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LA GUERRA CRISTERA (1926-1929)

HOSTILIDADES DEL EJÉRCITO FEDERAL

La Guerra Cristera fue una de las más sangrientas que ha tenido la Historia de México; se calcula que durante los tres años de conflicto perdieron la vida cerca de 50,000 mexicanos. El general Joaquín Amaro advirtió la necesidad de profesionalizar al Ejército mediante la instrucción del soldado en las nuevas técnicas bélicas y por otra parte, por la unificación del mando supremo debido al serio problema del caciquismo. Para la combatir a los cristeros, el ejército echó mano de los agraristas, campesinos beneficiados por el reparto de la tierra, a quienes armaba y desarmaba según la necesidad. Estos agraristas quedaron en medio del conflicto, pues eran tan católicos como los cristeros, pero dependían del gobierno para proteger sus parcelas.

Por su parte, varios generales cometieron muchos excesos, un caso representativo es el del general Eulogio Ortiz, quien fusiló a uno de sus soldados por el simple hecho de llevar un escapulario al cuello. Se cuenta que al grito de ¡Viva Cristo Rey!, los soldados, respondían ¡Viva Satán!, lo que terminó, en algunas ocasiones por dar a la lucha el matiz de guerra santa concebido desde el inicio por los cristeros.

Cuando los cristeros se retiraban de alguna población en la víspera de la llegada de los federales, éstos últimos, al no obtener información sobre las actividades de aquellos, aplicaban severas y crueles represalias contra la población civil, tales como el saqueo, la profanación de templos y objetos de culto, la ejecución de sacerdotes, las concentraciones y el bombardeo con el uso de la aviación. Pese a estas acciones, el difícil sistema de guerrillas empleado por los cristeros y la superioridad del uso de la caballería, hicieron que, no obstante los triunfos alternados en las batallas, ningún bando lograra inclinar la guerra a su favor definitivamente.

Los principales generales del Ejército Federal en esta guerra fueron Eulogio Ortiz, Espiridión Rodríguez, Saturnino Cedillo (principal movilizador de los agraristas u cacique de San Luis Potosí), Lázaro Cárdenas, Miguel y Maximino Ávila Camacho y Genovevo de la O. A estos dos últimos correspondió la organización militar de Aguascalientes y sus alrededores.

LOS GENERALES CRISTEROS

Durante esta lucha sobresale la actuación tanto de jefes laicos como de sacerdotes, aunque dentro de este grupo la presencia es menor de lo que se cree comúnmente. Como se explicó anteriormente, los brotes armados se dieron de manera espontánea principalmente en el centro y occidente del país, sin excluir otras entidades alejadas geográficamente de esta zona como Morelos, el Distrito Federal y hasta Oaxaca.

En la región más afectada por la guerra sobresalieron hombres como Pedro Quintanar y Aurelio Acevedo en el Norte de Jalisco y Sur poniente de Zacatecas, José Velasco, principalmente en el municipio de Calvillo en Aguascalientes, Carlos Diez de Sollano en el Norte de Guanajuato, Luis Navarro Origel y Jesús Degollado Guízar en Michoacán y Sur de Jalisco, respectivamente y Victoriano Ramírez “El Catorce”, en Los Altos.

De los pocos sacerdotes guerrilleros que se tiene noticia, se cuenta a Aristeo Pedroza, Comandante General de Los Altos de Jalisco, y José Reyes Vega, a quien se le ha llamado “El Pancho Villa con sotana” debido a su crueldad en el campo de batalla. Ambos reconocidos estrategas militares natos, aunque el segundo se ha vuelto famoso por el descarrilamiento y asalto al tren en La Barca, Jalisco, en abril de 1927, en el que se cometieron toda clase de abusos y finalmente se le prendió fuego con todo y gente adentro.

Para unificar los mandos y disciplinar a la tropa, se acordó nombrar a Jesús Degollado Guízar jefe de operaciones de toda la región de Nayarit, Sur de Jalisco, Colima y Occidente de Michoacán. Esta región fue de las más fuertes de toda la guerra, pues fue donde los cristeros lograron más victorias, incluido el nombramiento de Miguel Gómez Loza, antiguo compañero de Anacleto González Flores, como gobernador civil de Jalisco.

EL GENERAL ENRIQUE GOROSTIETA

La Liga advirtió la necesidad de un mando unificado más fuerte, y sobre todo, bajo sus órdenes directas. En realidad deseaba un mercenario fácil de destituir llegado el caso, capaz de organizar un verdadero ejército aunque no compartiera los ideales de la Guerra Cristera. La elección recayó en el General Enrique Gorostieta Velarde, militar retirado y enemistado con todo lo que significaba la Revolución Mexicana, y en especial con Obregón y Calles. Su formación ideológica y militar era producto del porfiriato y al inicio de la Revolución combatió a Zapata bajo las órdenes de Vitoriano Huerta, en cuyo gabinete posterior su padre fue ministro de Hacienda. También combatió en Veracruz la invasión estadounidense en 1914. En ese mismo año, al triunfo de Carranza, el ejército federal es disuelto y con toda su familia tuvo que exiliarse en El Paso, Texas.

A su regreso a México en 1920 participó en levantamientos anti obregonistas sin éxito, por lo que decidió dedicarse a la fabricación de productos químicos y a la administración de su rancho en Torreón, Coahuila. En estas condiciones fue contactado por la Liga, a través de Bartolomé Ontiveros, dueño de la tequilera La Herradura, y ofreció prestar sus servicios por tres mil pesos oro al mes, cantidad que en realidad nunca llegó a cobrar.

Aunque su ideología era el liberalismo de la Constitución de 1957, la Guerra Cristera le ofrecía la oportunidad de ejercer de nuevo su carrera militar y pelear en contra de sus odiados enemigos Obregón y Calles. En septiembre de 1927, pudo organizar los ataques en la zona de los cañones de Zacatecas, a pesar de sus triunfos, el contacto con la Liga fue muy pobre y de igual forma, hubo grupos que desconfiaban de él.

En febrero de 1928 llegó a Los Altos de Jalisco y plantó su cuartel en San Miguel el Alto, desde donde dominó también las operaciones en Aguascalientes, Guanajuato y Querétaro. A la muerte de Obregón, en julio, suspendió las actividades para analizar los acontecimientos, pero después reanudó los ataques y obtuvo más triunfos aprovechando el descalabro del gobierno. Fue entonces cuando la Liga decidió conferirle el mando supremo de lo que en adelante se llamaría la Guardia Nacional. Gorostieta, entonces, lanzó su Manifiesto a la Nación en el que defendía la todas las libertades del pueblo mexicano, así como la Constitución de 1857, “sin las sectarias Leyes de Reforma y los inauditos despropósitos de la de 1917”.

Lentamente, Gorostieta cambiaba su forma de pensar con respecto a la religión, de agnóstico a creyente, al ver la entrega de los cristeros a su lucha, aunque supo que tan pronto se reanudaran los cultos sus tropas lo abandonarían. También tuvo serias fricciones con la Liga por su intromisión en las decisiones militares y amenazó de deslindarse de ella, pero de continuar el movimiento a su modo. Otro conflicto fue la negativa de la Liga a incorporar a las BB su mando.

EL REGRESO DE OBREGÓN

Mientras en la provincia mexicana la lucha seguía cada vez más encarnizada, la ciudad de México era escenario de un cada vez más tenso ambiente político. Las relaciones entre Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles comenzaban a enfriarse ya que el primero siempre siguió siendo un factor real de poder. Desde el inicio del conflicto religioso, Obregón trataba secretamente de acercar a Calles y a los obispos, pero la intransigencia de ambas partes impidió la continuidad de las negociaciones.

Las elecciones presidenciales se acercaban y con ello la lucha de intereses por el poder. En la arena política se perfilaban los generales también sonorenses y antiguos amigos y compañeros de armas, Francisco Serrano, apoyado por Obregón y Arnulfo R. Gómez, por Calles, pero ante esta división, el presidente terminó por apoyar a Obregón, quien lanzó su candidatura al tiempo que el Congreso modificaba la Constitución para permitir la reelección no inmediata. Esto provocó no sólo la oposición de los grupos políticos adversos, sino también la ruptura del mismo grupo de Sonora.

Serrano y Gómez, abandonados por sus jefes, pactaron lanzar sus respectivas candidaturas y así, iniciarían la rebelión mediante un fallido golpe contra ellos durante una demostración de ejercicios militares el 2 de octubre de 1927 en los llanos de Balbuena, en la ciudad de México al que supuestamente asistirían el presidente, el candidato oficial y el secretario de Guerra y Marina. Ante el fracaso del motín, al día siguiente fue capturado Serrano en Cuernavaca y acribillado junto con sus acompañantes cerca del poblado de Huitzilac por órdenes del general Claudio Fox. Gómez cayó en Veracruz una semana después.

ATENTADOS Y MUERTE DE OBREGÓN

La Liga insistía ya en tomar el poder en el país y el inminente regreso de Obregón de regresar a la presidencia, le hizo suponer que eliminarlo sería la solución para el imparable derramamiento de sangre. El primer atentado, aunque frustrado, se dio durante la gira en la estación del ferrocarril de Huatabampo, Sonora. El segundo fue en Chapultepec el 13 de noviembre de 1927 cuando desde un auto fue arrojada una bomba al vehículo donde viajaba el candidato con otros acompañantes. Algunos de los tripulantes lograron huir pero otros fueron capturados en el acto, como Nahúm Lamberto Ruiz y Juan Antonio Tirado, ambos simpatizantes de Liga. Por sus confesiones se dio con el Ing. Luis Segura Vilchis y los hermanos Humberto y Miguel Agustín Pro Juárez, acusados de ser los autores intelectuales del atentado. Bastó la declaración de Ruiz y la comprobación de la propiedad del automóvil de Humberto Pro para que se les condenara sin juicio a la pena capital. Los inculpados fueron fusilados el 23 de noviembre. La indignación provocada entre los católicos por el excesivo castigo aumentó las hostilidades y protestas y ante ello, las legislaturas endurecieron los reglamentos anticlericales. Más adelante, el 30 de enero de 1928, la aviación militar bombardeaba el monumento de Cristo Rey en el Cerro del Cubilete. Más atentados contra el candidato siguieron pero sin ningún efecto.

Ya sin oposición, en las elecciones de julio de 1928 resultó triunfante Obregón; en todo ese tiempo se habían llevado a cabo varias reuniones secretas para lograr la paz, con los obispos en el exilio y sus representantes, pero sin resultados concretos. Para festejar a Obregón, se ofreció un banquete en el restaurante La Bombilla, en el pueblo de San Ángel en la ciudad de México el 17 de julio. A este evento acudió, haciéndose pasar por caricaturista José de León Toral, de 27 años, miembro de la ACJM y de la Liga, quien creía tener la misión divina de eliminar al tirano y restaurar el reinado de Cristo. Toral se aproximó al homenajeado y mientras con una mano le mostraba el retrato que le había hecho, con la otra le descargaba su pistola en la cabeza. El asesinato de Obregón ha sido objeto de varias conjeturas hasta la fecha sin conclusión: Toral dijo que obró solo, pero también hay quienes atribuyen la autoría intelectual de Calles y Morones por el distanciamiento del presidente electo con la CROM. Durante el interrogatorio resultó implicada la monja Concepción Acevedo de la Llata, (la Madre Conchita), en cuya casa se efectuaron varios movimientos y reuniones de la Liga. A la monja se le condenó a 20 años de reclusión en las Islas Marías y Toral fue fusilado hasta el 9 de febrero de 1929.

Fuente: Wikipedia. Lic. Juan Carlos Esparza R. Aguascalientes, México. LICEUS. Creative Commons.

 
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