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EL TRIUNFO REALISTA DEL MONTE DE LAS CRUCES

 

Miguel Hidalgo y Costilla, a tan sólo mes y medio de haber iniciado la Revolución de independencia en el pueblo de Dolores con un puñado de simpatizantes, se presentó al frente de 80 mil seguidores a las puertas de la capital de la Nueva España. El centro político, económico y cultural del virreinato se encontraba al alcance de su mano. La superioridad numérica de sus tropas y el éxito alcanzado al conquistar ciudades de la importancia de Guanajuato y Valladolid hacían prever que la consumación de la independencia se encontraba próxima. Sólo un milagro de la Virgen de los Remedios podía impedir lo inevitable.

Del enorme ejército insurgente, apenas tres mil eran auténticos soldados que habían desertado del ejército realista al bando independentista, repartidos en partes iguales entre infantería y caballería. Contaba, además, con catorce mil hombres a caballo, armados de lanzas y machetes. Ignacio Allende deseaba ocupar a los indios en tareas secundarias y que no tomaran parte activa en la batalla, pues indisciplinados y carentes de instrucción militar, expondrían inútilmente sus vidas y serían fáciles víctimas de la confusión y el desorden. Sin embargo, estos indios se dieron por ofendidos y con el apoyo de Hidalgo obtuvieron que se les considerara para desempeñar un puesto destacado en el combate.

Por su parte, Torcuato Trujillo, teniente coronel realista, que disponía de 1,330 infantes, 400 dragones y 2 piezas de artillería, decidió hacerse fuerte en el Monte de las Cruces, que si bien no resultaba el mejor punto para organizar una fácil defensa, en cambio le aseguraba una retirada a la Ciudad de México.

A las ocho de la mañana del día 30 iniciaron las acciones; horas más tarde, pese a la gran cantidad de bajas del lado insurgente, las fuerzas rebeldes habían logrado desmontar uno de los cañones enemigos y capturar el otro. En estas circunstancias, los insurgentes propusieron cesar las hostilidades, Trujillo fingió acceder a la oferta y permitió que se acercara un grupo de parlamentarios sobre los que mandó abrir fuego. Esta acción cobarde y traicionera le fue censurada después incluso en España.

Al caer la tarde, los realistas, al verse perdidos, iniciaron la retirada, que al poco tiempo, perseguidos por la caballería insurgente, se convirtió en una desesperada fuga. Entre los pocos oficiales sobrevivientes que acompañaron a Trujillo en su huída se encontraba el teniente Agustín de Iturbide.

En la capital de la Nueva España la inquietud no podía ser mayor. Desde que se tuvo conocimiento de que Hidalgo había tomado Toluca, la ansiedad comenzó a transformarse en temor y, al saberse que los insurgentes se encontraban a pocas jornadas de México, se tornó en auténtico terror. El ataque insurgente se esperaba en cualquier momento. El recuerdo de lo ocurrido en Guanajuato había movido a los acaudalados a trasladar sus riquezas a los conventos e iglesias y buscar un refugio donde ocultarse. En los templos se realizaban rogativas para el exterminio de los herejes. El virrey, por su parte, tomó todas las previsiones del orden militar: reforzó las fuerzas que cuidaban las calzadas de Bucareli y de La Piedad; dispuso de los hombres del Batallón de Comercio y envió apremiantes mensajes a Querétaro para que José María Calleja acudiera cuanto antes en su auxilio; mandó llamar al regimiento de Toluca que en ese entonces se encontraba en Puebla y comisionó al capitán de navío Rosendo Porlier para que marchara a toda prisa a Veracruz y regresara con la tripulación de los buques que allí estuvieran. Buena parte de la histeria colectiva la habían provocado las propias autoridades, pues en su afán de desacreditar ante el público a los cabecillas insurgentes, no habían escatimado adjetivos que los pintaban con los más terribles colores. Así, el mismo día en que se desarrollaba la batalla crucial, la Gazeta de México publicaba estas palabras de Venegas: “Hidalgo ese aborto fatal de la irreligión y de la incredulidad, que tan feamente á tiznado la conducta de nuestros paisanos, que nos va a vender a la dominación de fierro, a la dominación infernal de los Napoleones”.

Mientras todo esto ocurría, Hidalgo acampó con sus tropas en Cuajimalpa el 31 de octubre permaneciendo el día siguiente sin decidirse a atacar. Esta calma hacía crecer en la imaginación de los capitalinos los horrores que les esperaban. A pesar de celebrarse la fiesta de Todos los Santos, la actividad comercial era inexistente, las calles permanecían desiertas y las súplicas a las entidades celestiales se redoblaron.

Por fin, el 2 de noviembre se supo en México que las fuerzas de Flon y Calleja se aproximaban en su auxilio y que los insurgentes iniciaban la retirada rumbo a Toluca.

Se ha especulado que Hidalgo no tomó la Ciudad de México porque no deseaba actos de pillaje como los ocurridos en Guanajuato, o que la falta de municiones y otros elementos de guerra fueron el obstáculo que se lo impidió; también que temía quedar encerrado en la ciudad ante la inminente llegada de Calleja o que las autoridades realistas habían tomado a sus familiares como rehenes y amenazaban con ejecutarlos si la ciudad era atacada. Cualquiera que fuera la razón, su retirada dio pie a que sus enemigos manipularan los hechos e hicieran aparecer la derrota del Monte de las Cruces como una gran victoria de las fuerzas realistas.

Los acontecimientos favorecieron la intriga. Torcuato Trujillo, quien no había entrado a México para que no mostrar lo reducido y destrozado de sus tropas, permaneció en Chapultepec retrasando la entrega del parte de la acción hasta el 6 de noviembre, teniendo tiempo suficiente para maquillar su informe.

En la Gazeta de México, el virrey Venegas mandó insertar el parte que rindió Torcuato Trujillo, para que el público conociera “las acciones de nuestras tropas en el Monte de las Cruces, en que con incomparable valor y denuedo contuvieron la bandada de insurgentes que se dirigía a esta capital”.

Como parte de la simulación, Venegas organizó una ceremonia en la que se condecoró con un emblema a los integrantes del Batallón de Tres Villas (que ya no existía), el mayor Mendívil fue ascendido a teniente coronel, el teniente Agustín de Iturbide, promovido a capitán, y el capitán Bringas, quien había muerto el 3 de noviembre a resulta de sus heridas, fue sepultado con honores en la Catedral Metropolitana.

Cabe aclarar que todas estas noticias y actos cívicos se publicaron y efectuaron con posterioridad al 8 de noviembre, cuando se sabía que Calleja había efectivamente alcanzado y derrotado en Aculco al cura Hidalgo. Así, a toro pasado, sabiéndose a salvo, salieron de sus escondites y aumentando su valor conforme la distancia que los separaba de los rebeldes se hacía mayor, olvidaron que pocos días antes corrían por las calles desesperados. Declararon victoriosa a la Virgen de los Remedios y las autoridades dieron rienda suelta a su imaginación, asegurando que la chusma de Hidalgo había sido barrida en el Monte de las Cruces. Se dieron vuelo diciendo que la acción de las Cruces había sido parte de una brillante estrategia, que distrajo a Hidalgo, ganando así tiempo para que el valiente Calleja llegara y acabara con los levantados.

En diciembre, Fermín de Reygadas publicó en El Aristarco una larga disertación que tituló Discurso contra el fanatismo de los rebeldes de Nueva España; en ella, en varias ocasiones, se refirió a la derrota sufrida por los insurgentes. Para hacer parecer más heroica la supuesta victoria realista, disminuyó significativamente el número de las fuerzas de Trujillo, lo relacionó con el triunfo de Calleja, de tal manera, que lo hacía parecer como una acción concertada, afirmando que “Ochocientos soldados leales en el Monte de las Cruces llenaron de espanto a más de ochenta mil rebeldes; como seis mil en Aculco arrollaron a cuarenta mil”.

Por su parte, el Consulado de Comerciantes de Veracruz hizo acuñar una moneda conmemorativa por la victoria, que en el reverso tenía la siguiente inscripción “Al excelentísimo señor Venegas, al regimiento de las Tres Villas y demás tropas que con sus comandantes Trujillo, Mendívil y Bringas sostuvieron la gloriosa acción del Monte de las Cruces. Veracruz”.

El 26 de octubre de 1811, por bando solemne, se convocó a celebrar en honor de las invictas fuerzas una misa en acción de gracias en la Catedral Metropolitana para conmemorar el primer aniversario de la victoria. Ya para entonces se aseguraba que la batalla era trascendente en sí misma por sus méritos militares, así como por su significado, ya que los rebeldes a los pocos días de su derrota se retiraron “aterrorizados del escarmiento, que habían experimentado, temiendo sufrir otros mayores, y desengañados de la constante y acendrada fidelidad de los habitantes de esta Capital”.

Años más tarde, por obra de la pluma de Lucas Alamán, la imagen del teniente coronel Torcuato Trujillo se transformó, pues, siendo un mal estratega y militar sin honor que traicionó la bandera de parlamento que por humanidad le habían presentado sus rivales, que abandonó el campo, que perdió su artillería y gran parte de sus hombres, se le comparó con ventaja con el general espartano Leónidas, quien en el siglo V antes de Cristo, con tan sólo 300 hombres logró contener al gigantesco ejército del persa Jerjes en el estrecho de las Termópilas.

La invención tuvo tanto éxito, que todavía en 1914 la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, publicó en Madrid un artículo en el que se menciona cómo la batalla de las Cruces fue el inicio de la decadencia de la revolución de Hidalgo.

El triunfo que los realistas no habían obtenido con las armas lo construyeron con ceremonias, medallas y mucha tinta. Con esto queda demostrado que no siempre la Historia la escriben los vencedores.

Fuente: Wikipedia. Raúl Alberto González Lezama. Jefe de Proyectos Históricos del INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Secretaria de Educación Publica. Creative Commons.

 
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