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LA CONSPIRACIÓN DE VALLADOLID

 

Asentada sobre una loma chata y alargada, lo cual significa en su lengua original “Guayangareo”, en 1809, la actual Morelia era conocida como Valladolid. Capital de la Intendencia del mismo nombre, era la sede del poder civil y del eclesiástico; en ella se concentraban la catedral, dos importantes cabildos –el catedralicio y el de la ciudad o ayuntamiento– y la Caja Real. Se había instaurado en 1770 el Seminario Tridentino, que pronto sería fundamental en el panorama intelectual de la época, como ya lo era el venerable Colegio de San Nicolás Obispo. El barón de Humboldt la visitó, como capital de una región neurálgica en la economía y el pensamiento novohispanos. Rodeada de pequeños pueblos de indios, éstos y las castas constituían la mayor parte de su población.

Se hizo famosa por la belleza de sus construcciones, edificadas con la cantera rosa proveniente de yacimientos cercanos. En el centro de la ciudad se conservan muchos de los edificios de esa época; varios de ellos eran iglesias, colegios o casas de españoles y criollos adinerados. En unas pocas familias se concentraba la riqueza, el poder político, intelectual, militar y eclesiástico. Pero desde hacía algunos años, las movidas aguas de la monarquía española, enfrascada en sus guerras, algunas epidemias, sequías y hambrunas, habían propiciado cambios de opiniones y actitudes en la ciudad.

Al conocerse, en 1808, las abdicaciones de la familia real española, cuyos integrantes cedieron el país y todas sus posesiones ultramarinas a Napoleón, sucedió en la capital del reino algo inusitado: los regidores del ayuntamiento propusieron al virrey José de Iturrigaray formar una Junta Gubernativa al igual que las constituidas en territorio español, para ejercer la soberanía mientras el país estaba ocupado por los franceses.

Si bien los involucrados fueron castigados ejemplarmente (el virrey depuesto, Juan Francisco Azcárate encarcelado, muertos Francisco Primo Verdad y el mercedario Melchor de Talamantes), había prendido un brote de rebeldía que ya no se extinguiría sin que pasara más de una década de guerra.

En Valladolid de Michoacán, desde hacía varios años, no existía una paz idílica. Algunas medidas borbónicas habían sido altamente impopulares, como la Consolidación de Obras Pías, por medio de la cual los dueños de bienes hipotecados a la Iglesia debían entregar a la Corona en dinero contante y sonante el valor de esos bienes.

Sin embargo, esta medida encontró resistencia en la figura de Manuel Abad y Queipo, obispo de Michoacán, que manifestó las quejas de labradores y comerciantes de Valladolid. Muchos otros religiosos, militares y civiles, coincidían con el obispo. En sus instituciones educativas, aunque sujetos plenamente al dogma católico y a la fidelidad a la Corona, ya se habían escuchado voces como la de Miguel Hidalgo que propugnaban por la enseñanza de una teología más racional.

El caso es que, para 1809, las difíciles condiciones por las que atravesaban los grandes y pequeños propietarios tras las medidas de la consolidación que los había obligado a endeudarse, la difusión de algunas ideas más avanzadas que las permitidas por las autoridades eclesiásticas y el resquemor por la brutalidad con que fue abortada la iniciativa del ayuntamiento de la capital provocaron que un grupo de criollos se reuniera y decidiera defender, desde Nueva España, la soberanía usurpada.

Las tertulias en las que se platicaba, se tocaba música o se discutía sobre literatura, fueron el pretexto para que iniciara la conspiración. De esta forma, José María García Obeso, los hermanos Mariano y José Nicolás Michelena, fray Vicente Santa María, Antonio Soto Saldaña, José María Izazaga, el cura de Huango Manuel Ruiz de Chávez, Manuel Torre Lloreda, Manuel Villalongín, Manuel Iturriaga y el teniente Mariano Quevedo comenzaron a reunirse, al menos desde septiembre, en las casas de los tres primeros.

Entre sus propósitos estaba el que, si España sucumbía a la invasión napoleónica, la Nueva España quedara bajo un gobierno autónomo y no sometida a Bonaparte. Se formaría un Congreso integrado por vocales de pueblos y villas, que sostendría y defendería la soberanía ante la amenaza francesa.

Los conjurados acordaron enviar representantes a distintos pueblos y ciudades, para allegarse aliados y recursos. Michelena fue a Pátzcuaro y después a Querétaro, donde se reunió con Ignacio Allende. También Mariano Abasolo fue informado en San Miguel el Grande, mientras que por Zitácuaro asistió Luis Correa y, por Pátzcuaro, José María Abarca.

Varios eran militares y pensaban atraerse a sus regimientos, así como a los pueblos indios, con la promesa de liberarlos de sus pesados tributos. Creían contar con cerca de veinte mil hombres, que se levantarían el 21 de diciembre. Pero fueron delatados. El mismo Michelena, en el juicio que se le siguió, declaró sospechar de Agustín de Iturbide quien, invitado a sus reuniones, contó todo lo que sabía al Intendente José Alonso de Terán. Otras fuentes atribuyen esta delación al cura del Sagrario de Valladolid, apellidado de la Concha.

Probablemente era difícil ocultar el plan en una ciudad pequeña, y más cuando los conspiradores habían sido indiscretos y confiados, con la esperanza de conseguir adeptos a su causa. El 21 de diciembre, por órdenes del intendente Terán, fueron detenidos. El franciscano Vicente Santa María, que con su discurso arrebatado predicaba en el Templo de San Francisco, trató de atraerse a sus feligreses de los pueblos indios y fue hecho prisionero en el Convento del Carmen.

Michelena, García Obeso y otros oficiales implicados fueron igualmente encerrados en el convento. Soto y Abarca también apresados. Sin embargo, esta vez la pretensión de formar una Junta de Gobierno fue tratada con mayor benignidad que la de la capital de Nueva España.

Varios de los conspiradores eran hombres de la iglesia y del ejército, respetados en la comunidad. El buen comportamiento durante la causa y la hábil defensa de su abogado, hicieron que el arzobispo virrey Francisco Javier Lizana diera por concluido el proceso enviando a los oficiales a otras ciudades como San Luis y Jalapa.

Pero en Querétaro, otros personajes que sin duda supieron de la conspiración, siguieron reuniéndose en casa de los corregidores Miguel y Josefa Domínguez. El año siguiente se llevó cabo el levantamiento, al que varios conspiradores de Valladolid se unieron. Algunos fueron de nuevo apresados a partir de 1810 y pocos de ellos alcanzaron a ver la libertad de México. Muchos indicios ligan entonces a Michoacán y a la actual Morelia, no sólo con los sucesos y personajes centrales de la guerra de Independencia sino con sus antecedentes inmediatos, motivo por el cual también ha sido llamada cuna de la Insurgencia.

Fuente: Wikipedia. Magdalena Mas. Es licenciada en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente es directora del Programa Académico del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), y asociada del Centro de Artes, Humanidades y Ciencias en Transdisciplina, S.C. Creative Commons.

 
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