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LA TRAICIÓN DE LAS NORIAS DE BAJÁN

 

La derrota de Puente de Calderón en enero de 1811 provocó la huida de los insurgentes hacia el norte y el consecuente abandono de la Nueva Galicia en manos de los realistas. Félix María Calleja al frente de los suyos entró a Guadalajara el día 21, recibiendo de las autoridades una gran bienvenida que buscaba ocultar su pasada actitud frente a Miguel Hidalgo. La represión militar, no obstante, se dejó sentir con todo su peso, en primer término contra los promotores directos de la insurrección.

Mientras tanto, el cura de Dolores acompañado de las tropas de Rafael Iriarte y con los fondos económicos que habían sido salvados por Rayón, se dirigió a la región de Zacatecas y San Luis Potosí. En la hacienda de “El Pabellón” fue alcanzado por Ignacio Allende y la fracción del ejército que con él había escapado. Allí, con la aprobación de sus amigos militares, Allende destituyó a Hidalgo de la jefatura del movimiento, luego de culparlo de los fracasos en el campo de batalla.

El cambio de posición en la balanza trajo así mismo un reacomodo en los sectores influyentes de las Provincias Internas (dígase clero, milicia y gobiernos locales) quienes, en defensa de sus intereses, desecharon su simpatía hacia Hidalgo y se preocuparon ahora por quedar bien con el virrey. En Coahuila este cambio de actitud llevó al capitán Ignacio Elizondo a apoyar la restauración del mando colonial y a urdir una traición a los insurrectos que justificara su defección al ejército del rey, al que originalmente pertenecía.

Al respecto, indica el parte oficial redactado por Ramón Herrera, quien tuvo un papel principal en la intriga: “Tratóse inmediatamente de tomar las medidas oportunas para aprehender a Allende y su comitiva, y sabiendo que éste había de llegar, según el itinerario que traía, el día 21 de Marzo a las Norias de Baján, o Acatita de Baján, por ser el único aguaje que en toda aquella comarca había; se dispuso que Elizondo le fuese al encuentro con todas las apariencias de un recibimiento obsequioso …”.

Confiados en pisar territorio liberado, en contar pese a todo con una fuerza de 1,500 hombres y en poseer caudales suficientes para comprar armamento en los Estados Unidos, marchaban los insurgentes por el desierto sin mayor precaución, en grupos aislados formados según su velocidad y fortaleza.

“En tal disposición - agrega el parte de Herrera - esperó Elizondo (con 342 soldados veteranos) la llegada de los jefes insurgentes, que se verificó a las 9 de la mañana del 21. Presentóse desde luego el padre Pedro Bustamante, mercedario, con un teniente y cuatro soldados de los de aquella provincia; que se pasaron a (Mariano) Jiménez en Agua Nueva: saludáronse mutuamente sin recelar cosa alguna y siguieron hasta el cuerpo que quedó a la retaguardia, donde se les intimó se rindiesen, lo que hicieron sin resistencia”.

“Seguía a estos un piquete de cosa de sesenta hombres con quienes se practicó lo mismo, desarmándolos y atándolos sin demora. Venía en pos de ellos un coche con mujeres, escoltado por doce o catorce hombres, los cuales intentaron defenderse y fueron muertos tres de ellos y cogidos los demás”.

“En este orden siguieron llegando hasta catorce coches, con todos los generales y eclesiásticos que los acompañaban, que fueron aprehendidos sin resistencia; excepto Allende que tiró un pistoletazo a Elizondo llamándole traidor, y éste, escapando el cuerpo de las balas, mandó a sus soldados hacer fuego sobre el coche, quedando muerto de resultas de él el hijo de Allende que era teniente general, y malherido Arias… el cual murió poco después… Jiménez que acompañaba a Allende en el mismo coche, se arrojó de él dándose preso y suplicando cesase el fuego, lo que se hizo, y atándolo a él mismo y a Allende, fueron remitidos a la retaguardia”.

“El último de todos - escribe Herrera - venía el cura Hidalgo, escoltado por Marroquín, con veinte hombres que marchaban con las armas presentadas; intimósele que se rindiese como a los demás, lo hizo sin resistencia”. (Rivera, 2003: 180-185).

Así, el bribón Elizondo cortaba la cabeza de todo el movimiento rebelde; pues lograba la captura no sólo de sus dirigentes máximos, también de sus oficiales medios y aun de la soldadesca. El destino de los primeros y los segundos, hasta el grado de sargento, fue el paredón de fusilamiento; la soldadesca fue a prisión o terminó condenada a servidumbre en las haciendas cercanas.

Bibliografía: BAZ, Gustavo. Miguel Hidalgo y Costilla. Ensayo histórico-biográfico. Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato. Guanajuato, 2003.; DÍAZ DE LEÓN, Jesús. La prisión de Hidalgo. Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato. Guanajuato, 2003.; ENCICLOPEDIA DE MÉXICO. SEP. México, 1987.; GARCÍA, Pedro. Con el cura Hidalgo en la Guerra de Independencia. SEP 80. México, 1982.; HISTORIA DE MÉXICO, T 8. Salvat Mexicana de Ediciones. México, 1979.; LÓPEZ Robles, Fortino. El padre Hidalgo y las rutas primeras de la insurgencia. Edición particular. Guanajuato, 1973.; MARMOLEJO, Lucio. Efemérides Guanajuatenses, T. III. Universidad de Guanajuato. Guanajuato, 1973.; RIVERA, Agustín. Anales de la vida del Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla. Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato. Guanajuato, 2003.; VILLALPANDO, José Manuel. Miguel Hidalgo. Planeta De Agostini. México, 2002.

Fuente: Wikipedia. Los momentos decisivos en la vida de Miguel Hidalgo y Costilla.    Mtro. Artemio Guzmán López, Docente.; Escuela Normal Superior Oficial de Guanajuato. Pintura: Juan M. Herrera, siglo XIX, copia del original pintada por Francisco Incháurregui, óleo sobre tela, Museo de la Alhóndiga de Granaditas, INAH. Creative Commons.

 
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