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POESÍA LOS NIÑOS MÁRTIRES DE CHAPULTEPEC

 

LOS NIÑOS MARTIRES DE CHAPULTEPEC[1]

Por Amado Nervo[2]

I

Como renuevos cuyos aliños

un viento helado marchita en flor,

así cayeron los héroes niños

ante las balas del invasor.

Allí fue… Los sabinos, la cimera

con sortijas de plata remecía;

cantaba nuestra eterna primavera

su himno al sol; era diáfana la esfera;

perfumada la flor… ¡y ellos morían!

Allí fue… Los volcanes, en sus viejos

albornoces de nieve se envolvían,

perfilando sus moles a lo lejos;

era el avalle una fiesta de reflejos,

de frescura, de luz… ¡y ellos morían!

Allí fue… Saludaba el mundo el cielo,

y al divino saludo respondían

los árboles, la brisa, el arroyuelo,

los nidos con el trino del polluelo,

las rosas con su olor… ¡y ellos morían!

Morían cuando apenas el enhiesto

Botón daba sus pétalos precoces,

privilegiados por la suerte en esto:

que los que aman los dioses mueren presto

¡y ellos eran amados de los dioses!

Sí, los dioses la linfa bullidora

cegaban de esos puros manantiales,

espejos de las hadas y de Flora,

y juntaban la noche con la aurora,

como pasa en los climas boreales.

Los dioses nos roban el tesoro

de esas almas de niños que se abrían

a la vida y el bien, cantando en coro.

Allí fue…La mañana era de oro,

Septiembre estaba en flor.. ¡y ellos morían!

II

Como renuevos cuyos aliños

un viento helado marchita en flor,

así cayeron los héroes niños

ante las balas del invasor.

No fue su muerte conjunción febea

ni puesta melancólica de Diana,

sino eclipse de Vésper, que recrea

los cielos con su luz, y parpadea

y cede ante el fulgor de la mañana.

Morir cuando al tumba nos reclama,

cuando la dicha suspirando quedo,

“¡Adiós!”, murmura, y se extinguió la llama

de la fe, y aunque todo dice: ¡Ama!

responde el corazón: “¡Si ya no puedo…!”,

cuando solo escuchábamos dondequiera

del tedio el gran monologar eterno,

y en vano desparrama primavera

su florido caudal en la pradera,

porque dentro llevamos el invierno,

bien está… Mas partir en pleno día,

cuando el sol glorifica la jornada,

cuando todo en el pecho ama y confía,

y la vida Julieta enamorada,

nos dice: “¡No te vayas todavía¡”

y forma la ilusión mudo de encajes,

y los troncos de savia están henchidos,

y las frondas perfumaban los boscajes,

y los nidos salpican los frondajes,

y las aves arrullan en los nidos,

es cruel… Mas, entonces, ¿por qué ahora

muestra galas el bosque y luce aliños?

¿Por qué canta el clarín con voz sonora?

¿Por qué nadie está triste, nadie llora

delante del recuerdo de esos niños?

Porque más que la vida, bien pequeño;

porque más que la gloria, que es un sueño;

porque más que el amor, ale, de fijo,

la divina obligación, y en una losa

este bello epitafio: “Aquí reposa;

dio su sangre a la Patria: ¡era buen hijo!”

III

Como renuevos cuyos aliños

un viento helado marchita en flor,

así cayeron los héroes niños

ante las balas del invasor.

Descansa, juventud, ya sin anhelo,

serena como un dios, bajo las flores

de que es pródigo siempre nuestro suelo;

Descansa bajo el palio de tu cielo

Y el santo pabellón de tres colores

Descansa, y que liricen tus hazañas

las voces del terral en los palmares,

y las voces del céfiro de las cañas,

las voces del pinar en las montañas

y la voz de las ondas en los mares.

Descansa, y que tu empleo persevere,

que el amor al derecho siempre avive,

y que en tanto que el pueblo que et quiere

murmura en tu sepulcro: “¡Así se muere!”,

la fama cante en él: “¡Así se vive!”.

IV

Como renuevos cuyos aliños

un viento helado marchita en flor,

así cayeron los héroes niños

ante las balas del invasor.

Señor, en cuanto a ti, dos veces Bravo,

que aquí defiendes el hollado suelo

tras haber defendido el suelo esclavo,

y hoy en el sitio dormirás al cabo

donde el águila azteca posó el vuelo;

Señor, en cuanto a ti, que, noble y fuerte,

llegaste del perdón al heroísmo,

perdonando en tu triunfo a quien la muerte

dio a tu padre infeliz, y de esta suerte

venciéndote dos veces a ti mismo:

ven, únete a esos niños como hermano

mayor, pues que su gloria fue tu gloria,

y llévalos contigo de la mano

hacia el solio de Jove soberano

y a las puertas de bronce de la historia.

[1] Texto tomado de la publicación El Asalto al Castillo de Chapultepec y los niños Héroes, México, Departamento del Distrito Federal, Vol. 5, 1983 (Colección Conciencia Cívica Nacional), p. 95-98. Se publicó por primera vez en Revista de Revistas, México, 14 de septiembre de 1947.

[2] Amado Nervo nació el 27 de agosto de agosto de 1870, en la ciudad de Tepic, Nayarit y murió el 24 de mayo de 1919.

 
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