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XAVIER MINA, LAZO DE UNION ENTRE AMERICA Y ESPAÑA

CON OCASIÓN DEL BICENTENARIO DE LAS “INDEPENDENCIAS”

A partir de este año se inicia en los países de América y en España la conmemoración de las “guerras de independencia”, uno de los episodios fundacionales de nuestra larga historia como naciones separadas. A cinco siglos desde el descubrimiento y a casi dos de la “independencia”, vale la pena reflexionar sobre este complejo y delicado proceso que abrió simultáneamente en la península y en el continente al otro lado del Atlántico, un largo periodo de guerras civiles, pronunciamientos y enfrentamientos políticos y militares, paralelo a los rompimientos territoriales, las afirmaciones nacionales, las redefiniciones culturales y los conflictos sociales.

En España, se ha iniciado una compleja y a veces áspera recuperación historiográfica y los medios presentan imágenes, relatos y construcciones referidas a los sucesos de 1808 que culminaron con la crisis de la monarquía, la invasión francesa, los cambios de realeza y la “declaración de guerra al francés”, en cierto sentido “guerra civil”, etc. conflicto que se prolongó desde 1808 a 1814. Seis años cargados de acontecimientos de todo tipo.

En América latina, la Ciudad de México inició hace unos meses el programa “Las celebraciones del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución en la Ciudad de México”, que se extenderá desde finales de 2007 hasta los últimos meses de 2010. En 1808 ocurrió el “golpe de estado” que depuso al virrey José de Iturrigaray, el encierro de algunos próceres y la muerte en prisión de Francisco Primo de Verdad, síndico del Ayuntamiento. Por otra parte, en 2009 se conmemorarán los bicentenarios de los levantamientos y la constitución de Juntas emancipadoras en Venezuela (Caracas, abril de 1809); Bolivia (Sucre, entonces llamada Chuquisaca, mayo de 1809 y La Paz, julio de 1809) y Ecuador (Quito y otras ciudades en agosto de 1809). Los años siguientes tendrán lugar en Argentina (Buenos Aires, mayo de 1810); Colombia (Santa Fé de Bogotá, julio de 1810); México, donde el gobierno federal prepara una importante conmemoración del levantamiento del cura Hidalgo; Paraguay (Asunción, mayo de 1811); Venezuela (Caracas recordará la proclamación de la primera república en julio de 1811) y finalmente Chile (Santiago, donde en octubre de 1812 se proclamó la primera república).

Fueron procesos irregulares, que registraron episodios de triunfo y de fracaso, con altibajos dramáticos, que arrastraban un conflicto que desde la Junta Suprema de Sevilla y la Regencia de Cádiz los españoles fueron incapaces de superar, abocando a todos al enfrentamiento cada vez más profundo y a una sucesión de guerras: americanos entre sí, peninsulares entre sí y unos frente a otros. En 1814, con el inicio del sexenio absolutista de Fernando VII, se ordenó la guerra total a cualquier pretensión americana de autonomía. El remate de este nuevo periodo, el trienio liberal y la aceptación del constitucionalismo gaditano por el rey, llegó demasiado tarde y se desaprovechó cualquier posibilidad de encuentro, como muestra el suceso de México (1821): La monarquía española rechazó el Tratado de Córdoba, que recuperaba el viejo proyecto de Aranda (1785), también replanteado por Blanco White (1812), de implantar en el viejo imperio una suerte de “Comunidad hispánica de naciones”. La incomprensión española de lo que estaba pasando en América abrió un periodo final de batallas y enfrentamientos militares. Ayacucho, en 1824, se suele tomar como fecha emblemática del final de este proceso.

Pero este largo proceso de incomprensión, por una y otra parte, tiene una excepción singular: la aventura americana de Xavier Mina, el joven guerrillero de la guerra de la independencia peninsular, que en 1816 decidió que valía la pena luchar por la libertad de España en tierra americana, a la vez que luchaba por la independencia de México.

La recuperación de Xavier Mina, por parte de algunos historiadores mexicanos, se ha convertido en un recuerdo que alcanza cierta significación en la vieja Nueva España. El primer número de un Boletín recientemente editado por la Ciudad de México, la “Gaceta de la Ciudad de México para los Bicentenarios de Iberoamérica” (Noviembre, 2007), dedica tres amplias páginas a relatar la vida y la actuación de Mina en México, con el título de “Guerrillero liberal en España y guerrillero insurgente en México”.

Sin embargo en España, fuera de Navarra, Xavier Mina es prácticamente un desconocido, porque en nuestros textos de historia y en el trabajo de la historiografía de los dos últimos siglos, su figura se confundió frecuentemente con la de su tío Francisco Espoz y Mina, el Espoz Ilundain que en 1810, al ser hecho preso Mina por los franceses, decidió continuar la actividad guerrillera. Espoz, el gran mariscal de la División de Navarra, oscureció con su fama la del sobrino encerrado en la prisión de Vincennes de París. Por esta razón creo que resulta de actualidad la obra Vida de Mina: guerrillero, liberal, insurgente (Trama editorial. Colección “Barlovento”. Madrid, 2008), relectura de mi libros anteriores, que acabo de publicar y de la que han salido dos ediciones, una de ellas especial para México.

Mina, navarro nacido en Otano en 1798, el año de la revolución francesa, fundó el Corso Terrestre de Navarra en 1809, hizo la guerrilla a los franceses en Aragón y Navarra y cayó preso en marzo de 1810, siendo declarado “preso de Estado por Napoleón y conducido a Vincennes en París, donde ya se encontraba encerrado Palafox. Durante sus años de prisión, encontró un maestro singular, el general republicano francés Victor de La Horie, preso por oponerse y conspirar contra el emperador. La Horie enseñó a su discípulo qué era el liberalismo, los valores y virtudes republicanas, la importancia de la libertad y la justicia en las luchas de los hombres y el aprendizaje del arte militar.

Cuando Mina regresó a Pamplona en 1814 se enfrentó con el absolutismo de Fernando VII y trató de aplicar en la política española las enseñanzas que había recibido del francés republicano. Así lo explicó en un manifiesto que escribió dos años más tarde, al llegar a México:

Creía la Nación que mientras más sangre derramaba para reconquistarse y reconquistar a Fernando, más zanjaban sus antiguas libertades y más forzaban la gratitud de Fernando a restituírselas. Cuando él reentró por Cataluña, en virtud de un tratado vergonzoso con Napoleón, que la nación triunfante rehusó con razón, las Cortes dieron su decreto de 2 de febrero de 1814, "de no reconocerlo por libre, ni obedecerlo como Rey, hasta que no jurase la Constitución en el seno de las Cortes, conforme a su artículo 137".

En España, el destino de Mina estaba claro: En septiembre de 1814 se levantó contra Fernando VII y protagonizó con su tío un primer pronunciamiento liberal en Pamplona. Fracasado, huyó a Francia y se refugió más tarde en Inglaterra, donde vivió un largo año, junto con los liberales españoles residentes (Blanco White, Flórez Estrada, Puigblanch, Toreno, Istúriz, Gallardo). Se acogían todos a la benevolencia del gobierno inglés y contaban con la simpatía de los whigs más progresistas y radicales (la Holland House). En Londres se había reunido una amplia colonia de refugiados hispanoamericanos, que venían en busca del apoyo británico a sus pretensiones de independencia (Bello, López Méndez, Moreno, Rocafuerte, Palacio Fajardo, Mier, Fagoaga). La llegada de Mina constituyó un acontecimiento: Estaban buscando a un

líder capacitado y decidido que estuviera dispuesto a dirigir la expedición que preparaban, para llevar un cuerpo de oficiales y especialistas a México, ofrecido al Congreso y a Morelos, que encuadraría las masas campesinas y formaría las unidades de combate necesarias para asaltar la capital y proclamar la independencia.

El propio Mina lo explicó posteriormente:

El grito de todos los españoles capaces de raciocinio, y de los innumerables que han emigrado, es que en América ha de conquistarse la libertad de la España. La esclavitud de ésta coincidió con la conquista de aquélla, porque los reyes tuvieron con qué asalariar bayonetas: sepárese la América, y ya está abismado el coloso del despotismo; porque independiente de ella, el rey no será independiente de la nación. México es el corazón del coloso, y es de quien debemos procurar con más ahínco la independencia”.

Mina reunía el perfil más adecuado: joven, instruido, liberal, experto militar, cargado de resonancias heroicas, valiente y atractivo. Solicitado y halagado por todos, su idealismo y espíritu voluntarioso le llevaron a la aceptación inmediata de este proyecto que, con el apoyo de un grupo de políticos y comerciantes ingleses liderado por Lord Holland, estaban maquinando en Londres los hispanomexicanos reunidos en torno al Marqués del Apartado. Fray Servando Teresa de Mier, que le acompañó desde Londres, lo describía meses más tarde como un gran descubrimiento: “era lo que necesitaban, decía, liberal convencido, republicano de corazón, capaz de dirigir una organización militar pero sin pizca de militarismo”, dispuesto a protagonizar una aventura liberal internacionalista, que se convertiría en antecedente de las que se desplegaron en las décadas siguientes por Europa y América.

El periodo de organización y preparación de la Expedición duró desde julio 1815 a mayo de 1816, cuando zarpó de Liverpool para Baltimore en el “Caledonia”, un barco repleto de municiones, equipos y armamento de todo tipo. Fueron meses de intensos contactos, conversaciones y maduración ideológica, en las cenas, reuniones y tertulias que tuvieron lugar. Sus mentores, entre otros, eran Blanco White (que lo recordó en 1824 en una emocionada reseña en Variedades), Flórez Estrada (los textos de Mina recuerdan casi a la letra los escritos del asturiano), Palacio Fajardo (el neogranadino autor de Outline of the revolution in Spanish America, el libro que recogió en su edición de 1817 la primera noticia de la expedición de Mina), López Méndez (el venezolano que con Bello representaba a Bolívar en Londres), Francisco de Fagoaga (hermano del Marqués y amigo íntimo del historiador Lucas Alamán), Mier, etc.

De julio a septiembre Mina, en la costa este de Estados Unidos, completó la formación de los que Byron llamó poéticamente “los 300 de Mina”, decidió viajar a Haití para entrevistarse con Bolívar (convivieron a lo largo del mes de octubre de 1816 en Los Cayos cerca de Puerto Príncipe) y, perseguido por los espías del embajador español Luis de Onís, se concentró en Galveston y preparó el desembarco en las costas de México. En Galveston se encontró con un representante del supuesto gobierno patriota de México y le ofreció sus servicios y el de la División que mandaba en estos términos:

“Tenga V. pues la bondad de aceptarme á mi y á mis compañeros de armas como soldados defensores de la Libertad Mexicana, de indicarme la dirección que debo tomar y de disponer con respecto á mis materiales, lo que V. crea mas á propósito y del beneplácito de n.tro Gobº nacional. Dichosos nosotros si al obedecer las ordenes de V. podemos dar pruebas de nuestro honor militar y de nuestra fidelidad á tan Santa Causa”.

Finalmente, llegó a la playa de Soto la Marina el 21 de abril de 1817, construyó un fuerte que le serviría de cabeza de puente con el exterior y se adentró hacia Guanajuato, en busca de un gobierno insurgente que desgraciadamente había desaparecido. La campaña de Mina en México se extiende de abril a noviembre de 1817 y fue, en palabras del historiador Lucas Alamán, “un relámpago que iluminó por poco tiempo el horizonte mejicano”. En medio del desconcierto y la derrota generalizada tras la muerte de Morelos y la disolución del Congreso Nacional, la expedición significó el ímpetu y aliento de una llamarada de ilusión, que devolvió la esperanza del triunfo en la insurgencia por la libertad. El mensaje de Mina de cara a los españoles era rotundo y claro:

“… yo no puedo apartar mi gloria de la de mi Patria, vengo a libertarla en las Américas. Con este noble objeto, lejos de mí la guerra a ningún español. Que todo el que ama a su Patria se me reúna. Yo no hago guerra más que al tirano de la España, el que crea honor suyo ser su esclavo combata, el que quiera ser fiel a su Nación, a Dios a quien juró guardar la Constitución, según la cual la soberanía reside esencialmente en la Nación, júntese a mí, libertemos esta parte de la Nación que está acá del océano, vindicando sus derechos y la parte de allá conseguirá los suyos. Si permitiésemos de este lado veinte millones de esclavos, serán los instrumentos más a propósito para oprimir aquellos diez millones de la península”.

Resonaban con fuerza los mismos argumentos de Blanco White y de Flórez Estrada, aprendidos meses antes en Londres. Pero al mismo tiempo Mina, sin ceder en su patriotismo español y de cara a los americanos, deslindaba perfectamente la libertad de la tiranía y establecía la fuente de la soberanía, la personalidad americana, la justicia de la independencia e incluso los alcances de una posible comunidad de pueblos libres basada en la justicia y en la igualdad. En uno de sus más hermosos manifiestos, poco antes de morir ante un pelotón de fusilamiento, pedía a españoles y navarros:

Reputad a la América como a vuestro suelo natalicio: uníos con sus propios hijos y dad con ellos la sonorosa voz de independencia. Esta justa resolución economizará la sangre de los hombres: asegurará vuestra vida e intereses: os dará el derecho de ciudadanos; acabará con los males de la guerra; abatirá el despotismo de Fernando y, entonces todos, europeos y americanos, contribuiremos a la felicidad de España, la arrancaremos de la servidumbre de los Borbones y la pondremos en manos de nuestros compatriotas”.

Fueron necesarios todos los ejércitos del virreinato, reunidos en una táctica de concentración frente al objetivo, para acabar con Mina quien había protagonizado, según la interpretación posterior del capitán Potter del ejército norteamericano, algunas batallas planeadas y ejecutadas con toda brillantez. Algunos historiadores contemporáneos juzgaron la batalla de Peotillos la acción más brillante a todo lo largo de la insurgencia mexicana. Pero fracasó en el asalto a la ciudad de Guanajuato en octubre de 1817 y retirado en la Hacienda del Venadito cayó en poder de los realistas que, tras un juicio sumarísimo, lo ejecutaron el 11 de noviembre.

Francisco Javier Mina (así lo llaman los mexicanos) puede ser el lazo de unión más notable que relacione los bicentenarios de las independencias en España y América, como representante de un sector del liberalismo español que supo comprender lo que se estaba jugando en América. A partir de una nueva manera de entender nuestras historias se reabrirá la perspectiva, temporalmente truncada, de un desarrollo paralelo, de hermanamientos y solidaridades compartidas, con una visión novadora del pasado pero también del porvenir.

Fuente: Wikipedia. Manuel Ortuño Martínez, Doctor en Historia de América. HISPANIA NOVA. Revista de Historia Contemporánea. Número 8 (2008). ISSN: 1138-7319 - Depósito legal: M-9472-1998. Creative Commons.

 
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