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LA TOMA DE POSESIÓN DE FÉLIX MARÍA CALLEJA COMO VIRREY DE LA NUEVA ESPAÑA

 

 

La toma de posesión de un virrey era motivo de solemnes ceremonias en el Reino de Nueva España y particularmente en la Ciudad de México. Casi siempre, los virreyes llegaban de la metrópoli al puerto de Veracruz, para de ahí dirigirse a la capital; no fue así en el caso del sexagésimo virrey, pues residía en Nueva España desde hacía casi un cuarto de siglo: Félix María Calleja del Rey llegó a nuestro territorio en 1789, acompañando al segundo conde de Revillagigedo, quien ese año precisamente se hizo cargo del gobierno virreinal.

Calleja del Rey nació el 1 de noviembre de 1753 en Medina del Campo, en Valladolid, España. Eligió la carrera militar y se especializó en cartografía, participando en varias de las contiendas en que se enfrascó la Corona española a finales del siglo XVIII. Su primer cargo en Nueva España fue el de capitán de infantería en el regimiento de Saboya. Cuando Miguel Azanza ocupó el cargo de virrey, Calleja recibió el grado de comandante de la brigada de infantería de la Intendencia de San Luis Potosí, donde defendió los territorios del norte de las incursiones de indios y filibusteros. En 1807 contrajo matrimonio con Francisca de La Gándara, una criolla de familia próspera y acomodada.

Contempló el inicio de la insurrección de Miguel Hidalgo, y acató las órdenes del virrey Francisco Xavier Venegas para socorrer a la Ciudad de México. En Aculco se enfrentó y derrotó por primera vez a los insurgentes. Recuperó también Guanajuato y obtuvo una sonada victoria en Puente de Calderón, donde empezó a ganar su fama de héroe para la causa realista.

Sus disciplinadas tropas se enfrentaron a las de Ignacio Rayón y, sobre todo, a las de José María Morelos en el sitio de Cuautla. Si bien Morelos logró escapar del cerco y huir, la toma de Cuautla fue para el gobierno virreinal un “triunfo”, no tan señalado, por cierto, como el que el mismo Calleja había obtenido en Calderón y posteriormente en Zitácuaro. Sin embargo, para ese entonces ya había consolidado su fama de azote de los rebeldes. Todos sus biógrafos señalan la extraordinaria popularidad de que gozaba entre la tropa, así como la enemistad que se había fraguado entre él y su antecesor, el virrey Venegas.

Las circunstancias en España favorecieron a Calleja, pues con la jura de la Constitución de 1812, el cargo de virrey que a partir de entonces fue denominado “Jefe Político Superior”, perdió facultades y atribuciones. La zozobra en que estaba sumido el reino con motivo de la guerra y la popularidad de Calleja permitieron a este último participar en las críticas y rumores contra Venegas, con el argumento de que era incapaz de poner fin a la contienda, asegurar la paz y tranquilidad de Nueva España. Su casa de la calle de San Francisco se convirtió en un centro de hablillas e iniciativas para alejar del mando a Venegas.

Incluso Lucas Alamán señala que algunos partidarios de la independencia le propusieron ponerse al frente de su causa, a través de la sociedad de Los Guadalupes. El mismo Alamán cuenta que al parecer Calleja no se negó a estos coqueteos, si bien con la esperanza de descubrir a quienes desde la capital ayudaban en secreto a los rebeldes. La cuestión es que entre sus partidarios hubo quienes se encargaron de hacer llegar, por diversos medios, las quejas sobre Venegas a la Regencia de España.

En esos días, el todavía virrey ofreció a su acérrimo enemigo el nombramiento de Comandante General de las Provincias Internas. Dicho cargo fue rechazado, lo que no hizo más que confirmar públicamente la desavenencia entre ambos. Los rumores aumentaron cuando en cambio, antes de acabar el año de 1812, aceptó el nombramiento de Comandante General de México, empleo que Venegas dio a conocer a la guarnición de la capital, llenando de elogios a su conocido rival. Ese mismo día (29 de diciembre), recibió también Calleja el grado de teniente coronel del cuerpo de Patriotas de Fernando VII.

Muchos afirmaban que, al ponerlo al mando en la ciudad, Venegas se aseguraba de vigilarlo, de que le rindiera cuentas y de hacerle sentir su superioridad jerárquica. Las murmuraciones aumentaron cuando, apenas una semana después, le fue conferida la presidencia de una junta militar que asumió las funciones de la extinta Junta de Seguridad (es decir, juzgar las causas de infidencia). Otros pensaron que Calleja aceptó estos nombramientos porque ya sabía (o al menos esperaba), que iba a ser el sucesor de Venegas. A esto debemos añadir que el control de las tropas en la capital no era una plataforma despreciable para seguir ejerciendo su influjo y aumentar su poder.

Además, Calleja amaba la pompa militar, los desfiles y paradas, los uniformes, las marchas, en fin, todo el aparato que rodeaba al ejército, y no perdió ocasión de demostrarlo. A dos días de haber tomado a su cargo las tropas de la ciudad, organizó un vistosísimo y nutrido desfile ¡para felicitar por el año nuevo a Venegas! ¿Quiso demostrar su pericia en la organización y lucimiento de sus tropas como prueba de que era el único capaz de acabar con la rebelión? ¿Simplemente hacer palidecer de rabia al virrey, que no tendría más remedio que agradecerle cumplidamente cuando lo viera con sus hombres perfectamente formados, los uniformes impecables, las marchas militares inundando con su marcial sonido la Plaza Mayor y su aspecto soberbio al frente de los soldados?

Tal vez obró movido por ambos resortes. No podemos estar seguros de si sabía la buena noticia cuando fue a recibir órdenes de su jefe el 28 de febrero de 1813, pero ese día Venegas le comunicó su nombramiento como virrey, emitido por la Regencia de Cádiz exactamente un mes antes. Fue su antecesor quien salió a recibirlo en la primera sala de palacio y lo felicitó por el cargo que a partir de entonces ocuparía; incluso cuentan las crónicas que esa misma tarde pasó a su casa (que había pertenecido al marqués de Moncada y en la que después vivió Iturbide) a hacerle una cumplida visita de cortesía.

El 4 de marzo de 1813 tomó Calleja posesión del cargo de Jefe Político Superior. El Ayuntamiento, con el estricto cuidado y la pompa con que rodeaba estas ceremonias, le acompañó por todo el trayecto de San Francisco (hoy Madero) pasando por las calles de Vergara, Tacuba y Empedradillo, hasta el Palacio Virreinal. En el salón principal ya lo aguardaba su antecesor, en compañía de los demás cuerpos y órganos de gobierno. Allí le entregó con toda solemnidad el bastón de mando y desde luego pasaron a la sala del Real Acuerdo, donde prestó por la señal de la cruz, por el rey y por Castilla, el acostumbrado juramento.

Fue ése el último día de Venegas en palacio; se trasladó a una casa particular hasta su salida a Veracruz el 13 de marzo, y cuentan cronistas de todos los bandos que, a pesar de lo que solían enriquecerse los virreyes, éste tuvo que pedir prestado para el viaje, lo que coinciden en señalar como muestra de su probidad y honradez al frente del erario.

Calleja tomó el mando de un país divido, asolado, con arcas prácticamente vacías, y en una de las más difíciles situaciones que haya podido enfrentar alguno de los virreyes de Nueva España. Su disciplina férrea y su sentido del deber y la organización hicieron que no se amilanara al frente de tan angustiosas y acuciantes tareas. Nos explican también el tono de la famosa proclama que emitió el 26 de marzo, a pocos días de haber tomado posesión.

Al confiscar las propiedades de la Inquisición y pedir un préstamo de dos millones, tuvo mejores condiciones para la reorganización del reino, particularmente de su ejército, que por los más diversos medios acrecentó hasta llegar a un número aproximado de 40 000 hombres, a los que se sumaron al menos otros tantos milicianos, reclutados entre la población civil. Se esforzó igualmente por establecer condiciones para reanudar el comercio y el correo. En 1814, con el regreso de Fernando VII a España y la abolición de la constitución de Cádiz, el cargo de Jefe Político Superior recobró el antiguo nombre de virrey. Un par de años después, Calleja abandonó su puesto para ser sucedido por Juan Ruiz de Apodaca.

Nunca se arredró ante el que consideraba su deber: la fidelidad a la Corona le hizo usar los métodos más expeditivos y crueles en contra de la insurgencia (y en contra a veces de los intereses particulares de algunos realistas). Por eso no fue un virrey querido más que entre las tropas, que lo seguían considerando su jefe máximo y un destacado militar, y entre algunos realistas. Por lo demás, ha sido duramente denostado por la historiografía liberal. Pero el 4 de marzo de 1813, aunque las demostraciones de regocijo público no fueron las acostumbradas, se repitió en forma idéntica la solemnidad del ceremonial de la toma de posesión.

A su regreso a España su fidelidad y servicios fueron premiados con numerosas distinciones: las mayores condecoraciones (denominadas grandes cruces) que otorgaba la Corona, el título de Conde de Calderón, y el nombramiento como capitán general de Andalucía y gobernador de Cádiz. Es interesante anotar que su ejército fue de los que en la península se unieron en 1820 al levantamiento de Rafael de Riego en favor del restablecimiento constitucional, y que fue hecho prisionero por sus propios hombres hasta que se restableció el gobierno absoluto en 1823. Para ese entonces, su sueño de participar en una “reconquista” de los territorios ultramarinos, ya era de todo punto imposible: su antiguo virreinato era, desde hacía casi tres años, una nación independiente.

Fuente: Wikipedia. Magdalena Mas. INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.Secretaría de Educación Pública  2013. Creative Commons.

 
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