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RELACIÓN DE LOS SUCESOS EN GRANADITAS POR DON MANUEL GÓMEZ PEDRAZA

 

 

El 24 de noviembre de 1810, atacó a Guanajuato el ejército del general Calleja, al que yo pertenecía; una parte de ese ejército pasó al Vivac la noche de aquel día en Valenciana, y la mañana del 25 todas las tropas entraron a la ciudad. Una u otra mujer asomaba la cabeza por alguna ventana, y en sus semblantes estaban pintados el susto y la inquieta curiosidad.

En el silencio de la noche sólo se oían las pisadas de los caballos y de los hombres, o el estridor metálico de las cureñas de los cañones; una especie de estupor reinaba en aquella entrada fúnebre, tan diversa del estruendo de un asalto, como de la algazara de un triunfo; hubiérase creído que por instinto sentían todos el sobresalto y la pena que una gran catástrofe produce...

En efecto, el populacho, instigado, había pocas horas antes asesinado a más de doscientos españoles que se hallaban encerrados en Granaditas.

La infantería quedó alojada en la ciudad, y la mayor parte de la caballería acampó en Marfil y en sus inmediaciones. Allí me encontraba yo la mañana del 26, cuando recibí orden de presentarme con mi compañía al mayor general. Este jefe puso bajo de mi custodia y responsabilidad sesenta o más prisioneros (no hago memoria del número) personas escogidas y notables, previniéndome que los condujese a Granaditas y los entregara al coronel don Manuel Flon, conde de la Cadena, y segundo por su representación en el ejército.

Granaditas tiene dos puertas de entrada; la principal cae a una plazuela, y la otra está en un costado del edificio; aquella se hallaba abierta; la otra tapiada con adobes; yo formé mi tropa en la plazuela, y entré al funesto edificio, limpio ya de los cadáveres de los asesinados, pero no de la sangre y de los horrores, vestigios de la reciente matanza; el patio es cuadrado, o cuadrilongo, y está circuido de arcos, que forman cuatro corredores; en el fondo de éstos hay piezas aisladas; cuando entré al pavoroso patio, se paseaba por uno de sus costados el conde de la Cadena, única persona que había en todo aquel recinto. Este jefe tendría sesenta años; su estatura era la ordinaria; su traje sencillo y descuidado; una vasta casaca cubría sus anchas y abovedadas espaldas, y en sus bolsas ocultaba ambas manos; su cara ceñuda y esquiva, una piel hosca y rugosa; sus ojos hundidos, penetrantes y fieros; un mirar altivo y desdeñoso; sus cejas canosas, largas y pobladas, daban a su fisonomía un aspecto imponente e ingrato. El conde de la Cadena en su estado normal no se recomendaba por su exterior; pero en aquel momento sus pasos descompasados y tortuosos, su faz animada por la venganza, su boca contraída y convulsiva, manifestaban las pasiones violentas que lo dominaban, e imprimían a su persona un carácter de ferocidad salvaje e inexplicable, y tal era el hombre a quien di cuenta de mi comisión. Su respuesta, a poco más o menos, fue la siguiente.— Haga usted desmontar seis dragones y un cabo para que custodien la puerta... Distribúyanse los presos en esos cuartos... Consérvese el resto de la tropa montada. Y usted aguarde mis órdenes.

Así se hizo, y a pocos momentos entró el capitán don Manuel Díaz Solórzano, ayudante mayor del cuerpo de frontera de Río Verde, con uno o dos eclesiásticos; poco después ocupó el patio una compañía de infantería, y comenzó la escena que consigno a la historia.

El oficial Solórzano sacaba uno o dos presos a la vez de los cuartos en que estaban reclusos; les hacía en la puerta o en el corredor algunas ligeras preguntas, y sin más formalidad; lo enviaba a una pieza desocupada. Allí, uno de los sacerdotes lo confesaba, y  en el acto eran conducidos, vendados los ojos con sus mismos pañuelos, al pasadizo que remataba en la puerta tapiada. Cuatro soldados se destacaban de la fila, y fusilaban al sentenciado volviendo inmediatamente a incorporarse a la tropa, que a pie firme permanecía en el centro del patio, y a cargar sus armas. El señor Flon entretanto se paseaba inexorable y terrible en el corredor fronterizo al lugar de las ejecuciones, cebando sus ojos en ellas, y recreando sus oídos con el estallido de los fusiles.

A poco tiempo de esta carnicería, quedó el pasadizo inundado de sangre, regado de sesos y sembrado de pedazos de cráneos de las víctimas, hasta el extremo de ser preciso desembarazar el sitio de los cruentos escombros, sin cuya diligencia no podía ya pisarse el pavimento. Para ejecutar esta operación, se trajeron de la calle algunos hombres, y con sus mismas manos echaron la sangre y las entrañas despedazadas de los fusilados en grandes bateas, hasta desembarazar el lugar de aquellos estorbos para seguir la horrible matanza.

Uno de los presos, examinados por Solórzano avisó de una porción de plata labrada que estaba oculta en una casa; e instruido de ello el señor Flon me mandó con el delator y un piquete de mil dragones a recogerla. Al caminar para la casa pasé por el frente de una iglesia, en cuyo atrio yacían hacinados multitud de cadáveres de los españoles asesinados dos días antes. Ese montón de muertos estaba mal cubierto con algunos petates; los cuerpos abotagados por el sol... ¿Pero para qué referir tan repugnantes pormenores? Parece que aquel día tremendo, y de indecible memoria para mí, quiso la Providencia destinarlo a darme las primeras lecciones de lo que pueden ser los hombres abandonados de la razón.

Sepáreme de aquel segundo espectáculo de horror; llegué a la casa que me indicó el preso; recogí dos huacales con la plata deseada; y habiendo salido ya a la calle, se me acercaron dos jóvenes de noble continente y de buenos modales, suplicándome que les permitiera acompañarme para presentarse al general; yo seguí mí camino, y los jóvenes entiendo que vivían en la casa que acababa de visitar; entraron a la dicha casa con gran festinación, y a pocos momentos, cubiertos de capas y sombreros me alcanzaron en el camino; seguimos todos hasta Granaditas; los dragones se incorporaron en sus filas, los jóvenes quedaron puertas adentro del edificio, yo entregué la plata recogida a Solórzano, y pasé a dar cuenta de mi comisión al conde de la Cadena.

Éste se paseaba por el mismo corredor en que lo dejé a mi salida; pero en aquel momento leía un papel que tenía con ambas manos; me acerqué a hablarle, escuchó lo que le dije, separando los ojos del escrito, aunque sin dirigirlos a mí. Impuesto de mi relato, me despidió con un signo de su mano; yo le seguí algunos pasos para informarle de la aparición de los jóvenes que me habían acompañado; mas sin dejarme proseguir el informe, y sin alzar la vista del papel que había vuelto a leer, me respondió secamente... Que los fusilen.

Embargado y atónito al oír semejante sentencia, insistí en hablarle; pero entonces se paró, volvió la cara hacia mí, me lanzó una mirada aterradora y repitió con furiosa voz... Que los fusilen. Creo que Solórzano fue el que cumplió la orden; yo permanecí pasmado junto a una de las columnas del corredor; mi estupor fue tal que no recuerdo lo que en seguida sucedió.

Estoy persuadido que los dos jóvenes murieron muy luego. Aquella infernal hecatombe terminó poco después, y yo me retiré con el corazón lleno de luto a mi campamento.

Tal es el horrible recuerdo que he querido hacer constar en la historia. Cuando me acerqué la vez primera al conde de la Cadena, me pareció un hombre duro e intratable; cuando me separé de él para volver a Marfil, lo tuve por un monstruo, y ese monstruo, sin embargo, fue en Puebla un hombre íntegro, justiciero, activo, desinteresado; un buen gobernador, en fin. ¿Quién después de esto podrá comprender y definir a la miserable especie humana?

México, septiembre 3 de 1845.— Manuel Gómez Pedraza.

Calleja entretanto hacía labor en esto de las matanzas, pues levantó porción de horcas en las minas y diferentes puntos de Guanajuato; y aunque el gobierno procuró disminuir muchísimo el número de los fusilados, por sus mismas relaciones que se leen en las Campañas de Callejas (obra que se agregó por suplemento al Cuadro histórico), resulta que fueron no pocos los fusilados y ahorcados.

¡Mexicanos! A gran precio habéis comprado vuestra independencia. Apreciadla dignamente... y vosotros, facciosos, quien quiera que seáis, miraos en este espejo, temed por vosotros mismos, y no olvidéis que el que abre el abismo de una revolución, acaso lo ciega con su cabeza... A los que hoy veo empeñados en promoverla, después de las desgracias pasadas, me atrevo a augurarles esta suerte.

Fuente: Wikipedia. Juan e. Hernández y Dávalos, Colección de Documentos para la Historia de la Guerra de Independencia de México de 1808 a 1821, Tomo II. Coordinación Virginia Guedea, Alfredo Ávila. Universidad Nacional Autónoma de México 2008. La edición del tomo II de la Colección de documentos para la historia de la Guerra de Independencia de México de 1808 a 1821 estuvo a cargo de Edna Sandra Coral Meza, Rosa América Granados Ambriz, Raquel, Güereca Durán, Rodrigo Moreno Gutiérrez, Eric Adrián Nava Jacal , Gabriela E. Pérez Tagle Mercado, Claudia Sánchez Pérez. Proyecto DGAPA PAPIIT IN402602. Creative Commons.

 
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