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PEDRO TAMARÓN Y ROMERAL, OBISPO DE UN VASTO TERRITORIO

Cuando el prelado llegó a su obispado, el 22 de marzo de 1758, donde desempeñó el cargo hasta su muerte, informó de inmediato al rey sobre el bienestar que le produjo llegar a la diócesis que se le había asignado, del buen trato que recibió de sus vecinos y de su deseo por comenzar de inmediato la visita pastoral(1) para dar cumplimiento a la Cédula real de Villaviciosa de abril de1759 y de una carta de mayo de 1760. En ellas se le pedía informar sobre los límites de su obispado, el estado de sus provincias, el nombre, número y calidad de los pueblos, vecindarios, naturaleza y estado y progreso de los mismos para que todo ello condujera al pleno conocimiento del territorio.

El obispo encontró la ciudad de Durango, sede de su obispado con un nivel de riqueza muy dispar, bien ordenada, con 8,937 habitantes según Lafora(2), y con haciendas y ranchos productivos que aportaban suficientes contribuciones a la Iglesia. Pedro Tamarón llegó a su diócesis con una experiencia de treinta y cinco años en el obispado de Caracas, a lo largo de los cuales había desempeñado todos los oficios, destacando diecisiete como cura y dieciocho como maestrescuela y chantre, vicario foráneo, juez de diezmos y el de visitador general de todo el obispado(3).

Pedro Tamarón nació en la Villa de la Guardia, del Arzobispado de Toledo en 1695 y murió en Bamoa, Sinaloa, el 21 de diciembre de 1768 a la edad de 73 años. Sus padres fueron don Pedro Tamarón y doña María Romeral Vázquez; tuvo un hermano de nombre Francisco(4), que fue abogado de los Reales Consejos y su apoderado en Madrid, y tres hermanas religiosas en el convento de Santa Clara de Ocaña a las que sostuvo remitiéndoles dinero en fanegas de cacao desde 1748 hasta 1754, con envíos que fueron interrumpidos por las guerras contra los ingleses.

Llegó a las Indias en 1719 como familiar del prelado don Juan Joseph de Escalona y Calatayud(5) obispo de Caracas. Recibió el grado de bachiller en Artes y en Cánones en su tierra natal y con este nivel se incorporó a la universidad de Alcalá, donde continuó sus estudios. Al llegar a la ciudad de Caracas ingresó a la universidad de Santa Rosa, de la que recibió los grados de licenciado y doctor. Al obispo le acompañaron el bachiller Felipe Cantador(6) (secretario, mayordomo y maestro de ceremonias y atendía además, las cuestiones personales del obispo, las de su casa y su familia), el doctor Antonio José Suárez de Urbina(7), el licenciado José Francisco Monserrate(8) y Vicente de la Mota(9), todos ellos naturales de Caracas, a quienes colocó en cargos de importancia en la diócesis duranguense. De carácter fuerte, demostró ser un gran observador, trató de actuar con prudencia y paciencia, no hacía caso de embustes y, en palabras del obispo Escalona era prudente, maduro y celoso de su deber pastoral(10).

Durante su prelatura realizó frecuentes visitas por su obispado(11); de ellas concluyó que había dos grandes necesidades: una espiritual y la otra de orden civil. En los pueblos de la Sierra Madre Occidental, de «gentes serranas»(12) creó cinco vicarías, dos en la provincia de Sonora (Culiacán y Álamos) y tres en la de la Nueva Vizcaya (Paso del Norte, Chihuahua y Parral). Pedro Tamarón fue un prelado de vasta cultura; llegó a formar una biblioteca de 339 títulos y 887 volúmenes, con ediciones que iban de 1564 hasta 1767; se mantuvo al día

como lo demuestra, por ejemplo, el que en 1758 recibiese de su hermano Francisco, residente en Madrid, veintiocho libros, o que el origen de si biblioteca procediese de imprentas de Amberes, Madrid, Lyon, Venecia, Mantua, París, Luxemburgo, etc., o que allí estuviesen representadas las más diversas materias.

TIEMPO DE CAMBIOS

Con la llegada de Tamarón al obispado comenzó una serie de cambios administrativos en el interior del Cabildo y de las instituciones que dependían de su dirección. La visita a la catedral de Durango en 1762 modificó los estatutos y las costumbres, dando nuevas reglas para el gobierno de la Iglesia, para al nombramiento de ministros subalternos, el pago de salarios, los gastos de la fábrica de la catedral, la toma de cuentas y la administración de diezmos(13). Con la revisión de las cuentas de los diezmos encontró que los prebendados habían hecho mal uso de los fondos de la Iglesia y les responsabilizó de la deuda descubierta a favor de la Real Hacienda, por ello les quitó los suplementos que desde «tiempo inmemorial» percibían; el error de los miembros del Cabildo consistió en haber dispuesto de los gastos de consideración y de los extraordinarios para obras, altares, campanas y ornamentos, sin solicitar la autorización de los obispos. El abuso confundió unos bienes y otros al sacar de la masa común los gastos sin distinción de ramos.

Ante esta situación los lineamientos del obispo provocaron inconformidad en algunos prebendados y su queja llegó a la Audiencia de Guadalajara y al Consejo de Indias. Cuando las autoridades reales tuvieron conocimiento del caso en 1764, solicitaron un informe del obispo para que explicara su actuación e informara de las rentas decimales del último quinquenio y del estado actual de la Iglesia y explicara los desórdenes que se cometían en su Cabildo, entre el deán y sus capitulares, los gastos de la fábrica de la catedral, además de las providencias que tomaría para corregir las irregularidades. El obispo Tamarón informó inmediatamente al Consejo y éste aprobó la forma en que el mitrado administraría las cuentas de la fábrica y el cumplimiento con la tributación al Real erario pero, en cuanto al tratamiento y resolución de las desavenencias del Cabildo, el proceso fue más lento, Nancy M. Farris(14) calificó de «caso atípico de la iglesia» por las dimensiones que alcanzó el asunto. Entre las primeras disposiciones del Consejo se encontraba la orden dirigida a los oficiales reales para que se encargaran del arrendamiento de las rentas decimales y de su administración inmediata por la Real Hacienda(15).

En su prelatura, el obispo descubrió que la Haceduría de la catedral no había informado de las cuentas desde 1738 y encontró que lo declarado como gasto de la fábrica de la catedral había sido en elementos superfluos; que sus ministros no andaban en la indigencia(16), como lo representaban constantemente, y que la fábrica de la iglesia había tenido atrasos, a pesar del aumento de rentas decimales de los últimos años por la poca formalidad y por la falta de cuentas rigurosas con que se había administrado. No obstante, los ingresos del obispado habían aumentado, a pesar de las cuentas confusas y alteradas, del pago de la deuda a la iglesia de Valladolid y del el reparto de los reales novenos al Seminario Tridentino y al Hospital Real. La Iglesia de Durango, bajo la prelatura de Pedro Tamarón disfrutó de grandes beneficios.

El análisis del manuscrito de la visita y de otros documentos relacionados con el obispo proporciona una gran cantidad de elementos merecedores de tomar en cuenta. Así, la primera visita general (22 de octubre de 1759 a 15 de julio de 1761) la realizó con la intención de conocer su territorio y mejorar la situación de sus fronteras, de sus moradores y para poner remedio a sus necesidades espirituales. En 1761, 1763 y 1764 visitó las haciendas y los ranchos cercanos a la jurisdicción de Durango. El 31 de octubre de 1767, a la edad de 71, nició el 31 de octubre de 1767(17) la última visita de carácter general la hizo con el propósito de “resarcir los atrasos que padecían las misiones (…) acción que juzgaba precisa por la expulsión de los jesuitas, [y de las que estaría pendiente] hasta que se acomodasen al nuevo gobierno”(18); esto es, vigilaría los curatos a que se habían reducido diez de las veintiocho misiones que había en su obispado(19), aunque también, porque así lo declaró el obispo, para huir de las molestias que continuamente le causaban los prebendados.

Con las visitas, Tamarón se dio cuenta de la forma en que vivían los curas de su obispado y de las dificultades que tenían para subsistir en lo más áspero de la sierra (a él mismo le causó pavor y sufrimiento conocer la pequeña congrua que recibían para vivir(20)) y comprendió la reticencia de los sacerdotes desplazarse a los lejanos territorios y la lentitud administrativa para enviar capellanes a cada presidio de su jurisdicción. También se percató de que algunos de los curas mantenían aptitudes para continuar sus estudios, no dudó por ello de enviar a éstos a lugares donde favorecer sus aptitudes. Elogió el trabajo de los jesuitas y reprendió a los franciscanos por no haber aprendido la lengua de los naturales. A algunos curas les procesó por no cumplir con su cometido, por su embriaguez, el vicio del juego, por cargos reprobables, y por incontinencia. Los capitulares tampoco escaparon a sus reprimendas, alguno de ellos era aficionado al juego.

El obispo mantuvo una gran actividad pero centró su atención en las visitas, de las que “tomo cuanta razón puedo para informar”(21), escribió; y en función de ellas, ajustó sus acciones. Pero la expulsión de los jesuitas en 1767 le colocó en el centro del escenario y, a pesar de tener algunos desacuerdos con los religiosos, al final de su mandato no disimuló el disgusto de su partida por tener que sustituirles en momentos en que ya era difícil encontrar clérigos que quisieran ejercer en la serranía. La salida de los religiosos le llevó a solicitar, de inmediato, el edificio del antiguo colegio de los jesuitas y de su iglesia para que no se incluyeran en las cuentas de las temporalidades y que, más tarde, pasaran a otras manos que no fueran las del clero. No se olvidó de reclamar los bienes de las misiones que habían sido incluidos en los inventarios de las temporalidades.

El aumento de las rentas decimales, dado el incremento de la población, permitió a Tamarón aumentar las prebendas de la catedral, sostener a doce estudiantes en el Colegio Seminario e incrementar las aportaciones de los reales novenos al Hospital Real y al Colegio Seminario(22). Atendió las celebraciones reales como las exequias de Fernando VI en 1759 y las de la reina madre, Isabel de Farnesio, en 1766(23), entre otras. Se interesó en la fundación de un convento de monjas llamadas de “La Enseñanza” para la educación de niñas, aunque no lo pudo instalar por falta de fondos perpetuos; sin embargo, si pudo fundar y sostener una escuela en la catedral a la que llamó “Escuela de Cristo” e implantar otras cuatro en las parroquias de Álamos, Chihuahua, Parral y Sombrerete, todas dependientes de la catedral. Su riguroso estilo para informar dejó tantos manuscritos como ramos tuvo su gobierno; un ejemplo es el libro que destinó a las ordenaciones; en él se encuentra el nombre de los seiscientos cincuenta y cuatro sujetos a los que ordenó(24). Informó al Consejo de Indias de que en su obispado había doscientos sesenta y cuatro curas, es decir, ciento nueve más que en el informe que el obispo Sánchez de Tagle envió al Consejo en 1755.

CONCLUSIONES

Pedro Tamarón y Romeral fue uno de los obispos de la Nueva Vizcaya que más territorio recorrió en cumplimiento de su obligación pastoral y quizá el que más solicitó el auxilio para contener a los indios, el primero que se interesó por la educación de las niñas pidiendo la fundación de un seminario y el primero que se atrevió a limpiar las cuentas decimales ajustando la congrua de los prebendados. Los olvidos, errores, malversaciones y malos manejos administrativos en la Iglesia de su obispado le permitieron introducir los cambios necesarios. La expulsión de los jesuitas tuvo consecuencias inmediatas para el obispo, entre ellas el abandono espiritual de las misiones que atendían por tener que suplirlos. El principal problema con el que se encontraba Tamarón era la necesidad de atender las necesidades espirituales, dado la dimensión de su obispado y los daños que causaban las incursiones indígenas en las poblaciones fronterizas.

La singular de esta prelatura, sin embargo, fue haber realizado las visitas pastorales a lo largo del extenso territorio, de las cuales informó al rey. Estos informes despertaron de inmediato un gran interés en la corte y supusieron la aplicación de reformas borbónicas tales como la división territorial en intendencias y la creación del obispado de Sonora, entre otras.

Quizá sin darse cuenta, el obispo Pedro Tamarón fue un reformador. No tuvo un plan coherente pero su actuación se guió por la rigurosidad de su conciencia.

Notas:  1.- Archivo General de Indias (en adelante AGI), Guadalajara, 401, Carta del obispo Pedro Tamarón a Julián de Arriaga. Durango, 5 de octubre de 1759.; 2.- Lafora, Nicolás, Relación del viaje que hizo a los Presidios Internos situados en la frontera de la América Septentrional, liminar bibliográfico y acotaciones de Vito Alessio Robles, México, Editorial Pedro Robredo, 1939, p. 55.; 3.- AGI, Indiferente General, 2998. Relación de méritos y grados del Dr. Dn Pedro Tamarón y Romeral, cura rector actualde la Iglesia Catedral de Caracas en la provincia de Venezuela, examinador sinodal y visitador general del obispado.; 4.- Archivo Histórico del Arzobispado de Durango (en adelante AHAD), legajo 87 b. Sus hermanas fueron: Luisa de la Encarnación, Eugenia de Santo Tomás y Teresa de la Presentación.; 5.- AGI, Indiferente General, 3001. Relación de los méritos y los grados del doctor en Sagrados Cánones Don Pedro Tamarón y Romeral, Cura rector actual de la Iglesia Catedral de la ciudad de Santiago de León de Caracas de la Provincia de Venezuela. 1726.; 6.- AGI, Guadalajara 566, Razón de los sacerdotes seculares del obispado de Durango. Durango, 18 de noviembre de 1765. Natural de Castilla la Nueva; a esta fecha tenía 42 años de los cuales veintisiete había servido al obispo desde los quince años Caracas y en Durango.; 7.- Ibídem. Natural de Caracas de 32 años; cura de la catedral, catedrático de Gramática y de Filosofía en la universidad de Caracas; fue cura interino y vicario en Parras; juez de testamentos, capellanías y obras pías.; 8.- Ibídem. Natural de Caracas, de 25 años se graduó en Teología en la universidad de México. Con la expulsión de los jesuitas ocupó la cátedra de filosofía en el Colegio Seminario.; 9.- Ibídem. Razón de los sacerdotes seculares del obispado de Durango. Durango, 18 de noviembre de 1765. Cura de Chihuahua, antes había sido cura en Satevó; doctor por la Universidad de México, acompañó al obispo en su primera visita.; 10.- AGI, Indiferente General, 3001, Relación de los méritos y grados…; 11.- Tamarón y Romeral, Pedro, Demostración del vastísimo..., pp. viii y ix.; 12.- AGI, Guadalajara, 300. El obispo Pedro Tamarón y Romeral a don Julián de Arriaga, Durango, 24 de marzo de 1763.; 13.- AGI, Guadalajara, 558, respuesta del consejo al Memorial del deán y el Cabildo. s/f.; 14.- Farris, Nancy M., La Corona y el Clero en el México Colonial 1579-1821. La crisis del privilegio eclesiástico, México, Fondo de Cultura Económica, 1995.; 15.- AGI, Guadalajara, 558. Acuerdo del Consejo. Madrid, 20 de diciembre de 1764.; 16.- Ibídem.; 17.- AHAD, legajo 87 b, Fallecimiento del obispo Pedro Tamarón y Romeral. 1768.; 18.- Ibidem. Auto del obispo Pedro Tamarón al Consejo. Durango, 2 de noviembre de 1767. A finales del siglo XVIII había 27 misiones en la diócesis de la Nueva Vizcaya.; 19.- AHAD, legajo 133. Comprobantes que acreditan no haber en la Nueva Vizcaya ministro ni operarios seculares para las nuevas misiones. Esteban Lorenzo Tristán. Durango, 1793.; 20.- Ibidem. Razón de los sacerdotes seculares del obispado de Durango. Durango, 18 de noviembre de 1765.; 21. AGI, Guadalajara, 401. Pedro Tamarón y Romeral al Rey. Durango, 5 de octubre de 1759.; 22.- AGI, Guadalajara 549. Caja Real, Durango, 1766.; 23.- Bernabéu Albert, Salvador (introducción y notas) y Sergio Antonio Corona Páez (paleografía), Real espejo novohispano, México, Universidad Iberoamericana, 2002, pp. 49-60.; 24.- AHAD, caja 7. Libro de órdenes de Gobierno del Ilmo Señor Tamarón y Romeral.

Bibliografía: Adams, Eleanor B. (editora), “Bishop Tamaron’s visitation of New Mexico, 1760”, en Historical Society of New Mexico, Albuquerque, New Mexico, 1954, núm. XV, pp. 1-113.; Bernabéu Albert, Salvador (introducción y notas) y Sergio Antonio Corona Páez (paleografía),; Real espejo novohispano, México, Universidad Iberoamericana, 2002, pp. 49-60.; Castañeda, Carmen y Myrna Cortés, “Los libros del obispo de Durango, Don Pedro Tamarón”, en Transición, Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Juárez del Estado de Durango, México, 2003, núm. 28, pp. 41-74.; Cramaussel, Chantal y Clara Bargellini (edición, introducción y notas), Libro registro de la segunda visita de Pedro Tamarón y Romeral, obispo de Durango, México, Universidad Nacional Autónoma de México y Siglo XXI, 1997.; Farris, Nancy M., La Corona y el Clero en el México Colonial 1579-1821. La crisis del privilegio eclesiástico, México, Fondo de Cultura Económica, 1995.; Lafora, Nicolás, Relación del viaje que hizo a los Presidios Internos situados en la frontera de la América Septentrional, liminar bibliográfico y acotaciones de Vito Alessio Robles, México, Editorial Pedro Robredo, 1939.; Tamarón y Romeral, Pedro, Demostración del vastísimo obispado de la Nueva Vizcaya-1765.; Durango, Sinaloa, Sonora, Arizona, Nuevo México, Chihuahua, y porciones de Texas, Coahuila y Zacatecas (con introducción bibliográfica y acotaciones de Vito Alessio Robles), México, Antigua Librería Robredo de José Porrúa e Hijos, 1937.; Zahino Peñafort, Luisa (recopiladora), El Cardenal Lorenzana y el IV Concilio Provincial Mexicano, México, Miguel Ángel Porrúa, Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad de Castilla-La Mancha y Cortes de Castilla-La Mancha, 1999.

Fuente: Wikipedia. Irma Leticia Magallanes Castañeda, Una década de prelatura y cambios en la Nueva Vizcaya: Pedro Tamarón  y Romeral, 1758-1768. Universidad de Sevilla. XII Congreso Internacional de la AEA.  Orbis Incognitvs. Avisos y Legajos del Nuevo Mundo. Creative Commons.

 
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