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MAESTRA EULALIA GUZMÁN

EULALIA GUZMÁN BARRÓN (1890-1985)

La figura y la labor de la maestra Eulalia Guzmán constituyen referencias indispensables en la historia reciente de la pedagogía, la arqueología y la historiografía mexicanas, pero también trascienden el ámbito académico y forman parte de los movimientos sociales y culturales más progresistas de las seis primeras décadas del siglo XX. Aun más, tal vez uno de los rasgos más notables de su obra académica consiste en que su precoz y siempre abierta vocación social dirigió, sin ambages ni falsas pretensiones de objetividad –si es que tal existe en la reconstrucción histórica–, su constante búsqueda por generar en sus estudiantes, colegas y lectores una clara conciencia de orgullo ante el valor de las antiguas civilizaciones mesoamericanas, y un no menos claro rechazo a cualquier tipo de proyecto social que abandone el pensamiento libre y el reconocimiento universal de los derechos como sus principales ejes de pensamiento y acción.

Resulta relativamente fácil comprender la obra de la joven Eulalia como parte de una generación que creció a la sombra de la lucha revolucionaria, y que encontró en el espacio de formación de un nuevo proyecto nacional la oportunidad para promover sus ideales de justicia y equidad; más trabajoso es, en cambio, escudriñar en sus antecedentes personales para definir el origen de sus inquietudes.

Nació Eulalia el 12 de febrero de 1890 en el poblado de San Pedro Piedra Gorda (hoy Cuauhtémoc), Zacatecas, localidad agrícola, ganadera y comercial situada a la vera del camino entre Aguascalientes y la capital zacatecana. Como la mayor parte del territorio del estado, el entorno árido y accidentado abunda en mezquites, zacates y nopales, pero en él es posible cultivar con cierto éxito maíz, trigo y chiles. Fue en ese paisaje y en esa comunidad donde Eulalia vivió sus primeros años.

Eulalia debió ser una niña inquieta; el hecho de que en aquellos tiempos, cuando el destino natural de una mujer era el hogar, ella se decidiera a seguir la carrera magisterial (en la que incursionó desde sus jóvenes 14 años de edad), la muestran como poseedora de un temperamento firme y propositivo, inquieto y capaz de encontrar vías de solución a los problemas que su situación o sus propias decisiones le plantearan. El entorno familiar debió de haberle sido favorable, pues en aras de ofrecer a sus hijos mejores condiciones de desarrollo personal, sus padres decidieron trasladarse a la ciudad de México en 1898.

EL ACTIVISMO POLÍTICO

La ciudad capital ofreció a Eulalia –y ésta la supo tomar– la oportunidad de encauzar sus inquietudes y su inteligencia en la participación en grupos de diversa naturaleza: en 1906, su nombre se suma al de Hermila Galindo, Luz Vera y Laura N. Torres en el grupo fundador de la agrupación política “Admiradoras de Juárez”, cuyo objetivo era la emancipación política de la mujer a través de la obtención de su derecho al sufragio.

Como parte de este “club” –uno de los muchos que se organizaron en todo el país en los últimos años del porfiriato–, Eulalia entró en contacto con otras organizaciones feministas y liberales.

Aunque su participación activa en la campaña política de Francisco I. Madero no está documentada directamente, conocemos muchas muestras de su adhesión a la causa antirreeleccionista. Su cercanía con la familia Madero fue tal que tras la captura del presidente en febrero de 1913 por parte del general Victoriano Huerta, acudió junto con su amiga María  Arias Bernal a Palacio Nacional para interceder por don Francisco ante Huerta, pero éste se negó a recibirlas. Al día siguiente, al darse a conocer la noticia de la muerte de Madero, la joven maestra acompañó a la viuda, doña Sara Pérez, y a don Federico Montes a reclamar los restos mortales del líder. Tal acción le valdría ser reconocida como parte del grupo de Veteranos de la Revolución Mexicana.

Más tarde, su simpatía con el movimiento zapatista la llevaría a arriesgar  su vida:

íbamos en grupo, algunas veces hasta el Ajusco, algunas maestras y yo, y bajo la falda llevábamos otras faldas cargadas de parque que pesaban mucho, pero que no nos registraban, y ahí las entregábamos a los zapatistas. Nunca nos pasó nada, pero si nos hubieran descubierto, nos hubieran fusilado sin juicio…[1]

Desde 1919, y desconocemos hasta cuándo, Eulalia formó parte de la célula fundadora y dirigente del primer grupo Rosacruz del país, el llamado “Grupo Anáhuac de AMORC”, generado a partir de la Sociedad Filomática de México, agrupación “filosófica y filantrópica”. Fue en el seno de esa asociación donde Eulalia entró en contacto con personajes como el senador Jesús Silva Herzog y el pintor Diego Rivera, quien jugaría un papel destacado en la defensa de la autenticidad de los restos de Cuauhtémoc que la profesora Guzmán identificaría años después. Por cierto, no faltó quien más tarde intentara descalificar las opiniones de la investigadora con base en su “inclinación a la parasicología”, en clara alusión (por supuesto mal intencionada) a su experiencia rosacruz.

Ya como miembro del programa de posgrado de la Universidad Nacional, en 1929, junto con personajes de la talla de Rosario Castellanos y Amalia Castillo Ledón, Eulalia organizó un grupo de mujeres universitarias en el seno de la Facultad de Filosofía y Letras. Consciente ya de la importancia de la proyección y del apoyo internacional a sus actividades, la joven Eulalia consiguió para la sociedad el reconocimiento de la Federación Internacional de Mujeres Universitarias (IFUW, por sus siglas en inglés), que había surgido al calor de la Primera Guerra Mundial con fines pacifistas y de búsqueda de participación de la mujer en la discusión de políticas internas y mundiales.

Entre las décadas de 1930 y 1950, las labores académicas de la maestra Guzmán parecen haberle quitado el tiempo que antes dedicaba al activismo y la práctica política; sin embargo, la publicación del libro Lo que vi y oí, escrito a su regreso de Europa en 1941, la muestra como una persona que difícilmente renunciaría a sus principios y a sus ideales de igualdad y justicia. En tono anecdótico, Eulalia hace en ese conjunto de breves artículos  una valiente denuncia del clima represivo instaurado por el Partido Nacional Socialista alemán sobre la Europa central y alerta contra los peligros de cualquier clase de régimen totalitario:

…creen en la superioridad racial o de clase (según su conveniencia); glorifican la fuerza bruta, la crueldad los arrebata de entusiasmo; admiran el éxito, aunque esté basado en lo canallesco y en el crimen; gozan con el atropello de la dignidad humana… los vemos ensalzar a conquistadores y a tiranos; a cuyas artimañas y perfidias les llamarán genialidades; a su crueldad, grandeza; a su cinismo, valor civil; a su hipocresía, talento; a su ambición, patriotismo; a su falta de escrúpulos, heroicidad…[2]

Ya en su madurez, en 1948, Eulalia Guzmán participó en la fundación del Partido Popular Socialista, al lado de Vicente Lombardo Toledano, Narciso Bassols, Jorge Cruikshank García y otros políticos e intelectuales; en el ideario del partido se resumirían los diversos frentes de la lucha personal de la maestra Guzmán: el enfrentamiento al imperialismo y en favor de una política de nacionalizaciones, la igualdad jurídica del hombre y la mujer, y la educación popular y con sentido socialista.

LA CARRERA MAGISTERIAL

Con el apoyo de sus padres para continuar sus estudios más allá del nivel básico, Eulalia ingresó en la Escuela Nacional de Maestros de la que se recibió como maestra en el año 1910. Liberal por convicción, la joven profesora Guzmán nunca dudó del papel de la educación en la construcción de la nación que entonces iniciaba un nuevo periodo de existencia.

En la actualidad, su nombre se recuerda junto con los de Narciso Bassols, Jaime Torres Bodet, María Lavalle Urbina, Jesús Reyes Heroles, Fernando Solana y Miguel Limón como parte de una generación que, bajo la guía de José Vasconcelos, establecieron los patrones de desarrollo del proyecto educativo nacional surgido de la Revolución Mexicana.

En 1913 fue nombrada maestra de geografía en una escuela comercial, y al año siguiente catedrática de la misma materia en la Escuela Normal para Señoritas; a fines de 1914, el presidente Carranza la comisionó a viajar a Estados Unidos para conocer nuevos métodos de enseñanza de geografía e historia. Se inició entonces una larga serie de viajes de estudio y de trabajo que llevaron a la joven Eulalia a aprender varios idiomas extranjeros (llegó a manejar con fluidez el alemán, el inglés, el francés y el italiano) y a convertirla, en poco tiempo, en una de las mujeres más preparadas y reconocidas del país.

A lo largo de la década de los veinte tuvo lugar la cima de la carrera magisterial y pedagógica de Eulalia Guzmán. En 1922 fue comisionada por el entonces rector de la Universidad, José Vasconcelos, a asistir como representante del país al Primer Congreso Panamericano de Mujeres, en Baltimore, Estados Unidos, y luego al Segundo Congreso Internacional de Eduación Moral y Enseñanza de la Historia, en Ginebra, Suiza, donde conoció a quien ella consideraba uno de sus más grandes mentores: el alemán Rudolf Steiner. De vuelta en México al año siguiente, publicó un pequeño libro titulado La escuela nueva o de acción, que incrementó su fama.

Ya ministro de Educación, Vasconcelos la nombró jefa del primer Departamento de Alfabetización creado en el país. En calidad de becaria de la fundación alemana Alexander von Humboldt, Eulalia tuvo la oportunidad de viajar de nuevo a Europa, en esta ocasión a Berlín y Jena, para especializarse en Ciencias de la Educación; a lo largo de nueve meses profundizó en sus conocimientos de pedagogía, filosofía y psicología, y encontró la oportunidad para viajar por muchos lugares de Europa y del Oriente cercano.

Todavía ocupó Eulalia Guzmán varios cargos en la administración pública: a su vuelta de Europa, en 1930, fue promovida a inspectora de escuelas primarias en la ciudad de México, y en los siguientes años desempeñó de manera interina el cargo de subjefa del Departamento de Enseñanza Primaria y Normal, e impartió cátedra de Bases pedagógicas en la Escuela Nacional de Maestros. Para 1933, Eulalia Guzmán era reconocida por su capacidad, sus conocimientos y el gran amor que proyectó siempre a todos sus alumnos.

Pero la inquietud de su espíritu no la dejaría “crear fama y echar a dormir”: ya para entonces había probado suerte en el terreno de la arqueología, y a ella enfocaría toda su atención.

LA CARRERA ARQUEOLÓGICA

En 1913, Eulalia había asistido a un curso de antropología que el doctor estadounidense Franz Boas impartía como parte de las actividades de la Escuela Internacional de Arqueología, Historia y Etnografía, entonces en funcionamiento en el Museo Nacional de México. Sin duda, su acercamiento al Museo –a la sazón una de las principales instituciones académicas del continente–, comenzó a perfilar su interés en los temas de la antropología, y en medida cada vez mayor, en la vida cultural del México indígena prehispánico, al que más tarde dedicaría todo su esfuerzo.

No fue hasta su regreso de Europa, en 1930, cuando decidió continuar sus estudios en esta área. A la par de sus tareas en la administración pública, ingresó entonces a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para realizar estudios de maestría en Filosofía, grado que obtuvo en 1932 con la tesis “Caracteres esenciales del arte antiguo de México”, que fue publicada por la revista de la Universidad Nacional e incluso le fue solicitada para su publicación en el extranjero.

Su paso por la facultad la puso en contacto con personajes de la talla de Antonio y Alfonso Caso, arqueólogo este último, quien la invitó a participar en la exploración que él dirigía en el sitio de Monte Albán. No sólo su trato frecuente, sino su visión común de la necesidad de trabajar en favor de la población indígena del país, hizo de Eulalia una amiga cercana al maestro y su esposa, María Lombardo.

Sin embargo, su propia dedicación al trabajo arqueológico, y la oportunidad de ponerse en contacto con el Museo Nacional le valieron ser nombrada en 1934 jefa del Departamento de Arqueología de esa institución, donde impartió clases de cerámica prehispánica.

Mujer pionera en la exploración arqueológica en México, Eulalia Guzmán publicó diversos artículos en el Boletín del Museo Nacional en los que dio a conocer los resultados de su trabajo de campo; resaltan en este ámbito su recorridos en la Mixteca Alta de Oaxaca, en Chiapas y en el llamado Cerro de la Cantera, en Morelos, sitio hoy conocido como Chalcatzingo.

Su acercamiento a los códices y a los documentos antiguos que tenía a la mano en el Museo pronto le definieron la vocación de historiadora, y no vaciló en aceptar una nueva comisión, ahora por parte de la Secretaría de Educación Pública y del Instituto Nacional de Bellas Artes, para buscar antiguos documentos mexicanos en diferentes países de Europa.

LA RECUPERACIÓN DE LA HISTORIA

Entre septiembre de 1936 y mayo de 1940, Eulalia Guzmán viajó por diversas ciudades europeas en busca de documentos sobre la antigüedad mexicana. Revisó entonces los acervos de bibliotecas y archivos en Berlín, Alemania; Viena, Austria; Londres y Oxford, Inglaterra; Copenhage, Dinamarca; Bruselas, Bélgica; y Milán, Florencia, Bolonia, Roma y El Vaticano, en Italia. A lo largo de sus investigaciones se mantuvo en constante comunicación con sus colegas del Museo Nacional, así como con Alfonso Caso, ante quienes expresó en varias ocasiones su preocupación por el abandono en que los eruditos tenían el riquísimo acervo documental americano.

Apenas tuvo oportunidad de publicar (años después y con el título de Manuscritos de México en archivos de Italia, 1964) sólo parte de los resultados de su extensa investigación. De muchos otros de los documentos identificados tomó notas y fotografías, dejando para tiempos más tranquilos su análisis pormenorizado y su descripción detallada. El conjunto de documentos que conforman sus diarios de campo se encuentran aún en proceso de catalogación y análisis en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, que los resguarda como un fondo documental especial que lleva su nombre.

Algunas de las fuentes históricas identificadas por la maestra Guzmán llamaron especialmente su atención, y a ellas dedicó notas singulares, tal como el “Códice de 1576”, en el Museo Británico; el “Bocabulario de Maya Than”, de Diego Rejón Arias, de la Biblioteca Nacional de Viena; o los manuscritos del abate Xavier Clavijero en la Biblioteca Comunal de Bolonia. Pero el conjunto de documentos a cuyo estudio dedicaría muchos años más fue el volumen resguardado por la Biblioteca Nacional de Viena con la copia oficial de las Cartas de Relación que Hernán Cortés envió a Carlos V sobre la invasión de Anáhuac.

En su visita a la Biblioteca microfilmó el documento, y de vuelta en México se dedicaría a analizar a fondo su contenido con el objetivo de demostrar la inexactitud histórica de las narraciones de Cortés y mostrarlas como un intento alevoso de denigrar a los antiguos pobladores de México y a su cultura.

Y mientras viajaba de una institución a otra, Eulalia Guzmán se dio tiempo para preparar conferencias y participaciones en diversos foros académicos: en 1937 viajó a Egipto y presentó la ponencia “Los diversos problemas característicos de las exploraciones arqueológicas en México” ante la Conferencia Internacional de Exploraciones Arqueológicas, en El Cairo; en 1938 asistió como delegada mexicana al II Congreso Internacional de Ciencias Antropológicas y Etnográficas, que se celebró en Copenhague; y en 1939 se presentó en un congreso sobre arte, en Oxford, al Congreso Internacional de Arqueología, reunido en Berlín, y a una reunión académica sobre documentación.

La Segunda Guerra Mundial la sorprendió mientras revisaba los manuscritos de fray Bernardino de Sahagún en Florencia; consciente y apesadumbrada por la magnitud de la tarea de documentación que aún faltaba (y falta) por hacer, e indignada ante el avance del totalitarismo nazi sobre los pueblos y las conciencias europeas, Eulalia volvió a México convencida de la necesidad de alertar al mundo sobre los peligros que trae el ejercicio desmedido del poder político y el abuso de la fuerza militar.

Convencida de la justicia de sus propuestas, aunque tal vez arrastrada por su animadversión a la figura del dictador Adolf Hitler, inició una revisión hipercrítica de las Cartas de Relación de Cortés, a quien no dudó en calificar con los mismos epítetos de tirano y mentiroso con que describía al dirigente del nacional socialismo alemán. En 1940, el recién creado Instituto Nacional de Antropología le negó el presupuesto para publicar sus tratados, situación que le generó tensiones con sus autoridades, que incluso obstaculizaron los esfuerzos de la autora por dar a conocer sus puntos de vista de manera independiente.

A lo largo de los años cuarenta, Eulalia Guzmán retomó sus estudios de arqueología y de revisión de archivos históricos: en 1942 visitó los monumentos de Izapa, en Chiapas; en ese año visitó los estudios del cineasta Walt Disney para discutir un proyecto de alfabetización mediante dibujos animados, programa malogrado a pesar de que sus oficios se continuaron durante un segundo viaje a California en 1944; aprovechando su estancia en Estados Unidos, permaneció unos meses en la Biblioteca Bancroft, de la Universidad de California en Berkeley, donde identificó más de 400 documentos históricos de primera importancia, “todos sacados ilícitamente de nuestro país”, según sus reportes. En ese mismo año, fue nombrada encargada del recién creado Archivo Histórico del Instituto Nacional de Antropología e Historia, centro de investigación que no abandonaría hasta su jubilación, que ocurriría en 1968.

Entre 1945 y 1947 abrazó de nuevo la docencia; escribió un Primer curso de historia universal, en 20 lecciones, que fue utilizado por varios años por el Instituto de Capacitación del Magisterio; en la Escuela Normal Rural de Tamatlán, y en diversas escuelas secundarias y normales dictó de forma constante cursos de historia y de historia antigua de México; y en 1947 viajó a Estados Unidos, invitada por la ONU, a impartir un seminario sobre problemas rurales y bienestar social en América Latina.

EL HALLAZGO DE ICHCATEOPAN

En febrero de 1949, el periódico capitalino El Universal publicó la noticia de que en el pueblo de Ichateopan, cercano a Taxco, Guerrero, se habían descubierto algunos manuscritos antiguos, atribuidos a fray Toribio de Benavente, Motolinía, que documentaban el hecho de que bajo el altar mayor de la iglesia local se encontraban a resguardo los restos mortales de Cuauhtémoc, último tlatoani mexica. La noticia atrajo naturalmente la atención de la opinión pública, y el Instituto Nacional de Antropología e Historia comisionó a la maestra Guzmán y a su colega Gudelia Guerra para ir al pueblo y verificar los datos.

Debemos a la curiosidad de la maestra Alejandra Moreno Toscano[3] el retrato del ambiente social, intelectual y político de aquellos momentos, en los que la figura del héroe mexica, último en defender la capital azteca del asedio europeo, podía erigirse en un elemento de refuerzo del nacionalismo y del discurso de la unidad patriótica, en particular frente a la imposición de los intereses estadounidenses fortalecidos a partir de su victoria en la Segunda Guerra Mundial, y a tropiezos económicos internos como una reciente devaluación de la moneda.

En Ichcateopan, Eulalia Guzmán revisó los supuestos documentos históricos (labor en la que había acumulado una experiencia sin parangón entre los científicos mexicanos), y los identificó como de factura reciente, aunque tal vez copia de otros más antiguos y originales. Lo que más la sorprendió, sin embargo, fue que los relatos escritos en los documentos coincidían notablemente con la tradición oral local, en el sentido de que los restos de Cuauhtémoc habrían sido recogidos e inhumados en el siglo XVI en esa localidad.

Sin esperar una segunda opinión, la maestra Guzmán ordenó el retiro del altar de la parroquia local y la excavación del lugar: bajo un gran disco de metal, grabado con la inscripción “1525-1529 R è S Coãtemo” (que ella interpretó como “rey y señor Cuauhtémoc”), la investigadora localizó un conjunto desigual de huesos humanos casi por completo destruidos.

La noticia cundió como reguero de pólvora: habían sido descubiertos los restos del héroe. El director del Instituto de Antropología, arquitecto Ignacio Marquina, el arqueólogo Jorge Acosta y el entonces director del Instituto Nacional Indigenista, Alfonso Caso, acudieron de emergencia al sitio para verificar el hallazgo. A pesar de su vieja amistad con Caso, la polémica se desató: según los funcionarios, todo indicaba que la maestra Guzmán había sido víctima del engaño, no sólo de un pueblo en busca de reconocimiento, sino de sus propios prejuicios y deseos de recuperar la imagen de un héroe a la altura del imperio español y del más reciente imperialismo norteamericano.

Al hallazgo siguieron meses de frenética discusión: en el país se desató el fervor nacionalista; con el nombre de Cuauhtémoc se bautizaron calles y escuelas, y alrededor de su figura se organizaron concursos literarios, musicales y de teatro; según algunas opiniones, la verdad histórica del descubrimiento era lo de menos –aunque la maestra Guzmán siempre encontró argumentos, en materiales y documentos, para contradecir a los detractores del hallazgo–, siempre que se recuperara el símbolo: incluso el pintor Diego Rivera, entonces cabeza del Partido Comunista (con el que la maestra Guzmán no comulgaba), utilizó los restos para dibujar un nuevo retrato del defensor de Tenochtitlán.

La discusión adquirió tintes políticos que pusieron a las autoridades locales y federales en una situación molesta, y las sucesivas comisiones de académicos que debieron revisar los materiales y los textos que los acompañaban llegaron a la misma conclusión: no había fundamentos suficientes para asignar los restos a ningún personaje histórico.

La maestra Guzmán resintió los dictámenes de las comisiones como afrentas casi personales, y las opiniones de viejos colegas como Caso y Acosta como traiciones a su añeja amistad. Sin embargo, nunca cejó en su empeño de dar a conocer su punto de vista sobre el hallazgo y sobre las intenciones de sus detractores, a quienes consideraba engañados por los prejuicios hispánicos contra las poblaciones indígenas americanas.

TRAS LOS DEBATES

Los biógrafos de la maestra Guzmán están de acuerdo en sostener que la discusión alrededor de los restos de Cuauhtémoc estuvieron lejos de contener su vigorosa carrera académica, si bien le costaron el distanciamiento de muchos de sus antiguos colegas y un injusto demérito de su ya entonces extraordinaria trayectoria. Sin apoyo oficial, prácticamente sola y decepcionada ante la fiereza y la injusticia de los ataques que se levantaron en su contra, la maestra buscó oportunidades para distraerse y recobrar fuerzas. En 1952 viajó a un congreso pacifista en China, país cuyos habitantes llamaron su atención por su parecido físico y psicológico con los indígenas mexicanos.

En 1956 tuvo la oportunidad de colaborar con su viejo conocido Diego Rivera; la pasión que Rivera sentía por la cultura indígena de México lo llevó a reunir grandes cantidades de piezas arqueológicas –muchas de ellas falsas–, que quiso entregar al pueblo de México en un museo que sería parte de su legado. El recinto en el que se expondría tal colección sería el Anahuacalli, o “casa de Anáhuac”, fantástico edificio de basalto, diseñado por el pintor, levantado sobre los derrames de lava del pedregal en los rumbos de Xotepingo, en la ciudad de México. Rivera pidió a la maestra Guzmán y al arqueólogo Rafael Orellana el ordenamiento de la colección para su muestra. A lo largo de dos años, los arqueólogos separaron las piezas originales de las copias y las falsificaciones, clasificaron la colección y seleccionaron aquellas que había que exhibir.

En 1958 tuvo la oportunidad de ver parte de su esfuerzo recompensado; con un retraso de más de 15 años, se publicó –aunque en una edición de circulación restringida– el primer volumen de su revisión sobre las Cartas de Relación de Cortés a Carlos V. Sus investigaciones y sus ideas fueron expuestas en ese tiempo –y a lo largo de la década de 1960– en conferencias en las que defendía sus tesis con vehemencia y pasión; entre ellas, se recuerdan las dictadas en el anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria; las del Museo de la ciudad de México (entonces a cargo del poeta Salvador Novo); en el Departamento de Antropología del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM (publicadas en 1989) y en el Museo Nacional de Antropología.

Aun tuvo energías para organizar nuevos encuentros académicos y sociedades, como el Primer Congreso de Historia para el Estudio de la Guerra de la Intervención Francesa, celebrado en conmemoración del Centenario de aquel evento histórico, en 1962, y la Sociedad de Investigaciones Históricas del México Antiguo, organismo que publicó, en un formato de boletín, sus reflexiones e investigaciones en torno a la historia antigua del país. En todo ese tiempo, no abandonó sus labores de investigación en el Archivo Histórico del INAH; aún se la recuerda a principios de los años setenta “en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia con un voluminoso portafolios bajo el brazo y sus gruesas gafas, con un caminar cansado pero altivo, quizás sabiéndose todavía centro de una polémica que aún subsiste”.[4]

En reconocimiento a su extenso trabajo pedagógico, arqueológico e historiográfico, en 1976 se impuso su nombre a la calle donde estaba su casa; en un gesto de honor extremo, se hizo entonces caso omiso a la provisión de que para nombrar una calle era necesario que el personaje ya hubiera muerto. Durante la década de los setenta, la maestra Guzmán continuó realizando diversos viajes al continente asiático, a Oriente Medio y a Europa.

Pero en ese mismo tiempo su salud enfrentó el ataque de la esclerosis cerebral. Acompañada en su casa por su prima María Luján y su sobrina Elvira, quienes la seguían asistiendo en sus investigaciones, la maestra fue perdiendo primero sus facultades intelectuales, y luego las físicas. Víctima de problemas pulmonares y cardiacos, Eulalia Guzmán Barrón falleció el primer día del año 1985.

UNA VIDA DE PRINCIPIOS

Si es cierto que el valor de una persona se mide por los frutos de su labor, estamos aún lejos de apreciar en toda su amplitud el legado del trabajo de Eulalia Guzmán. Mujer adelantada a su tiempo, formada en los años turbulentos de la Revolución, antepuso siempre sus proyectos sociales a su bienestar o prestigio personal, al grado de haber pagado el alto precio de ser recordada más por las caricaturas que sobre ella se dibujaban, en letra o en papel, que por sus muchos aportes al conocimiento de la historia nacional.

La postura asumida por la maestra Guzmán tras el hallazgo de Ichcateopan es por completo explicable: tras muchos años de estudios sin tacha sobre la inexactitud de las fuentes coloniales –premisa que es difícil poner en duda–, la situación la obligó a asumir como verdadera una consecuencia no necesariamente inmediata: que los hombres y mujeres del México antiguo vivían en una sociedad ideal de equilibrio con la naturaleza, de  armonía en sus relaciones y con estructuras económicas y políticas que actuaban siempre en beneficio de la comunidad, tal como ella las deseaba para su propia nación; y que todo aquel que lo negara, era no sólo un miope sino un enemigo de la patria. Y aunque sea ésta una visión parcial de la compleja posición de la maestra Guzmán, es la que ha trascendido, desafortunadamente, el tiempo y la que muchos asocian con su nombre: la de la férrea defensora de la mexicanidad.

El nombre de Eulalia Guzmán obliga a la toma de posiciones; ninguno de sus biógrafos, de sus defensores o de sus detractores puede olvidarse de la persona para centrarse sólo en las obras o en las ideas. Y es que Eulalia Guzmán nunca separó los principios que guiaban su vida y su pensamiento de su propia obra académica, y en ello, creemos, consiste su principal herencia; su trabajo no fue en absoluto desinteresado; por el contrario, siempre la guió el interés de constuir una patria libre y justa, cuya cultura fuera una “del intelecto y del sentimiento aunados; aquella en que la dignidad del hombre y el reconocimiento de todo derecho humano constituyan la base de la convivencia entre los hombres”.[5]

“Investigadora tenaz y combativa”, atacada “por mujer y por mexicanista”, “apasionada y apasionadamente indigenista”, la figura de la maestra Guzmán a la distancia aparece compleja y generosa, tenaz e inagotable. El homenaje más justo que podrá recibir está aún por hacerse: la publicación de sus extensos trabajos de revisión de archivos y fuentes históricas, labor a la que dedicó los mejores años de su vida y que permitirán, finalmente, otorgar a la maestra el lugar que merece en la historia del complejo siglo XX mexicano.

Referencias: [1] Beatriz Barba de Piña Chán, “Eulalia Guzmán Barrón”, en La antropología en México. Panorama histórico, Carlos García Mora (coordinador general), vol. 10, Los protagonistas (Díaz-Murillo), primera edición, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1988, p. 256.; [2] Eulalia Guzmán, Lo que vi y oí, México, Tip. Sag, 1941, p. 5.; 136 [3] Alejandra Moreno Toscano, Los hallazgos de Ichcateopan 1949-1951. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1980. EULALIA GUZMÁN 139.; [4] Blanca Jiménez, “Eulalia Guzmán (1890-1985)”, en Actualidades Arqueológicas, Revista de Estudiantes de Arqueología en México, año 3, núm. 13, julio-agosto 1997, p. 14. México. [5] Eulalia Guzmán, Lo que vi…, p. 20.

BIBLIOGRAFÍA SELECTA DE LA AUTORA

1923 La escuela nueva o de la acción. México, Secretaría de Educación Pública.; 1933 “Caracteres esenciales del arte antiguo mexicano, su sentido fundamental”.; Revista Universitaria. Vol. V, núms. 27, pp. 117-155, y 28, pp. 508-528. México, Universidad Nacional Autónoma de México.; 1934 “Los relieves de las rocas del Cerro de la Cantera, Jonacatepec, Morelos”. Anales del Museo Nacional de México. Quinta época, vol. 1, núm. 2, pp. 237-251. México.; 1939 “The art of map making among the ancient Mexicans”. Imago Mundi III. Traducción al español en Revista Mexicana de Geografía.; Cuarta época, vol. 1, núm. 2, México.; 1941 Lo que vi y oí en Europa. Tip. Sag. México.; 1950 “El hallazgo de la tumba de Cuauhtémoc”. Cultura Soviética.; Vols. XI y XII, abril y mayo, núms. 66, pp. 4-11, y 67, pp. 38-42.; 1951 “Cuauhtémoc e Ixcateopan a la luz de la ciencia”. Cultura Soviética.

Vol. XIV, núm. 86, pp. 30-45. México.; 1952 “Cuauhtémoc. Estado actual de las pruebas científicas en torno a su tumba”. Cultura Soviética. núm. 96, pp. 44-47.; 1954 “La genealogía y bibliografía de Cuauhtémoc. Refutación a las afirmaciones del grupo oponente de la llamada Gran Comisión”.; Cultura Soviética, núms. 108, pp. 14-32; 110, pp. 28-37, y 111, pp. 26-34. México.; 1958 Relaciones de Hernán Cortés a Carlos V sobre la invasión de Anáhuac.; Tomo I, en el que se contienen las Relaciones I y II. Editorial Anáhuac, México. Reeditado en 1996 por editorial Orión, México.; 1958 Moctezuma Xocoyotzin, Memorias de fray Bartolomé de las Casas

(1475-1566). México, Ediciones del Movimiento de Liberación Nacional.; 1959 “Huipil y máxtlatl”. Esplendor del México Antiguo. Vol. 2, México.; Centro de Investigaciones Antropológicas de México.; 1964 Manuscritos sobre México en archivos de Italia. Colección Materiales para la Historiografía de México I. México, Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.; 1970 Los otomíes. Memoria del Primer Congreso de la Cultura del Estado de Hidalgo. México, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.; 1989 Una visión crítica de la historia de la Conquista de México Tenochtitlán.; México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Barba de Piña Chán, Beatriz. “Eulalia Guzmán Barrón”. En Carlos García Mora (coord. general). La antropología en México, panorama histórico. Vol. 10: Los protagonistas (Díaz-Murillo). Primera edición. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1988, pp. 255-272.;  De la Torre Villar, Ernesto. Lecturas históricas mexicanas, tomo III. Primera Edición.; México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1994.; Enciclopedia de México. “Guzmán, Eulalia”, tomo 7, 1993, pp. 3794-3795. Edición especial para la Encyclopaedia Britannica de México, México.; Guzmán, Eulalia. “Caracteres esenciales del arte antiguo mexicano, su sentido fundamental”. Revista Universitaria, vol. V, núms. 27, 1933, pp. 117-155, y 28, pp. 508-528. Universidad Nacional Autónoma de México, México.; Guzmán, Eulalia. Manuscritos sobre México en archivos de Italia. Colección Materiales para la Historiografía de México I. México, Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 1964.; Guzmán, Eulalia. “Prologo”. Relaciones de Hernán Cortés a Carlos V sobre la invasión de Anáhuac. Tomo I. Primera edición. México, Orión, 1966.; Guzmán, Eulalia. Una visión crítica de la historia de la conquista de México-Tenochtitlán.; México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1989.; Moreno Toscano, Alejandra. Los hallazgos de Ichcateopan 1949-1951. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1980.; Pompa y Pompa, Antonio. “Proemio” a Eulalia Guzmán, Una visión crítica de la historia de la conquista de México-Tenochtitlán. Primera edición. México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1989.

Fuente: Wikipedia. Mari Carmen Serra Puche., Manuel de la Torre Mendoza; Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM. Creative Commons.

 
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