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LAS LEJANAS PROVINCIAS DEL NORTE: PRESIDIOS, MISIONES Y PUEBLOS

En la zona norte de la Nueva España, el límite de la expansión española durante la primera mitad del siglo XVIII, estaba formado por una serie de asentamientos (presidios, misiones, pueblos, reales de minas y ranchos), diseminados por un amplio territorio que abarcaba desde el norte de la Baja California hasta la bahía del Espíritu Santo en Texas, pasando por el norte de Sonora, el sur de Arizona, el norte de Nuevo México hasta Taos y la franja de San Antonio de Béjar: esa era la amplia zona de frontera, escasamente poblada, poco cohesionada y de difícil defensa, con una extensa «tierra de nadie», por donde transitaban frecuentemente partidas de indios bárbaros e infieles —como se denominaba a los no civilizados—, que amenazaban los enclaves fronterizos; para facilitar la labor defensiva se habían construido fortificaciones (llamadas presidios) en lugares estratégicos, guarnecidas por escuadrones de caballería —de composición variable—, cuya principal misión era perseguir a los indios hostiles, castigándolos por sus actividades depredadoras. De entre aquellas gentilidades, soportaron una evidente leyenda negativa, por parte de los españoles, los apaches acusados de crueldad (cuando ellos podrían hacer lo mismo con los hispanos que los hostigaban con frecuencia).(1)

Las escasas poblaciones españolas en el Septentrión se vieron reforzadas con la explotación minera y la presencia de diversas misiones y presidios, que contribuyeron a cohesionar la frontera; pronto crecieron centros como Chihuahua, Santa Eulalia o San José del Parral, comunicados con otros más modestos como Santa Fe o Santa Bárbara, por los pocos caminos, muy transitados por comerciantes, misioneros, militares, mineros, colonos y arrieros, transportando en acémilas o carros mercancías de diversa especie. Tres rutas se habían consolidado por entonces: el camino real de Tierra Adentro (el más antiguo, pues fue abierto por Oñate en 1598), uniendo Parral, Durango y Zacatecas (al sur) con Paso del Norte y Santa Fe (al norte), y las dos vías que comunicaban Chihuahua con las misiones jesuitas de la Tarahumara y con Sonora, a través de Buenaventura, Casas Grandes, Janos y el Paso del Púlpito. Tales rutas enlazaban estancias, misiones, presidios, centros mineros, poblados y casas de labranza, agrupando un poblamiento mixto de peninsulares, criollos, indios, mestizos, negros y mulatos, y vertebrando el desarrollo de un amplio territorio en cuya morfología externa, a menudo, resultaba difícil distinguir el ámbito urbano del rural.

Una de las prioridades de las autoridades hispanas consistió en reforzar y modernizar los escasos presidios de las provincias septentrionales, con vistas a una acción más eficaz ante el creciente peligro apache y las posibles intromisiones francesas y británicas. Pese a su carácter militar, los presidios compitieron con las misiones como centros de avanzada de la ocupación española; su aportación civilizadora y de arraigo de la población no era desdeñable, ya que no sólo cumplían misiones defensivas (protegiendo a los pobladores y resguardando los caminos frente a los grupos indígenas hostiles), sino que actuaban como centros de poblamiento, pues aparte de las familias de los soldados, no pocos vecinos optaron por vivir cerca, por la seguridad que ofrecían. Consecuentemente, la proyección social de los presidios y las milicias fronterizas fue evidente.(2)

El mencionado proceso de modernización administrativa y estratégica afectaba en particular a los presidios novohispanos e implicaba la realización de mediciones topográficas, astronómicas y geodésicas, así como la elaboración de mapas más precisos.(3) Especialmente preocupado por la frontera norte se mostró el virrey marqués de Casafuerte, celoso del peligro indígena y la posible penetración francesa.(4)

Cuando se ordenó la inspección de los presidios del norte de la Nueva España, el brigadier Pedro de Rivera recibió el encargo de acometer dicha tarea, informando además sobre la situación de las lejanas provincias.

Rivera necesitó casi cuatro años (noviembre de 1724 a junio de 1728) para cumplir su doble cometido, siendo acompañado por el ingeniero militar Francisco Álvarez Barreiro, quien realizó los primeros levantamientos cartográficos sistemáticos del Septentrión; ambos visitaron lugares tan distantes como Chihuahua, El Paso, Santa Fe, Janos, Arizpe, Álamos, Casas Grandes, Saltillo, Monclova, San Antonio de Béjar o Monterrey. Poco después del regreso de Rivera —casi al mismo tiempo que se editaba el Diario con las impresiones de su viaje(5)— y siguiendo las pautas de su informe,(6) el virrey Casafuerte promulgó el reglamento de todos los presidios, que tendría una vigencia de casi cuarenta años, hasta las reformas motivadas por la visita de Rubí y Lafora. Rivera denunció el mal estado de las fuerzas presidiales —incapacitadas para reaccionar con rapidez y eficacia—, así como el descuido de los centros,(7) proponiendo la supresión de algunos y el cambio de ubicación de otros; además, recomendó separar el territorio de Sonora de la Nueva Vizcaya, como provincia independiente, petición que fue sancionada en 1733.(8) En el reglamento se establecía que soldados de los presidios debían escoltar a viajeros y caravanas, complementando esa tarea con recorridos de inspección por diversas zonas. Además, el brigadier diseñó una línea defensiva que vertebraría los presidios de costa a costa (del seno mexicano al golfo de California), al estilo del antiguo limes romano, unificando la zona septentrional, siguiendo en la parte oriental el curso del Río Grande.(9)

Antes de los levantamientos cartográficos de Álvarez Barreiro eran muy pocos los mapas que reflejaban el ámbito del Septentrión novohispano: apenas podemos señalar los ejemplares del jesuita italiano Eusebio Francisco Kino, válidos sólo para las Californias y Sonora (excepto el de 1710, con alusiones a Nuevo México y Nueva Vizcaya); el del franciscano veneciano Vincenzo Coronelli sobre Nuevo México (1689), muy esquemático y pobre; y ya en la tercera década del XVIII, el del explorador francés Jean Baptiste Bénard de La Harpe (1723) centrado en el territorio situado al oeste de Louisiana, realmente decoroso por su hidrografía y toponimia; y el anónimo de 1725, muy sobrio e inferior al anterior, si bien señalaba los presidios, junto a algunos datos de orografía e hidrografía.

La labor de Álvarez Barreiro(10) —ascendido a teniente coronel en 1727— fue notable y concienzuda (señalamiento de distancias y rumbos, cálculos de latitudes y longitudes), lo que le permitió componer varios mapas interesantes de las provincias del norte en 1727: Nuevo México, Sonora, Nueva Vizcaya, Coahuila y Texas, además de los dos generales del Septentrión (1728 y 1729, que formaron su Plano corographico e hidrográfico), los más valiosos de la primera mitad de la centuria, realmente detallados, si bien con información limitada; el ingeniero completó su labor con una muy aprovechable Descripción de las Provincias Internas de la Nueva España.

Hacia mediados de siglo la relativa paz que durante algunos años habían disfrutado pueblos, misiones y presidios, se trocó en inquietud generalizada, motivada por los movimientos apaches en la frontera. ¿Qué había provocado en tan pocas décadas el cambio de actitud de estos indios?

A comienzos del siglo XVIII los apaches habían consolidado su presencia en prácticamente la totalidad de Arizona y Nuevo México, así como la parte occidental de Texas, pero la presión de otras tribus indígenas, especialmente los comanches (que les disputaban los vastos cazaderos de bisontes en las praderas), desde los años 20, empujó a los apaches hacia la frontera española, pues sus enemigos les cerraron el paso a las factorías francesas de la zona del Mississippi y el noreste de Texas, impidiendo que pudieran adquirir de los traficantes galos y británicos las armas de fuego que los propios comanches consiguieron, y los españoles negaban a los apaches; estos fueron forzados por los comanches a replegarse hacia el suroeste de Texas y el sur de Nuevo México, manteniendo su presencia en Arizona. Ante la precariedad de esa nueva situación, los apaches comenzaron a hostigar los establecimientos españoles en busca de ganado, enconándose la situación al ver éstos en ello no una forma primitiva de lucha por la subsistencia, sino solamente robos, rebeldía, asaltos y guerra. Así, no pocos militares de frontera y misioneros, cansados de la supuesta o real belicosidad apache, solicitaron el empleo de medidas radicales, con frecuentes episodios de violencia (castigos corporales y esclavitud), que enfurecieron a los apaches, muy celosos de su libertad y autonomía (también sufrieron deportaciones).(11) La recuperación de esa vida de rapiña tuvo mucho que ver con las fuertes presiones que el encarecimiento de los alimentos y las mercancías imponían sobre los sectores más vulnerables de la población.(12)

Pese a la exitosa campaña de Toribio de Urrutia en 1745,(13) sólo tres años después el capitán del presidio de Conchos, Barroterán, llamaba la atención sobre el establecimiento de un nutrido grupo apache en el Bolsón de Mapimí; desde entonces la Nueva Vizcaya estaría en situación casi permanente de inseguridad. El peligro de que las partidas apaches pudieran contar con la colaboración de grupos fugitivos de tarahumaras rebeldes era grande, pues estos conocían muy bien el terreno que ahora comenzaban a frecuentar aquellos; hacia 1751 ya eran habituales las incursiones apaches en los asentamientos y rutas españolas del norte de la Nueva Vizcaya.

Notas: 1.- Al respecto ver el informe de Bernardo de Gálvez: Noticia y reflexiones sobre la guerra que se tiene con los indios apaches en las provincias de Nueva España (descripción recogida en Velázquez) y Velázquez, octubre-diciembre 1974b, pp. 161-176.; 2.- Velázquez, 1974a, donde alude a la mezcla racial que afectaba a la mayoría de los soldados presidiales (p. 133), así como al interés de la política española por acercar los presidios a los centros de población (p. 136).; 3.- De hecho se compuso un mapa, con datos relativos a pueblos, vecindarios y misiones, número, calidad, etc. si bien se mantuvo oculto ante el temor a que fuera conocido y aprovechado por potencias enemigas; Antochiw, 2000, pp. 71-88.; 4.- Al respecto Weddle, 1991. Para una visión sobre la cartografía de la época en la amplia zona fronteriza ver Moncada Maya, 1987, pp. 25-34; Wheat, 1957; Jackson, 1998; y Weddle, 1995.; 5.- Rivera, 1946, 1993 y 2007.; 6.- Naylor & Polzer (comps. and eds.), 1988.; 7.- Hasta la década de 1760 —con la creación del ejército regular de Nueva España— no hubo oficiales militares profesionales; muchos de los capitanes eran comerciantes y los soldados de las guarniciones mestizos endeudados con sus jefes; además, la mayoría de los capitanes cometía abusos de poder, ocupando a sus soldados en negocios o asuntos personales; todo ello entorpecía el eficaz funcionamiento de los presidios. Navarro García, 1964, pp. 60-63. Respecto a los presidios, Moorhead, 1975; Arnal, agosto de 2006; Borrero Silva, 1998; de la misma autora, 1993, pp. 181-197.; 8.- Borrero Silva, 1992, pp. 126-137.: 9.- Navarro García, 1964, pp. 61-72, 80, 137 y 138, expone que Rivera fue el primero en dar cierta cohesión a los territorios del norte.; 10.- Borrero Silva, 2002, pp. 51-57.; 11.- Velázquez, 1974b, pp. 170-172 y 1974a, p. 133.; 12.- Así lo plantean Ortelli, 2007, pp. 102-112, y De la Torre Curiel, otoño 2008, pp. 11-31.; 13.- Suceso que motivó el que tres grupos apaches de otras tantas gentilidades solicitaran la paz, en 1749, estableciéndose en ambas márgenes del Río Grande; Navarro García, 1964, p. 100.

Fuente: Wikipedia. La Defensa de las Fronteras en el Septentrión Novohispano. Jesús María Porro.  La defensa y consolidación de las fronteras en el Septentrión novohispano: Geografía y desarrollos cartográficos (1759-1788)/ . Anuario de Estudios Americanos, 68, 1, enero-junio, 21-26, Sevilla (España), 2011 ISSN: 0210-5810. Universidad de Valladolid. Creative Commons.

 
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