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VICENTE GUERRERO, PRESIDENTE POR TAN SÓLO OCHO MESES Y MEDIO

 

Buscar la presidencia de la nación en tiempo de paz lo hacen muchos, incluso sin mérito personal alguno; por el contrario, sólo unos cuantos se atreven a luchar por la justicia social, el bien común y la independencia de un país a costa de la propia vida y fortuna, aun sin contar con el perfil necesario para presidir una república. Vicente Guerrero estaba en este último caso cuando las circunstancias lo llevaron a la silla presidencial. Aunque apenas sabía leer, durante su gobierno, en 1829, abolió la esclavitud y logró detener a los españoles en su intento por reconquistar lo que insistían en nombrar Nueva España.

El hombre al que Lorenzo de Zavala describió como “un mexicano que nada debe al arte y todo a la naturaleza”, poseedor de “un talento claro, una comprensión rápida y extraordinaria facilidad para aprender”, nació en Tixtla, en 1782. Su humilde cuna, su sangre mulata y la experiencia obtenida en sus primeros años de vida le hicieron comprender, casi por intuición, la necesidad de intervenir en el más destacado movimiento popular que llegaría a desmoronar la sociedad novohispana: la lucha insurgente.

A principios de 1811, al paso de José María Morelos por Tixtla, rumbo a Chilapa, se le unió “un joven de rostro broncíneo, alto y fornido, de nariz aguileña, los ojos vivos y claros y grandes patillas”. Así se veía el joven arriero Vicente Guerrero, quien comenzó su carrera insurgente como soldado raso a las órdenes de Hermenegildo Galeana. De él y del Rayo del Sur, aprendería el arte de la guerra. Por su arrojo y valentía ascendió a capitán, teniente coronel y general. A la captura de Morelos, escoltó a los miembros del Congreso de Chilpancingo hacia Tehuacán. Poco después continuó su lucha como caudillo independiente en el sur. Enteradas de que su padre, Juan Pedro Guerrero, se oponía a sus actividades insurgentes, las autoridades virreinales le pidieron que personalmente le ofreciera el indulto, el cual rechazó. Iletrado y ajeno a las aulas, el caudillo de Tixtla tenía muy claras sus prioridades: “Yo he respetado siempre a mi padre, pero mi patria es primero”.

A mediados de 1819, Guerrero reunió a todas las fuerzas rebeldes que combatían dispersas por el territorio novohispano. Mientras tanto, Agustín de Iturbide recibió el título de comandante general del Ejército del Sur con el encargo especial de terminar con todo reducto insurgente, pero en lugar de hacerlo, entabló intercambio epistolar con Guerrero, como había hecho con los representantes de otros sectores de la sociedad, para convencerlo de sumarse a su proyecto encaminado a consolidar la independencia nacional. Después de algunos titubeos, ambos líderes militares acordaron reunirse, jurar el Plan de Iguala y crear un nuevo ejército, llamado de las Tres Garantías, integrado por insurgentes y antiguos realistas, lo cual se formalizó con el abrazo de Acatempan. Con Iturbide a la cabeza, Guerrero entró a la capital al frente de una de las divisiones del nuevo cuerpo militar el 27 de septiembre de 1821.

A la consumación de la Independencia Nacional, fue designado capitán general, jefe político superior de la provincia del sur y mariscal de campo, además de concedérsele el título de Caballero de la Gran Cruz de la Imperial Orden. Aunque al principio celebró la coronación de Iturbide como emperador, al caer en la cuenta de la clase de gobierno que le esperaba a su amada patria, se unió al general López de Santa Anna y a Nicolás Bravo para combatirlo.

Guerrero fue gravemente herido en batalla, al grado que se le daba por muerto. Pero el veterano de mil combates sobrevivió y poco después se unió al grupo masón de la logia yorkina, de tendencia pro-yanqui, republicana y federalista, en oposición al grupo de la logia escocesa, de origen español y tendencia centralista, liderado por Nicolás Bravo.

El fuego de los levantamientos armados se encendió al interior del país. Para extinguirlo se comisionó a Nicolás Bravo y a Guerrero. El caudillo de Tixtla sofocó rebeliones en Cuernavaca y Puebla. Por sus buenos servicios, en julio de 1823, se le nombró miembro del poder ejecutivo colegiado, en tanto se consolidaba el nuevo gobierno republicano bajo la Constitución federal de 1824. Sin embargo, apenas atendió el cargo ante la necesidad de ausentarse con frecuencia de la capital para continuar apagando incendios rebeldes en regiones diversas.

En las elecciones para obtener los cargos de presidente y vicepresidente que introdujo la Carta Magna, fueron elegidos Guadalupe Victoria para ocupar el primero y Nicolás Bravo para el segundo. Este último derrotó a Guerrero en la carrera hacia la vicepresidencia. Derrotado pero no desmoralizado, y recién nombrado Benemérito de la Patria, se retiró de la política y volvió a su lugar de origen.

Cuando los rumores de conspiraciones para buscar la reconquista española crecieron al grado de inquietar a la sociedad general, Guerrero salió de su retiro enarbolando el estandarte antihispánico del partido yorkino, al que apoyó incondicionalmente como presidente del Supremo Tribunal de Guerra, cargo que asumió el 17 de mayo de 1827. A un mes de haber sido nombrado, además, comandante general de Veracruz, capturó a unos conspiradores en la fortaleza de Perote. El 20 de diciembre se promulgó el primer decreto de expulsión masiva de los españoles de suelo mexicano.

Pero los incendios rebeldes, de los propios mexicanos, no parecían terminar, y Guerrero volvió a ser llamado para combatirlos. El vicepresidente Bravo se había pronunciado con un plan que pedía la abolición de las logias, la expulsión del embajador Joel R. Poinsett, debido a su descarada intromisión en la política mexicana, y la aplicación de las leyes. Sin mayores dificultades, el veterano caudillo insurgente lo derrotó, y el rebelde fue enviado al exilio. Pero la crisis nacional no se resolvió.

Para las elecciones de 1828, el partido escocés presentó como candidato al ministro de Guerra, Manuel Gómez Pedraza, antiguo oficial realista; los yorkinos, por su parte, lanzaron a Vicente Guerrero, aunque la idea no lo entusiasmaba. No se respetaron los votos de las legislaturas cuando el sistema electoral se fincaba en el voto indirecto de las entidades y el nombramiento final del congreso. De este modo, Gómez Pedraza fue declarado presidente por mayoría de un voto, pero los yorkinos se negaron a aceptar el resultado y exigieron el reconocimiento de Guerrero. Tras una serie de disturbios y del saqueo del Parián, Gómez Pedraza renunció y el poder legislativo, sin estar facultado para ello, reconoció a Guerrero como presidente y a Anastasio Bustamante, otro veterano militar realista, como vicepresidente. La jura de ambos cargos se hizo el 1 de abril de 1829.

Los problemas para el nuevo presidente comenzaron desde el momento de la ceremonia de su discurso inaugural, el cual leyó con dificultades, convirtiéndolo en objeto de burla para la mayoría de los presentes. De cualquier modo, por su texto sabemos que sus intenciones siempre fueron rectas:

La nación… me exige el sacrificio de que la gobierne; y como mis obligaciones no han cesado y mis juramentos nada han perdido de la firmeza que una vez quise darles en las aras de la patria, me resigno ofreciendo lo que puede ofrecer un hombre de honor y de constancia, rectas intenciones y no vacilar, aun cuando los riesgos se multipliquen, o deba exponerse la misma vida.

También con voz, hasta cierto punto profética, expresó lo siguiente: “El pueblo es el juez soberano de mi conducta… perezca yo si falto al juramento de servir a la patria”.

Guerrero, hombre de condición humilde y sencilla, no tenía ningún conocimiento de protocolos de salones ni estaba acostumbrado a las intrigas burocráticas sino a tratar con campesinos y soldados. Su imagen de candidato de las clases populares fue aprovechada por intereses partidistas, en especial de los yorkinos o, como lo expresa una de sus biógrafas, “vino a ser el instrumento de los que a su sombra querían elevarse al poder”. Entre estos últimos destacaron Lorenzo de Zavala y el ministro estadounidense —que hacías las veces de embajador—, Joel R. Poinsett. Las dos personas que lo convencieron de ser el candidato que necesitaba el país fueron los mismos que lo condujeron a su estrepitosa caída.

Hosco, corto de modales, Guerrero era la antítesis de un gobernante “ilustrado”. Aun así tuvo que enfrentar una terrible crisis económica, la segunda expulsión masiva de españoles decretada al término del gobierno anterior y un intento de reconquista. Pero su mérito en la abolición de la esclavitud, por decreto publicado el 15 de septiembre de 1829, para conmemorar el inicio de la independencia, es indiscutible. También dio por terminado el estanco del tabaco y ordenó la libertad de su cultivo, reglamentó la minería, decretó el establecimiento de la Casa Nacional de Inválidos e indultó a todos los reos condenados a la pena capital.

Entre los ministros de su gobierno estuvieron José María Bocanegra, Lorenzo de Zavala y José Manuel de Herrera, pero ninguno de ellos sirvió como verdadero apoyo al presidente Guerrero. Lo que mejor hicieron fue celebrar y adjudicarse la gloria de haber rechazado la incursión española.

El mayor desafío externo que enfrentó el caudillo de Tixtla fue la expedición que, con el propósito de recuperar la Nueva España para la corona española, encabezó el brigadier Isidro Barradas en julio de 1829. La flota partió de Cuba hacia Tampico, donde atracaron el día 24. El presidente Guerrero, al enterarse, solicitó ayuda para contenerla, pero no la obtuvo. Entonces pidió al congreso facultades extraordinarias con el fin de combatir la amenaza, las cuales le fueron concedidas el 2 de agosto. El comandante general del Estado Interno de Oriente, Felipe de la Garza, fue destituido por actuar en aparente complicidad con Barradas. En su lugar se comisionó a los generales Santa Anna y Manuel Mier y Terán, quienes destruyeron la amenaza con relativa facilidad. Los invasores capitularon con Santa Anna, quien dio la gran noticia al presidente Guerrero. El triunfo se festejó como si de otra independencia se tratara. Este fue, sin lugar a dudas, el mejor momento de su gobierno.

En un desplante de magnanimidad, Guerrero autorizó que Nicolás Bravo y sus seguidores regresaran al país y se les permitiera volver a ejercer sus antiguos encargos, lo que disgustó a muchos. También intentó pagar con la misma moneda a los españoles al organizar una expedición para independizar Cuba, la cual partiría de Haití, pero jamás zarpó. Tampoco le fue posible deshacerse de las malas influencias de Zavala y Poinsett.

Al presidente Guerrero le gustaba ejercer el poder en beneficio de las masas, lo cual propició que los sectores urbanos medios y altos, al igual que algunas legislaturas, empezaran a verlo como un “serrano” peligroso. Finalmente, estalló un movimiento en Campeche que pedía una república centralista, momento que el vicepresidente Bustamante aprovechó para traicionarlo con el mismo ejército creado para enfrentar a los invasores. Desde Jalapa, exigió que Guerrero renunciara a las facultades otorgadas por el congreso, se convocara a sesiones extraordinarias y se procediera a remover a todos los ministros que favorecieran el sistema federal. El presidente salió a combatirlo personalmente, no sin antes pedir licencia, el 18 de diciembre de 1829, ignorando que sería su despedida de la política. Sin haber logrado doblegar a Bustamante, el congreso terminó de expulsarlo de la escena, el 4 de febrero de 1830, al declarar a Guerrero con “imposibilidad para gobernar la república” por considerarlo incapaz para hacer las veces de presidente, lo cual carecía de cualquier sustento constitucional, pero nada importó a sus enemigos.

De nuevo en su tierra natal, Guerrero envió un comunicado al congreso para expresar que acataba la medida, depositando “el bastón de presidente de la república” en el poder nacional y sus representantes, “pues no soy otra cosa que un soldado de mi patria”.

Poco después, azuzado por algunos seguidores, intentó retomar el poder. Por último, fue traicionado, juzgado y condenado a muerte como traidor a la patria. La tragedia del caudillo insurgente que fue ensalzado hasta la presidencia la resume José Fuentes Mares, al anotar que, a diferencia de Hidalgo y Morelos, que murieron en los inicios de la insurgencia, “Guerrero duró más de la cuenta; el destino le puso en el caso de vivir más allá de la victoria, y el héroe pereció, agobiado por el hombre. Tuvo luego la fortuna de ser asesinado inicuamente, lo que le restituyó parte de su nombre, ya que no de su gloria”.

Fuente: Wikipedia. Por Miguel Ángel Fernández Delgado. INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Secretaría de Educación Pública. Creative Commons.

 
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