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TRES ESCRITOS POR FELIPE ÁNGELES

Tres escritos poco o nada conocidos del general Felipe Ángeles que reflejan distintos momentos de su vida de exiliado. En uno de ellos, el general revela sus intenciones de regresar a México, decisión que a la postre le costaría la vida.

Dos cartas y un artículo de Felipe Ángeles, desconocidos, publicamos a continuación. Los tres escritos están en los papeles de Maytorena, en Claremont College, Pomona.

En la primera carta, de enero de 1916, el general describe a Maytorena su vida de exiliado tratando de ganarse el sustento con un ranchito lechero en El Paso.

En el artículo segundo, de puño y letra y en apariencia no terminado, es el recuerdo de una conversación con Pancho Villa antes de la toma de Paredón, donde éste en una anécdota explica sin quererlo sus motivos.

En la otra carta, dirigida a Emiliano Sarabia, explica a éste las razones de sus planes para regresar a México y polemiza con las reservas opuestas por Maytorena. Bien escribía en su exilio el general.

Adolfo Gilly.

 

AL GENERAL JOSÉ MARÍA MAYTORENA

El Paso, Tex. Enero 27 de 1916.

Señor General Don José María Maytorena

Querido y buen amigo:

Me parece muy bien que se ausente Usted de esa ciudad para que no lo perjudiquen las gentes que emigran de Sonora y que de pronto no encuentran trabajo. No creo que los carrancistas lo molesten a usted si se aleja un poco de Sonora, saliendo de los Estados vecinos al primero. Creo que si empezara Ud. a hacer gestiones para establecerse en E.U., aunque éstas no fueran más que simuladas, lo dejarían a Ud. tranquilo. Que no lo vean a Ud. con Díaz Lombardo, ni con ningún otro connotado convencionista, para que lo crean definitivamente alejado de la política. Por esto tampoco es bueno, como me lo indica, que vaya yo "a esa". Estoy haciendo una casita en mi ranchito, en marzo nos iremos a vivir a ella, me alejaré de esta ciudad de chismes, como si estuviera a mil leguas y trabajaré con empeño. Creo que si lucho con empeño dos años, no sólo dejaré de fracasar, sino que el negocio marchará brillantemente. Tengo ya tres vaquitas dando leche, otras 4 que darán leche en febrero y las demás para más tarde. Como ponemos mucho empeño en que la leche sea pura y limpia va adquiriendo reputación y tengo asegurados muchos pedidos de gente solvente. Voy a poner también algunas gallinas en el rancho; creo que en eso también incurriré en algunos errores inevitables para un principiante, pero esos errores me enseñarán más que muchos libros, y espero que dentro de poco ya tendré la seguridad de salir bien con las gallinas. Estoy sembrando 5 acres de alfalfa que me ayudarán algo, aunque sea poco.

El horizonte político no lo veo muy nublado y creo que no hemos de tardar mucho tiempo en que volvamos tranquilamente a nuestra patria.

Don Martín Salomir fue con su esposa el domingo pasado a mi ranchito con deseos de comprarme un caballo, el Von Maltke, que estaba yo guardando para Usted. Usted me dirá si se lo mando al Sr. Salomir para que se lo guarde hasta que pueda enviárselo. De ese modo podrá él montar el caballo sin que le cueste nada y el caballo se beneficiará, porque será mejor cuidado que por mí.

Reciba nuestros cariñosos saludos para Ud. y para toda su familia.

Felipe Ángeles (rubrica)

 

EL ASCENSO A GENERAL DE FRANCISCO VILLA

La dictadura convirtió a Francisco Villa, desde sus tiernos años, en un rebelde contra la injusticia de los poderosos sobre los humildes y lo obligó a ser un "fuera de la ley".

La rebelión maderista, la revolución democrática de 1910, que pugnaba por poner en vigor la Constitución de 1857 (que instituyó al pueblo mexicano en una sociedad democrática) y que en cierto modo era la continuación de todas nuestras luchas, de todas nuestras guerras, desde 1810, por libertar a los humildes de la carga agobiadora de las clases privilegiadas, tuvo entre sus más eficaces guerrilleros a Francisco Villa.

En 1910 tenía todavía Villa el muy rústico aspecto de los excomulgados de la sociedad, que viven en los cerros y los montes, que de vez en cuando van a las chozas de los humildes en donde son recibidos con amistad y aun con cariño y que por excepción van a los grandes poblados, villas o ciudades viendo con desconfianza a la mayoría de los habitantes y poniéndose en guardia al encuentro del gendarme o de cualquier autoridad.

Nunca tomó la palabra para dar un consejo durante la revolución maderista: era sólo un instrumento de guerra, atraído por la bondad del jefe que absolvía todas las faltas y que amaba hasta a sus enemigos políticos.

En la guerra contra la rebelión orozquista, Villa fue ascendido a general por el presidente Madero, en premio a su actividad y a la eficacia de sus servicios.

Ese ascenso constituye un gran acontecimiento en la vida de Francisco Villa. Me impresionó profundamente al oírselo referir.

Hacía poco tiempo que las tropas revolucionarias habían tomado Torreón, haciendo creer en el exterior que la revolución triunfaría, y hacía menos tiempo aún que habíamos triunfado en San Pedro de las Colonias llevando la convicción a todas las tropas huertistas y a Huerta mismo, que estaban vencidos.

Las tropas de José Isabel Robles por General Cepeda se acercaban a Saltillo, mientras nosotros efectuábamos la maniobra de Paredón que aplastaría a todas las tropas huertistas ahí acantonadas y descarrilaría todos los trenes en fuga de Paredón o con tropas de auxilio de Saltillo.

Una larguísima hilera de trenes estaba tendida en la primera vía férrea que atraviesa la pequeña serranía situada entre Hipólito y Paredón.

Nuestro alegre campamento tenía esa hilera de trenes a guisa de columna vertebral. Llegaba yo a caballo de una marcha en rodeo por el norte para salvar la mencionada serranía, con dos brigadas de caballería y toda la artillería.

Luego que el General Villa me apercibió, descendió de su carro y me invitó a apartarnos hasta un llanito en alto, donde nos sentamos: desde ahí era magnífica la vista del campamento y del panorama entero. Hablamos primero de la maniobra que estábamos realizando y luego de diversas cosas ajenas al servicio.

Fue entonces cuando me refirió su ascenso. Decía, imitando la manera de hablar de Huerta, socarrón y con frecuentes repeticiones, cómo éste le había dado la noticia de su ascenso, acordado por el señor presidente Madero. Cómo le había ordenado se mandara hacer su uniforme de general para darlo a reconocer con las formalidades legales y cómo los oficiales del Estado Mayor de Huerta se reían y miraban entre sí. Y después, decía cómo se presentó cohibido, con su uniforme nuevo, ante la impertinente hostilidad de sus compañeros de armas, mejor nacidos, más afortunados, salidos de las escuelas y crueles en su hostilidad contra aquel pobre desheredado de la fortuna, expulsado de la sociedad, muerto de sed y hambre por cerros y montes desde joven, sólo recibido con afecto por los habitantes de las más pobres chozas, que miraba desde las cúspides de las montañas las ciudades prohibidas...

¿Por qué esa inconciencia de los individuos en la inflexible lógica de la evolución social?

"Mire Usted, mi General, me decía afectuoso, yo hubiera querido ser amigo de aquellos muchachos; pero ellos mismos no me dejaban. Sólo Rábago tenía algún afecto para mí. Yo comprendí que no valían nada y que no tenían ninguna razón para conducirse mal conmigo. Veía claramente que estaban contra mí, sin saber ellos mismos por qué y que acabarían por aniquilarme, por matarme, no sabía yo cómo; pero allá iban. Y así fue; así iba a ser; pero quién sabe qué otras cosas intervinieron que me salvaron. Quería tal vez el destino, que supieran esos muchachos que no tenían razón en reírse de mí como un compatriota, ni de mí como un General."

     

A EMILIANO SARABIA

New York. Octubre 28 de 1917.

Señor don Emiliano Sarabia,

1488. 50th. St.

Los Ángeles, Cal.

Querido y buen amigo:

Leí con interés su carta. Estoy de acuerdo con usted en todos los conceptos.

Recientemente ha sucedido un acontecimiento importante, digno de ser conocido. Por lo demás este momento no es más favorable que otro cualquiera. Las cosas fundamentales que están elaborando el porvenir, existen desde hace tiempo y las cosas van sucediendo fatalmente. Pero para ver claro se necesita fe y firmeza, y enfrentarse al porvenir con alguna bravura.

Nuestro amigo cree que para empezar a trabajar es necesario que se satisfagan requisitos que nunca han de llenarse; eso equivale a abandonar toda acción. Yo creo que sólo se necesitan tres cosas: 1o. atinar con la verdadera necesidad nacional; 2o. merecer la confianza en el interior y en el exterior, y 3o. obrar con resolución y lograr escapar el bulto por algunos meses para no dejarse colgar en un poste de telégrafo. Y el tiempo que es buen amigo de las cosas buenas hace solo la obra esperada.

Amigos inteligentes han lanzado una cosa que naturalmente ellos piensan que dará magníficos resultados; yo creo que esa cosa es muy complicada y que va al fracaso. Hasta ahora lo más acertado son las ideas de nuestros enemigos, y la verdad es que a mí me cuesta trabajo resignarme a dejarles el triunfo, que seguramente vendrá si no hacemos algo más de acuerdo con las necesidades nacionales y más en armonía con nuestros intereses personales, porque el triunfo de la reacción es nuestra desgracia vitalicia.

Contarles el acontecimiento reciente a que ya me referí y alguna otra cosa mía, aclarar lo antes expuesto y discutir cada uno de los puntos, sería el objeto de mi viaje. Hasta ayer tenía yo un serio motivo para rehusarme a ir; habiendo pasado ese motivo de inconveniencia, estoy dispuesto a emprender el viaje, siempre que entre ustedes reine algún optimismo, por moderado que sea.

Si deciden mi viaje, le suplico que me busque un cuartito caliente en una casa donde pueda yo tomar mis comidas y que esté en algún lugar poco frecuentado por mexicanos.

Sabe usted muy bien que lo quiero y estimo en mucho su criterio. Ojalá y tenga usted aliento suficiente para soplar con fuerza en el pecho de nuestros amigos y hacer latir sus corazones con entusiasmo. Predique usted que nunca los Sanchos hicieron algo grande; en todas las obras de empuje se necesitan los locos como Madero o don Quijote. Ni es ahora la humanidad más mala que en otros tiempos; todos luchan por sus intereses; pero algunos los cifran en objetos materiales y otros en la gloria; algunos confían el éxito a la habilidad, sin importarles gran cosa el que los medios sean morales o inmorales, y otros confían el éxito a la sinceridad de sus propósitos y a la buena voluntad con que colaborarán todas las personas, o gran parte de ellas por lo menos, por cuyos intereses se lucha. Si ha perdido uno la fe, se ha hecho desgraciado. Más vale morir corriendo tras una ilusión, que vivir desesperanzado. Si nos ha tocado la dicha o la desgracia de vivir en una época de prueba en que se juega el porvenir de la patria, abriguemos la esperanza de que nuestros hijos tengan el orgullo de decir: cumplió con su deber. No sólo está a discusión la suerte de la patria, sino también nuestra reputación.

Yo comprendo muy bien que no tengo otro porvenir que morir por la patria haciendo mi deber o sacarme la lotería triunfando desinteresadamente.

Perdone esta desaliñada carta y reciba un cariñoso abrazo de su amigo.

Felipe Ángeles (rubrica)

Fuente: Wikipedia. Dr. Adolfo Gilly, catedrático de historia de la Universidad Nacional Autónoma de México. Letras Libres; abril 1999. Creative commons.

 
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