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EL PALACIO NACIONAL Y LA REVOLUCIÓN

 

A lo largo de la Revolución Mexicana, Palacio Nacional fue teatro de los renovados ceremoniales democráticos y del violento cuartelazo que pretendía cancelarlos. Por sufragio efectivo, Francisco I. Madero fue proclamado el 6 de noviembre de 1911 en el Salón de Embajadores de Palacio Nacional presidente de México. Un año después, lamentablemente, un golpe militar se apoderó de Palacio y aprehendió en sus oficinas al presidente. Estos acontecimientos ponían de relieve que este edificio constituía el núcleo del poder político de la historia nacional.

La revolución a la que convocó Francisco I. Madero el 20 de noviembre de 1910 apagó el resplandor de Palacio Nacional que meses antes había alcanzado durante las fiestas del Centenario de la Independencia; sin embargo, éste conservó su valor emblemático como centro del poder político de México.

La revolución triunfante permitió a Francisco León de la Barra tomar interinamente la presidencia del país el 27 de mayo de 1911, con la encomienda de preparar los comicios presidenciales ese mismo año. Conforme al protocolo oficial, León de la Barra tomó protesta en la Cámara de Diputados y se trasladó luego a Palacio Nacional para recibir los plácemes que durante treinta años sólo se habían ofrecido a Porfirio Díaz. La presidencia, sin embargo, en pocos meses debería estar en poder de quien abanderó la Revolución: Francisco I. Madero.

Por entonces, hacía ya muchos años que Palacio había dejado de ser la residencia del presidente —si bien se mantuvo en uso el despacho presidencial, y el del influyente Secretario de Hacienda―, y se convirtió en sede de los actos protocolarios más importantes de la República.  De modo que Palacio Nacional fue escenario de la ceremonia de transmisión de mando —un acto verdaderamente inusual en esos tiempos— del presidente interino Francisco León de la Barra al presidente electo Francisco I. Madero en el Salón de Embajadores el 6 de noviembre de 1911.

Los días de gloria para el presidente Madero fueron pocos, como escasos los de su gobierno. Su inquebrantable fe en la democracia le impidió ver el complot que urdían en su contra para derrocarlo.  En febrero de 1913, los generales Félix Díaz y Bernardo Reyes se apoderaron de Palacio Nacional para hacerse del gobierno; pero casi enseguida fuerzas leales, comandadas por el general Lauro Villar, recobraron el control del edificio y se apostaron en él  para defenderlo. Al enterarse de los sucesos, Madero salió del Castillo de Chapultepec rumbo a Palacio escoltado por la guardia presidencial y los cadetes del Colegio Militar para imponer el orden legal. En tanto el presidente organizaba la defensa, los rebeldes se pertrecharon en la Ciudadela y comenzó un intenso bombardeo entre ambas fortificaciones. Finalmente, tras una semana de combates, Francisco I. Madero fue detenido en el Salón de Acuerdos de Palacio Nacional por el ejército golpista y encerrado junto con José María Pino Suárez y el general Felipe Ángeles en la Intendencia ubicada en el Patio de Honor. La noche del 22 de febrero de 1913, el presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez fueron conducidos a la penitenciaría de Lecumberri y asesinados por sus captores.

Con la complacencia de los poderes legislativo y judicial, y apoyado por el ejército y las clases altas del país, Victoriano Huerta, uno de los jefes golpistas, se hizo de la Presidencia de la República. Naturalmente, una de primeras medidas de su gobierno fue enviar más tropas federales para sofocar el fuego revolucionario; pero al contrario, lo avivó más. Después de casi diecisiete meses de gobierno fallido, Huerta renunció al cargo y partió al exilio.

El país quedó en manos de los tres principales jefes revolucionarios: Venustiano Carranza, Francisco Villa y Emiliano Zapata. Para dirimir sus diferencias y trazar el camino de la revolución organizaron, en octubre de 1914, una convención en la ciudad de Aguascalientes. Por mayoría de votos la Convención nombró a Eulalio Gutiérrez presidente provisional de la República, quien pronto se instaló en Palacio Nacional. Las expectativas, sin embargo, estaban en la entrada a la Ciudad de México de los ejércitos de Villa y Zapata. Luego de que ambos se reunieran en Xochimilco (4 de diciembre) para suscribir compromisos políticos sobre el futuro de la revolución, se dirigieron a Palacio Nacional (6 de diciembre) para hacer una ocupación simbólica. En el Salón de Embajadores los dos caudillos posaron ante la cámara: Villa se sentó en la silla presidencial que perteneció a Benito Juárez, y Zapata se acomodó en otra, a un costado de éste. Pese a lo emblemático de la escena, concluyeron que a ellos no les interesaba la presidencia y se levantaron para salir al balcón central a recibir el saludo de las multitudes reunidas en el Zócalo.

Fuente: Wikipedia. palacionacional.gob.mx. Foto de Briquet. Biblioteca Pública de la Universidad de Cornell. Creative Commons.

 
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