Coues O´Shaughnessy, llegó a asegurar que el 6 de febrero de 1914 Paul Von Hintze le comentó a su marido algo sorprendente: habían sido fusilados «cuarenta hombres y oficiales en los cuarteles de Guadalupe, Hidalgo.» La razón: probablemente conspirar contra Huerta. Incluso la misma dama agregó otro elemento importante: que desde días atrás, en la ciudad de México circulaban «persistentes rumores de un levantamiento militar o cuartelazo».

Bajo este contexto, no era de extrañarse que uno de tales levantamientos pudiera triunfar, lo que indudablemente podría llevar al gobierno a la bancarrota; situación que terminaría por afectar al ejército federal. Ya sin pago alguno, las tropas protestarían y el país entraría en caos con lo que imperaría el lema del «sálvese quien pueda». Con el paso de los meses, lo que sonaba como rumor, terminó por convertirse en realidad, lo que derivó en malestar entre las filas del ejército federal; a ojos de las tropas no escapaba el hecho de que el barco zozobraba y entraba en picada. Pero romper la unidad del ejército federal no era fácil, ya que para los altos mandos la disciplina militar era una cuestión de honor. Todos ellos habían hecho carrera y ascendido en el escalafón militar siguiendo las reglas contempladas en la Ordenanza. Sin embargo, la situación con los cuadros medios y bajos (particularmente la tropa), era totalmente distinta, en su mayoría eran reclutados mediante la leva o por medio de engaños, por lo que el honor y la disciplina militar carecían de sentido.

Por otro lado, la invasión americana al puerto de Veracruz ocurrida en abril de 1914, parecía presagiar ya la inminente caída de Victoriano Huerta; incluso muchos de sus allegados, particularmente civiles, tomaron sus precauciones y abandonaron el país. Unos lo hicieron vía el cumplimiento de determinadas comisiones en el extranjero, otros debido a algún resquemor o distanciamiento con Huerta, y otros más lo hicieron por iniciativa propia. Por si la situación no era lo suficientemente complicada, a finales de mayo Victoriano Huerta estuvo a punto de ser asesinado. Al transitar en automóvil rumbo a su casa de campo ubicada en Popotla, tres individuos lo esperaban parapetados en una zanja ubicada al lado de una calzada, con sus respectivos rifles cargados. Al visualizar su automóvil, le dispararon. Para su fortuna, ninguno de los tiros hizo blanco y el automóvil continuó su marcha como si nada hubiera sucedido. Casi de inmediato, el general Ignacio A. Bravo, comandante militar de la Ciudad de México y quién acompañaba al general Huerta, logró capturar a los asaltantes para fusilarlos posteriormente en la Escuela Nacional de Agricultura, situación que le provocaría roses con el secretario de Agricultura, Eduardo Tamariz, ya que consideró que se había violado su esfera de actividades y el 29 de mayo renunció. No obstante la gravedad del incidente, la unidad del ejército en torno a Huerta se mantuvo incólume.

LA PREPARACIÓN DE LA SALIDA

En forma sospechosa, el 10 de julio de 1914 llegó al puerto de Veracruz el buque de vapor Espagne y de inmediato fondeó en la bahía. A los ojos de los habitantes de la Ciudad de México y del puerto, con la llegada de aquel barco se presagiaban cosas graves. Conforme pasaban las horas, el rumor de que varios funcionarios huertistas estaban a punto de abandonar el país se hacía más fuerte. Comenzaron a llegar a ambos puertos numerosos militares cercanos a Huerta, entre los cuales figuraban los generales Joaquín y Mario Mass, y el teniente coronel Fernando Fortuño Miramón, con sus respectivas familias. Este último dijo que se dirigía a Oviedo, España, comisionado para visitar una fábrica de armas. Todos ellos se embarcaron precisamente en el vapor Espagne. Hasta aquí no eran más que los síntomas de lo que vendría en los días siguientes.

Al iniciarse la segunda semana del mes de julio, corrían los rumores de que el propio Victoriano Huerta había desaparecido de la Ciudad de México. Otros agregaron que el Presidente de la República ya estaba en el puerto de Veracruz presto a embarcarse en cualquier vapor que lo condujera al viejo mundo. En esta oleada de rumores hubo quienes aseguraron que el 14 de julio, en plena madrugada, Huerta abordó un convoy especial en la estación de Villa de Guadalupe, acompañado de su familia, con la firme intención de llegar a Puerto México o al de Veracruz y salir del país. Con el paso de las horas, tales versiones se desvanecieron cuando Huerta apareció transitando en varias calles de la ciudad de México en un automóvil junto con sus ayudantes. Sin embargo, tales rumores encerraban mucho de cierto. Al percatarse que el régimen estaba en franca agonía, y que no había salvación, varios integrantes del gabinete de Huerta se pusieron a salvo huyendo del país. Es más, el propio Huerta aceptó públicamente que era inminente su renuncia a la presidencia de la República, con lo cual aceleró el curso de la historia. Como medida inicial, Huerta preparó la salida de su esposa e hijos, al igual que de las de sus allegados. La orden suprema dictaba trasladarlos en trenes especiales a Puerto México, en donde yacían anclados vapores previamente contratados. Todo ello para evitar que cayeran en las manos de los constitucionalistas y fueran asesinados.

En medio de un gran sigilo, a mediodía, se notó en la estación del Ferrocarril Mexicano gran movimiento entre los empleados que preparaban varios trenes especiales. A las siete y media de la noche quedaron listos tres trenes de pasajeros y cuatro de carga. El paso siguiente resultó singular, los tres trenes de pasajeros fueron trasladados a estación de la Villa de Guadalupe. A las once y media de la noche partieron de la estación de Buenavista los cuatro trenes de carga restantes llevando un Regimiento de Infantería provistos de dos secciones de ametralladoras. Al llegar a la estación de la Villa hicieron un alto. Fue entonces que los siete trenes quedaron nuevamente reunidos. A los pocos minutos aparecieron varios automóviles en los cuales iban las familias de Victoriano Huerta, Aurelio Blanquet, Bretón, Hernández y Paredes. Asimismo figuraban el Inspector General de Policía Alberto Quiroz, Luis Fuentes, casado con una de las hijas del Presidente de la República, el coronel Carlos Águila, el coronel Jorge Huerta, el teniente coronel Víctor Huerta, con sus respectivas familias. Inmediatamente abordaron los convoyes y tomaron sus respectivos asientos. A la una y media de la madrugada, fuertemente resguardos, iniciaron su marcha rumbo a Puerto México.

El diario veracruzano La Opinión publicó que por la mañana llegó a Puerto México procedente de la Ciudad de México la esposa de Victoriano Huerta con dos de sus hijos, Jorge y Víctor, sus hijas casadas, sus esposos y la servidumbre, en un tren especial. El tren llegó precedido de un convoy militar con 400 elementos de tropa a bordo, seguido por otros dos trenes con 900 soldados. Inmediatamente, protegidas por una doble valla de tropas federales, las esposas de Huerta, Blanquet y otras más, abordaron el vapor Bristol acompañadas por diversos oficiales del barco. Los varones permanecieron en tierra afirmando que sólo se embarcarían si resultaban víctimas de una amenaza. Como los patios de la estación del ferrocarril estaban repletos de tropas a las órdenes del general Benjamín Camarena, a nadie se le ocurrió atacar a los fugitivos. Para mayor seguridad de los fugitivos, la corbeta Zaragoza, situada en un río cercano, estaba lista para intervenir en caso de ocurrir algún disturbio.

Apenas su familia fue sacada de la Ciudad de México, y se tuvo la seguridad de que estaba a salvo de un ataque eventual, Huerta preparó su salida. Pasados unos minutos de que su familia y la del secretario de Guerra y Marina se alejaban de la capital de la República, Huerta dispuso el envío de cinco convoyes cargando las tropas necesarias para destruirlas en diversos puntos estratégicos entre la ciudad de México y Puerto México. La intención era utilizar sus servicios en casos de emergencia. Una medida de seguridad desesperada. Algunas especulaban que estos trenes se detuvieron en la línea principal del Ferrocarril Mexicano, cerca de Apizaco, a la espera del tren presidencial. Según los testimonios de varios pasajeros que llegaron al puerto de Veracruz, en la estación de Acopinalco, cerca de Apizaco, se cruzaron con dos trenes pletóricos de soldados hacia uno y otro lado de la vía. La quinteta de convoyes al mando del general Gonzalo Luque iban cargados con alrededor de 1,500 elementos de Infantería pertenecientes al 29 batallón, más fuerzas adicionales de las guardias presidenciales.

LA RENUNCIA DEL GABINETE PRESIDENCIAL

El 15 de julio por la mañana, Huerta preparó la salida del país de sus más allegados. Dictó las medidas necesarias para asegurarles su futuro en el extranjero. Firmó sendos acuerdos en los que se estipulaba que los generales Liborio Fuentes, oficial mayor de la secretaría de Guerra; Luis Fuentes, jefe de la Gendarmería Montada; Agustín Bretón, y Guillermo Rubio Navarrete, marcharían comisionados a Europa. Sobre éste último, se dijo que marcharía a España para realizar diversos estudios científicos. Pero el manto protector de Huerta se extendió a otros personajes, destacando Benjamín Camarena, quien fue inspector general de Policía y director de la Penitenciaría el Distrito Federal, de quien hizo público que viajaría a Londres comisionado por la secretaría de Guerra y Marina para realizar estudios sobre la cría de caballos; el teniente coronel Jorge Huerta, hijo del ex presidente, iría comisionado a España para estudiar los sistemas de organización de la infantería de su Majestad, el rey Alfonso XIII; por su parte, el coronel Carlos Águila, pariente político de Huerta, fue comisionado para estudiar, en el viejo mundo, la cría de caballos, y el general Alberto Quiroz, inspector general de Policía, fue comisionado para estudiar el servicio de exploración y policía militar. Por su parte, los generales Javier de Moure y Liborio Fuentes, este último oficial mayor de la Secretaría de Guerra y Marina, llevaban comisiones de carácter reservado en Europa. Curiosamente se dijo que el general Agustín Bretón viajaba a Europa como jefe del Estado Mayor de Aureliano Blanquet. Huerta confiaba en que su sucesor en la presidencia de la República respetara tales comisiones. Por la premura del caso, resultaba imposible que alguno de tales personajes tuviera el tiempo necesario para vender sus propiedades, si es que la tenían, y con sus productos, vivir en el extranjero.

Horas más tarde, Victoriano Huerta ordenó al general Ramón Corona, jefe de su Estado Mayor, que transmitiera a los miembros de su gabinete, excepto a Francisco S. Carvajal, titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, la orden de dimitir de sus cargos, bajo el entendido de que él mismo lo haría a las seis de la tarde. Al quedar enterados, los secretarios de Estado redactaron su dimisión y la turnaron al secretario de Relaciones Exteriores. Para evitar el vacío en la administración pública, las citadas secretarías quedaron a cargo de los subsecretarios. El secretario de Guerra y Marina, Aurelio Blanquet, envió inmediatamente su renuncia al secretario de Relaciones Exteriores, aduciendo razones de orden particular. Casi de inmediato recibió respuesta, en la cual se le indicaba que el presidente de la República le encomendaba una comisión militar en Europa. En forma interina quedó al frente de la citada secretaría el general Gustavo A. Salas. Antes de mediodía, Ramón Corona se presentó en la secretaría de Gobernación para entrevistarse con el doctor Ignacio Alcocer. A las once y media, Alcocer entregó su renuncia, mientras se designaba al nuevo titular, quedó en su lugar José María Luján. También por la mañana, Nemesio García Naranjo presentó su renuencia a la secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes. Antes de abandonar su puesto, García Naranjo agradeció sus subalternos el apoyo que le brindaron. En su lugar quedó Rubén Valenti. A su vez, Enrique Gorostieta renunció a la secretaría de Justicia, Arturo Alvaradejo a la de Comunicaciones y Obras Públicas, Salomé Botello a la de Industria y Comercio, y Carlos Rincón Gallardo a la de Agricultura y Colonización. Así, en cascada, se presentaron otras renuncias tanto de civiles como de militares integrantes del gabinete allegado a Huerta

LA RENUNCIA DE PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA

Recabadas las renuncias de los miembros de su gabinete, el miércoles 15 de julio, y tras diecisiete meses de estancia en el poder, Victoriano Huerta presentó en el Congreso de la Unión su renuncia a la presidencia de la República. En la parte medular de la renuncia dijo lo siguiente:

Han pasado diecisiete meses y, en este corto periodo de tiempo he formado un ejército para llevar a cabo mi solemne promesa. Todos ustedes saben las inmensas dificultades con que ha tropezado el gobierno con motivo de la escasez de recursos, así como por la protección manifiesta y decidida que un Gran Poder de este Continente ha dado a los rebeldes. A mayor abundamiento, estando destruida la revolución, puesto que están divididos y aún, siguen estándolo, los principales directores de ella, buscó el Poder a que me refiero un pretexto para terciar directamente en la contienda, y eso dio por resultado el atentado de Veracruz por la Armada Americana. 

Puesta a discusión, fue aprobada por mayoría de votos: 121 a favor y 17 en contra. Hubo un breve altercado en la cámara a causa de que el diputado Francisco Pascual García llamó la atención a varios diputados que se excusaron de votar. A continuación, hizo público que por ninguna razón se debía aceptar la renuncia de Huerta. A su juicio: razones las había de sobra. En forma retadora dijo que él no había sido partidario de la persona del general Huerta, pero sí de su dictadura, porque ésta representaba un principio, el del orden y la nacionalidad amenazada gravemente por los Estados Unidos. Enseguida calificó a los revolucionarios de traidores, de punta de lanza del poderío yanqui, y terminó afirmando que en México se había perdido «el amor a Dios, el amor a la patria», y que sólo quedaba el amor a la mujer, y éste envilecido por instintos bestiales y las bajas pasiones. Que por lo tanto, nada tenía de extraño que en tal situación, se perdiese el patriotismo, y se viniese «a votar en la cámara la renuncia del general Huerta, que representaba el principio del Méjico independiente».

De acuerdo con la versión de El Imparcial, Francisco Pascual García subió a la tribuna para votar en contra del dictamen para decir:

Los que no hemos vivido del pan del Presupuesto, los que hemos prestado el más franco y desinteresado concurso al gobierno del general Huerta, para ser consecuentes con nuestros actos, debemos negarnos a aceptar esta renuncia.

En otra parte de su intervención agregó:

Yo creo, señores, que si en nombre de la vergüenza y del honor nacional es preciso que la Patria sucumba, debe sucumbir antes que inclinarnos sumisos ante la imposición extranjera. Comprendo que la situación es horrorosa, pero sobre nosotros pesan treinta años de dictadura, durante los cuales las escuelas han estado lejos del amparo de Dios. Y así, se ha perdido entre nosotros el amor a la Patria, se ha perdido el amor a Dios, y de los tres grandes amores que el hombre alberga en su pecho: el amor a Dios, el amor a la Patria y el amor a las mujeres, sólo éste nos queda.

Al culminar su intervención dijo:

Yo no soy huertista. Me uní a él, porque él representaba un gran principio, el principio de la autonomía nacional‖… y ―si ahora votaba en contra de la renuncia del presidente de la República, era porque estaba en la creencia de que el honor de México estribaba en que continuara al frente de sus destinos el General Victoriano Huerta. Acceder a los que se nos pide, sería favorecer la infame obra de los Estados Unidos, nuestros eternos enemigos.

Por su parte, Alfonso Teja Zabre, beneficiario de Huerta con el escaño que ocupaba en la cámara de diputados, expresó que al igual que otros diputados, votaba a favor de la renuncia de Huerta por patriotismo. Porqué patriotismo: porque al final de cuentas, con o sin su consentimiento, Huerta se iría del país. En otra parte expresó:

Hemos sido diputados huertistas, sumisos al dictador y no vamos a dar el espectáculo de una defección vergonzosa, sólo porque el general Huerta abandona el poder.  

LA HUIDA

Al momento en que Huerta salía de la ciudad de México, Carranza se movía entre Monterrey y Coahuila, muy lejos de la capital de la República. De cualquier forma, a estas alturas, el Primer Jefe tenía dispersos a sus partidarios por el norte, centro y aún en el sur de la República. La razón: en forma casi milagrosa se había iniciado el clásico cambio de casaca entre el personal político y su rápida conversión en carrancistas. Si nuestra afirmación es correcta, sus partidarios situados entre la ciudad de México, Puerto México y el de Veracruz, estaban en condiciones de detener el convoy presidencial, aprehender a Huerta, y entregarlo al Primer Jefe; sobre ello no existe la menor duda. Pero nada de ello ocurrió. Las versiones sobre la salida de Huerta de la ciudad de México dejan entrever que se trató de una huída desesperada; en cambio, la prensa reporta varias versiones encerrando todas ellas graves contradicciones. De cualquier forma, es posible extraer determinados elementos de juicio para tener una idea más o menos precisa del derrotero que siguió para librarse de su eventual captura por parte de los revolucionarios que repentinamente proliferaban a lo largo y ancho de la República.

En forma lacónica el periódico El País reportaba que a las tres de la tarde, acompañado de varios de sus ex ministros, del general Guillermo Rubio Navarrete, y algunos ayudantes, en una caravana de automóviles, Huerta salió de la capital de la República en forma secreta rumbo a la estación del Ferrocarril Interoceánico de los Reyes, ubicada a unos 18 kilómetros. Con ligeros detalles, El Imparcial dijo que la salida de Huerta de la ciudad de México fue advertida por algunos vecinos de las calles cercanas a San Lázaro. Al observar paso de la caravana de automóviles, algunos vecinos salieron a los balcones de sus casas para agitar sus pañuelos en señal de despedida.

Al llegar a la estación de Los Reyes, de la línea del Ferrocarril Interoceánico, los generales Victoriano Huerta, Aurelio Blanquet, Liborio Fuentes, Eugenio Paredes, Víctor Manuel Corral, Juan Vanegas; los coroneles Arturo Alvaradejo, José Delgado, José Posada Ortiz y Gabriel Huerta; los capitanes Fernández Guerra y Nájera, entre otros, dejaron los automóviles y abordaron el convoy presidencial que previamente había salido de la estación de San Lázaro. El citado convoy iba precedido de un tren explorador con tropas del 29 Regimiento. Aquí los fugitivos fueron despedidos por los generales Guillermo Rubio Navarrete, Javier de Moure, Juan A., Hernández, y otros más. De la estación Los Reyes, el convoy se dirigió al cruce de las líneas del Ferrocarril Mexicano y del Interoceánico, ubicado entre Irolo y Apizaco. Aquí los esperaba el tren militar que les serviría de escolta. Ya en la línea del Ferrocarril Mexicano cambiaron de tren y a la una y media de la mañana reanudó su marcha el convoy presidencial compuesto de ocho carros especiales, rumbo a Puerto México. Llevaba una escolta de 300 hombres del 29 Regimiento de Infantería y del Cuerpo de Guardias Presidenciales.

Otras fuentes indicaban que Huerta viajaba protegido por trenes militares con unos 1,500 hombres del 29 Batallón. Las primeras noticias difundidas en la ciudad de México indicaban que los citados ex funcionarios viajaban rumbo a Puerto México para embarcarse en el buque español Alfonso XIII.

Sea lo que fuera, la travesía no dejó de ser complicada. Se especula que hubo momentos en que Huerta llegó a desconfiar de Blanquet, y a la inversa. Que para salvar el pellejo, uno atrapara al otro y lo entregara a los carrancistas; a la postre, ello resultó falso. Existen indicios de que pasaron parte de la noche en la estación de Esperanza, Puebla, y de ahí salieron con algunas horas de retraso rumbo a Orizaba. El jueves 16, al mediodía, cuando aún no llegaba el convoy presidencial a Orizaba, comenzó a circular el rumor de que en realidad Huerta y Blanquet estaban en suelo poblano, que en pleno trayecto habían cambiado la ruta. En concreto, que transitaban por la vía del Ferrocarril Interoceánico rumbo a la ciudad de Puebla, y de ahí por la línea del Mexicano del Sur rumbo a Oaxaca, con la intención de internarse en las montañas e iniciar un movimiento de resistencia contra los constitucionalistas. Para dar mayor solidez a los rumores, se agregó que Huerta había enviado previamente a Oaxaca gran parte del material de guerra traído por el buque Ipiranga, y al no lograr distribuirlo entre el ejército federal, lo distribuyó entre los indios de la sierra. En su Diario, Federico Gamboa, reafirma que tales rumores fueron ciertos, ya que se temía que se alzara en armas apoyado por las fuerzas del 29 Batallón que lo escoltaba. Al final de cuentas la versión fue falsa. A eso de las 2:30 de la tarde del 16 de julio, el convoy presidencial pasó por la ciudad de Orizaba, y de acuerdo con versiones de las autoridades americanas, llegó a Córdoba antes del atardecer. Asimismo se afirmaba que el convoy presidencial pernoctaría en Tierra Blanca, un punto situado en la línea de Veracruz al Istmo, y que llegaría el viernes 17 de julio, a las 9 de la mañana, a Puerto México.

Para La Opinión, un diario editado en el puerto de Veracruz, la versión expuesta sobre la huida de Huerta y Blanquet de la capital de la República era falsa. Basándose en testimonios de viajeros procedentes de la capital de la República llegados al puerto de Veracruz, se aseguraba que no era cierto que Huerta, Blanquet, Carlos Rincón Gallardo, Arturo Alvaradejo, y una docena más de generales y coroneles, hubieran salido de la ciudad de México a las diez de la noche del 15 de julio, como se había dicho. Sino que, en realidad, los citados militares se trasladaron a la estación de Buenavista y abordaron un carro especial agregado al tren de pasajeros del Ferrocarril Mexicano. Versión que negaba el trayecto inicial que incluía la estación de Los Reyes del Ferrocarril Interoceánico. Se agregó que el citado tren salió a las siete de la mañana del 16 de julio de Buenavista, y al llegar a la estación de Apizaco, Tlaxcala, transbordaron a un tren militar que ahí los esperaba. Asimismo se dijo que el convoy fue escoltado por alrededor de dos mil soldados del 29 Batallón. El tren pasó por Córdoba sin novedad, luego se dirigió a Santa Lucrecia, y de ahí a Puerto México. De cualquier forma, los fugitivos pasaron los días y las noches intranquilos temiendo un ataque de las fuerzas constitucionalistas, y sin saber a ciencia cierta si podían confiar entre ellos mismos. Las sospechas de una eventual traición se disiparon al llegar a Puerto México y reunirse con sus familias.

Apenas se enteró de la renuncia de Huerta a la presidencia de la República, se rumoró que Juan A. Hernández, gobernador de Puebla al igual que su familia, había desaparecido de la ciudad. A cuenta gotas salieron otros datos indicando que se dirigió a puerto México con la intención de embarcarse en un trasatlántico que lo condujera al viejo mundo. En su caso, la razón de su huida era su parentesco cercano con Huerta: eran consuegros. Para sobrevivir en el destierro, se afirmaba que Huerta y Blanquet portaban sendas comisiones que en principio les redituaba ingresos seguros. Huerta iría a España y Blanquet a Francia, para realizar estudios sobre el tema de la militarización. Pero el crucero alemán Dresden no zarpó de inmediato, ya permanecieron tres días más, sin sufrir ataque alguno. Zarparon el 20 de julio de Puerto México, y cuatro días más tarde atracaron en Kingston, Jamaica. Aquí los fugitivos contrataron al Patria, un vapor de la United Fruit Company, para hacer la travesía hasta Europa. Con su huida, el ejército federal quedaba descabezado: Huerta y Blanquet eran parte de la tríada de generales de Ejército. El tercero era Porfirio Díaz, quien desde 1911 vivía exiliado.

Fuente: Wikipedia. Mario Ramírez Rancaño es Doctor en Sociología con especialidad en Estudios Interdisciplinarios del Cambio Social y de los Movimientos Sociales por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París. Pertenece al Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Se ha desempeñado como profesor en el Departamento de Estudios de Posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en el área de Historia del siglo XX: movimientos políticos regionales. Como Investigador Titular “C”, T.C. actualmente trabaja en el proyecto de investigación sobre el estudio del ejército federal: 1913-1914. De igual forma, entre otros trabajos ha publicado diversos artículos sobre la Revolución mexicana en los que busca desmitificar la historia oficial de dicho movimiento social. Emerson Kent. Creative Commons.

 
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