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LA MUJER NORTEÑA; SU VIDA EN EL SIGLO XIX

 

En la región norte de la República Mexicana, denominada antiguamente “tierra dentro” o “región incógnita”, se ha jugado gran parte del destino de nuestra patria. A lo largo del siglo XIX fue escenario de decisivos acontecimientos nacionales. Sus habitantes participaron en La Revolución de Independencia; en las luchas contra las intervenciones norteamericanas y francesa. En el norte encontró amparo el gobierno liberal durante la guerra de Reforma; surgió el movimiento libertario de los hermanos Flores Magón y fue cuna de importantes líderes de la Revolución Mexicana.

En los Estados septentrionales se libraron diversos conflictos: la guerra con los Estados Unidos, que tuvo como consecuencia la reducción de nuestro territorio; las constantes incursiones de los indios “bárbaros” que asolaban recursos, pueblos y ranchos; las invasiones de filibusteros que saquearon riquezas y pretendieron independizar Sonora y Baja California, las sublevaciones de indios yaquis que, en repetidas ocasiones, alteraron la estabilidad de la zona.

La historia nacional ha registrado todos estos acontecimientos. El historiador se ha preocupado también por reconstruir la economía y las condiciones de vida de las comunidades, haciendas y centros de población más destacados en el norte. No obstante la extensa documentación con la que ya contamos, existe una omisión cada vez más evidente: las múltiples capacidades y actuaciones de la mujer han sido ignoradas destacándose – si acaso – a las heroínas, a las “villanas”, o a las “musas” de los grandes hombres.

Las mujeres también han construido la historia. De diversas maneras han estado presentes, de ahí que si queremos lograr una visión integral de México moderno, resulte indispensable rescatar sus experiencias.

La población femenina que habitaba el norte del país pertenecía a diversos grupos sociales y étnicos. A lo largo de la historia se ha dado atención privilegiada a ciertos grupos mientras que otros han permanecido en el anonimato. Esta carencia de información ha impedido que en la muestra se plasme una visión más completa respecto de las condiciones de vida de las distintas mujeres que habitaron el norte durante el siglo XIX.

LA POBLACION FEMENINA

A finales del siglo la población femenina en el norte de México constituía cerca de la mitad de los habitantes de la región. Sin embargo en algunos Estados como San Luis Potosí y Zacatecas, el número de mujeres superaban notablemente al de los hombres.

De cada diez mujeres norteñas, siete eran menores de treinta años y de éstas un poco más de la mitad no alcanzaban los quince años; así, la población femenina estaba formada en su mayoría por menores de edad y las mujeres casadas constituían menos de la tercera parte.

De acuerdo a censos de la época, las mujeres estaban repartidas en diferentes etnias: la mayoría eran mestizas, pocas indígenas y menos las extranjeras. En la diversidad de grupos indígenas de la región las mujeres se distribuían principalmente entre “mexicanos”, tarahumaras, mayos, yaquis y huastecos; una proporción menor se encontraba en las congregaciones seris, pápagos y pimas.

Por lo que hace a la ordenación clasista de la organización social, las mujeres de los sectores dominantes significaban sólo una pequeña fracción respecto a la población femenina, proletaria o campesina.

MATERNIDAD

A lo largo de la historia, la misión fundamental que se ha atribuido a las mujeres ha sido la maternidad. Sus tareas maternales, no compartidas usualmente por sus esposos y compañeros, han sido las de prodigar el cuidado de los hijos, la enseñanza de los hábitos higiénicos, de las costumbres, de las normas y valores sociales y religiosas.

En el desempeño de la maternidad las mujeres del norte, durante el siglo XIX, dispusieron de distintos recursos económicos y culturales, de acuerdo al grupo social y étnico en que se desenvolvían. Innumerables relatos de viajeros que recorrieron la región durante el siglo, al igual que descripciones de cronistas locales, dieron testimonio de las diferencias entre las distintas mujeres en el desempeño de la maternidad. De igual manera visualizaron a México como el paraíso de la infancia por el cariño con que se trataba a los niños en la familia y la calidez maternal que se le ofrendaban al recién nacido, no obstante que el número de hijos en el hogar fuera elevado.

Las mujeres de las clases dominantes se auxiliaban con el trabajo de otras mujeres – “chichihuas” y “pilmamas” – que amamantaban, criaban y cuidaban a sus hijos. Estas madres entretenían a los niños con cuentos y leyendas, durante los escasos ratos que les dedicaban, al igual que imponían una disciplina liviana al hacer una travesura. Las niñas de las clases acomodadas aprendían de sus madres a bordar, a expresarse con distinción y a ser buenas católicas. De ellas se esperaba que se convirtieran en mujeres virtuosas y pasivas para que cumplieran con sus futuros deberes de esposas y madres, repitiéndose de esa manera la historia.

Las madres en los grupos sociales medios (rancheros, pequeños comerciantes y artesanos), atendían ellas mismas el cuidado de sus hijos, enseñándoles las tareas en el seno del hogar. Especialmente orientaban la instrucción de las niñas hacia el aprendizaje de las labores domésticas de la cocina, la costura y los bordados.

Las mujeres de los grupos indígenas sólo se valían para el ejercicio de su maternidad con la enseñanza tradicional de sus propias madres. Es común encontrar en las descripciones de los viajeros cómo la maternidad de las indígenas era asumida como un acto de la naturaleza. Se sabe que la mujer yaqui, sin asistencia, daba a luz a sus hijos cerca de un río o de una noria, lavaba al niño y así misma, regresando casi de inmediato a sus tareas hogareñas, tanto para el cuidado del recién nacido como para la atención de los otros miembros de la familia. Para las madres indígenas criar y educar a sus hijos era una labor más de las que cotidianamente realizaban en su comunidad. Los niños crecían en medio de la constante actividad de sus madres y de allí su precoz aprendizaje y rápida integración al medio social.

ORGANIZACIÓN FAMILIAR

La organización familiar fue de carácter diverso y se conformó de acuerdo a los grupos sociales y étnicos de la región.

Por lo general se siguieron las normas establecidas por la iglesia católica desde la Colonia: el matrimonio monógamo con una numerosa descendencia. El funcionamiento de la institución familiar no se modificó de manera notable a lo largo del siglo, aunque en 1857, con la reforma, se introdujeron preceptos legales para el matrimonio civil.

Entre las clases altas y las medias era fácil distinguir la permanencia de los usos y costumbres católicas respecto de la familia y el hogar. Entre los grupos y sectores sociales más desprotegidos se siguieron con la práctica de las uniones libres. A su vez, en las poblaciones indígenas se seguían los rituales tradicionales respecto de la organización y el comportamiento familiar. En algunas etnias como las comanches y apaches pervivió la poligamia; de la misma manera que entra los yaquis prevaleció una mayor libertad en la formación y permanencia de la familia y el intercambio de mujeres.

Existen referencias constantes a familias muy numerosas, en algunos casos de veinte a más hijos. También se hallaban familias extensas que se ampliaban con parientes cercanos, compadres y ahijados. Era práctica frecuente la organización matrilineal, consiste en la congregación de los parientes de la familia del marido alrededor de la esposa y su familia, en el lugar de origen de la mujer. Paralelamente a la existencia de familias numerosas se registran niños abandonados o huérfanos de padre y madre que poblaron los hospicios situados en las ciudades de la región.

TRABAJO DOMESTICO

El trabajo doméstico fue el tipo de actividad que congregó a la mayoría de las mujeres adultas de la región. Los Estados de Zacatecas, Durango y Tamaulipas tuvieron la mayor proporción de mujeres dedicadas a las labores hogareñas.

Las mujeres de los grupos indígenas no sólo realizaban las tareas del hogar sino que participaban también en el trabajo que desarrollaba la comunidad para su supervivencia. Las mujeres apaches y comanches preparaban los alimentos, recolectaban frutos y raíces silvestres y curtían las pieles de los animales que cazaban los hombres. Los pápagos acarreaban agua desde “ojos” cercanos, tejían cestas, hacían ollas y utensilios de barro, sembraban el surco trazado por sus compañeros, cosechaban los frutos y preparaban los alimentos, los ópatas y yaquis, también sembraban, cosechaban, cuidaban del ganado, cocinaban, tejían y cosían las prendas de vestir de la familia, y acudían al mercado a vender legumbres y vasijas. Las mujeres indígenas realizaban todas estas tareas al tiempo que cuidaban y educaban a los hijos y les enseñaban desde muy temprana edad.

En las rancherías y en los pueblos agrícolas y ganaderos, las mujeres se ocupaban del mantenimiento de las viviendas, de la elaboración de los alimentos, de cultivar los huertos y cuidar los animales domésticos; elaboraban las prendas de vestir y cuidaban de los hijos.

Por el contrario, las mujeres de los ricos hacendados, mineros y comerciantes se limitaban a administrar el hogar y contaban con numerosas sirvientas que realizaban el trabajo pesado de la casa.

TRABAJO ASALARIADO.

Tradicionalmente se ha reconocido que la mujer trabaja cuando percibe un salario por la actividad que desempeña. Este hecho ha marcado una supuesta línea divisoria entre la “mujer que trabaja” y el ama de casa. Más aún, si su participación en los servicios o en las consideradas actividades productivas no se valora, y por lo tanto no se le paga, la mujer misma no se reconoce como trabajadora sino como ama de casa. Este es un fenómeno histórico observable también entre las mujeres del norte del país durante el siglo pasado.

El censo de población de 1900 muestra los siguientes datos: el 17 % de las mujeres dijeron ser trabajadoras; un 13% declaró no tener ocupación alguna; el 70% restante, realizaba labores domésticas.

La mayoría de las mujeres norteñas habitantes de medios rurales, alternaba los quehaceres domésticos, las faenas agrícolas y el trabajo artesanal, que incluía las siguientes actividades: alfarería, cestería, curtiduría y jardinería, el tejido de palma y otras fibras vegetales.

Por su parte, la minoría femenina que radicó en los centros urbanos pudo emplearse en una mayor variedad de trabajos, dentro de un campo de acción restringido. Aquellas mujeres que de forma eventual o permanente desempeñaron trabajos extra hogareños, realizaban en su mayoría diferentes servicios: dependientas, empleadas públicas, profesoras, telegrafistas, aguadoras o tortilleras. Se ocuparon también en pequeñas manufacturas o artesanías: pasteleras y dulceras, bordadoras, costureras y modistas, por mencionar algunas.

Debido a que el desarrollo industrial del norte del país fue escaso y sólo en algunos Estados, una minoría de las mujeres trabajadoras se empleó en las fábricas dedicadas a la elaboración de hilados tejidos o a la elaboración de tabacos. Para este trabajo eran solicitadas especialmente las mujeres, debido al mayor rendimiento por su habilidad manual y el hecho de que se conformaban con menores salarios. Las necesidades económicas de las mujeres obreras las llevaban a aceptar jornadas de hasta 18 horas diarias. Los empresario justificaban esta brutal explotación, argumentando que sin el recurso del trabajo las mujeres “se entregarían a la ociosidad o a los vicios y perecerían víctimas miserables de su inacción” (J.A. Escudero. Noticias estadísticas del Estado de Durango. 1849). Entre los mineros había también mujeres, las llamadas “pepenadoras” que realizaban el trabajo de pepenar o seleccionar las pepitas de oro.

Sólo un pequeño grupo de mujeres privilegiadas egresó de las escuelas de estudios superiores y ejerció su profesión: médica alópatas, farmacéuticas, dibujantes, pintoras y escritoras. A lo largo del siglo XIX, las mujeres del norte al igual que el resto de las mexicanas, vivieron una situación social desventajosa que ahora llamamos “subordinada”. Esta circunstancia se reflejó claramente en la esfera del trabajo asalariado: 70 de casa 100 mujeres fueron criadas o sirvientas, lavanderas, molenderas o costureras a domicilio.

Tanto la clase social como el entorno cultural en el que en general de desenvolvieron, determinó las opciones y las condiciones de trabajo de las mujeres en los Estados norteños.

EDUCACION Y VIDA CULTURAL

En lo que respecta a la educación escolar de las mujeres esta era muy limitada. Tan sólo un 10% de las niñas en edad escolar asistía a la escuela, el 73% de las mujeres mayores de los doce años eran analfabetas. Las escuelas primarias – oficiales y particulares – estaban destinadas en su mayoría a los varones; seguían en orden de importancia las escuelas mixtas y, por último, las de niñas. En la enseñanza media y superior las escuelas eran mixtas, sin embargo predominaban en ellas el alumno masculino; por el contrario, en las escuelas normales la población era básicamente femenina.

En este siglo XIX, durante la reforma, tuvo lugar una amplia polémica en la relación al tipo de educación que debía recibir la mujer y aunque hubo avances, pues en la legislación respectiva se incluyó a la mujer, el concepto que sobre ella se tenía no cambió sustancialmente: “A la mujer tampoco la consideramos en el provenir que deseaban los reformadores más audaces: igual al hombre en las cátedras, en los tribunales, en la tribuna y acaso en los campos de batalla. Nos fijaremos en la mujer tal cual hoy alumbra nuestro hogar, brilla en los festines y en los bailes, desciende del altar para formar una nueva familia y se encuentra terminantemente clasificada por las leyes divinas y humanas.” (Ignacio Ramírez. Obras. 1867)

La educación que recibían las alumnas en la escuela primaria era de tipo general: leer, escribir, hacer cuentas y coser. Las actividades restantes – el canto, la declamación y el bordado – sólo se enseñaban a las niñas ricas. Las alumnas pobres aprendían, en cambio, las labores domesticas.

Las niñas indígenas no tenían escuelas, todo lo aprendían en la comunidad, sus principales maestros eran el padre y la madre. En algunos grupos el padre les enseñaba a afrontar la vida, las cosas bellas de la naturaleza, los cantos y la música. La madre les enseñaba el trabajo duro del hogar.

La mujer del norte se incorporó a las actividades culturales de la región en la medida de sus posibilidades. Un pequeño número de ellas participó como profesionista en el mundo de las ciencias y, en mayor cantidad, se incorporación a la producción artística literaria. La mujer estuvo también representada en la prensa. En algunos Estado del norte del país se editaron periódicos femeninos cuyo contenido fue variado: modas, crónica social, comentarios de espectáculos y aspectos de cultura general.

RECREACION

En los ratos de recreación y de ocio la mujer asistía a lugares de encuentro cotidiano como la iglesia y los paseos que se celebraban en las plazas o avenidas. Las reuniones en las casas eran también frecuentes; en ellas se conversaba, se jugaba a los naipes, amenizándose con música y canciones que generalmente interpretaban las damas. No faltaban los festejos extraordinario como bailes, carnavales y mascaradas o el arribo de las compañías de ópera y de teatro. En toda ocasión las mujeres ricas lucían sus mejores joyas y trajes.

Otro tipo de festejos se realizaban en fiestas religiosas: navidad y semana santa. A ellos acudían todos los habitantes de la localidad, sin distinción de clases. En estas fiestas no sólo se cumplía con los deberes religiosos sino que, de hecho, se convertían en ferias populares, en las que se encontraban todo tipo de diversiones y de mercancías.

MORAL SOCIAL

Las normas del buen comportamiento que regían la vida social y privada de las mujeres, estuvieron fuertemente influidas por la región católica y la tradición hispana. De las mujeres se esperaban actitudes delicadas y nobles sentimientos.

Pasividad, recato, discreción, castidad, fidelidad y sumisión, debían ser entre otras cosas las cualidades femeninas, sobre todo en poblaciones pequeñas, donde la intimidad y la primacía casi no se conocían. Los chismorreos y la implacable censura marcaban para siempre y marginaban a las mujeres que por ignorancia, debilidad o atrevimiento, traspasaban las fronteras de la conducta permitida. La mujer soltera – entre las clases altas – debía ser virgen y sólo se concebía como madre a la mujer casada. Así, soltera-virgen y casada-madre eran las dos únicas alternativas posibles.

Los ritos y las costumbres del noviazgo transcurrían entre miradas furtivas y el coqueteo, apenas perceptible en las ferias, y los paseos, el teatro o la iglesia. Más tarde los jóvenes iniciaban las rondas en torno a la casa de la amada. A través de los balcones, en las horas convenidas, fluía recatado el diálogo amoroso. La estrecha vigilancia familiar cuidaba el honor y la integridad de las señoritas casaderas.

La ceremonia de enlace, el día de la boda religiosa, marcaba una nueva etapa en la vida de las mujeres. La virginidad se convertía en requisito indispensable. A partir de entonces, el ejercicio de la sexualidad “decente” tenía como fin la procreación de una nutrida descendencia. A la mujer – ahora madre – se le exigía, ante todo, fidelidad, sumisión y total entrega a sus responsabilidades familiares, recibiendo en general el desprecio callado o el maltrato del hombre. Las obligaciones de la mujer no varía sustantivamente durante la reforma, en 1859, que instituye como válido sólo el matrimonio civil.

En el caso de las mujeres indígenas las costumbres eran otras. Entre las apaches: “… el matrimonio se verifica, comprando el novio la que ha de ser su mujer, a su padre o pariente principal, dando por ella algunos caballos, pieles o armas; de aquí dimana el trato servil que sufren, y que sus maridos sean árbitros hasta de su vida. Muchas veces se disuelve el contrato por unánime consentimiento de los desposados, y volviendo la mujer a su padre, entregaría a éste lo que recibió por ella. Otras terminan por fuga que comenten las mujeres, de resultas del maltrato que experimentan, en cuyo caso se refugian bajo el amparo de algún indio de crédito por su valor, y el que se considera más débil, no se atreve a reconvenirle.” (J.A. Escudero. Noticias estadísticas de Chihuahua. 1834).

Cuando contraía matrimonio una mujer pápago no se celebraba ninguna ceremonia. El marido pasaba cuatro noches en casa de la familia de la esposa, si se entendían se consideraba consumado el matrimonio. La mujer , entonces se trasladaba a casa del marido a vivir con toda la familia. El padre de ella, antes de que partiera le daba varios consejos: “queremos que te portes bien, como siempre te hemos enseñado. No esperes a que tu suegra te diga lo que debes hacer. Levántate temprano, busca trigo, muele harina. Si no puedes hacer tortillas, ten lista la harina para que ella las haga. Quédate allá y allí haz tu hogar. Quédate en casa, no andes de callejera. Haz tu trabajo, acarrea leña y cocina algo. Cualquier cosa que haya. Cualquier trabajo que más, hazlo. No vayas a las casas de la gente, ni perder el tiempo en chismes. Los chismes pueden arruinar un buen hogar. Hazle caso a tu marido. No hables cuando él esté hablando, porque es como tu jefe. No le pidas que te lleve aquí y allá, pero si él quiere que vayas, ve aunque no te guste. No te vayas a enojar un buen día con tus suegros. No creas que pueden venir corriendo a casa. Vendrá un día en que tu marido quiera visitarnos y te traerá. Ahora aquélla será tu casa y si tienes buena suerte vas a envejecer y morir allí. Así es como debe ser”. (Ruth Underhill. Biografía de una mujer pápago. 1931-1935).

Los usos y costumbres variaban según se tratara de mujeres rancherías, indígenas o urbanas. No obstante, la severidad de la moral social fue sufrida más por las mujeres que por sus padres, maridos o hermanos.

La contraparte de esta rigidez en la moral social la constituía el fenómeno de la prostitución. La ejercía el 8% de la población económicamente activa. “En los días de fiesta, los mercados suelen ser concurridos por vendedores de placer, que venden al mismo tiempo esencias y perfumes, artículos de gran demanda. Usan una especie de toalla o rebozo de figura cuadrilonga. Los zapatos son un lujo para ellas, usan zapatos de razo o seda o algo que se les parezca.” (Vicente Calvo. Descripción del departamento de Sonora. 1843).

PARTICIPACION POLITICA

En el norte, la mujer además de estar en los ámbitos que tradicionalmente le han sido asignados, participó de muy diversas maneras en la política. Al consumarse la Independencia, aparece en Zacatecas el primer reclamo de las mujeres por la igualdad de derechos: exigían al gobernador de la entidad el trato de ciudadanas como reconocimiento a los servicios que habían prestado a la causa.

Durante la invasión extranjera que sufrió el país, sobresalen en el norte mujeres que realizan hechos diversos y relevante: Loreto Encinas de Avilés en Sonora, Agustina Ramírez en Sinaloa, Leonarda González, María de Jesús Dosamantes y María Josefa Zozaya en Nuevo León. Pero fundamentalmente hubo infinidad de mujeres anónimas que, incorporadas a la lucha, desarrollaron todo tipo de trabajos trascendentes: correos, cuidado de los heridos, ayuda a las familias de los muertos, suministro de pertrechos de guerra, etc.

En el transcurrir del siglo, la lucha característica de la mujer estará inscrita en todas las luchas obreras. Pedirán reivindicaciones laborales, derecho al trabajo con salarios equiparados a los del hombre pero también exigirán protección a su maternidad y protección al trabajo del niño. Las mujeres mineras, textileras, tabacaleras, junto a los obreros efectuaron diversas acciones en todo el país.

Se publican periódicos que actúan como órgano de agitación y organización para las mujeres, tal es el caso de La Voz de Ocampo que edita en Parral Juana Gutiérrez de Mendoza; el Libertario y Tierra y justicia que aparecen en San Luis Potosí y en los que colabora activamente Dolores Jiménez Muro; el Porvenir en Chihuahua, entre otros.

El partido liberal Mexicano, encabezado por los hermanos Flores Magón, incorpora en su programa la problemática de las mujeres obreras y las trabajadoras domésticas que sirven de base para el surgimiento de organizaciones de mujeres que al lado de los obreros se multiplican por toda la República.

El periódico Regeneración, órgano del Partido Liberal Mexicano y con gran difusión en el norte, muestra constantemente sus páginas su preocupación por la situación social de las mujeres: “compañeras: la catástrofe está en marcha, airados los ojos, el rojo pelo al aire, nerviosas las manos prontas a llamar a las puertas de la patria. Esperémosla con serenidad. Ella, aunque trae en su seno la muerte, es anuncio de vida, es heraldo de esperanza. Destruirá y creará al mismo tiempo; derribará y construirá. Sus puños son los puños formidables del pueblo en rebelión. No trae rosas ni caricias: trae un hacha y una tea. “necesario, es pues, ser solidarios en la gran contienda por la libertad y la felicidad. ¿Sois hermanas? ¿Sois hijas? Vuestro deber es ayudar al hombre; estar con él cuñado vacila, para animarlo; volar a su lado cuando sufre para endulzar su pena y reír y cantar con él cuando el triunfo sonríe. ¿Qué no entendéis de política? No es ésta una cuestión de política; es una cuestión de vida o muerte. La cadena del hombre es la vuestra ¡ay! Y tal vez más pesada y más negra y más infamante es la vuestra. ¿Sois obrera? Por el sólo hecho de ser mujer se os paga menos que al hombre y se os hace trabajar más; tenéis que sufrir las impertinencias del capataz o del amo, y si además sois bonita, los amos asediarán vuestra virtud, os cercarán, os estrecharan a que le deis vuestro corazón, y si flaqueáis, os lo robarán con la misma cobardía con que os roban el producto de vuestro trabajo.

“Bajo el imperio de la injusticia social en que se pudre la humanidad, la existencia de la mujer oscila en el campo mezquino de su destino, cuyas fronteras se pierden en la negrura de fatiga y el hambre o en las tinieblas del matrimonio y la prostitución”. (Regeneración. 24 de septiembre de 1910).

Fuente: Wikipedia. Instituto Nacional de Antropología e Historia. Realizaron la investigación histórica: Dirección de Estudios Históricos del INAH. Ma. Soledad Arbeláez.; Concepción Ruiz-Funes; Marcela Tostado G.; Enriqueta Tuñon. Agradecemos especialmente la colaboración del profesor Ignacio del Río, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM; de la profesora Ma. Esther Jasso, Directora de la Biblioteca Orozco y Berra de la Dirección de Estudios Históricos del INAH y de la Profa. Elsa Malvado, investigadora del mismo centro. Fotografía: Manuel Zavala. Diseño gráfico: Josefina González de la Vara. Cuidado de edición: Marcela de Aguinaga. Diagramación: Rigoberto Rosales. Creative Commons.

 
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