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DISCURSO EN EL PALACIO DE MIRAMAR POR JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZ AL OFRECER LA CORONA DE MÉXICO

DISCURSO PRONUNCIADO EN EL PALACIO DE MIRAMAR POR JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZ AL OFRECER, EN NOMBRE DE LA JUNTA DE NOTABLES, LA CORONA DE MÉXICO A MAXIMILIANO DE AUSTRIA

Miembros de la Diputación Mexicana.

Sr. Gutiérrez de Estrada, presidente, antiguo Ministro de Negocios Extranjeros.

Sr. Velázquez de León, antiguo Ministro de Fomento.

Sr. D. Ignacio Aguilar, antiguo Ministro de Justicia.

Sr. Miranda, antiguo ministro de Justicia.

Sr. Woll, General de División.

Sr. Hidalgo, antiguo Encargado de Negocios.

Sr. Suárez Peredo, Conde del Valle.

Sr. Landa.

Sr. Escandón.

Sr. Iglesias, secretario de la Diputación.

Señor.

La nación mexicana, restituida apenas a su libertad por la benéfica influencia de un monarca poderoso, y magnánimo, nos envía a presentarnos a Vuestra Alteza Imperial, y centro hoy día de sus votos más puros y sus más halagüeñas esperanzas.

No hablaremos, Señor, de nuestras tribulaciones y nuestros infortunios, de todos conocidos, al punto de haberse hecho para tantos el nombre de México, sinónimo de desolación y de ruina.

Luchando hace tiempo por salir de situación tan angustiosa, y si cabe, más amarga aún por el funesto porvenir puesto ante sus ojos que por sus males presentes, no ha habido arbitrio a que esta nación infeliz no haya acudido, ensayo que no haya hecho dentro del círculo fatal en que se colocara, adoptando, inexperta y confiada, las instituciones republicanas, tan contrarias a nuestra constitución natural, a nuestras costumbres y tradiciones, y que, haciendo la grandeza y el orgullo de un pueblo vecino, no han sido para nosotros sino un manantial incesante de las más crueles desventuras.

Cerca de medio siglo ha pasado nuestra patria en esa triste existencia, toda de padecimientos estériles y de vergüenzas intolerables.

No murió, empero, entre nosotros todo espíritu de vida, toda fe en el porvenir. Puesta nuestra firme confianza en el Regulador y Arbitro Soberano de las sociedades, no cesamos de esperar y de solicitar con ahinco el anhelado remedio de nuestros tormentos siempre crecientes.

¡Y no fue vana nuestra esperanza!

Patentes están hoy los caminos misteriosos por donde la Providencia Divina nos ha traído a la situación afortunada en que actualmente nos hallamos, y que apenas llegaron a concebir como posible las inteligencias más elevadas.

México, pues, dueño otra vez de sus destinos, y escarmentado a tanta costa suya de su error pasado, hace, en la actualidad, un supremo esfúerzo para repararlo.

A otras instituciones políticas recurre ansioso y esperanzado; prometiéndose que le serán aún más provechosas que cuando era colonia de una monarquía europea, y más si logra tener a su frente un Prlncipe Católico, que a su eminente y reconocido mérito reúne también aquella nobleza de sentimientos, aquella fuerza de voluntad, y aquella rara abnegación que es el privilegio de los hombres predestinados a gobernar y salvar a los pueblos extraviados e infelices, a la hora decisiva del desengaño y del peligro.

Mucho se promete México, Señor, de las instituciones que le rigieron por espacio de tres siglos, dejándonos, al desaparecer, un espléndido legado que no hemos sabido conservar bajo la República democrática.

Pero si es grande y fundada esa fe en las instituciones monárquicas; no puede ser completa si éstas no se personifican en un Príncipe dotado de las altas prendas que el cielo os ha dispensado con mano pródiga.

Puede un monarca sin grandes dotes de inteligencia ni carácter hacer la ventura de su pueblo, cuando el monarca no es más que el continuador de una antigua monarquía, en un país de antiguos monarcas; pero un Príncipe necesita circunstancias excepcionales cuando ha de ser el primero de una serie de reyes; en suma, el fundador de una dinastía y el heredero de una República.

Sin Vos, ineficaz y efímero sería, creed, Señor, a quien nunca ha manchado sus labios con la lisonja, cuanto se intentase para levantar a nuestro país del abismo en que yace; quedando además frustradas las altas y generosas miras del monarca más poderoso, cuya espada nos ha rescatado y cuyo fuerte brazo nos sostiene y nos protege.

Con Vuestra Alteza, tan versado en la difícil ciencia del gobierno, las instituciones serán lo que deben ser para afianzar la prosperidad de Independencia de su nueva patria, teniendo por base esa libertad verdadera y fecunda, hermanada con la justicia, que es su primera condición y no es falsa libertad, no conocida entre nosotros sino por sus demasías y estragos.

Esas instituciones, con las modificaciones que la prudencia dicta y la necesidad de los tiempos exige, servirán de antemural incontrastable a nuestra Independencia nacional.

Estas convicciones y estos sentimientos, de que estaban poseídos muchos mexicanos, tiempo ha, se hallan hoy, Señor, en la conciencia de todos, y brotan de todos los corazones.

En Europa misma, sean cuales fueren las simpatías o las resistencias, sólo se oye un concierto de elogios respecto a Vuestra Alteza Imperial, y su augusta esposa, tan distinguida por sus altísimas prendas y su ejemplar virtud, que bien pronto, compartiendo a la vez vuestro trono y nuestros corazones, será querida, ensalzada y bendecida por todos los mexicanos.

Intérpretes harto débiles nosotros, de ese aplauso general, del amor, de las esperanzas y los ruegos de toda una nación, venimos a presentar a Vuestra Alteza Imperial la corona del Imperio Mexicano, que el pueblo, por un detreto solemne de los Notables, ratificado por tantas provincias, y que lo será pronto, según todo lo anuncia, por la nación entera, os ofrece, Señor, en el pleno y legítimo ejercicio de su voluntad y soberanía.

No podemos olvidar, Señor, que este acto se verifica, por una feliz coincidencia, cuando el país acaba de celebrar el aniversario del día en que el ejército nacional plantó triunfante, en la capital de México, el estandarte de la Independencia y la monarquía, llamando al trono a un Archiduque de Austria, a falta de un Infante de España.

Acoged, Señor, propicio los votós de un pueblo que invoca vuestro auxilio, y que ruega fervoroso al cielo que corone la obra gloriosa de Vuestra Alteza, pidiendo a Dios asimismo que le sea cóncedido corresponder dignamente a los perseverantes afanes de Vuestra Imperial Alteza.

Luzca, por fin, Señor, para México, la aurora de tiempos más dichosos, al cabo de tanto padecer, y tengamos la dicha incomparable de poder anunciar a los mexicanos la buena nueva, que con tanta vehemencia y zozobra están anhelando; buena nueva no sólo para nosotros, sino para Francia, cuyo nombre es, de hoy más, inseparable de nuestra historia, como será inseparable de nuestra gratitud; para Inglaterra y España que comenzaron esta grande obra en la Convención de Londres, después de haber sido las primeras en reconocer su justicia y proclamar su necesidad imprescindible; y, en fin, para la ínclita dinastía de Hamsburgo que corona esta grande obra con Vuestra Alteza Imperial y Real.

No se nos oculta, Señor, le repito, toda la abnegación que Vuestra Alteza Imperial necesita, y que sólo puede hacer llevadera el sentimiento de sus deberes para con la Providencia Divina, que no en balde hace los Príncipes y los dota de grandes cualidades, motrándose dispuesto a aceptar con todas sus consecuencias una misión tan penosa y ardua, a tanta distancia de su patria, y del trono ilustre y poderoso en cuyas gradas se halla colocado, el primero, Vuestra Alteza Imperial, y tan lejos de esta Europa, centro y emporio de la civilización del mundo.

Sí, Señor, pesada es, y mucho la Corona con que hoy os brindan nuestra admiración y nuestro amor; pero día vendrá, nosotros así lo esperamos, en que su posesión será envidiable, merced a vuestros esfuerzos y sacrificios que el cielo sabrá recompensar, y a nuestra cooperación lealtad y gratitud inalterables.

Grandes han sido nuestros desaciertos, y alarmante es nuestra decadencia; pero hijos somos, Señor, de los que al grito venerado de Patria, Religión y Rey, tres cosas que también se aúnan con la libertad, no ha habido empresa grande que no acometieran, ni sacrificio que no supieran arrostrar constantes e impávidos.

Tales son los sentimientos de México al renacer, tales las aspiraciones que hemos recibido, el honroso encargo de exponer fiel y respetuosamente a Vuestra Alteza Imperial y Real, al digno vástago de la esclarecida dinastía que cuenta entre sus glorias haber llevado la civilización cristiana al propio suelo en que aspiramos, Señor, a que fundéis, en este siglo XIX, por tantos títulos memorables, el orden y la verdadera libertad, frutos felices de esa civilización misma.

La empresa es grande; pero es aún más grande nuestra confianza en la Providencia, y que debe serio nos lo dicen bien claro el México de hoy y el Miramar de este glorioso día.

Fuente: Wikipedia. www.antorcha.net. Creative Commons.

 
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