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CARRANZA Y VILLA, POSTURAS ENFRENTADAS

 

Si algo nos enseña la historia es que las revoluciones se forman en torno a liderazgos, y las mexicanas no podían ser la excepción. En el torbellino de los hechos que rodean este tipo de procesos, hombres y mujeres con complejas motivaciones se van convirtiendo en protagonistas de primera línea, que tras la ejecución de acciones y decisiones particulares, dejan escritos sus apelativos en el relato de lo que aconteció. En ese recuento, labor intrínseca del oficio del historiador, la disputa entre temperamentos y personalidades es materia socorrida y, como se registra apenas arriba, en el caso de México, se ha presentado con frecuencia.

No sobra decir que ese ámbito de disensión se ha generalizado en el discurso de lo pasado, sobre todo cuando se aborda el siglo XIX, en los términos —cargados de ambigüedad— de liberal y conservador, trocados posteriormente en revolucionario y reaccionario, y ahora más utilizados como tendencias de izquierda y de derecha. Hidalgo y Allende, Álvarez y Santa Anna, Juárez y Maximiliano, Díaz y Lerdo de Tejada, cada relación con sus propias características, son solamente algunas de las duplas que se reconocen enfrentadas, varias casi de manera personal, en el panorama de nuestra historia. Sin duda, con cierto matiz morboso, la delimitación de sus diferencias es un derrotero que les otorga sabor a los acontecimientos ya sucedidos.

Entre esas “relaciones peligrosas”, se destaca una de gran trascendencia en el proceso revolucionario que inauguró el siglo XX mexicano. Se trató de la colisión de dos mundos totalmente distintos, cuya naturaleza detonó una guerra sin cuartel que pintó de rojo los campos nacionales. Aliados en un principio por una causa común, terminaron divididos, irremediablemente, en un sendero de desencuentros que acarreó graves consecuencias. Me refiero a la pugna suscitada entre Venustiano Carranza y Doroteo Arango, mejor conocido como Pancho Villa.

Pertenecientes a diferentes clases sociales, crecieron en circunstancias diametralmente opuestas. Por un lado, encontramos al hijo de una campesina cuya ascendencia paterna todavía está en duda, hundido en la pobreza y agraviado por el sistema, situación que lo condujo a optar por el camino de la delincuencia para sobrevivir. Por otro, hablamos del vástago de un próspero hacendado, quien recibió educación hasta el nivel preparatorio y que se desarrolló en un ambiente propicio para involucrarse en el mundo de la política. Dos hombres ubicados en extremos que, por contingencias del destino, trabajaron juntos en un principio y terminaron después distanciados, con un odio recíproco difícil de contener.

Entre los testimonios más conocidos donde aparecen ambos personajes se destaca la famosa fotografía llamada de la “Casa de Adobe”, captada en Ciudad Juárez en los iniciales días de mayo de 1911. En ella, los principales impulsores del movimiento liderado por Francisco I. Madero posaron ante la cámara. En una versión de esa imagen, en el lado extremo izquierdo, aparece Carranza sentado y justo tras él, está Pancho Villa. La coincidencia los unió en ese testimonio gráfico. Pero sus acciones irían delimitando el rumbo de sus trayectorias. En primer plano se observa al político experimentado, opositor a un sistema del que había sido excluido por su acercamiento al movimiento encabezado por Bernardo Reyes y que encontró en la rebelión maderista la oportunidad para no ser limitado en sus aspiraciones de poder. A su espalda estaba el guerrillero ignorante, que solamente conocía del impulso revolucionario por su lucha en los campos de batalla y que no se imaginaba la preponderancia que adquiriría al paso de los acontecimientos. A partir de entonces, sus trayectorias se encontraron irremediablemente unidas, pero destinadas al desencuentro.

Como se sabe, tras el asesinato de Madero, Carranza convocó a la lucha en defensa de la legalidad. Se presentaba una vez más el motivo para que ambas personalidades emprendieran la lucha por una causa compartida. Ni tardo ni perezoso, Villa, maderista más que convencido, se subordinó al liderazgo que le otorgó el Plan de Guadalupe al coahuilense. Pero sus aptitudes generaban un recelo poderoso en Carranza, quien no podía ver con buenos ojos el ascenso de alguien que no tenía los méritos que él consideraba necesarios para sobresalir. Es posible que desde entonces don Venustiano ya fuera percibiendo el peligro que significaba para sus aspiraciones el surgimiento de este “héroe” popular, que adquiría un arrastre cada vez mayor entre la gente. Y aún peor para sus expectativas, pues se percataba de que Villa, además de que contaba con talentos innatos para la guerra, se empapaba poco a poco del intríngulis de la política y el devenir del poder.

Para colmo, el mismo documento que definió la jefatura del movimiento constitucionalista, elaborado por adeptos a Carranza, le confirió a Villa su primer puesto como gobernante. En su apartado 7°, el Plan de Guadalupe asignaba el poder provisional de cada estado a quien fungiera como comandante armado en su territorio. De tal modo que hacia diciembre de 1913, Villa ocupó la gubernatura provisional de Chihuahua. En el tenor de su desempeño como mandatario estatal, se gestaron las primeras diferencias entre ambos protagonistas. El problema sustancial surgió porque Carranza prefería ubicar en ese puesto a Manuel Chao, hombre con mayor preparación que el guerrillero duranguense. Sin embargo, el ordenamiento del 26 de marzo de 1913, expedido en la Hacienda de Guadalupe, debía ser acatado. Así lo entendió el propio Chao, quien se sujetó, no sin cierta reticencia, al mandato interino del Centauro del Norte. Pero la guerra contra Victoriano Huerta continuaba, y la campaña constitucionalista hacia el centro del país no podía detenerse, por lo que Villa se retiró, no sin dejar de dar muestras durante su corto mandato de sus posturas reformistas.

En ese acelerado avance, los pretextos para nuevas disensiones no estuvieron ausentes, pero también hubo momentos de acercamiento. Entre ellos se cuenta el llamado caso Benton. Resulta que cierto día, un ciudadano inglés, de nombre William Benton, se presentó ante Villa para expresar enérgicos reclamos contra las acciones de la División del Norte en sus posesiones. En cierto momento, se presume que intentó matar a sangre fría al general Villa, pero éste se adelantó y terminó con la vida del irascible británico. Otras versiones apuntan que quien disparó contra el extranjero fue Rodolfo Fierro. Pero más allá de la corroboración de este dato, las consecuencias del acto son sumamente interesantes. La problemática que acarreaba esta acción en el ámbito internacional era de gran envergadura. Debido a que la corona británica había decidido reconocer al gobierno usurpador de Huerta, sus exigencias de justicia ante los revolucionarios se remitieron a través de intermediarios estadounidenses, quienes se acercaron a Carranza para obtener una solución satisfactoria. Mientras estos contactos se llevaban a cabo, Villa puso en marcha una estrategia de defensa que ha trascendido por su cuota macabra. Para evitar represalias mayores, se inventaron la historia de que el enojado inglés había sido enjuiciado por su violenta insubordinación ante el jefe armado, lo que determinó su fusilamiento. Sin embargo, si para comprobar esos dichos se hacía necesario revisar el cadáver, la verdad surgiría inmediatamente, por lo que los restos fueron exhumados y pasados por las armas para encubrir la verdadera causa de la muerte. A pesar de que esta simulación fue ejecutada, no sirvió de mucho, pues Carranza, incansable defensor de la legalidad, atajó el problema por vías diplomáticas que demostraron su astucia en estos terrenos. En primer lugar, no aceptó los reclamos ingleses, pues, para otorgarles siquiera atención, era necesario que los británicos reconocieran la beligerancia del Ejército Constitucionalista, cosa que no estaban dispuestos a hacer. Además, no podía reprender a Villa, porque eso sería una muestra de poco entendimiento entre los aliados constitucionalistas. El suceso se convirtió así en una lección para Villa en el manejo de las altas relaciones políticas, además, refrendaba el apoyo que recibía de la jefatura carrancista.

Pero no todo fue miel sobre hojuelas. Entre los episodios que marcaron de manera definitiva el rompimiento, se cuentan los prolegómenos de la famosa batalla de Zacatecas, que culminó con el triunfo villista el 23 de junio de 1914. Poco tiempo antes de comenzar esta decisiva acción militar, Carranza había aceptado la renuncia de Villa a su cargo al frente de la División del Norte. El altercado entre ambos tenía como antecedente la solicitud de Carranza para que las tropas de Villa auxiliaran a Pánfilo Natera en su incursión a la capital zacatecana, ocupada por las tropas federales. El Primer Jefe consideraba que para obtener un triunfo en ese decisivo punto estratégico solamente era imperioso que se remitiera un contingente de 3,000 soldados. Contrario a esta opinión, Villa estaba dispuesto a trasladar todas sus tropas, que superaban ampliamente el número de combatientes solicitado. Para evitar mayores problemas, Villa presentó su dimisión, que inmediatamente fue aceptada por Carranza. Pero el dirigente superior del Ejército Constitucionalista no contaba con que los mandos con tropa aliados a Villa consideraron esta decisión como errónea. Es memorable el intercambio de telegramas que se estableció para zanjar la situación. En ellos se nota el descontento que iba emergiendo entre los subordinados villistas ante las decisiones de don Venustiano, quien mostraba sin cortapisas su faceta autoritaria. Finalmente, Villa fue restituido y se dirigió con todas sus fuerzas al auxilio de Natera. El triunfo obtenido en Zacatecas significó la puntilla para el ejército huertista, que se mostraba incapaz para detener el impulso revolucionario. No obstante, Villa no recibió inmediatamente la recompensa por sus esfuerzos. Por el contrario, la animadversión contra su persona iba en aumento, pues literalmente Carranza no estaba dispuesto a que se le subieran a las barbas.

A partir de entonces, los desencuentros se intensificaron. Por ejemplo, para evitar que las tropas villistas fueran las primeras en ocupar el territorio central del país, Carranza les restringió el abastecimiento de carbón, principal fuente utilizada por los ferrocarriles. Asimismo, en aras de menospreciar las acciones ejecutadas por la División del Norte, se expidieron desde la jefatura constitucionalista nombramientos como generales de División a Álvaro Obregón y a Pablo González, negándole el ascenso a Villa, quien quedó como brigadier. El desprecio ya no podía ser ocultado y Carranza hacía todo lo posible para evidenciarlo.

En esas circunstancias, no es extraño que los acuerdos que se signaron en julio de 1914 en la ciudad de Torreón no agradaran al Primer Jefe, para entonces ya también Encargado del Poder Ejecutivo. En ese documento, de importante trascendencia por ser el que incluyó un llamamiento inicial a una convención en la que se dirimirían las diferencias entre los revolucionarios, se acordaba la ratificación de don Venustiano como Jefe del Ejército Constitucionalista, además de la confirmación de Villa al frente de su División. No obstante este acuerdo, Carranza se mostró reticente a su cumplimiento. En primera instancia, su autoridad se menoscababa, pues el documento le hacía propuestas para la integración de su gabinete, facultad exclusiva a su liderazgo. Pero suponemos que la gota de agua que derramó el vaso fue la modificación que se proponía a los postulados originales del Plan de Guadalupe. La inclusión de una cláusula que impedía a cualquier jefe constitucionalista figurar como candidato a la presidencia o la vicepresidencia invalidaba de entrada las aspiraciones de Carranza, al igual que las de Villa. Este punto resultaba inaceptable para el coahuilense.

Más adelante, la disputa se ventilaría en los propios debates de la Convención de Aguascalientes. Se relata que en una polémica presentación, pronunciada por Roque González Garza, a la sazón representante del villismo, se propuso una salida radical. De los labios de quien posteriormente sería elegido como el segundo presidente convencionista, se emitió la siguiente proposición: debido a que los dos personajes se habían convertido en obstáculos insalvables para alcanzar la paz de la nación, Villa pidió a su representante ofrecer su vida, mediante el suicidio, siempre y cuando Carranza hiciera lo mismo. Según esta declaración, Villa estaba dispuesto a tan grande sacrificio… lógicamente, Carranza no.

En definitiva, la escisión que produjo la reunión de Aguascalientes enfrentó a los ejércitos revolucionarios. En los campos del Bajío, el principal general del carrancismo, Álvaro Obregón, propinó una apabullante derrota a las fuerzas villistas, de la cual ya fue imposible recuperarse. No obstante, Villa todavía ejecutó un plan maestro para desprestigiar a su acérrimo enemigo. En octubre de 1915, el gobierno de Estados Unidos reconoció de facto la presidencia de Carranza. Esta decisión desconsoló totalmente al Centauro del Norte, quien había hecho todos los esfuerzos posibles para que los estadounidenses lo apoyaran. Pero el colmillo político de Carranza le comió el mandado. Entonces Francisco Villa tuvo dos declarados opositores, a los cuales debía atacar. Para provocar desavenencias entre sus contrincantes, puso en práctica una estrategia que le ha sido reconocida a nivel mundial y que permitió a su estrella brillar por varios años más. La represalia preliminar se presentó en enero de 1916, cuando atacó un tren que se encontraba en Santa Isabel, Chihuahua, donde dio muerte a 17 ingenieros militares yanquis. Un par de meses después, efectuó la incursión en territorio del estado de Nuevo México, específicamente en el poblado de Columbus, al que sus tropas sorprendieron la madrugada del 9 de marzo. Cerca de 500 soldados a sus órdenes atacaron la población fronteriza y, aunque la escaramuza resultó negativa para sus tropas, pues más de 100 de sus soldados quedaron tendidos, muertos, entre Columbus y Palomas, frente a casi una decena de pérdidas estadounidenses, el golpe asestado y sus consecuencias deben considerarse como un triunfo para su causa. La respuesta del gobierno del vecino del norte no se hizo esperar. El reclamo ante Carranza fue enérgico, ya que se le acusó de que no era capaz de controlar a los bandidos —antes revolucionarios— que actuaban bajo la égida del duranguense. Unos pocos días después, hizo su entrada a territorio mexicano una fuerza encargada de atrapar al peligroso guerrillero, comandada por el general John Pershing. Con toda razón, esta intromisión de un cuerpo militar extranjero en territorio nacional le ocasionó a Carranza severas críticas, tal y como Villa lo había planeado. Es de todos sabido que esa expedición, llamada punitiva por sus propósitos de castigo, resultó un fracaso total, pues no pudo lograr su principal objetivo. Todos esos meses fueron de tensión para el gobierno carrancista, que coincidentemente terminó en la misma fecha en que México comenzó una nueva etapa constitucional.

 Para acabar este fragmentario recuento, cabe una reflexión final. Tanto Venustiano Carranza como Francisco Villa se destacaron como protagonistas definitorios del proceso histórico que conocemos como Revolución mexicana. Las discrepancias entre ellos marcaron el rumbo de la tercera fase de ese movimiento, conocida como “guerra de facciones” y que quizá es en la que más sangre se derramó entre hermanos de una misma nacionalidad. De esos enfrentamientos salió vencedor Carranza, gracias a los talentos militares del imbatible general Obregón. Pero no fue suficiente para finiquitar las acciones villistas que, bajo la táctica de la guerra de guerrillas, fueron una piedra en el zapato del carrancismo hasta la propia muerte del caudillo. Una vez desaparecido físicamente el Varón de Cuatro Ciénegas, Villa llegó a un acuerdo con los sonorenses. Solamente tres años después de ese arreglo, también fue arteramente asesinado. Lo interesante es que, a pesar de que ya no estaban en el mundo de los vivos, sus liderazgos se patentizaron en sus seguidores y la disputa entre ellos no está totalmente finiquitada.

 Finalmente, los dos resultaron derrotados y los militares del noroeste encarnaron el poder de la Revolución. Sin embargo, una revisión cabal de sus desavenencias es un camino asequible para comprender, aunque sea someramente, el significado del proceso histórico que protagonizaron, primero unidos por una causa y después enfrentados por diferencias que no era posible enderezar sino mediante la fuerza de las armas.

Fuente: Wikipedia. Carlos Betancourt Cid, Director de Investigación y Documentación del INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México; Secretaría de Educación Pública.

 
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