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LOS MOMENTOS DECISIVOS EN LA VIDA DE MIGUEL HIDALGO Y COSTILLA

 

Primero porque tuvo el coraje y la confianza suficientes para iniciar la lucha armada cuando los demás conjurados vacilaban; luego, por su ideología popular, presente en acciones como la abolición de la esclavitud y de los tributos que agobiaban a las castas y los indios.

Momentos decisivos como los anteriores nos revelan al líder social en toda su grandeza; así como otros nos lo muestran en su más terrena humanidad. De ambos se compone la naturaleza de los hombres; ambos nos acercan a su conocimiento y valoración.

LAS RAÍCES FAMILIARES

“En la capilla de Cuitzeo de los Naranjos (hoy Abasolo) -reza el acta religiosa- a los diez y seis días de mayo de setecientos cincuenta y tres, el Bachiller don Agustín de Salazar, teniente de cura, solemnemente bautizó, puso óleo y crisma, y por nombre Miguel, Gregorio, Antonio, Ignacio, a un infante de ocho días, hijo de don Cristóbal Hidalgo y Costilla y de doña Ana María Gallaga, españoles, cónyuges, vecinos de Corralejo.

Fueron padrinos -continúa el acta- don Francisco y doña María Cisneros a quienes se amonestó el parentesco de obligación, y firmó con el actual cura, Bernardo de Alcocer” (López, 1973: 20).

Faltaban aun cincuenta y siete años para el grito de Dolores; no podía sospecharse siquiera el papel histórico que llegaría a desempeñar aquel niño, piedra de escándalo entre los suyos, motivo de desunión y símbolo de guerra. Origen glorioso de una nueva nación, reconocido por ella como padre, a la vez que devastación del imperio español, cuya opresión combatió lo mismo en el púlpito que en el campo de batalla.

El progenitor de aquel pequeño, Cristóbal Hidalgo y Costilla, hijo de Francisco Costilla Hidalgo y de María Ana Pérez Espinosa, había nacido en 1713, en Tejupilco, cerca de Toluca, dentro de una familia de propietarios agrícolas. Cristóbal, según algunos testimonios, se trasladó en su juventud a la ciudad de México a realizar estudios eclesiásticos, mismos que dejó inconclusos debido a una enfermedad de los ojos.

A partir de entonces retornó a las labores del campo, siendo contratado en 1743 por la señora Carracioli para administrar la hacienda de San Diego de Corralejo, ubicada en el corazón del Bajío, trabajo que desempeñó con el beneplácito de la dueña al grado de nombrarle apoderado de sus bienes.

Por otro lado, en 1749 se estableció en el rancho de San Vicente, a orillas del río Turbio, la familia de Manuel Mateo Gallaga, originario de Michoacán, la cual se componía de su esposa Agueda Villaseñor y Lomelí, sus hijas Rita, Bernarda, Josefa y Francisca, y su sobrina Ana María Gallaga. Otros tres hijos varones radicaban fuera por motivos de trabajo o estudios.

Siendo el rancho de San Vicente arrendatario de Corralejo, la relación de Cristóbal con los recién llegados se estableció de inmediato, dando como resultado el compromiso matrimonial del mismo con Ana María Gallaga. Ella había nacido dieciocho años antes en Jururemba, Michoacán, como hija única de Juan Pedro Gallaga y Joaquina Villaseñor y Lomelí. Por desgracia, siendo niña quedó huérfana de ambos padres y fue a residir con sus abuelos maternos a Cuitzeo de los Naranjos (hoy Abasolo) hasta la muerte de los ancianos.

Al sufrir esta segunda orfandad fue acogida en el hogar de sus tíos, con quienes tenía un doble parentesco, pues Manuel Mateo era hermano de su padre y Agueda de su madre. Con ellos arribó a San Vicente, siendo descrita como una joven no sólo hermosa e inteligente, sino también educada en Valladolid con el mismo esmero que sus primas.

Así, en 1750, Ana María Gallaga y Cristóbal Hidalgo y Costilla se casaron en el templo de San Francisco, en Pénjamo. Con el tiempo procrearían cinco varones: José Joaquín, destacado clérigo antecesor de Miguel en el curato de Dolores; el propio Miguel, el “Padre de la Patria”; Mariano, quien falleció siendo niño; José María, quien efectuó estudios de medicina y Manuel, de profesión abogado. Posterior a este último alumbramiento, en 1762, murió Ana María.

Unos meses después de quedar viudo, Cristóbal tuvo con Rita Toribia Peredo un hijo al que llamaron Mariano, como el vástago extinto y quien sería el tesorero del ejército insurgente, otro mártir de la libertad, partidario fiel de su célebre medio hermano.

De un segundo matrimonio de Cristóbal, celebrado en 1775 con Gerónima Ramos, nacieron otros integrantes de aquella familia: Josefa Joaquina, Guadalupe, Juan, Vicenta y Agustina Luisa, quienes con el tiempo llevaron a recibir el cariño y aun la protección económica del cura insurrecto.

NIÑEZ, ADOLESCENCIA Y JUVENTUD

Comenta el historiador Fortino López Robles en su libro “El padre Hidalgo y las rutas primeras de la insurgencia”: “Desde su nacimiento y hasta la edad de doce años (Miguel Hidalgo) vivió en la hacienda (de Corralejo). Su primer compañero de juegos y travesuras fue José Joaquín, el hermano mayor. A los siete años comenzó a familiarizarse con los hijos de los peones, con quienes, en grupo, se divertía: en cazar mariposas, tirar piedrecillas con ‘resortera’ a los pajaritos, cortar ‘maravillas’ y flores silvestres, montar a los borregos y becerritos, bañarse y medio nadar en los remansos del (río) Turbio”.

“Ya a los nueve años –continúa López- tenía ocupaciones más formales, como montar a caballo, jinetear en toretes, ordeñar las vacas, esquilar a las ovejas, recolectar frutas en las huertas, ayudar a los campesinos en diversas tareas agrícolas, desde el arar y sembrar hasta la cosecha” (López, 1973: 21).

Más allá de la fantasía -exquisita por lo demás en este caso- se sabe que la infancia de Hidalgo transcurre efectivamente en el medio rural con los privilegios propios del hijo del administrador de Corralejo. Allí vive rodeado de sus hermanos, sus numerosos familiares y aprende de su padre Cristóbal la lectura y escritura, la aritmética básica y el reforzamiento de la doctrina cristiana, estudiada seguramente con el cura más cercano y la ayuda de su madre Ana María.

El fallecimiento de su mamá, precisamente, debió ser el golpe más terrible para aquel chiquillo de escasos nueve años. El abandono del hogar a los doce para acudir al colegio también debió ser pesaroso… Viajaba tan lejos, a Valladolid… Por fortuna lo acompañaba Joaquín, su hermano mayor…

En la hoy Morelia ambos hermanos fueron recibidos por su tío materno José Antonio Gallaga, quien los inscribió en el colegio jesuita de San Francisco Javier, dando inicio Joaquín y Miguel a una carrera eclesiástica que llevó a los dos a destacar en el ámbito intelectual de la región y a ser reconocidos, los dos, por su preocupación social.

El camino no estuvo exento de dificultades, siendo la primera el cierre del colegio a raíz de la expulsión de la Compañía de Jesús de todos los territorios españoles, decretada por Carlos III en 1767. Entonces los Hidalgo tuvieron que esperar algunos meses a la apertura de cursos en la institución competidora, el colegio de San Nicolás Obispo, en el cual fueron admitidos como alumnos internos.

La excepcional capacidad para el estudio mostrada por Miguel le permitió graduarse en 1770 como bachiller en Letras, y al año siguiente obtener el bachillerato en Artes por la Real y Pontificia Universidad de México. Esta máxima institución volvió a reconocerle un bachillerato más, el de Teología, mismo que obtuvo el 24 de mayo de 1773 junto con su hermano. Sus exámenes -indica la “Enciclopedia de México”- fueron tan brillantes “que se les otorgó el honor de replicar en un acto de graduación al siguiente día” (Enciclopedia, 1987: 3926).

En 1774, con la aprobación del obispo de Michoacán, Miguel Hidalgo recibe las cuatro órdenes menores, las cuales se ven complementadas con el subdiaconado, el diaconado y el presbiterado en los meses siguientes, de forma que ejerce como sacerdote a los 25 años de edad.

En lo tocante a su desempeño académico, en 1776 se integra como catedrático del colegio de San Nicolás impartiendo Filosofía, Gramática  Latina y Teología Escolástica, para la cual propone un novedoso método de enseñanza. Luego recibe los nombramientos de tesorero, vicerrector y secretario de aquella casa de estudios.

En 1790 llega al previsto cargo de rector, atendiendo desde antes la sacristía de Santa Clara del Cobre y gozando de sus beneficios. Ante esto, no se podía dudar del éxito personal alcanzado por el niño de Corralejo; aquel que, en la visión poética de Fortino López, se divertía cazando mariposas y tirando piedrecillas a los pajaritos.

CURA DE COLIMA, SAN FELIPE Y DOLORES

1792 fue un año decisivo en la vida de Miguel Hidalgo y Costilla. En enero celebró el segundo aniversario de su rectorado en el Colegio de San Nicolás Obispo, en Valladolid; pero, el día 2 de febrero tuvo que renunciar a este cargo por los reproches que sus enemigos le hacían y que se encargaron de difundir: era aficionado al juego, a la lectura de textos prohibidos por las autoridades, no respetaba el celibato sacerdotal y había adquirido bienes -entre ellos, las haciendas de Jaripeo, San Nicolás y Santa Rosa- posiblemente con dinero del colegio.

Con su renuncia deja atrás el mundo académico, en el cual siempre se había desenvuelto, y por encargo del obispado viaja a servir el curato de Colima. Era aquel un evidente destierro que para Hidalgo, sin embargo, le ofrecía la oportunidad de convivir con el pueblo y llevar a la práctica sus ideas sociales.

Su estancia en Colima fue breve, apenas unos meses, en los que mejora el servicio religioso y promueve la catequización de los indios. Luego consigue instalarse en San Felipe Torres Mochas y más tarde en Dolores, nuevamente en el centro de la colonia. Al respecto, escribe Ernesto Lamoine: “Por temperamento, educación y vitalidad no podía ser Hidalgo un párroco resignado, sufrido y mediocre. Tanto en San Felipe como en Dolores se las agenció para descargar en coadjutores las obligaciones rutinarias de su cargo, mientras él se dedicaba a menesteres más gratos y provechosos a su cuerpo y su espíritu”.(Historia, 1979: 1677).

La energía de aquel párroco, bien oculta en su actitud apacible y su modesta vestidura, parece no tener fin: por curiosidad experimenta; por ambición invierte y se endeuda; como esparcimiento organiza tertulias y bailes. Con frecuencia se traslada a las ciudades vecinas: Guanajuato, Querétaro, Lagos, San Juan de los Lagos y San Luis Potosí durante las festividades mayores o para visitar a sus amigos influyentes; entre ellos, el marqués de Rayas, el intendente Riaño, el cura Antonio Labarrieta y el matemático José Antonio Rojas.

En San Felipe, Hidalgo se instaló con los suyos en una amplia casa que adquirió. Su familia la componían sus medios hermanos Vicenta, Guadalupe y Mariano, además de su pariente José Santos Villa. Al llegar a Dolores, las niñas Micaela y Josefa procreadas con Josefa Quintana se habían agregado a sus allegados. Con todos ellos el cura se mostró siempre afectuoso y dispuesto a protegerlos.

Como es de suponerse, el comportamiento de Hidalgo y el hecho de expresarse sin el menor recato le atrajo la vigilancia de la Inquisición, ante la cual fue denunciado en 1800 por el fraile Joaquín Huesca. “Los cargos (…) pueden dividirse en dos clases -anota Gustavo Baz en su ensayo biográfico- una eran sus opiniones peligrosas y políticas, y otra sus costumbres poco conformes al espíritu de la época. Las primeras consistían en el examen imparcial que hacía de la historia de las Escrituras y de la disciplina eclesiástica; en sus deseos de un cambio de gobierno; en sus simpatías por la Revolución Francesa y en sus consejos poco ortodoxos a las personas que lo trataban. Las segundas, en el descuido con que veía las funciones de su estado eclesiástico, en su vida alegre y en las tertulias que daba con frecuencia” (Baz, 2003: 11).

AL FRENTE DE LA REBELIÓN POPULAR DE 1810

¡16 de Septiembre de 1810! … De acuerdo a la “Memoria sobre los primeros pasos de la independencia” escrita por Pedro García con el respaldo de haber sido testigo y participante de los acontecimientos, el “domingo, en que la gente del campo tiene por costumbre llegar a la población (de Dolores) muy a la madrugada para aprovechar la misa prima, se empezaron a formar grupos con el fin de esperarla; y como pasara un gran rato sin llamarla, empezaron muchas gentes a notarlo, sin acertar, por entonces, con el motivo de aquella tardanza”.

“No faltó -continúa el relato- quien empezara a informarles de que pudiera ser no hubiera misa, porque Hidalgo había en la noche anterior mandado aprehender a todos los gachupines, y todos se hallaban en la cárcel. Semejante informe fue recibido por algunos con sorpresa, aunque mezclada con algo de alegría; tal motivo daba aquella situación formada por los procedimientos despóticos y tiránicos que observaban los españoles con toda clase de mexicanos”.

“En este estado de incertidumbre -agrega Pedro García- se fueron acercando al frente de la casa de Hidalgo. Aumentó el número. Viendo que por momentos crecía, parecía a aquel párroco respetable que era tiempo ya de dirigirle la palabra a aquella multitud, para informarle de los motivos que había tenido para realizar un movimiento tan nuevo y desconocido. Salió al zaguán y se explicó de la manera siguiente:

‘Mis amigos y compatriotas: No existe ya para nosotros ni el rey ni los tributos. Esta gabela vergonzosa, que sólo conviene a los esclavos, la hemos sobrellevado hace tres siglos como signo de la tiranía y servidumbre; terrible mancha que sabremos lavar con nuestros esfuerzos. Llegó el momento de nuestra emancipación; ha sonado la hora de nuestra libertad; y si conocéis su gran valor, me ayudaréis a defenderla de la garra ambiciosa de los tiranos’.

‘Pocas horas me faltan -dice el discurso atribuido a Hidalgo- para que me veáis marchar a la cabeza de los hombres que se precian de ser libres. Os invito a cumplir con este deber. De suerte que sin patria ni libertad estaremos siempre a mucha distancia de la verdadera felicidad. Preciso ha sido dar el paso que ya sabéis, y comenzar por algo ha sido necesario. La causa es santa y Dios la protegerá. Los negocios se atropellan y no tendré por lo mismo la satisfacción de hablar más tiempo ante vosotros. ¡Viva pues la Virgen de Guadalupe! ¡Viva la América, por la cual vamos a combatir!’

“A esto -concluye la cita- respondió la multitud en igual sentido y bastante animada. Se retiró Hidalgo y comenzaron los preparativos de marcha y todos se adelantaban entre sí para acompañarlo. Aquel espíritu de libertad se difundió en aquella reunión con la violencia del rayo. Cada individuo se preparaba con un garrote, honda, lanza o machete: así esperaban las determinaciones de su párroco” (García, 1982: 43-44).

Así como difieren los distintos historiadores sobre los pormenores del “grito de Dolores”, en particular sobre las palabras que Miguel Hidalgo y Costilla habría pronunciado; así también coinciden en señalar que aquel día fue el más glorioso en la vida del prócer, ya que su carácter y decisión cambiaron el temor y la zozobra de sus compañeros, conjurados al descubierto, por la valentía y entusiasmo que revolucionaron el avance de la sociedad colonial.

En la mañana de aquel día se proporcionó a los aproximadamente 500 hombres que se sumaron a la lucha las armas quitadas a las autoridades y las disponibles en la localidad: machetes, lanzas, hondas de ixtle e instrumentos de labranza. Se ordenó formación en la plaza principal y los oficiales encabezados por Ignacio Allende dieron instrucciones generales a aquella muchedumbre entusiasta, pero desorganizada.

Luego, Hidalgo encargó la parroquia al sacerdote José María González, y sus talleres y negocios a trabajadores de toda su confianza. Mandó comisionados para extender la insurrección en los alrededores y hacia el mediodía, llevando a los españoles presos la noche anterior, ordenó la marcha de aquel incipiente ejército por la calle real de San Miguel, rumbo al sacrificio; pero también hacia la inmortalidad.

DE LA HACIENDA DE LA ERRE A CELAYA

Habiendo salido de Dolores cerca de las doce horas del 16 de septiembre de 1810, la muchedumbre rebelde que se unió al cura Miguel Hidalgo llegó a la hacienda de "La Erre" un rato después. Allí, con la aprobación del administrador Atilano Martínez, se preparó la comida para las más de 500 personas que componían aquel contingente. El cura tuvo la satisfacción de recibir a un grupo de rancheros de San Felipe, conocidos suyos, quienes al enterarse del levantamiento decidieron apoyarlo y llevaban consigo armas y dinero para la causa.

Muy cerca de este lugar, una escolta militar al mando del teniente José Cabrera se enteraba de la magnitud de la revuelta y retornaba a Querétaro con toda prontitud para comunicarlo a las autoridades. Esta escolta tenía el encargo de apresar a Ignacio Allende y Juan Aldama, acusados de conspirar contra el gobierno virreinal. Se había trasladado a San Miguel el Grande para cumplir su misión; pero, al no encontrar a estos capitanes, viajaba hacia Dolores siguiendo sus pasos.

Habiendo reanudado el avance, el improvisado ejército insurgente cumplió su siguiente etapa al arribar al pueblo de Atotonilco, donde fueron recibidos por el capellán Remigio González y de cuyo templo Hidalgo tomó una imagen de la virgen de Guadalupe, misma que convirtió en bandera de su movimiento.

Al caer la noche, aquella caravana constantemente acrecentada por más simpatizantes, se situó en las afueras de San Miguel en espera de la actitud que asumiría esta villa. En ella se sabía de la insurrección desde temprana hora, provocando la agitación de la plebe y la angustia de los españoles, quienes permanecían armados y guarnecidos en las Casas Reales; pues temían que Hidalgo los tomara presos, como había hecho con los gachupines de Dolores.

La suerte de San Miguel recaía sobre todo en el Regimiento de la Reina que allí tenía su sede, por ser un cuerpo de caballería bien armado y disciplinado, capaz de inclinar la balanza hacia cualquiera de los extremos. Sin embargo, la indecisión de su jefe, Narciso María Loreto de la Canal, retardó su posición; la cual terminó favoreciendo a los sublevados gracias a la influencia que Allende tenía entre sus compañeros.

Luego de haber nombrado nuevas autoridades locales y haberse hecho de recursos materiales y nuevos partidarios, Hidalgo ordenó salir hacia Celaya al despuntar el alba del día 19. Horas más tarde llegaron a Chamacuero, donde se ordenó la captura de dos europeos y se supo de los préstamos impuestos a los ricos del lugar por el capitán realista Antonio Linares.

Más adelante, en San Juan de la Vega, tomaron sus alimentos, y desde la hacienda de "Santa Rita" se solicitó al Ayuntamiento de Celaya su rendición. Como en el caso reseñado, la población celayense se había polarizado ante las noticias provenientes del norte. El pueblo  se mostraba partidario de los más de 4,000 insurrectos y se preparaba para cobrar viejos agravios a los ricos. Estos, por su parte, ocultaban sus caudales y se armaban. Solicitaron refuerzos, que nunca llegaron, a Querétaro y Guanajuato. Y en su desesperación, un numeroso grupo encabezado por las autoridades huyó a Querétaro, llevándose como protección a la mayoría de los soldados del Regimiento Provincial de infantería.

Conociendo lo anterior, el cura Hidalgo ocupó el jueves 20 la indefensa ciudad, haciendo desfilar a su bulliciosa plebe. Recogió como botín la fortuna abandonada por los ricos en las tumbas del Convento del Carmen… ¡casi 200,000 pesos! … Y al día siguiente se pasó revista a aquella tropa improvisada, concediéndole al cura de Dolores el nombramiento de Capitán General; un error que, con el paso del tiempo, llevaría al fracaso a aquella rebelión.

AL FRENTE DE UNA TURBAMULTA TOMA GUANAJUATO

El 21 de septiembre de 1810, el mismo día en que fue nombrado Capitán General del ejército insurgente, Miguel Hidalgo escribió a Juan Antonio Riaño, Intendente de la provincia de Guanajuato, el siguiente párrafo:

“Sabe usted ya el movimiento que ha tenido lugar en el pueblo de Dolores la noche del 15 del presente. Su principio ejecutado con el número insignificante de 15 hombres, ha aumentado prodigiosamente en tan pocos días que me encuentro actualmente rodeado de más de cuatro mil hombres que me han proclamado por su Capitán General. Y a la cabeza de este número y siguiendo su voluntad, deseamos ser independientes de España y gobernarnos por nosotros mismos”.

“No hay remedio, señor Intendente -continuaba la misiva líneas adelante- el movimiento actual es grande y mucho más cuando se trata de recobrar derechos santos, concedidos por Dios a los mexicanos, usurpados por unos conquistadores crueles, bastardos e injustos, que auxiliados por la ignorancia de los naturales y acumulando pretextos santos y venerables, pasaron a usurparles sus costumbres y propiedades, para convertirlos vilmente de hombres libres a la degradante condición de esclavos”.

Al final de esta carta que expresa tan claramente el propósito y la razón del levantamiento armado, Hidalgo sugiere al Intendente la consulta con sus allegados sobre la apremiante situación, y lanza una advertencia: “El movimiento nacional cada día aumenta en grandes proporciones; su actitud es amenazante; no me es dado ya contenerlo, y sólo vuestra señoría y los europeos reflexivos tienen en su mano la facilidad de moderarlo por medio de una prudente condescendencia. Si por el contrario, se resuelven por la oposición, las consecuencias en casos semejantes son tan desastrosas y temibles que se deben evitar aun a costa de grandes sacrificios” (García, 1982: 54-56).

Guanajuato temblaba desde que se tuvo noticia del grito de Dolores, y los nuevos informes llegados de San Miguel el Grande y de Celaya acrecentaron la angustia; misma que se apoderó también de las autoridades al recibir el comunicado de Hidalgo; de hecho, el aviso de que avanzaba hacia la ciudad.

La excitación de la población era general. La gente del pueblo, sobre todo de los minerales cercanos, se mantenía alerta para incorporarse a los rebeldes apenas llegaran. Los europeos, los adinerados y los funcionarios públicos, siguiendo el ofrecimiento del Intendente, se habían refugiado en el Castillo de Granaditas, una bodega de granos que tenía a su favor la solidez de su construcción; pero, en contra, las alturas de los cerros vecinos que permitían dominar un ataque. A Granaditas, por lo demás, se habían trasladado grandes caudales públicos y privados, convirtiéndose en un botín sumamente codiciado.

-“Me he hecho fuerte en el Castillo de Granaditas; aquí lo espero con sus chusmas” - había sido la escueta y descortés respuesta de Riaño al mensaje de Hidalgo. Y aunque el cura le hizo llegar otra nota de intimidación y una carta personal horas antes de iniciar la ofensiva, el Intendente nunca mostró el deseo de pactar, ni aun en nombre de la amistad que algún día le había unido a aquel clérigo.

El 28 de septiembre de 1810, hacia las once de la mañana, los insurgentes iniciaron el ataque de Guanajuato con tres columnas: una al mando de Juan Aldama que ingresó por Tepetapa y el Carrizo; una segunda bajo la dirección de Ignacio Allende que penetró por la Calzada de Nuestra Señora y el Pardo hasta ubicarse en el barrio de Gavira, y la tercera, dirigida por Mariano Abasolo y el propio Hidalgo, que arribó por la Calzada del Tecolote. Todos ellos avanzaron hasta rodear la alhóndiga y combatieron fieramente en las trincheras que se habían levantado en las calles aledañas.

Defendiendo una de esas trincheras, en los primeros minutos de la batalla, murió de un tiro en la cabeza el Intendente Riaño, personaje ilustrado que suele recordarse sólo por su oposición a la independencia y no por los numerosos logros que tuvo como gobernante de nuestra entidad.

La muerte de Riaño trajo confusión entre los defensores de Granaditas, aproximadamente 200 civiles y 400 soldados encabezados por el mayor Diego Berzábal; quienes, carentes de mando, lo mismo mostraban banderas blancas que disparaban fusiles y arrojaban granadas sobre la muchedumbre que ya llegaba a la puerta de la fortificación.

Así, la situación parecía no tener salida: desde los cerros llovían balas y piedras que impedían a los realistas ocupar la azotea o al menos asomarse por las ventanas. Pero en las calles, las oleadas de atacantes se estrellaban contra los muros, una y otra vez, perdiendo en cada intento decenas de hombres.

-Si al menos tuviésemos un cañón para volar la puerta- debió ser un pensamiento recurrente entre los caudillos insurrectos. Y si bien no consiguieron esta arma, sí encontraron entre los mineros una propuesta practicable: barrenar o quemar la entrada. El Pípila, “un hombre de pequeña estatura -según la descripción de Pedro García- raquítico y muy poseído de una enfermedad común en las minas, a que se da vulgarmente el nombre de maduros” (Garcia, 1982: 67) se puso al frente de aquella hazaña, deslizándose cubierto de una losa hasta el portón, el cual quemó utilizando madera resinosa y brea, según relatan varios cronistas.

Con la caída de Granaditas la resistencia terminó, Hidalgo y los suyos tomaron el real de minas más rico de la Nueva España; libraron con éxito su primera batalla y se dieron a conocer en todo el imperio. Desgraciadamente esta repentina fama no sólo se debió a su ideología independentista, sino también al pillaje y la crueldad practicados por la plebe luego del triunfo; excesos tolerados al menos en parte por el caudillo de Dolores.

DE VALLADOLID AL MONTE DE LAS CRUCES

A principios de octubre de 1810, después de haber nombrado autoridades locales y provinciales en Guanajuato -entre ellas al intendente José Francisco Gómez- y de haber establecido una casa de moneda y una fundición de cañones, Miguel Hidalgo ordenó la marcha del ejército insurgente hacia Valladolid.

Desde su inicio, la rebelión surgida en Dolores tenía como destino lógico la ciudad de México, de allí las jornadas hacia San Miguel y Celaya; pero, la imposibilidad de tomar Querétaro, por estar sumamente protegida, obligó a virar hacia el Bajío. Y ahora hacia Michoacán, con el fin de aprovechar la captura del intendente de aquella región, Manuel Merino, por parte de algunos patriotas de Acámbaro dirigidos por la heroína María Catalina Gómez.

Atravesando las fértiles tierras irrigadas por el Lerma, la muchedumbre rebelde, calculada ya en cuarenta mil personas, se aproximó a Valladolid y el día 15 de octubre desde las inmediaciones, Juan Aldama pidió su rendición. Entabladas las negociaciones en Indaparapeo, la ciudad se entregó sin luchar, recibiendo a los revoltosos el día 17 en un jubiloso desfile encabezado por Hidalgo y Allende. A su paso, estos caudillos escucharon vivas, cantos, repique de campanas y música; una fiesta sólo superada por la bienvenida que semanas después tendrá Hidalgo en Guadalajara.

El 18 Miguel Hidalgo designó a José María Anzorena como intendente y a los nuevos gobernantes de la localidad; además se apropió de 407 mil pesos correspondientes a la Catedral, a los caudales del rey y a los particulares, fondos que pasaron a su hermano Mariano Hidalgo, tesorero de la tropa.

Quizás por la amenaza de saqueos y desórdenes que se presenta al día siguiente, o por tenerlo previsto ya de esa manera, Hidalgo a través del intendente Anzorena dispone la supresión del pago de tributos para las castas y otorga además la libertad a los esclavos de la comarca, amenazando: “y no lo haciendo así los citados dueños de esclavos y esclavas, sufrirán irremisiblemente la pena capital y confiscación de todos sus bienes”. La justificación de esta medida, dictada en América por primera vez, no puede ser más simple: por humanidad y misericordia.

La salida de la milicia insurgente ocupó todo el día 20, pues su número se elevaba ya a 80 mil personas: Un contingente integrado lo mismo por tropas disciplinadas, como los recién admitidos regimientos de infantería provincial y de dragones de Pátzcuaro; pero también por numerosas multitudes tan entusiastas como ignorantes en materia bélica; un contingente compuesto también por prisioneros, grandes caudales que requerían vigilancia constante y una bodega ambulante repleta de víveres, municiones, ropa, animales para consumo humano, agua y  medicinas, entre otras muchas cosas.

En Acámbaro, rumbo a la capital del virreinato, se intentó poner orden a aquella multitud organizándola en regimientos de mil combatientes cada uno; cada cuatro regimientos formarían una brigada; y cada cuatro brigadas una división, para dar un total de cinco divisiones. Todos los soldados recibieron un aumento en su dieta; los oficiales tuvieron un mayor sueldo y se hizo más estricto el otorgamiento de grados militares; pues ya había más de dos mil sargentos, ochocientos capitanes, ocho coroneles, cinco mariscales de campo, seis tenientes coroneles, un capitán general y un generalísimo de América.

Así, se avanzó sin resistencia por Maravatío, Tepetongo, Ixtlahuaca y Toluca, siendo hasta el 30 de octubre cuando se tuvo enfrente al ejército del rey que resguardaba la ciudad de México: mil infantes, cuatrocientos jinetes y dos piezas de artillería al mando del teniente coronel Torcuato Trujillo.

La batalla se libró en el Monte de las Cruces durante toda la jornada; pues pese a la enorme desventaja numérica, los realistas lograron contener los ataques de la muchedumbre insurrecta hasta que perdieron sus cañones que cubrían de metralla al enemigo. El mérito de esta hazaña fue de Mariano Jiménez y de tres mil efectivos que siguiendo las órdenes de Ignacio Allende quitaron a Trujillo su mejor arma, la artillería.

La victoria, que dejaba el paso libre hacia la capital, tuvo sin embargo un sabor amargo por las cuantiosas pérdidas humanas que se sufrieron y por el agotamiento de las reservas de municiones; lo cual derivó en una paradoja: la ciudad de México estaba inerme ante los insurgentes, tal y como lo habían soñado sus cabecillas; pero, en el esfuerzo, los sublevados parecían haber llegado a la extenuación, al grado de ser incapaces de asestar el golpe definitivo.

CUAJIMALPA Y ACULCO: ENTRE LA GLORIA Y EL FRACASO

El 31 de octubre de 1810 una comisión formada por Mariano Abasolo y Mariano Jiménez a bordo de un carruaje con bandera blanca y escoltada por decenas de jinetes, transitó el camino de Cuajimalpa a Chapultepec. Se llevaba el encargo de entregar la intimidación al virrey Francisco Javier Venegas, misma que, según el coronel Pedro García, incluía el siguiente párrafo:

“Al terminar esta comunicación me dirijo a la Divina providencia, pidiéndole fervorosamente incline el corazón de vuestra excelencia a la moderación, al buen juicio, para resolver sin pasión, sino sólo consultando a la justicia y al derecho con que esta nación pide su independencia y libertad. Sangre y destrozo, dicha y felicidad para la América, son dos extremos, que entiendo elegirá vuestra excelencia el más humano, el más justo y racional, y mucho más cuando contemple detenidamente las consecuencias precisas de cada uno de ellos” (García, 1982: 86-87).

A trasmano el virrey recibió y abrió la correspondencia de Hidalgo; pero la regresó sin respuesta y amenazando de muerte a los comisionados en caso de no retirarse de inmediato. Al volver éstos al campamento insurgente se efectuó una urgente “junta de generales” -siguiendo el testimonio de Pedro García- y se ponderó la situación:

1.A favor, atacar y apoderarse de la ciudad de México era decapitar al gobierno imperial, que por cierto preparaba ya su traslado a Veracruz con apenas lo indispensable.

2.En contra, varios factores que hacían temer el fracaso de la empresa; entre ellos:

* La indiferencia mostrada por la plebe capitalina ante la cercanía de los insurgentes; actitud contraria a la mostrada en las otras ciudades, destacando Guanajuato.

* La proximidad de los ejércitos de Félix María Calleja y Manuel Flon que apuraban el paso desde Querétaro.

* La escasez de municiones después del enfrentamiento con Torcuato Trujillo, que fue luego la versión más divulgada por el propio Hidalgo.

* Y quizás también, como sugiere el historiador José Manuel Villalpando, el temor a las represalias en la familia; pues la cuñada de Hidalgo, la viuda de su hermano Manuel, y sus hijos, eran rehenes de las autoridades virreinales (Villalpando, 2002: 114).

Sin quedar clara la responsabilidad personal del cura en la decisión final, el 2 de noviembre de 1810 el ejército rebelde dejó sus posiciones e inició, para sorpresa de los capitalinos, una retirada estratégica hacia Toluca o tal vez Querétaro. Nadie podía imaginar entonces que una oportunidad similar para asestar el golpe definitivo al régimen no se repetiría sino en 1821, cuando el movimiento trigarante consumó la independencia.

El desaliento de muchos y las deserciones en masa fueron las primeras consecuencias del repliegue; pues, sin conocer los detalles, se apreciaba como un fracaso. Para otros, la imposibilidad de saquear la ciudad de México le restaba atractivo a la campaña y desistían de seguir adelante. En el colmo, el encuentro imprevisto con la milicia de Calleja en las inmediaciones de San Jerónimo Aculco causó la desbandada de aquellas tropas bisoñas.

A raíz de la terrible escaramuza de Aculco que ocasionó sólo unos cuantos muertos, pero la desintegración casi total de la fuerza rebelde, sobrevino el distanciamiento físico y afectivo de los máximos caudillos sublevados: Hidalgo y Allende. A pocos días de tocar la gloria en Cuajimalpa, se hacía evidente la gran equivocación que los había llevado a Aculco y los había dejado sin seguidores, en una amarga derrota que ni el clérigo ni el militar querían asumir.

EL GOBIERNO DEL GENERALÍSIMO EN GUADALAJARA

Pese a la desbandada de Aculco que dispersó al ejército insurgente tan rápido como se había reunido, el movimiento no perdió su pujanza. Las frases de Miguel Hidalgo redactadas en su retorno a Valladolid son el reflejo de aquel momento: “La nación, que tanto tiempo estuvo aletargada, despierta repentinamente de su sueño a la dulce voz de la libertad: corren apresurados los pueblos y toman las armas para sostenerla a toda costa”.

“Los opresores no tienen armas ni gentes para obligarnos con la fuerza a seguir en la horrorosa esclavitud a que nos tenían condenados”, continúa la proclama  de Hidalgo. Y en efecto, pese al fracaso que significó no tomar la ciudad de México, la lucha se había extendido, pasando de una multitudinaria columna rebelde, dueña sólo del terreno que pisaba, a un dominio por regiones en manos de jefes comisionados por el cura. Dígase el Bajío, San Luis Potosí, Zacatecas, Michoacán, Nuevo León, Sinaloa y el inicio de la lucha en el sur, liderada por Morelos.

Precisamente, gracias a un caudillo local llamado José Antonio “el Amo” Torres, pudo Hidalgo recobrar su fuerza militar y su influencia política. “El Amo”, originario de San Pedro Piedra Gorda (hoy Manuel Doblado) recibió del cura la encomienda de extender la sublevación hacia el occidente, y lo hizo con tal éxito que se apoderó de la Nueva Galicia, incluyendo su capital Guadalajara.

Enterado Hidalgo de tan afortunado suceso, dejó Valladolid, desoyó el llamado de Ignacio Allende que desde Guanajuato le pedía refuerzos para enfrentar a Calleja y enfiló hacia el poniente. El recibimiento en Guadalajara fue fastuoso, las autoridades civiles y eclesiásticas le rindieron honores de “generalísimo”, el ejército insurgente allí reunido se puso a su disposición y los distintos gremios y corporaciones le manifestaron sus parabienes.

Con el apoyo incondicional de Torres y los cañones de San Blas capturados y trasladados por el cura Mercado hasta Guadalajara, Miguel Hidalgo revivía como el ave fénix. Se sentía tan firme que incluso organizó un gobierno encabezado por él y compuesto además por un ministro de Estado y Despacho, el licenciado Ignacio López Rayón, y por uno de Gracia y Justicia, el también abogado José María Chico. Nombró así mismo un Ministro Plenipotenciario ante los Estados Unidos de América, Pascasio Ortiz de Letona, quien para desgracia no pudo llegar a su destino.

Hidalgo también dispuso la abolición de la esclavitud en todos los territorios liberados; suprimió el pago de tributo por parte de las castas y los indios, así como el uso de papel sellado, y autorizó el libre beneficio de la pólvora. La difusión de estos decretos y en general de la ideología revolucionaria se hizo a través del “Despertador Americano”, periódico fundado por Hidalgo con este fin.

El 5 de diciembre de 1810 giró instrucciones a los jueces de distrito para que se recaudaran las cuotas vencidas a los arrendatarios de las tierras comunales y determinó la restitución de estas mismas tierras a los naturales, sus legítimos dueños, para su goce exclusivo.

Esta serie de medidas de innegable carácter popular le distanciaron sin embargo de la poderosa clase criolla. Ella aspiraba a sustituir a los españoles en el poder; pero veía en toda revolución social un peligro para sus intereses. Así, desde sus más cercanos colaboradores criollos hasta la gran cantidad de simpatizantes que desde el anonimato le alentaban, surgió la desconfianza y el cuestionamiento a los mandatos del cura.

Los ataques contra Hidalgo se vieron favorecidos por sus abusos. Sin más razones que el odio, la sospecha y la condescendencia con la plebe, el cura aprobó el asesinato de decenas de prisioneros españoles, primero en Valladolid y más tarde en Guadalajara, siendo el torero Marroquín el encargado de esta inhumana tarea en la última ciudad, al amparo de la noche y en las barrancas próximas.

El 12 de diciembre, Allende y los militares que le seguían se reencuentran con Hidalgo en Guadalajara. Aparte de reproches por no haber sido apoyados en Guanajuato, traen tras de sí la derrota y, lo peor, las tropas realistas de Félix María Calleja.

Las discrepancias entre los dos principales caudillos no pueden ser superadas, menos aun por el protocolo y boato que ahora rodea al clérigo; sin embargo, se posponen ante la cercanía del ejército virreinal. Los preparativos para el enfrentamiento ocupan a todos y en mayor grado a Hidalgo, quien decide salir con todos sus efectivos para atacar a los contrarios confiando en la superioridad numérica de hombres y piezas de artillería.

El 17 de enero de 1810 se libra aquella batalla decisiva en el Puente de Calderón. Pese a la confianza de Hidalgo y a que los suyos detienen dos veces la embestida dirigida por Manuel Flon, el estallido de un depósito de municiones y las escenas atroces de mutilados y quemados provocan el desorden y la huida del mayor contingente rebelde que se viera reunido a lo largo de la Guerra de Independencia.

Una vez más la impericia militar de los estrategas y de los soldados daba al traste con los planes libertarios, Hidalgo y los suyos se ven obligados a marchar buscando refugio en el norte, con la esperanza de llegar a los Estados Unidos, único país independiente en América.

LA TRAICIÓN DE LAS NORIAS DE BAJÁN

La derrota de Puente de Calderón en enero de 1811 provocó la huida de los insurgentes hacia el norte y el consecuente abandono de la Nueva Galicia en manos de los realistas. Félix María Calleja al frente de los suyos entró a Guadalajara el día 21, recibiendo de las autoridades una gran bienvenida que buscaba ocultar su pasada actitud frente a Miguel Hidalgo. La represión militar, no obstante, se dejó sentir con todo su peso, en primer término contra los promotores directos de la insurrección.

Mientras tanto, el cura de Dolores acompañado de las tropas de Rafael Iriarte y con los fondos económicos que habían sido salvados por Rayón, se dirigió a la región de Zacatecas y San Luis Potosí. En la hacienda de “El Pabellón” fue alcanzado por Ignacio Allende y la fracción del ejército que con él había escapado. Allí, con la aprobación de sus amigos militares, Allende destituyó a Hidalgo de la jefatura del movimiento, luego de culparlo de los fracasos en el campo de batalla.

El cambio de posición en la balanza trajo así mismo un reacomodo en los sectores influyentes de las Provincias Internas (dígase clero, milicia y gobiernos locales) quienes, en defensa de sus intereses, desecharon su simpatía hacia Hidalgo y se preocuparon ahora por quedar bien con el virrey. En Coahuila este cambio de actitud llevó al capitán Ignacio Elizondo a apoyar la restauración del mando colonial y a urdir una traición a los insurrectos que justificara su defección al ejército del rey, al que originalmente pertenecía.

Al respecto, indica el parte oficial redactado por Ramón Herrera, quien tuvo un papel principal en la intriga: “Tratóse inmediatamente de tomar las medidas oportunas para aprehender a Allende y su comitiva, y sabiendo que éste había de llegar, según el itinerario que traía, el día 21 de Marzo a las Norias de Baján, o Acatita de Baján, por ser el único aguaje que en toda aquella comarca había; se dispuso que Elizondo le fuese al encuentro con todas las apariencias de un recibimiento obsequioso …”.

Confiados en pisar territorio liberado, en contar pese a todo con una fuerza de 1,500 hombres y en poseer caudales suficientes para comprar armamento en los Estados Unidos, marchaban los insurgentes por el desierto sin mayor precaución, en grupos aislados formados según su velocidad y fortaleza.

“En tal disposición - agrega el parte de Herrera - esperó Elizondo (con 342 soldados veteranos) la llegada de los jefes insurgentes, que se verificó a las 9 de la mañana del 21. Presentóse desde luego el padre Pedro Bustamante, mercedario, con un teniente y cuatro soldados de los de aquella provincia; que se pasaron a (Mariano) Jiménez en Agua Nueva: saludáronse mutuamente sin recelar cosa alguna y siguieron hasta el cuerpo que quedó a la retaguardia, donde se les intimó se rindiesen, lo que hicieron sin resistencia”.

“Seguía a estos un piquete de cosa de sesenta hombres con quienes se practicó lo mismo, desarmándolos y atándolos sin demora. Venía en pos de ellos un coche con mujeres, escoltado por doce o catorce hombres, los cuales intentaron defenderse y fueron muertos tres de ellos y cogidos los demás”.

“En este orden siguieron llegando hasta catorce coches, con todos los generales y eclesiásticos que los acompañaban, que fueron aprehendidos sin resistencia; excepto Allende que tiró un pistoletazo a Elizondo llamándole traidor, y éste, escapando el cuerpo de las balas, mandó a sus soldados hacer fuego sobre el coche, quedando muerto de resultas de él el hijo de Allende que era teniente general, y malherido Arias… el cual murió poco después… Jiménez que acompañaba a Allende en el mismo coche, se arrojó de él dándose preso y suplicando cesase el fuego, lo que se hizo, y atándolo a él mismo y a Allende, fueron remitidos a la retaguardia”.

“El último de todos - escribe Herrera - venía el cura Hidalgo, escoltado por Marroquín, con veinte hombres que marchaban con las armas presentadas; intimósele que se rindiese como a los demás, lo hizo sin resistencia”. (Rivera, 2003: 180-185).

Así, el bribón Elizondo cortaba la cabeza de todo el movimiento rebelde; pues lograba la captura no sólo de sus dirigentes máximos, también de sus oficiales medios y aun de la soldadesca. El destino de los primeros y los segundos, hasta el grado de sargento, fue el paredón de fusilamiento; la soldadesca fue a prisión o terminó condenada a servidumbre en las haciendas cercanas.

LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL CURA INSURRECTO

Los líderes aprehendidos en Acatita de Baján fueron llevados rumbo a Chihuahua, siendo separados en El Álamo los religiosos --excepto Hidalgo-- quienes fueron escoltados a Durango, donde se les condenó al paredón o la cárcel. El resto, compuesto por los principales jefes, arribó a su destino en medio de severas advertencias para la población; la cual podían salir a verlos a la calle o el campo, pero sin formar pelotones, ni subirse a las azoteas.

También estaba prohibido “levantar el grito para improperar a los reos” y por supuesto “dar muestras de una imprudente compasión”; no se podía portar arma alguna, ni acercarse en grupo al lugar donde los caudillos quedaran alojados. Además, ninguna persona podía hospedar forasteros en su casa sin hacerlo del conocimiento de la autoridad local.

Con tales medidas, la llegada de Hidalgo, Allende y sus más cercanos colaboradores se hizo sin mayor novedad, dándose inicio de inmediato a los juicios. Como resultado de éstos se cumplió con las siguientes ejecuciones:

El 10 de Mayo se fusiló al mariscal Ignacio Camargo; al brigadier Juan Bautista Canazú, y al capitán Agustín Marroquín. Al día siguiente, al mariscal Francisco Lanzagorta y al coronel Luis Mireles.

El 6 de Junio al mariscal Nicolás Zapata; al coronel José Santos Villa; al capitán José Ignacio Ramón; al mayor de plaza Pedro León, y a Mariano Hidalgo, hermano de don Miguel y tesorero del ejército insurgente.

El 26 de Junio al generalísimo Ignacio Allende; al capitán general Mariano Jiménez; al teniente general Juan Aldama, y al gobernador de Monterrey, Manuel Santa María. Un día después, al ministro José María Chico; al brigadier Onofre Portugal; al intendente del ejército José Solís, y al director de ingenieros Vicente Valencia.

Estas muertes, una a una, se convirtieron en devastador castigo moral para el cura de Dolores; tanto como la defección de Mariano Abasolo, quien, para salvar la vida, no dudo en colaborar con las autoridades virreinales. Y es que la agonía de Hidalgo se prolongó más que en los otros casos dado que enfrentó dos juicios: uno de carácter religioso y el otro penal.

Como consecuencia del juicio religioso, Hidalgo fue degradado en una ceremonia dirigida por el canónigo doctoral Francisco Fernández Valentín, comisionado por el obispo de Durango para tal función. La degradación se efectuó el 29 de Julio de 1811 en el Hospital Real de Chihuahua.

Ciertamente, la degradación debió afectar interiormente a Hidalgo; pero no al grado de abatirlo, puesto que al día siguiente acudió con gran serenidad a su cita con el paredón, sentencia que había resultado del segundo de sus juicios, y la cual se cumplió sin demora.

Posteriormente la cabeza del cura de Dolores, preservada por la sal y el vinagre, llegó a la ciudad de Guanajuato el 14 de octubre de 1811, acompañada de los cráneos de sus compañeros de lucha. Colocadas en jaulas de hierro y sostenidas por alcayatas, fueron ubicadas en las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, por la parte exterior y acompañadas, según Liceaga, de la siguiente inscripción:

“Las cabezas de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez, insignes facinerosos y primeros caudillos de la revolución, que saquearon y robaron los bienes del culto de Dios y del real erario, derramaron con la mayor atrocidad la inocente sangre de sacerdotes fieles y magistrados justos, y fueron causa de todos los desastres, desgracias y calamidades que experimentamos y que afligen y deploran los habitantes todos de esta parte tan integrante de la nación española” (Díaz de León, 2003: 51).

Sin duda, el logro de la independencia requirió de gran sacrificio y valentía, mismos que inicialmente fueron aportados por Miguel Hidalgo y Costilla; cuyo ejemplo, más allá de la anécdota, debe ayudarnos a valorar en toda su dimensión las libertades de que ahora gozamos y motivarnos para exigir aquéllas que aún no se cumplen o se respetan sólo parcialmente. Este, sin duda, es el mejor homenaje que podemos realizar a Hidalgo y en general a los héroes, porque significa mantener viva su herencia, poner en obra su ideología.

Bibliografía: BAZ, Gustavo. Miguel Hidalgo y Costilla. Ensayo histórico-biográfico. Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato. Guanajuato, 2003.; DÍAZ DE LEÓN, Jesús. La prisión de Hidalgo. Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato. Guanajuato, 2003.; ENCICLOPEDIA DE MÉXICO. SEP. México, 1987.; GARCÍA, Pedro. Con el cura Hidalgo en la Guerra de Independencia. SEP 80. México, 1982.; HISTORIA DE MÉXICO, T 8. Salvat Mexicana de Ediciones. México, 1979.; LÓPEZ Robles, Fortino. El padre Hidalgo y las rutas primeras de la insurgencia. Edición particular. Guanajuato, 1973.; MARMOLEJO, Lucio. Efemérides Guanajuatenses, T. III. Universidad de Guanajuato. Guanajuato, 1973.; RIVERA, Agustín. Anales de la vida del Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla. Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato. Guanajuato, 2003.; VILLALPANDO, José Manuel. Miguel Hidalgo. Planeta De Agostini. México, 2002.

Fuente: Wikipedia. Mtro. Artemio Guzmán López; Docente Escuela Normal Superior Oficial de Guanajuato. Creative Commons.

 
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