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EL DECLIVE DE DON JOSÉ MARÍA MORELOS

 

Al concluir la sesión del Congreso el 6 de noviembre de 1813, José María Morelos reunió a todas las partidas de las que disponía, poniéndolas a las ordenes de Mariano Matamoros y Nicolás Bravo. Su plan era tomar Valladolid para establecer el Congreso en ese lugar. La ciudad le serviría también para catapultar un ataque a las ricas ciudades de Guanajuato, San Luis y Guadalajara y poner a su merced el objetivo final que era la Ciudad de México.

El 22 de diciembre de ese mismo año, todos los regimientos insurgentes se posicionaron en las lomas de Santa María, a las afueras de Valladolid, listos para atacar. Al día siguiente Morelos dio la voz de ataque y la batalla comenzó.

A las pocas horas se presentaron las tropas comandadas por el brigadier Ciriaco del Llano y su segundo, el coronel Agustín de Iturbide, quienes habían sido despachados por el virrey Félix Maria Calleja para ayudar a defender la plaza. En la primera escaramuza, Iturbide sorprendió al regimiento de Bravo el cual sufrió un gran descalabro, perdiendo la mayor parte de su infantería, así como sus piezas de artillería. Al otro día Matamoros posicionó sus regimientos en la llanura que se encontraba entre las lomas de Santa María, donde se encontraba parapetado Morelos y sus contingentes, y la plaza defendida por el Ejército Realista.

Del Llano envió a Iturbide al mando de un regimiento de infantería, apoyados por caballería, a penetrar las filas rebeldes y tantear el terreno. Iturbide logró penetrar la defensa de Matamoros, logrando alcanzar el campamento de Morelos, cuyas tropas, sorprendidos por el ataque, no pudieron reaccionar a tiempo. Era tal la confusión que imperaba, que por algún tiempo, algunos batallones insurgentes estuvieron disparándose entre sí. La derrota fue total. Iturbide regresó a las fortificaciones de la ciudad, triunfante y Morelos se retiró a la hacienda de Puruarán, a 94 kilómetros al suroeste de Valladolid, donde se reunió con los principales jefes del diezmado Ejército Insurgente.

Morelos inició la fortificación del lugar, proponiéndose hacer frente a los realistas, que seguro estaba los perseguirían. El consenso general de los jefes Ramón y Nicolás Bravo, Mariano Matamoros y Hermenegildo Galeana era que no estaban en condiciones de hacer frente al enemigo, después de haber sufrido tantas bajas. Mas Morelos desoyó las sugerencias y ordenó esperar la embestida de Llano y sus huestes.

El 5 de enero de 1814, los defensores de la monarquía iniciaron el ataque a Puruarán, a cuya defensa estaba encargado Matamoros. El Ejército Insurgente sufrió un nuevo revés, pero esta vez de peores consecuencias. No sólo perdieron a la mayoría de su ejército, sino que perdieron también al brazo derecho de Morelos, Mariano Matamoros. Al enterarse Morelos de esta desgracia, intentó por todos los medios negociar la libertad de su lugarteniente. Ofreció a cambio de su vida, la libertad de 200 prisioneros del batallón de Asturias, mas todo fue en vano. Matamoros fue fusilado los primeros días de febrero de 1814.

José Maria Morelos no permitió que la tristeza que le causaba la muerte de su querido amigo, Matamoros, interfiriera con su cometido. Estaba dispuesto a defender con su vida, si era necesario, al Cuerpo Colegiado erigido en Chilpancingo. En Tlacotepec, el Congreso, influenciado por Ignacio López Rayón quien desde hacía un tiempo se sentía desplazado y opacado por la autoridad e influencia que poseía Morelos, decidió despojar a Don José María de su grado de Generalísimo, quedando Morelos con el nombramiento de diputado. El Siervo de la Nación, haciendo honor su título, decidió servir a su patria desde cualquier puesto que el Cuerpo Legislativo le asignara.

A partir de la derrota en Valladolid, la ruta de guerra de Morelos se volvió cuesta abajo. No pudo sostener la plaza de Acapulco, atacada por José Gabriel de Armijo, y se desplazó a Tecpan. El 29 de septiembre de 1815, Morelos decidió trasladar el Congreso a Tehuacán de las Granadas. Envió correspondencia tanto a Manuel de Mier y Terán como a Vicente Guerrero para que se reunieran con él y su tropa en el Paso de Mescala. Desgraciadamente, el correo fue interceptado y ninguno de los dos jefes insurgentes se enteró del pedido de Morelos.

El virrey Calleja, conociendo los movimientos de la escolta del Congreso, envió un destacamento al mando del General Manuel de la Concha a enfrentarlos. El 5 de noviembre, justo pasando Tesmalaca, los insurgentes se vieron sorprendidos por el contingente realista. Morelos, tratando de ganar tiempo para salvar al Congreso, le ordenó a Nicolás Bravo que se adelantara, escoltando a los representantes del gobierno insurgente, y él y su escolta personal se quedaron a hacer frente al enemigo.

"Mi vida," dijo Morelos, "la doy contento a cambio de la preservación del Congreso." Eran tan pocos los rebeldes al lado de Morelos, que sólo pudieron resistir lo suficiente para que la Asamblea Legislativa se alejara del peligro. Al quedar Morelos sin un sólo hombre, hizo todo lo posible por morir en combate, mas Matías Carranco lo capturó. Encadenado, fue conducido hasta el general de la Concha quien ordenó su traslado a la Ciudad de México. En este lugar, la Inquisición ordenó la degradación de sus órdenes sagradas y fue condenado al paredón. Morelos defendió su causa y aceptó el fallo como un valiente. La sentencia se ejecutó en San Cristóbal, Ecatepec el 22 de diciembre de 1815.

Comentario al declive de Don José Ma. Morelos.

La estrella militar de Don José María Morelos y Pavón comenzó a extinguirse en Valladolid, el 23 de diciembre de 1813. En su afán de tomar tan importante plaza lo más pronto posible, no le dio el descanso suficiente a su ejército, que había recorrido enormes distancias por terrenos muy inhóspitos.

No contaba tampoco con que los espías de Calleja le habían informado de la gran movilización que estaban llevando a cabo las fuerzas rebeldes y había mandado al brigadier Llano a reforzar las defensas de la ciudad. Morelos, acostumbrado a las tácticas de guerrilla, no organizó su ejército debidamente para enfrentar un combate convencional. Eso, aunado al ataque sorpresa de Iturbide, trajo confusión a las filas rebeldes en el campo de batalla. Ese día, Morelos no sólo perdió la batalla, perdió también su prestigio. Peor fue la derrota sufrida en Puruarán trece días más tarde donde perdió uno de sus más hábiles generales, Mariano Matamoros. En vez de continuar la retirada, como se lo sugerían sus subalternos, y reagruparse en un lugar más propicio, Morelos decidió hacer frente a los realistas en un lugar sin fortificaciones. Allí, los insurgentes recibieron el golpe del que ya no se repondrían jamás.

Todo el terreno que el Congreso de Anáhuac ganó en el plano político en Chilpancingo, no pudo aprovecharse debido a esas dos batallas que Morelos perdió. Sin un ejército fuerte y organizado que respaldara las leyes expedidas por la asamblea legislativa, éstas se convertirían en letra muerta.

Esas derrotas no deben cambiar la opinión que tenemos de Don José María Morelos. Este caudillo trajo a la escena del conflicto otras cosas aún más importantes que el genio militar. Cambió el sentido golpista del movimiento a independentista. Unió a todos los cabecillas regionales para perseguir el objetivo común, y sobre todo, formó a los líderes que a la postre verían realizado el sueño de tener un país independiente.

Hay muchos aspectos de Morelos que debemos resaltar. Entre los más loables está su deseo auténtico de emancipar la América Septentrional del tirano régimen colonial de la metrópoli española. A diferencia de otros caudillos, que a la par de la independencia buscaban notoriedad y beneficios personales, Morelos se mantuvo firme, apoyando a la causa aún después de ser despojado de su nombramiento de Generalísimo. Su desinterés por ser la figura principal quedó de manifiesto cuando el Cuerpo Colegiado le quiso imponer el título de Alteza Serenísima. Él declinó tal nombramiento y lo cambió por Siervo de la Nación, porque su objetivo principal era ese, servir a la nación. Servirla de la forma que mejor él podía, luchando e inspirando a miles de personas, sin las cuales el movimiento independentista no hubiera logrado tener el auge que en la época de Morelos tuvo. Su fervoroso deseo de entregarse por entero a la causa insurgente, le hizo aceptar la degradación que el Congreso le impuso en Tlacotepec, designándolo simple diputado. Para cualquier otra persona, esto hubiera sido suficiente motivo para separarse del grupo y aprovechar su gran popularidad para formar otro que lo llevara a lograr su agenda personal, como fue el caso de Juan Nepomuceno Rosains y José María Cos. Ellos se separaron del movimiento cuando las acciones tomaron un rumbo que ellos no aprobaban. Pero no Morelos. Él se mantuvo firme a sus principios y siguió apoyando al Congreso que era quien tomaba las decisiones. Tanta era su fe en el Cuerpo Legislativo que estuvo dispuesto a ofrendar su vida para lograr salvarlo de caer en manos enemigas, lo que hubiera acelerado la derrota del movimiento.

Fuente: Wikipedia. México Real. Lázaro Juárez Fierro, mexico-real.net. Creative Commons.

 
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