historia.jpg

CARTA TERCERA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

CARTA TERCERA

Monsieur Septembrizador: pues que en el mes de septiembre has decretado y emprendido la ejecución del sistema jacobino, que en dicho mes hace dieciséis años llenó de terror y sangre la Francia, y preparó el camino juntamente al imperio del crimen y de la muerte, bajo el cual hoy gime desesperada; tente tú también para tu gloria el mismo nombre de Septembrizador, que se dio entonces a los bárbaros asesinos, que se propusieron segar y vendimiar en aquel mes las vidas y los bienes de todos los buenos ciudadanos.

Bastante has septembrizado ya con el auxilio de una multitud de hombres extraviados, y con el consejo y combinaciones de Allende y Aldama; malvados profundos que quieren por este medio establecer la más monstruosa tiranía, dándonos en ti un Murat, que pida como aquel trescientas mil cabezas, para que Robespierre domine después, y otro Napoleón venga a tragarse los residuos y despojos de ambos.

Esta es la trinca que vosotros jugáis, y este el objeto de vuestro septembrizamiento americano.

Mas, como eres tú por ahora el primer móvil de esta máquina infernal, y has de ser la primera víctima, aún a manos de tus asociados, si pudieses escapar la venganza en las leyes, interesabanos saber, ¿qué furias agitan tu alma, qué motivos determinaron tu corrompido corazón, a correr un riesgo tan evidente de tu perdición temporal y eterna? Pues aunque tal vez no creas hoy que hay otra vida, temes mucho que se finalice la presente antes de sacar el fruto de tus designios osados.

En el correo anterior iba con la antorcha que esclarece los siglos, a acabar de escudriñar los oblicuos senos de tu corazón maligno y tenebroso.

El grito de la justicia santa que te citaba como a hereje, el clamor del pueblo cristiano que te maldecía como a impío, la amargura de mi alma que lloraba tus furores y abominaciones, me hicieron suspender el examen que ahora voy a proseguir.

La envidia y el odio fraternal hizo cometer el primer homicidio en la tierra.

El primer Caín público del nuevo mundo, marcado con la señal del primero de los réprobos, para que todos puedan asestar tiros contra su vida maléfica, ha sido arrastrado de igual envidia y furor para teñirse y empaparse en la sangre de sus hermanos.

Ésta, como la de Abel, clama venganza extraordinaria y pronta al cielo, si posible fuera que la tierra tardase en vindicarlos.

Como Esaú desechado por Dios, persigues, afliges y quieres matar a tus hermanos, porque ves, que a ellos, como a Jacob, ha querido el Altísimo trasladar la primogenitura, que gratuitamente dispensa a quien y como le place, y tú además, por un plato de lentejas, por tus glotonerías y embriagueces, sensualidades y disoluciones, por tus juegos, festines, danzas y orgías nocturnas habías perdido tu haber y el que la religión te daba para sustento de los miserables feligreses.

Disipación antigua y muy arraigada en ti.

Hable México, a donde dos veces fuiste para graduarte de doctor en la Universidad, que apellidas cuadrilla de ignorantes; y dos veces perdiste en el juego de albures el dinero que llevabas para los costos del grado; y como siempre has puesto la mesa a la fortuna, según la frase de Isaías profeta, ha sido fortuna de nuestro cuerpo no haberse afrentado con miembro tan pestilente y podrido, porque el caballo gachupín, como decías, desbarataba tus sotas y tus reyes; preferidos siempre en el azar del juego por dos instintos de torpeza y ambición, creyendo tu dicha cifrada en las sotas, y tu fortuna y esperanza en el manto real y en la corona, que a pesar de ser tan basto, soñabas conseguir con espadas y copas, muertes y embriagueces, para arrebatar en tal juego todo el oro.

Tu primera campaña, que a no ser sangrienta, fuera quijotesca en todo, también en todo se parece a la del reprobado Esaú, cuando con cuatrocientos hombres le salió al encuentro a su hermano Jacob, para sorprenderlo, matarlo y robarle sus bienes y esposas.

Tal era el número de tus comilitones, y tal el fin del asalto primero en tu feligresía, para edificar sin duda a tus ovejas, viéndote de repente lobo carnicero que destrozaba su propio aprisco.

¿Olvidaste ya, porqué a José no lo podían ver sus hermanos, y cuan favorecidos fueron de él, a pesar de tantos agravios? Pues yo sé que tu colocación y estima, el pan que has comido, y los bienes que has disipado viviendo lascivamente, todo lo has debido a la generosidad, protección y excesiva indulgencia de esos mismos contra quienes no respiras sino odio, envidia y venganza.

Era preciso que la más negra ingratitud fuese el negro sello de todos tus demás vicios y atrocidades.

¿Abrirás al fin los ojos para estremecerte, mirando dentro de ti las furias infernales, las pasiones exaltadas en sumo grado, que te arrastran a tu condenación, por entre ruinas y sangre de tus hermanos inocentes?

Oyeras ¡quiéralo el santo cielo! la voz del mismo cielo, que en sus libros divinos ha pintado tus extravíos y las maldades de tu corazón.

Ojalá leyeras el daño que a la religión y al Estado causaron antes tus prototipos, para volverte atrás horrorizado, al verlos cubiertos de la maldición de Dios, y de la execración de todos los siglos.

Voy a ponerte un espejo delante para que veas en ellos tu horrorosa imagen, y la figura que haces en la Iglesia y en tu patria, en la casa de Dios, y en la morada de los hombres buenos.

La secta impía, que parece sigues negando a Jesucristo, se forma en el seno de la Iglesia después de los tres primeros siglos de su fundación, se derrama como torrente por las más remotas provincias, casi inunda al universo atónito y espantado de verse arrastrar por unos errores inauditos, que van dejando por todas partes sangrientos vestigios de su impiedad y rabia.

Fue una ligera chispa, que no se apagó luego en Alejandría, y al punto se convirtió en voraz incendio.

Mas ¿cuál fue el origen de este incendio?

La historia eclesiástica nos dice haberse encendido al soplo de una envidia personal de Arrio contra su obispo.

La más brillante porción del cristianismo en Asia queda oprimida y subyugada; los templos se cierran, los sacerdotes lloran, las almas se pierden, la unidad de la Iglesia católica desaparece.

¿Cuál es la causa señor Phocio de Dolores? La historia dice, que todo fue terrible efecto de la envidia del partido y facción de Phocio contra su patriarca y fieles compañeros.

Vuelve la vista hacia esos mares cubiertos de despojos, y famosos por tantos naufragios de los soberbios y envidiosos como tú.

Allí verás al hereje Bardesan, elocuente, pero arrogante; más acá, a Taciano hereje sagaz, pero presumido; hacia otra parte a Teodoto hereje agudo y político, pero loco con su saber.

Delante tienes a Montano con sus profetisas, con sus impuras Jezabeles, todos de una imaginación fogosa, pero desatinada; fecundos todos, pero comidos de envidia y reventando de doctos.

Allí se divisa el somosaténo medianamente erudito, pero altanero y despreciador de todos, que desvanecido con las alabanzas de cuatro idiotas, se creyó maestro de todas las gentes, y vino a parar en ser cabeza de bandidos y doctor de obscenidades.

Ya descubro a Tebutes; míralo bien señor bachiller Costilla, míralo atentamente que se ha hecho heresiarca, y empezó a publicar su doctrina perversa; ¿y por qué? por no haberlo hecho obispo de Jerusalén.

Ahí te viene al encuentro y te abraza Valentino, que por no haber conseguido un obispado se precipitó en la herejía.

Teodoto el curtidor, queriendo subir más lo pierde todo.

Simón Mago y tantos más en todos los tiempos, parece que te han ido dando la mano para que por los mismos motivos que ellos, rabies, destroces, blasfemes, apostates, aborrezcas y persigas a Dios, a su Cristo, a sus ungidos, a sus redimidos y a su herencia predilecta.

Oye, oye los desesperados alaridos de Sapticio, presbítero como tú, que por aborrecer como tú, a un antiguo amigo y no querer perdonarlo; cuando va al martirio pierde la corona, y blasfema al redentor cuando iba ya a expirar; y la corona inmortal pasa a su enemigo.

Fija hoy por último la vista en aquel Natal, que en el segundo siglo de la Iglesia, habiendo confesado a Cristo en los tormentos, cayó miserablemente y apostató, vencido de la avaricia y de la ambición de ser obispo de los teodosianos.

No permita el señor que ya hayas cauterizado tu conciencia, y que tu llaga sea insanable; que siguiendo en tu carrera a tan malvados apóstatas, sufras igual naufragio sin remedio, y que hagas naufragar a las fieles y felices ovejas de este reino que nunca oyeron tales escándalos, ni vieron semejantes monstruos.

Para que así sea, además del castigo de los hombres, no falten ángeles que te azoten bien, como los que azotaron al referido Natal, obligándolo a pasar al templo en forma de penitente, y postrarse a los pies del santo obispo Zeferino, quien lo recibió con el rigor correspondiente a su apostasía y maldades.

Y si no te acomodan azotes de arriba, escucha otra historia, que para tu confusión y castigo ha dictado el Espíritu Santo, siendo tú otro Heliodoro en la guerra que sostienen contra ti los ilustres y valientes macabeos de la Nueva España, conducidos por el caudillo religioso y prudente, que merece ser comparado con el jefe que guiaba a aquellos defensores de la religión, de la patria y pueblo escogido, para evitar su ruina.

En ella verás, cómo dos santos ángeles hieren con repetidos azotes, y descargan muchos golpes sobre el procaz y sacrílego Heliodoro, cuando iba a robar el templo y sus alhajas, el depósito de caudales que allí había, llenando de duelo la ciudad, y de pena y llanto al sumo pontífice Onias, cuyas razones no quiso escuchar, y por cuya compasión y ruegos fervorosos volvió después a la vida, estando reducido a los últimos alientos por el visible castigo de Dios omnipotente.

Imitador de aquel sacrílego y avaro perseguidor del templo y de sus ministros, del pueblo y de sus posesiones y tesoros, sufras igual pena saludable, y quede así vindicada la justicia de Dios, la santidad de su culto, y la gloria y lealtad de nuestro pueblo americano.

¿Qué mayor bien te puedo desear en estas circunstancias, obligado de la caridad que tú no conoces, y que a todos nos obliga a pedir y buscar tu salvación por todos los medios posibles, para que ceses en tus dañadas intenciones, y el orden y tranquilidad general se restablezcan, sea reparado el escándalo, y satisfecha la vindicta pública?

Entretanto, señor septembrizador, continuaré yo enviándote mis azotes de corrección fraterna, para que te confundas, mirando tu interior aquí diseñado; y la maldad de tus proyectos en lo que diré más adelante.

Fuente: J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia