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LA MISIÓN DE DE LA HUERTA EN WASHINGTON

 

Las simpatías hacia Alemania que el señor Venustiano Carranza había manifestado más o menos abiertamente, y que eran bien conocidas del gobierno de los Estados Unidos, originaron una seria tensión en sus relaciones con nuestro país, sobre todo cuando el vecino adoptó el lema de Quien no está conmigo está contra mí. Carranza entonces resolvió hacer gestiones para que nos permitieran continuar en una neutralidad amistosa pero neutralidad al fin.

Para llevar a cabo aquellas delicadas gestiones, comisionó a don Adolfo de la Huerta.

Diez conferencias sostuvieron en diez noches y en el domicilio del señor Carranza. En el curso de ellas, éste explicó ampliamente a De la Huerta la tirantez que existía en las relaciones con los Estados Unidos dada su nueva actitud y lo difícil de nuestra situación para mantenernos en posición enteramente neutral. Le hizo saber que le había elegido para aquella comisión porque conocía su ponderación y buen juicio de los que había dado muestras inequívocas en ocasiones anteriores con relación a tópicos internacionales.

- Bien es cierto -decía Carranza- que tenemos en Washington a un hombre que, para mí es un gentleman (sic). Yo creo que de buena intención y hasta patriota; pero ustedes los sonorenses han trabajado por presentármelo como personalidad en entredicho, acusándolo de haber sido antes ciudadano norteamericano. Yo lo juzgo, como dije ya, un verdadero gentleman, pero por principio debe actuar en estos casos con toda escrupulosidad y tener presente que su esposa es extranjera y pudiera influir en su ánimo. Quiero, por lo tanto, que usted vaya a sustituirlo en sus gestiones ante el gobierno de los Estados Unidos, sin que le hagamos la ofensa de quitarle la categoría de embajador.

Don Venustiano se refería, naturalmente, al ingeniero Bonillas, que a la sazón tenía dicho encargo.

- La forma como usted trabajará en Washington, la dejo a su criterio. Conociendo como conoce usted al ingeniero Bonillas, usted sabrá la forma de proceder para no lastimarlo al tomar usted los trastos. Usted escogerá las personas con quienes debe entrevistarse y obtener su acercamiento a Wilson.

En las siguientes conferencias el señor Carranza dio al señor De la Huerta amplias y precisas instrucciones fijando las limitaciones de México para cooperar con los Estados Unidos, suministrándole las materias primas o materiales que dicho país necesitara, incluyendo el petróleo. Le indicó también que explicara al gobierno del vecino país, aspectos de nuestra política interna, controlada totalmente por el gobierno que él encabeza a través de órganos periodísticos que servían, unos para recibir corrientes aliadófilas y otros, los menos, para pulsar el sentimiento pro Alemania. Explicó el señor Carranza que de aquella misión que confiaba a don Adolfo de la Huerta, no tenía conocimiento ninguna otra persona y que él se comunicaría al gobierno de los Estados Unidos por conducto del propio ingeniero Bonillas y del consultor americano en Washington.

El señor De la Huerta escuchó con toda atención las instrucciones que le fueron dadas y al terminar la última conferencia, teniendo en cuenta las confidencias anteriores hechas por el propio Carranza, y sus sentimientos antiamericanistas, le preguntó en forma de no lastimar su susceptibilidad, pero con toda claridad, si efectivamente México iba a permanecer neutral; si podía él dar esa seguridad con entera verdad, pues teniendo la verdad se comprometía a triunfar, pero en caso contrario no podría servir para aquella comisión. Carranza comprendió su sentir y le aseguró que México seguiría esa política de neutralidad, independientemente del sentir personal suyo, pues era la que convenía para el bien de los intereses del país y que podía estar seguro de que la seguiría con toda firmeza.

Sobre la forma y circunstancias en que el señor De la Huerta desempeñó aquella importante comisión, dejamos la palabra al interesado, reproduciendo lo que en charla-dictáfono nos refirió:

En la última conferencia, habiéndome despedido ya de él, me encontré con Garza Pérez, el encargado de Relaciones que entraba cuando yo salía. Llegué después frente al hotel Regis, donde me encontré con José I. Novelo y mientras cambiaba algunas palabras con él vino apresuradamente un ayudante del señor Carranza a decirme que necesitaba que volviera yo. Regresé y me encontré con esta novedad. Me dijo Carranza:

- El licenciado Garza Pérez me trae este telegrama que descifrado ya dice así ... - y procedió a leer el contenido en el que el ingeniero' Bonillas manifestaba que había conseguido con el departamento de Estado que no le retiraran el exequátur a Carlos C. Bohr, que era nuestro cónsul en Nueva York, comprometiéndose a que el gobierno mexicano lo retiraría.

- Ya tendrá usted biombo -dijo Carranza- va usted como cónsul. De allí se desprende para Washington para desarrollar el plan que hemos trazado. Y así fue.

Al día siguiente se me extendió el nombramiento de cónsul y salí rápidamente para Nueva York. Me hice cargo del consulado, quedando como vicecónsul Martínez Carranza y transladándome yo a Washington.

Llegué, me apersoné con el ingeniero Bonillas y, con verdadera sorpresa me encontré con un hombre todo patriotismo que no tuvo ningún escrúpulo en ponerse a mis órdenes y decirme que estaba a mi disposición; que él comprendía que yo llevaba la última palabra e instrucciones del señor Carranza; que él faltaba de México por algunos años y que si de intérprete lo quería yo utilizar, que estaba a mis órdenes. Esa actitud tan poco común entre los mexicanos (que somos de pasiones fuertes) me produjo una gratísima impresión y me inclinó a tomar, bajo mi responsabilidad, la participación deL señor Bonillas, sin lastimarlo en lo más mínimo. Dejé en sus manos muchos asuntos y otros los tratamos los dos, y parte de las instrucciones que me había dado el señor Carranza se las pasé a él. Así es que fue muy eficaz su labor.

Ambos conseguimos detener la avalancha que se nos venía, porque la presión era tremenda. Uno de los argumentos del gobierno americano era que el periódico El Demócrata, a ciencia y paciencia del gobierno de México, estaba recibiendo ayuda de la legación alemana. Yo les dije:

- No; es un error esa información que ustedes tienen. Quien sostiene ese periódico es el gobierno de México.

Aquello les causó una verdadera sorpresa.

- Sí, señores -insistí- el gobierno de México es el que proporciona los dineros necesarios para la publicación de ese periódico, que no cubre sus gastos.

Se me quedaron mirando con una expresión de sorpresa como diciendo ¡Pues eso es peor!

- Pero, señores -continué- también sostiene el periódico El Universal. El gobierno de México y el Presidente, necesitan encauzar las corrientes y conocer y pulsar el sentir del pueblo. Fíjense ustedes que a la corriente alemana le puso uno de los periodistas menos capacitados, como es RipRip; en cambio, al lado de los aliados, puso el señor Palavicini, el periodista más notable que tenemos en México, haciendo una tremenda campaña pro aliados.

Aquello les sorprendió y les hizo pensar que estaban desorientados y que si en eso, que era lo más superficial, se veían desengañados con mis aclaraciones, cuanto más sería en las situaciones de fondo.

Y así fue: uno por uno fui destruyendo todos sus cargos; sin negar nada, porque yo no fui a engañar como le dije al señor Carranza. Al terminar nuestras conferencias yo le había dicho:

- Bueno, señor Carranza, ya estoy perfectamente penetrado de su pensamiento, de sus propósitos de su habilidad de estadista (porque era muy hábil y muy listo) y con estas armas yo creo poder triunfar; pero quiero decirle a usted que vaya decir la verdad; que esto que usted me ha dicho lo voy a presentar como una verdad; que si no es así, yo le agradecería que mandara a otro; porque si yo siento que la política de mi país no se ajusta a lo que voy a decir, me va a faltar fuerza para contender con aquellos señores. A mí me conocen en la cara inmediatamente que no estoy actuando con sinceridad. Eso me lo han dicho desde niño y no quiero tampoco ir a decir una cosa por otra. Así es que si usted me manda para cubrir las apariencias y es otra la política que va a seguir aquí en México, le ruego que mande a otra persona. Yo no sé engañar; me faltarían fuerzas, me sentiría como un desgraciado, como un guiñapo, incapaz de servir a usted. En cambio, si esta es la verdad y yo tengo la certeza de que lo que voy a decir y a aclarar se ajusta exactamente a la política mexicana y esta es realmente la política que usted va a seguir, nadie me pondrá un pie adelante, ni los de aquí que mandará usted, ni los de allá que vinieran a contradecirme o a rebatir las argumentaciones que yo les haga. Si usted me promete y me aclara este punto, yo voy con mucha fuerza.

- Váyase usted con la seguridad absoluta de que lo que hemos hablado será la línea de conducta que seguirá nuestro país en esta cuestión mundial.

Bueno; me fui muy contento a la lucha, sabedor de que llevaba la verdad, de que iba a decirla a esos señores y a explicarles lo que realmente había en el fondo de la política mexicana.

Fuente: Wikipedia. MEMORIAS DE ADOLFO DE LA HUERTA; CAPÍTULO SEGUNDO, segunda parte. Archivo Gral. Joaquín Amaro, Fototeca FapecFt.tif. Creative Commons.

 
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