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EL PRENDIMIENTO DE HIDALGO EN ACATITA DE BAJÁN, COAHUILA

 

Corría marzo de 1811. Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y José Mariano Jiménez soñaban con que la rebelión independentista no se apagaría, a pesar de las derrotas sufridas. Mucho menos imaginaban que unas semanas después, el 30 de julio, morirían fusilados.

Los restos de las tropas insurgentes eran un enorme contingente humano que parecía todo menos un ejército. Los soldados con sus familias macilentas, carros, carretas y hatajos de carga le daban un aspecto de pueblo en éxodo. Derrotados y perseguidos, habían puesto su confianza en que en el norte encontrarían los medios para seguir sosteniendo sus existencias y la lucha a la que se habían entregado con bravura unos meses atrás, en septiembre.

Ignacio Allende, al frente de aquella tropa, sabía que no podría dar combate al enemigo que los había abatido el 17 de enero de 1811 en el Puente de Calderón, cerca de Guadalajara.

Muy poco tiempo permanecieron en Zacatecas, antes de salir hacia Saltillo a principios de febrero, donde tomaron medidas para reorganizarse. También recibieron la invitación para indultarse que les envió el virrey Venegas, a la que dieron una extraordinaria respuesta. Con fogosidad rechazaron el indulto por ser digno de criminales; declararon que —así fuera con ríos de sangre— sostendrían la lucha por los derechos concedidos por Dios y enfáticos escribieron: “Toda la nación está en fermento”. Allende e Hidalgo firmaron juntos este documento, pues a pesar de todos los descalabros y de la enemistad abierta entre ellos, se mostraban como uno solo frente al enemigo.

Hacían esfuerzos por no arredrarse antes las malas noticias. En San Blas y Tepic sus compañeros habían sido abatidos. Por todos los rumbos, personas leales al rey tomaban la iniciativa de apresar a los insurgentes. Pero éstos conservaban la esperanza de que, en algún punto del vasto norte, encontrarían agua , alimentos, protección y ayuda.

Muy poca de esa tropa sabía cómo eran aquellos lugares. Los pobladores tenían prohibido proveerlos de lo necesario y, temerosos del  castigo, se mostraban recelosos, huidizos. Aquellos, lejos de sus tierras, atrás habían dejado la generosidad del Bajío y del Occidente para internarse en el resplandor de la tierra caliza, del viento que les acuchillaba el cuerpo y de la sed arenosa que les pegaba la lengua al paladar.

Las escasas construcciones, fortificadas y con torreones para resistir los ataques de los indios, les parecían poco hospitalarias y frías. El 17 de marzo salieron de Saltillo por el camino real que los llevaría por la hacienda de Santa María y al día siguiente por la de Anaelo, luego de atravesar las aguzadas peñas de la Sierra Madre Oriental. El cansancio los hizo descuidados y perdieron muchas cabalgaduras que habían soltado durante la noche. A la fatiga se sumaron los funestos presagios  que creyeron ver en un cometa que se apareció en el firmamento  y que el buen humor de Juan Aldama no disipó.

Mientras tanto, en Monclova, daba sus frutos un movimiento contrainsurgente dirigido por Ignacio Elizondo, un capitán de milicias presidiales. Aprovechando que el gobernador insurgente de Coahuila, don Pedro Aranda, era muy afecto a la bebida y a la fiesta, Elizondo lo puso preso con su guardia tras una parranda; nada pudo hacer Aranda por defenderse ni por detener el avance los principales caudillos rebeldes que se dirigían a ese lugar.

Con habilidad, Elizondo preparó todo de tal manera que la situación continuara en calma y no despertara sospechas. Mandó a varios hombres al encuentro de Allende para ofrecerle ayuda y guía por el desierto, asegurándole que en Acatita de Baján encontrarían agua suficiente.

También mandó aconsejarles que para dar tiempo a que las norias recuperaran su nivel de agua, el ejército no se presentara todo junto, sino en grupos, dando preferencia a los jefes para que tuvieran oportunidad de descansar.

La tarde del 19, Elizondo salió de Monclova con 300 hombres para elegir el lugar donde habría de esperar la llegada de los insurgentes. Conocedor del terreno, se dirigió a unos pocos kilómetros al sur de Acatita, donde hay una loma de poca altura detrás de la cual apostó al grueso de su contingente y permaneció a la orilla del camino con un corto acompañamiento en un estado de paciencia perfecta, confiado, como el buen cazador, en que su presa caería inexorablemente.

La mañana del domingo 21 de marzo de 1811, los coches de los insurgentes se aproximaron a Acatita. Sus pasajeros, que ya llevaban más de mil kilómetros andados, cansados y hambrientos, no maliciaron de la amable actitud de Elizondo, quien, al tenerlos rodeados, los conminó a que se dieran presos en nombre del rey. Al intentar resistirse y disparar su arma, Allende recibió una descarga de la que resultó muerto su hijo Indalecio. Jiménez y Aldama fueron sometidos enseguida.

De pronto les faltaron las fuerzas para oponerse y se entregaron a sus captores, abrumados, azorados, asustados. Atrás, a caballo, venía don Miguel Hidalgo. Lo amarraron como a los otros y los fueron llevando al presidio que estaba en Acatita de Baján.

Más de 1,300 prisioneros tomó Elizondo aquel día, en que vio premiada su astucia con el codiciado trofeo: tenía en su poder a los mayores insurrectos del reino. Las reatas no alcanzaron para amarrarlos a todos y tuvieron que quitarles a los caballos los correajes para sujetar a los demás.

Allende vio todo perdido, su vida, el cadáver del hijo que sepultó en Monclova; la misma causa de la Independencia parecía una gota de agua resecándose en aquel yermo.

Hidalgo nada pudo hacer por su hermano Mariano, que lo había acompañado desde la mañana del Grito. Aldama supo que su hermano Ignacio había sido preso, días antes, con sus compañeros en San Antonio Béjar.

Impotentes, los hombres vieron cómo sus mujeres eran tratadas con el mismo rigor, los niños sacudidos y los viejos empujados, arreados como ganado. Todos los dolores se les agolparon en uno solo, quebrándolos por dentro. Desesperados, rogando por sus vidas, algunos negaron su parte en las acciones, pero muy pocos salvaron el cuero.

No se permitió a los pobladores compadecerse de la desgracia de los presos, quienes, sabedores de su destino, comenzaron a preparar su alma para llegar con resignación a Chihuahua, donde les esperaba el patíbulo.

Fuente: Wikipedia. Por Carmen Saucedo Zarco, Directora de Producción y Supervisión de Contenidos Audiovisuales del INEHRM. Para Fernando González Gortázar, a cuya generosidad debo mi interés por esta historia. Al licenciado Javier Villarreal y a Juan Carlos Toledo, del Comité de los festejos del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución en Coahuila. Pero sobre todo, a los señores Eloy Rivera Soto, de Estación Baján, y Ricardo Márquez, de Acatita, por habernos guiado a la Loma del Prendimiento. Creative Commons.

 
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