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CAPSULA CULTURAL: DE LA CONJURA AL PAREDÓN

 

La "carencia de un Rey legítimo" en España permitió el inicio de las conspiraciones: durante el gobierno de Francisco Xavier Lizana, en Valladolid se organizó un grupo de opositores gracias a José María Obeso y José Mariano Michelena. Aparentemente, sus planes iban por buen camino; sin embargo, fueron descubiertos y uno de los miembros de su cofradía, Ignacio Allende, trasladó la conspiración a San Miguel el Grande y Querétaro.

Los conjurados se reunían bajo la pantalla de celebrar "tertulias literarias" gracias al apoyo de los corregidores de Querétaro, Miguel Domínguez y su esposa Josefa Ortiz. Pronto se incorporaron a ellos Miguel Hidalgo, Juan Aldama y José María Sánchez. Al cabo de varias juntas el plan estaba listo: la insurrección se iniciaría en diciembre de 1810.

A pesar del sigilo, la intriga quedó al descubierto pero Josefa Ortiz pudo avisar a Aldama y Allende. Ambos partieron rumbo a Dolores para encontrarse con Hidalgo. Luego de sopesar las posibilidades cayeron en cuenta que sólo tenían la opción de tomar las armas y Miguel Hidalgo, en vez de llamar a misa, convocó a los habitantes del pueblo a la insurrección.

La suerte comenzó a sonreír a los insurgentes: sin grandes problemas tomaron San Miguel y Celaya, donde la muchedumbre nombró generalísimo a Hidalgo y otorgó el cargo de teniente a Ignacio Allende. Incluso, en aquellos días, Hidalgo convirtió en su bandera la imagen del nacionalismo mexicano al apropiarse de un estandarte de la Virgen de Guadalupe que se encontraba en el santuario de Atotonilco.

El inicio de la revuelta en el Bajío -el principal cruce de caminos en Nueva España- permitió que la noticia se difundiera con gran velocidad y, en varios lugares, se iniciaran levantamientos similares: José María Morelos -un sacerdote que había sido discípulo de Hidalgo- recibió la encomienda de "insurreccionar el sur", mientras que José Antonio Torres tomó la ciudad de Guadalajara.

A los doce días de iniciada la marcha, las tropas de Hidalgo llegaron a Guanajuato, donde enfrentaron su primera batalla formal: la toma de la alhóndiga de Granaditas. El combate fue cruento, pero el saqueo y los excesos de los insurgentes fueron mucho peores, a tal grado que perdieron la simpatía de una buena parte de los criollos.

La victoria de Guanajuato los llevó a seguir adelante y tomar rumbo a la capital novohispana, que en aquellos momentos se hallaba desprotegida. Así, el 30 de octubre de 1810, las fuerzas insurgentes presentaron batalla en el Monte de las Cruces, donde obtuvieron una difícil victoria. La posibilidad de tomar la Ciudad de México estaba al alcance de sus manos; aunque el temor al saqueo, la posibilidad de que sus fuerzas quedaran rodeadas por el ejército de Calleja o las primeras desavenencias entre los líderes insurgentes, los llevaron a retirarse.

A los pocos días, la suerte de "los alzados" comenzó a menguar: en Aculco fueron vencidos por los realistas y los líderes del movimiento se separaron: Allende dirigió sus pasos hacia Guanajuato, mientras que Hidalgo avanzó a Guadalajara. No era casual que la fortuna dejara de sonreírles, el gobierno virreinal había encargado la contraofensiva a quien se convertiría en el gran enemigo de los insurgentes: Félix María Calleja.

En Guadalajara, Hidalgo organizó su gobierno y dictó sus primeras medidas: abolió la esclavitud y los estancos, y declaró que las tierras de las comunidades eran de uso exclusivo de los indígenas. Pero también autorizó la ejecución de los españoles que fueran hechos prisioneros.

La presión de Calleja lo obligó a tomar rumbo al norte y sufrir la derrota definitiva: en Puente de Calderón, los 5,000 hombres de Calleja batieron a 90,000 insurgentes. El desastre -que fue acrecentado por la pérdida de municiones- era irreparable: los líderes insurgentes huyeron hacia el noroeste del virreinato y, durante la marcha, le arrebataron el mando a Hidalgo para entregárselo a Allende.

Pero ya era demasiado tarde: fueron traicionados y aprehendidos en Acatita de Baján. Luego del juicio fueron fusilados y decapitados. Sus cabezas enjauladas se colgaron en las esquinas de la alhóndiga de Granaditas.

Fuente: Wikipedia. Creative Commons.

 
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