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REVOLUCIONARIOS FUERON TODOS: ELLOS Y ELLAS

 

La Revolución mexicana alteró la vida de todos: hombres y mujeres, jóvenes, viejos, niños, tanto en el campo como en las ciudades. Los protagonistas de ese episodio de nuestra historia son, sin duda, los grandes líderes y caudillos: Flores Magón, Madero, Zapata, Villa, Carranza, Obregón, entre otros, pero ¿qué hay de las mujeres?, ¿qué hicieron?, ¿cuál fue su papel?

 

Pensar en las mujeres en la Revolución mexicana suele remitirnos, casi por acto reflejo, a aquellas clásicas imágenes femeninas de largas trenzas, que, enfundadas en su rebozo, caminaban al lado de la tropa, a la orilla de las vías del tren o, quizá las más afortunadas, dentro de uno de esos carros de ferrocarril que se convirtieron en casas rodantes; pensamos también en esa idea generalizada de que se unieron a la “Bola” por seguir a algún hombre, por estar con él. Sí, sin duda muchas de esas llamadas “Adelitas” estuvieron ahí por esas razones y cumplieron ese rol.

 

Esas mujeres se convirtieron en referente obligado de aquella lucha armada: solidarias, valientes, entregadas, dispuestas a todo para defender lo suyo: sus pocas pertenencias, la comida que conseguían por ahí, sus hijos, su hombre. Pero más allá de la visión romántica de estas féminas, es importante tener una imagen apegada a la realidad y saber que aquellas no fueron las únicas, sino que hubo otras, muchas más, de diferente origen, con diferentes características y con otras aptitudes, pero igual de comprometidas y convencidas de la lucha, también guerreras.

 

Es bien sabido que ni Francisco I. Madero ni su libro La sucesión presidencial en 1910 fueron los primeros en manifestar serias críticas al régimen del general Porfirio Díaz; otros ya habían escrito antes y habían hecho circular libros, folletos, artículos de prensa en los que hablaba de la necesidad de un cambio en el país; ya muchos estaban organizados en clubes liberales en muchos estados del país, donde se reunían a debatir sobre la situación de México. A ese ambiente de principios de siglo se sumaron varias mujeres que se incorporaron a esas actividades y, como los hombres, se dedicaron a hacer propaganda política contra el gobierno de la República. Pero si queremos ir más atrás, encontraremos a otras mujeres que en pleno Porfiriato tenían una actitud abiertamente crítica y que son conocidas como las “precursoras”. Esas mujeres se ocuparon especialmente de llevar a cabo la difusión de las ideas, y así pusieron su grano de arena abriendo espacios para la opinión femenina. Por ejemplo Laureana Wright, quien fue cabeza de algunas importantes publicaciones de la época, como la revista Violetas de Anáhuac (1884), donde propuso el voto para la mujer y la igualdad de derechos para ambos sexos, y el periódico Mujeres de Anáhuac (1887), dedicado a la cultura de las mexicanas.

 

Otro ejemplo de estas mujeres que desde finales del siglo XIX fueron activas críticas del régimen es Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, quien escribió en dos importantes periódicos de finales del siglo XIX: El Diario del Hogar y El Hijo del Ahuizote. Sus palabras eran tan severas, que en 1897 fue encarcelada por un reportaje acerca de las condiciones laborales de los trabajadores de la mina La Esmeralda, en Chihuahua. Pero ese castigo no doblegó su espíritu, y al salir, dos años después, creó el Club Liberal Benito Juárez, y más tarde fundó en la ciudad de Guanajuato el semanario Vesper, en cuyas páginas criticaba duramente a la Iglesia y al Estado, en general, y al general Porfirio Díaz, en particular. Reprimida, perseguida, apresada, y hasta desterrada, nunca lograron inmovilizarla. Juana Belén simpatizó con el magonismo, luego organizó una agrupación de trabajadores llamada Socialismo Mexicano; en 1909 fundó el Club Político Femenil Amigas del Pueblo, y así continuó siempre activa. Vivió toda la Revolución y al fin de ésta ocupó diversos cargos públicos.

 

Así podríamos seguir dando nombres y trayectorias de mujeres que lucharon con las ideas, que se organizaron desde antes de 1910, pero hay muchas otras que también merecen ser recordadas, no sin antes insistir en que la participación de las mujeres en la Revolución mexicana no fue un chispazo que se encendió de repente, sino que fue una constante, pues igual que cualquier ciudadano, tenían interés en los problemas del país y buscaban hacer algo por resolverlo.

 

Cuando el libro La Sucesión presidencial en 1910 salió a la luz pública, fue leído con gran profusión en todo el país y Francisco I. Madero se ganó la simpatía de mucha gente. Pronto dio comienzo la insólita campaña política del coahuilense que lo llevó a recorrer prácticamente todo el país en tres largas giras que, para comienzos de 1910, lo habían convertido ya en un dirigente nacional, en un líder que era recibido por multitudes donde quiera que llegaba; hombres y mujeres por igual se habían sumado a su causa, lo acompañaban en sus mítines, escuchaban sus discursos, repartían folletos y se organizaban en clubes antirreeleccionistas.

 

Mujeres de todas las profesiones y oficios, de todas las clases sociales, simpatizaron con el maderismo y, ni tardas ni perezosas, pusieron manos a la obra y se sumaron a clubes antirreeleccionistas existentes o se dieron a la tarea de fundar sus propias asociaciones de carácter netamente femenino, como el Club Sara Pérez de Madero, en Chihuahua, (1909); la Liga Femenil de Propaganda Política en el Distrito Federal, en ese mismo año; el Club Femenil Antirreeleccionista Hijas de Cuauhtémoc, también en la capital del país (1910). En este rubro podemos mencionar algunos nombres de mujeres que participaron en la creación de dichos grupos y en su desempeño a favor de la causa del maderismo y que, dicho sea de paso, poco tienen que ver con el estereotipo de la mujer revolucionaria que se creó o que se impuso; por ejemplo, María Teresa Rodríguez, Dolores Romero de Revilla, María Luisa Urbina, Joaquina Negrete, María Aguilar Caamaño, Josefina y Adela Treviño, Dolores Jiménez y Muro y Julia Nava de Ruisánchez, por mencionar sólo a algunas. El trabajo, en general, fue de propaganda y de difusión.

 

Con el llamado de Madero a tomar las armas el 20 de noviembre de 1910, según lo estipulaba el Plan de San Luis, daba comienzo un largo trajinar para quienes decidieron seguirlo. Pero ¿quiénes atendieron el llamado? Quizá lo lógico era que respondieran esos grupos de fervientes antirreeleccionistas que estuvieron al lado de Madero durante su campaña, durante la creación del partido y durante todo el burlado proceso electoral, que en su mayoría provenían de sectores urbanos, pero no fue así, pues a partir de entonces el movimiento comenzó a transformarse y a expandirse hacia otros sectores.

 

A decir verdad, las bases maderistas no contaban con las características para lanzarse a una aventura armada. Al parecer, la represión a la familia Serdán que culminó con el asesinato de los hermanos Aquiles y Máximo, quienes eran conocidos maderistas poblanos, fue tomada como una seria advertencia del gobierno, que demostró lo sencillo que le resultaba ubicar a los opositores en un medio citadino. Pero había miles de mexicanos en otras circunstancias y en otros contextos, con características muy distintas de las de aquellos que habían hecho la otra parte del trabajo: rancheros, mineros, obreros, aparceros, medieros, vaqueros, o sea gente del campo en su mayoría, y con ello otro perfil de mujeres, muchas de ellas dedicadas a las tareas de la tierra, a la vida de pueblo o de las rancherías. Ellas asumieron un papel importante e indispensable para el contingente revolucionario.

 

Así, cuando los hombres salieron a la lucha, en ese año de 1910, y luego a lo largo de cada una de las etapas de la Revolución, también miles de mujeres dejaron su tierra, su casa, sus animales, su parcela, su vida cotidiana, pues. Muchas de ellas se unieron al movimiento por acompañar a algún hombre, ya fuera padre, hijo, esposo o novio, pero no todas se resignaron a ese papel, pues otras decidieron tomar las armas en su propia mano.

 

La Revolución alteró todo, y en ese andar aquellas clásicas “adelitas” enfrentaron cualquier tipo de situaciones: hambre, cansancio, vejaciones, enfermedad y muerte. Cargaron con su vida en los carros de ferrocarril y en aquellos largos caminos que recorrían, muchas veces a pie, llevando consigo apenas lo indispensable para preparar algo de comer en cualquier lugar donde pudieran descansar luego de la batalla: quizá un molcajete para hacer una salsa, tal vez un metate para moler maíz y algún comal para echar tortillas, llevando a cuestas, además, a sus hijos. En esas circunstancias, la mujer cumplía con sus labores de madre y esposa; desempeñaba el papel de enfermera y de cómplice en la lucha, pero también realizaba tareas que implicaban un riesgo más elevado, como intercambiar y contrabandear información, municiones, armas y víveres.

 

Si bien eran las menos, hubo mujeres que se concentraron exclusivamente en las labores de guerra, que decidieron saltar las barreras impuestas y vivir con un rol masculino; por cuestión práctica vestían atuendos de hombre, adoptaban actitudes varoniles, iban a caballo como todos, aprendieron a conducirse como ellos y, a la hora de la guerra, tuvieron que demostrar que eran un soldado más. Por mencionar sólo algunas de éstas, podemos hacer referencia a Rosa Bobadilla de Casas, quien en 1911 se levantó en armas al frente de 50 hombres en San Lorenzo de las Guitarras, Estado de México, y llegó a ser reconocida como coronel zapatista; o a Ángela Gómez Saldaña que se incorporó a la Revolución en marzo de 1911 como agente confidencial del general Emiliano Zapata y se ocupaba de conseguir y proporcionar armas y parque a los campamentos revolucionarios, además de llevar y traer información a los jefes revolucionarios. Otra de estas mujeres fue Ángela Jiménez, alias Teniente Ángel Jiménez, quien luchó en el centro y norte del país con villistas y zapatistas; fue soldadera, experta en explosivos y espía.

 

Es imposible pasar por alto a las enfermeras que brindaron su tiempo y su conocimiento a la causa. Entre ellas encontramos a Celia Espinoza Jiménez, quien participó activamente a favor de Madero y que, después del asesinato de éste, en 1913, se incorporó a la Cruz Blanca Neutral. Otra revolucionaria de uniforme blanco fue Sara Perales viuda de Camargo, quien se incorporó a la revolución maderista en 1910 acompañando a los revolucionarios que tomaron Ciudad Juárez, Chihuahua, y se mantuvo al frente del cuerpo voluntario de enfermeras, con el que se organizó la atención de los hospitales de sangre de ese estado; más tarde, en 1914 se afilió al constitucionalismo en calidad de enfermera en jefe, bajo las órdenes de los médicos militares Ignacio Sánchez y Pablo Martínez hasta 1916.

 

Los campos de batalla, los días con la guerra, las noches con el reposo y el retozo configuraron el escenario de lo que fue la nueva forma de vida para millones de personas. Las alegrías, las tristezas, la nostalgia por lo que se dejó y la esperanza en el futuro conjugaron un escenario en el que durante largas jornadas de viaje, de espera, de lucha, se tejieron las historias de millones de mexicanos, hombres, mujeres y niños que por voluntad o por la fuerza conformaron el enorme contingente humano de aquel movimiento revolucionario que dio inicio hace un siglo.

 

Fuente: Wikipedia. Elsa Aguilar Casas, Investigadora del INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Secretaría de Educación Pública 2012. Creative Commons.

 
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