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DERROTA DEL BRIGADIER ISIDRO BARRADAS EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 1829

 

La independencia de las colonias americanas fue un duro golpe para el absolutismo español. Nueva España fue quizá la más sensible pérdida para la metrópoli. Fernando VII nunca pudo resignarse a que “la joya de la Corona” ya no formara parte de sus dominios. Desde la independencia proclamada en 1821, no había querido reconocer los Tratados de Córdoba y las tropas que permanecían en San Juan de Ulúa suponían una permanente amenaza gracias al apoyo de Cuba, principal enclave español en el Caribe.

La primera señal de las intenciones españolas fue una tempranísima tentativa contrarrevolucionaria desde San Juan de Ulúa, apenas en octubre de 1821. Al año siguiente un nuevo intento en Texcoco fue reprimido por el general José Antonio Echávarri. Por último, aprovechando el enclave que aún se mantenía en San Juan de Ulúa, hubo una enorme fuga de capitales españoles hacia La Habana.

Los temores se veían reforzados en el interior por la próspera comunidad española que había quedado en el país, muchos de cuyos miembros ocupaban puestos en el ejército o la administración, así como por un importante sector de exiliados, ligados a México por asuntos familiares o económicos. Lo anterior propició movimientos populares, leyes, expropiaciones y destituciones en contra de los españoles. La actitud antiespañola fue encabezada por el partido yorkino, “ala izquierda” del espectro político nacional.

Se tomaron medidas para dejar salir a los españoles que quisieran emigrar, pero impidiéndoles llevar consigo poco más que sus pertenencias personales. Durante estos años Veracruz permaneció en un estado que podríamos denominar de guerra latente, y los peninsulares burlaron al gobierno al continuar sacando su dinero. Los constantes rumores de ataques apoyados por ellos desde el interior o por los exiliados en Cuba y Nueva Orleans aumentaron las medidas antiespañolas y provocaron que en 1823 el Poder Ejecutivo (como lo había hecho Iturbide en 1822), declarara formalmente la guerra a España. Un bombardeo a Veracruz desde San Juan de Ulúa provocó el último enfrentamiento y la rendición del castillo en 1825.

La llamada Conspiración del padre Arenas a principios de 1827 volvió a abrir la llaga del temor y la desconfianza. Después de la ejecución de Joaquín Arenas y del general Gregorio Arana, así como la detención, juicio y destierro de los generales Pedro Celestino Negrete y José Antonio Echávarri, se dictó una ley para expulsar a los españoles del territorio nacional.

Mientras, la restauración del absolutismo de Fernando, un ambiente internacional favorable por el apoyo de la Santa Alianza y la anuencia del nuevo gabinete británico de Lord Wellington hicieron aparecer la reconquista como una empresa factible para la corona. Particularmente en 1827 y 1828 hubo varias discusiones en el Consejo de Estado, y a mediados de 1828 se tomó la decisión. El rey había consultado a los exiliados, que le dieron esperanzas sobre la bienvenida que recibiría una reconquista española, debido al caos político y económico imperante en México desde la proclamación de su independencia.

El 7 de abril de 1829 se emitió la Real Orden para iniciar la expedición de reconquista y fue nombrado como responsable de la misma el brigadier Isidro Barradas Valdés. Barradas arribó a La Habana en mayo de 1829 con la orden de invasión, que fue discutida acaloradamente en la isla. En parte estas discusiones se debieron a que el responsable de la expedición había ocupado cargos con anterioridad en Cuba, de donde debió salir por las acusaciones del capitán general Francisco Dionisio Vives, con quien había tenido repetidas y serias dificultades.

Desde luego otro motivo de gran importancia fue el temor a que la isla quedara desprotegida, militar y económicamente, por las fuertes erogaciones que supondría alojar y equipar a la expedición. Vives y otros funcionarios y militares se mostraron renuentes. Solo la amenaza de hacer partícipe al rey de estas circunstancias los convenció de que sería imprescindible auxiliarlo. Sin embargo, su renuencia y desconfianza tuvieron no poco que ver con las dificultades que la expedición tendría posteriormente.

Se mostraron dispuestos a colaborar el almirante Ángel Laborde, Eugenio de Aviraneta, que fungió posteriormente como “secretario político” de Barradas, y pocos más. Por su obra Mis Memorias íntimas sabemos que desde el principio Aviraneta desconfió ante el desbordado optimismo de Barradas, quedando en duda las motivaciones de este “típico conspirador español” para participar en la expedición. De cualquier forma, las órdenes de Fernando VII eran terminantes, por lo que Vives publicó un par de semanas después de la llegada de Barradas un manifiesto anunciando la reconquista y proclamando anticipadamente la victoria.

Se proyectó dotar a la expedición de víveres para cuatro meses, y a ella se incorporaron varios expulsos que vivían en Nueva Orleans y en Cuba. Ya en los últimos días de su gobierno, el presidente Guadalupe Victoria había oído insistentes rumores por parte del cónsul en Nueva Orleans, del gobernador de Yucatán y de agentes secretos en La Habana. Sin embargo, fue Vicente Guerrero quien como presidente debió enfrentar esta situación. A través del periódico El Español, que publicaban precisamente los expulsos, pero que recibían en México varios españoles (y también mexicanos), las noticias empezaron a llegar de manera confusa: no se tenía noticias de dónde desembarcaría la expedición, siendo los puntos probables Yucatán, Veracruz y Tampico.

La expedición inició el viaje el 5 de julio con una escuadra y suficiente armamento. Eran en total 3,376 hombres en la División de Vanguardia, formada por los tres batallones del regimiento de infantería de La Corona. La flotilla estaba constituida por el buque insignia El Soberano, siete fragatas (dos de guerra y cinco mercantes) y tres bergantines (uno de guerra y dos mercantes), además de los buques de transporte, y fue comandada por el almirante Ángel Laborde.

La fuerza estaba compuesta principalmente por tropa americana reclutada en Cuba. En la Bahía de Campeche, tres días después de su salida, la flota se dispersó por una tormenta. El punto de reunión era la Isla de Lobos, en Veracruz, pero el clima imposibilitó el encuentro. La fragata Amalia y cuatro buques de transporte llegaron el 14 de julio, y los demás en la semana siguiente.

El 26 de julio de 1829 la expedición desembarcó en Cabo Rojo, Veracruz, y Barradas eligió dirigirse a Tampico. Desde el inicio de la expedición, sus integrantes padecieron las primeras bajas por el calor, los insectos y las fatigosas marchas sobre la arena, cargados con sus implementos y víveres. Luego de algunas escaramuzas y de haber incendiado el Fortín de La Barra en la ribera sur del Pánuco, Barradas entró a Tampico e instaló su cuartel general en la ciudad.

A pesar de que tomó sin gran resistencia Altamira y otros pueblos y de que expidió un manifiesto para asegurar que la expedición venía en son de paz y que comprarían víveres a precio justo, encontró un rechazo generalizado. Escribió al capitán general de Cuba para pedirle refuerzos. Le explicaba claramente que, sin el multitudinario apoyo esperado en México ni refuerzos de la isla, pronto quedarían aislados y no se cumpliría el plan original, según el cual la expedición funcionaría como una cuña en la costa, para abrirse paso en el interior hacia la capital.

Para hacer frente a esta intervención, el presidente Guerrero ordenó a Antonio López de Santa Anna y Manuel Mier y Terán trasladarse a Tamaulipas, donde se les uniría el comandante militar del estado, Felipe de la Garza. Santa Anna, nombrado jefe de las fuerzas que hicieron frente a la invasión, impuso préstamos forzosos; ocupó los buques mercantes y de guerra atracados en Veracruz y en ellos embarcó a su fuerza de infantería. Él partió en la goleta Louisiana e instruyó a la caballería para que, costeando, se dirigiera a Tampico. Llegó a Pueblo Viejo, cerca de los invasores. Mientras, Terán se fortificó en la hacienda del Cojo, próxima a Tampico. Así quedó Barradas atrapado entre el Paso del Humo y la Ranchería de Doña Cecilia (hoy Ciudad Madero) con escasos víveres y municiones, bajo lluvias torrenciales e iniciada una terrible epidemia de fiebre amarilla.

Entre agosto y septiembre se escenificaron diversas batallas en los alrededores de Tampico, como la del 21 de agosto, en que Santa Anna atacó con cuatrocientos infantes y escaso número de dragones, contra seiscientos españoles pues los demás habían marchado con Barradas al pueblo de Altamira. El coronel José Miguel Salomón y Eugenio Aviraneta sostuvieron una entrevista con Santa Anna, que les demandó la capitulación inmediata. Los españoles se negaron y el jefe de las fuerzas mexicanas exigió entrevistarse con Barradas, quien se trasladó a Tampico. De esta entrevista surgió una de las principales causas de la desconfianza con que Barradas sería después tratado por su gobierno pues, como le escribió Vives desde Cuba, se hubiera esperado que en esos momentos apresara al mexicano.

El 10 de septiembre Mier y Terán atacó con 900 hombres el Fortín de La Barra defendido por 400 españoles que se rindieron al día siguiente, concluyendo así las últimas intenciones de reconquista. El 20 de septiembre el presidente Vicente Guerrero recibió las noticias de la capitulación y el pueblo reaccionó con entusiasmo ante el fin de la amenaza española.

Barradas se trasladó a Nueva Orleans, de allí a Nueva York y El Havre para llegar a París, desde donde pensaba regresar a la corte española. Conocedor el gobierno de lo ocurrido por las noticias del capitán general Vives, se emitió una orden reservada para detener a Barradas y trasladarlo a Cuba, donde sería juzgado y previsiblemente condenado a la pena capital. Barradas, enterado de las acusaciones de traición, decidió quedarse en Francia.

Muchos miembros de la expedición permanecieron en Tampico a causa de la fiebre. Se dice que el puerto se convirtió en un hospital, y que los infortunados soldados que esperaban obtener el apoyo entusiasta de los mexicanos e importantes recompensas por parte de su rey, seguían cayendo víctimas de la fiebre. Todavía en diciembre salieron algunos sobrevivientes de regreso a Cuba.

En Francia Barradas siguió enviando inútiles misivas al rey, tratando de justificar su conducta y reiterándole su inquebrantable lealtad. A la muerte de Fernando VII, el pretendiente al trono Carlos María Isidro de Borbón le solicitó incorporarse como general a las filas carlistas. Barradas se negó para no faltar a su juramento de fidelidad a Fernando y su heredera, la princesa Isabel. Murió, pobre y acompañado solamente de un hijo de corta edad, en Marsella, el año de 1835.

Aunque las amenazas externas continuaron durante gran parte del primer siglo de vida independiente y, como sabemos, tuvieron consecuencias mucho más funestas que esta malograda expedición, los festejos tras este triunfo descritos por Guillermo Prieto supusieron el fin de una odiosa amenaza y estimularon entre los mexicanos la firme determinación de defender el territorio nacional.

Fuente: Wikipedia. Magdalena Mas, INEHRM, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México; Secretaría de Educación Pública. Creative Commons.

 
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