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ÁGUEDA LOZANO

Nació en la ciudad de Cuauhtémoc, Chihuahua en 1944 y realizó sus estudios en Artes Plásticas en el Instituto de Bellas Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua, así como en la ciudad de Monterrey, Nuevo León.

a los 17 años decidió continuar con la carrera de artes plásticas iniciada en Monterrey y que su familia consideraba suficiente con un año para pasar a otra cosa que le generara independencia y seguridad económica. Ese lapso finalmente fue de cuatro años que asistió a la Universidad de Monterrey y digirió un taller de pintura y dibujo en la institución regia. Desde entonces la disciplina ha sido una constante así como su deseo de educarse como la única  vía del desarrollo humano.

A los 24 años vino a la ciudad de México ávida de conocer a los abstractos que había visto en libros; esas obras de Vicente Rojo, Manuel Felguérez y Arnaldo Cohen que le “decían cosas” de la misma manera que el trabajo de Rufino Tamayo y Georges Braque la inclinaban por una vía diferente a la figuración. Aquél acercamiento la enriqueció y buscó vías de acrecentarlo. Primero en la antigua academia de San Carlos acudió un solo día y no regresó jamás pues –dice- se dio cuenta que era buena y sabía dibujar. Ya traía una idea clara de su vena abstracta, quería exponerse con su trabajo, confrontar con otros autores lo que producía, y como no encontró puertas abiertas decidió irse a Europa para continuar. Ahora acepta que la ciudad la ahogaba por una razón que desconoce y tal vez no se dio el tiempo de asentar algo en México durante aquella época.

Lejos de su país, el primer terreno de aterrizaje fue Inglaterra. Vinieron después Italia, Alemania y Francia, donde se instaló en 1971 luego de ganar un concurso y obtener un taller en la Cité Internationale des Arts, en París. Ya en la capital gala continuó desarrollando esa motivación de origen sobre la creación de espacios, resolver pictóricamente problemas de luz y hurgar con las transparencias para dar cuerpo a esos elementos de rodean al ser humano: el viento, la piedra, la vegetación, el espacio, la materia. Todo eso que conforma a los seres como esencia pero que no son ni la anécdota ni el detalle del retrato.

Quince obras de gran tamaño, presentadas en la Galería Metropolitana (2004), fueron su retorno al terreno mexicano tras ocho años de ausencia. La Elocuencia del silencio en perfiles luminosos, álamos que pueden ser rayos o su sombra, acantilados, pendientes, soles de invierno, diques y escenarios al alba conformaron su actual léxico, capa tras capa de transparencias en ese acrílico que le funciona tan bien para desplegarse con la pintura.

Escultora de piezas situadas en La Place de México en París y en la defeña glorieta de San Jerónimo, adora a Rothko  y a Vieyra da Silva; los tacos, Brahms, la cascada de Basaseáchic y el desierto de Samalayuca. No le gusta la intelectualización de la pintura y refrenda cada vez: “No se pregunta lo que se ve, ni se explica el vértigo del amor, que fluye y refluye, que crea”. Y por eso, sin verbalizar en demasía, continúa confeccionando sus pinturas que son paz, sobriedad, síntesis, infinito.

Fuente: Wikipedia. Texto publicado originalmente en La Jornada Semanal (18/julio/2004). Integra el libro editado por la UANL. Creative Commons.

 
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