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FELIPE RIVEROS

GENERAL FELIPE RIVEROS (1880-1945)

Nació en Mocorito, Sinaloa el 5 de febrero de 1880. La familia Riveros era oriunda de Mocorito, estaba compuesta por los hermanos Felipe y Jesús.

Felipe Riveros fue una figura destacada y controvertida en el movimiento social de 1910. Primero abraza la causa del federalismo y después la del maderismo al ser designado presidente del Club Antirreleccionista de Angostura, constituido el 6 de enero de 1910, ante la presidencia personal de don Francisco I. Madero.

En 1912 se presenta a la justa electoral buscando ser nominado gobernador constitucional de Sinaloa la cual gana y es electo para el período que empezaba el 27 de septiembre de 1912 y concluía en igual fecha en 1916.

El gobierno de Felipe Riveros sufría una agonía económica terrible y no le alcanzaban los ingresos para cubrir con regularidad los sueldos a los maestros, a tal grado que se vio en la necesidad de presentar una iniciativa al Congreso para cerrar temporalmente el Colegio Rosales, argumentando que el deber primordial de su gobierno era el de ser difusor de al enseñanza primaria.

Con tal objeto se nombra una comisión para que estudie el problema, integrada en su gran mayoría pro catedráticos de la citada institución, misma que presenta una solución que contempla descontar un 5% de sus sueldos a todos los funcionarios y empleados estatales con excepción de los que no ganaran 50 pesos mensuales.

La Cámara de Diputados aprueba el dictamen de la comisión y los burócratas son sangrados en sus percepciones a partir del mes de diciembre de emolumentos al magisterio sinaloense.

El gobernador Riveros, el 5 de diciembre, pide licencia al Congreso del Estado. Aborda el Sud-Pacífico y va a México a una audiencia con el presidente Francisco I. Madero. Hasta el 3 de febrero de 1913, en que regresa, lo sustituye su nuevo secretario general de gobierno, licenciado Maximiliano López Portillo.

Para esas fechas en que el general Felipe Riveros estuvo en la capital de la República, vientos de fronda soplaban en contra del gobierno de Madero. Sus enemigos emboscados urdían tumbarlo del poder. El porfirismo no dormía pensando en el retorno. Estaban de cacería y la presa era el Apóstol de la Democracia.

Riveros re-asume la gubernatura el 3 de febrero y el 9 se inicia la Decena Trágica, el cuartelazo, la rebelión militar que incubó el traidor Victoriano Huerta, que hizo lo que le dio la gana con el cándido presidente de México.

El 22 del mismo mes son arteramente asesinados don Francisco I. Madera y don José María Pino Suárez.

Horrorizados los sinaloenses reciben la noticia de la muerte de Madero y los grupos leales a su nombre y causa, que apenas hacía unos meses habían depuesto las armas, se acercan al gobernador Felipe Riveros para exigirle que no reconozca al gobierno huertista y que los encabece para lanzarse a la lucha en contra del sanguinario dipsómano.

Riveros aplaca a los emisarios, los convence de que esperen un poco de tiempo. Los engaña, pues el 5 de marzo de 1913 reconoce, con su carácter de gobernador constitucional de Sinaloa, al gobierno de Huerta. Presionados por él, igual consentimiento dan la Cámara de Diputados y el Supremo Tribunal de Justicia.

El gobernador Felipe Rivera nunca se quitó el estigma de traidor de la Revolución, provocando animadversión hacia su persona y mandato.

En la misma fecha los maderistas de Culiacán, realizan una junta y desconocen al régimen huertista y publican un manifiesto.

En Piedras Chinas, Cosalá, se escenifica el primer combate entre la legalidad constitucionalista y la usurpación reaccionaria de Huerta. El coronel Claro G. Molina, Isaura Ibáñez y el mayor Matías Lazcano, hacen morder el polvo a los soldados huertistas que comandaba el subteniente Gripiniano Anzaldo.

Por su parte, el 17 de marzo, un grupo de maderistas mazatlecos empuñan las armas y son perseguidos por las fuerzas de Riveros.

Los poderes del Estado son trasladados a puerto de Mazatlán y en el decreto de autorización del Congreso se asienta “que es para acercarse y comunicarse más fácilmente con el gobierno del centro”.

Felipe Riveros nombra prefecto de Mazatlán a don Cándido Avilés Inzunza, simpatizador y amigo de Huerta, con el visible propósito de quedar bien con él.

El huertismo nunca le tuvo confianza a Riveros y los maderistas menos. Él aseguraba en sus informes que Sinaloa estaba en orden y paz.

Sin embargo, el Monitor Sinaloense y El Mefistófeles, periódicos de Culiacán, daban la noticia de que se había levantado en armas el licenciado Enrique Moreno Pérez, Francisco Ramos Obeso, y Lázaro y Francisco Ramos Esquer.

Riveros nunca pensó que su defección se revertiera en su contra. A bordo de un vapor de al armada nacional el día 18 de marzo los huertistas ofrecieron un banquete al general Reinaldo Díaz, para celebrar su ascenso militar. A este ágape asiste el gobernador, acompañado de algunos diputados y de sus más cercanos colaboradores.

Terminada la reunión y después de los brindis de rigor, el gobernador Felipe Riveros y su comitiva bajan por la escalerilla del barco con la idea de retirarse, pero cual no sería su sorpresa al ver que la escolta del propio general Díaz les impide el paso, conminándolos a darse presos en nombre del gobierno de la República.

Custodiados fueron enviados a México el gobernador Felipe Riveros, Cándido Avilés, Genaro M. Velázquez, Fidencio Smith, Antonio Espinoza de los Monteros, Carlos C. Echeverría, Lázaro Rodelo y Santiago D. Rodríguez, acusados del delito de rebelión y se les confinó en el cuartel de San Pedro y San Pablo.

Poco tiempo duraron prisioneros; al mes siguiente, en abril, les otorgaron la libertad.

Al quedar acéfala la gubernatura, inmediatamente es designado en forma interina el general José L. Legorreta, por acuerdo de Victoriano Huerta, permaneciendo en el cargo del 21 de marzo al 1º de octubre de 1913. Lo sustituiría el general Alberto T. Rasgado, del 1º de octubre al 1º de febrero de 1914.

Legorreta integró su gobierno con gentes connotadas de Sinaloa, que por lo visto no le importó nada pertenecer al régimen espurio que encabezaba el general Huerta.

El general Felipe Riveros de la prisión en México se dirige de vuelta a su estado y llega a Sinaloa en junio de 1913, refugiándose en San Blas, plaza dominada por la Revolución.

Se alista en las fuerzas constitucionalistas, participa en varios combates en el norte de la entidad y trata de lavar en esta forma los pecados cometidos.

El 5 de julio Riveros, por acuerdo de don Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, es reconocido como gobernador legítimo de Sinaloa y dura en el poder hasta el 25 de noviembre de 1914. La toma de posesión se efectúa en San Blas, donde se encontraba la sede del gobierno carrancista.

Al abandonar el poder el general Victoriano Huerta, el 15 de julio de 1914, don Venustiano Carranza asume el gobierno del país y al 18 de octubre convoca a la Convención de Aguascalientes, con el objeto de definir los cauces de la nación y limar asperezas con los disímbolos y ambiciosos grupos que habían triunfado en la segunda guerra civil.

La Convención resultó un estrepitoso fracaso. Carranza es desconocido pro la Convención como Presidente Interino y se nombra al coronel Roque González Garza, Presidente Provisional de la República. Se abre una grieta enorme entre los revolucionarios. Villa y Zapata contra Carranza y Obregón, escisión que desembocaría luego en otro conflicto armado que convulsionó a México.

Riveros no había escarmentado. Seguía terco en dar la contra. En telegrama dirigido el 7 de noviembre de 1914 al C. Presidente de la Convención Soberana, se solidariza con el acuerdo tomado en el que se privaba a Carranza del mando político de la nación:

“Núm. 76.- De Culiacán, Sinaloa, el 7 de nov. De 1914. Recibido en Aguascalientes, Off.H.D.8 P.M.- H.R. 6-30.

En respuesta a extenso mensaje que hoy recibí del general Francisco Coss y demás signatarios, hoy mismo dígales lo siguiente: “Acuso a usted recibo de su telegrama circular fecha de ayer, y enterado con detenimiento de su contenido, en respuesta manifiesto a usted: 1º Que considerando como usted atinadamente cita, que la soberanía nacional reside original y esencialmente en el pueblo, y que éste, hoy victorioso, está representado en la Convención de Aguascalientes, es esta H. Asamblea la que con más razón y con mayor justicia puede, si así lo estima necesario para la salvación de la patria, declararse soberana como lo ha hecho con beneplácito de todos y aprobación de los más distinguidos ciudadanos que empuñaron las armas para derrocar a Huerta, restablecer el orden constitucional y realizar los ideales de la revolución de 1910. 2º Que su usted estima que la voluntad nacional quedó expresada en la cláusula quinta del llamado Plan de Guadalupe sólo porque está firmado por los ilustres desconocidos que lo suscriben y antes de disparar un cartucho, con mayor razón debe usted estimar que el acuerdo de la Convención en que se priva a Carraza en bien de la causa de al presidencia interina, es igualmente la expresión de la voluntad nacional. Tanto más cuanto que los signatarios de ese acuerdo son los genuinos y legítimos representantes del pueblo armado y victorioso. 3º Que teniendo el gobierno de mi cargo representante acreditado en la Gran Convención, que haciendo éste jurado respetar las decisiones de la H. Asamblea, yo no puedo ni debo desautorizarlo, so pena de incurrir en perjurio o disculparme alegando ligereza al designar representante, y le dí instrucciones para que hiciera la declaración correspondiente en el seno de la Gran Convención, a quien desde este momento mi gobierno reconocía soberana. Por lo expuesto, secundaré su actitud y persistiré en la línea de conducta ya adoptada, procurando el bien de mi patria, la realización de los ideales de la Revolución de 1910 y el triunfo de los principios, aun cuando perezcan las personas. Entre la Convención, última esperanza de la patria y Carranza, ávido de mando y de poder, no vacilo, con la Convención hasta morir. Lo que tengo el honor de poner en es superior conocimiento de la muy R. Convención Soberana por el digno conducto de usted, para los efectos consiguientes. Renuevo a usted mis protestas de alta consideración y aprecio”.

El 25 de noviembre Riveros abandona el gobierno del Estado. No concluye el período para el que fue electo y en el que sus claudicaciones fueron el pan nuestro de cada día.

Se va a Chihuahua a incorporarse a las huestes de Francisco Villa, que poco tiempo después se insurreccionaría en contra de don Venustiano Carranza y libraría épicas batallas con el general Álvaro Obregón.

Cuando se creía que Riveros iba a hacer huesos viejos con el “Centauro del Norte” al poco tiempo de estar bajo sus ordenes, hacerle jurado amor del bueno y librado uno que otro combate contra Obregón, tienen los dos un serio enfrentamiento verbal y se dispone a abandonar la División del Norte.

Aprovecha una noche lóbrega, oscura como la boca de un lobo, para tratar de huir de la ira de Francisco Villa. En la ciudad de Chihuahua aborda un tren que lo conduce a la frontera. Acompañan a Felipe Riveros su estimado paisano y compañero de armas el general Macario Gaxiola, algunos guerrilleros angosturenses y su hermano Jesús, que fungía como su jefe de ayudantes.

Ya estando listos para partir en el convoy ferroviario son detenidos por un piquete de soldado villistas al mando de un capitán de retorcidos bigotes. ¿Quién es Riveros? Pregunta con voz de trueno. ¡Yo soy! contesta Jesús hermano de Felipe. La escolta lo coge prisionero, le quita la pistola, lo conducen inmediatamente al panteón civil de Chihuahua, le forman cuadro y pasa a mejor vida.

¡Se habían ejecutado al pie de la letra las órdenes del general Francisco Villa!.

Sin embargo, una equivocación a costa de la existencia del consanguíneo de Felipe Riveros, lo salva a éste milagrosamente del paredón. El tren siguió su marcha ya sin ninguna interrupción y el militar mocoritense junto con sus gentes se internan en Estados Unidos. Esto aconteció el 30 de septiembre de 1915.

Por enésima vez don Felipe había brincado las trancas tocándole el turno ahora a don Doroteo Arango, que se quedó furioso cuando supo del error cometido.

Felipe Riveros murió en su rancho La Provincia, el 5 de mayo de 1945.

Fuente: Wikipedia. Tomado del libro SINALOA, 100 AÑOS. La gran aventura del siglo XX. Creative Commons.

 
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