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PRIMERA NOTICIA QUE TUVO CALLEJA DE LA INSURRECCIÓN, Y MEDIDAS QUE TOMÓ PARA SOFOCARLA

 

 

El día 19 de septiembre, a las diez y media de la mañana, tuvo Calleja la primera noticia de la conmoción del pueblo de Dolores; trasladóse luego al valle de San Francisco, distante doce leguas de San Luis Potosí, donde se acabó de confirmar en lo que se le había instruido por el parte que dió al mismo jefe D. José Gabriel de Armijo por mano del capitán D. Pedro Meneso, y del subdelegado del pueblo de Santa María del Río, D. Pedro García. Redúcese en sustancia a decir que D. Vicente Urbano Chávez, de aquella jurisdicción, le había informado la noche del 15 (la misma en que se dió la voz en Dolores) que en aquel día había acudido a verle un mozo llamado Cleto, vecino de la hacienda de Santa Bárbara, jurisdicción de Dolores, el cual le había informado de lo que el cura Hidalgo meditaba hacer. Invitóle a que concurriese a la facción que debía estallar el día 28, y de allí deberían todos partir a dicha hacienda de Santa Bárbara, donde había un gran depósito de monturas, armas y caballos. Oída esta relación por Chávez, mandó al Cleto a que lo examinase Armijo; preguntóle éste varias cosas a las que no acertó a responderle cumplidamente, ni a darle una constancia del cura Hidalgo; pidiósela para creerlo y coadyuvar a la obra, y ofreció traérsela el lunes 17 a medianoche. De hecho, cumplió con lo que se le exigía, y aun devolvió el papel original en que se le pedía la constancia de Hidalgo; aseguróle a Chávez y a Armijo que ya la revolución había comenzando por haber sido descubierta, y de ello daba testimonio el papel del cura Hidalgo en que se refería lo sucedido en la noche del 15. Armijo condujo preso al Cleto ante el subdelegado para que se le tomase declaración, y ya no quedó duda acerca de este acontecimiento extraordinario.

Me he detenido en analizar esta relación porque ella fue la base de la estimación y aprecio que Calleja mostró después a Armijo, dejándolo a su salida para España hecho coronel de ejército, comandante de la División del Sur y lleno de riquezas adquiridas sirviendo este destino; pero tantas, que con ellas ha comprado a Calleja las haciendas de su esposa que son de las más principales del Estado de San Luis. En el legajo Partes y noticias comunicadas al general Calleja antes de la reunión de las tropas de San Luis con las de México, que se halla en el archivo general, se encuentra dicha carta original y otras varias que conservo en copia hasta con la misma pésima y bárbara ortografía de su autor. Otras varias noticias más o menos circunstanciadas recibió Calleja que le hicieron entender el grave peligro que corría su vida, y que solicitaban su persona los americanos como importante (1), por lo que se decidió a reunir a la mayor posible brevedad su brigada, engrosándola con gentes de las haciendas del distrito y aun con indios de las inmediaciones de San Luis Potosí para que cubriesen los puntos por donde temió fuese atacada aquella ciudad, pero que eran de preciso tránsito para los americanos en el caso de intentarlo.

A pocos hombres había brindado la fortuna con una ocasión y medios más a propósito que brindó a Calleja en esta vez, y pocos como él habrán sabido aprovecharse de unos instantes tan preciosos como lo hizo este jefe destinado por la Providencia para ser el azote más terrible de la América mexicana. Llególe la vez de desarrollar el grande pero funesto talento que tenía para oprimirnos, y los que lean nuestra historia admirarán aun más que el que la escribe lo mucho que obró en el corto espacio de veinticuatro días para poner un ejército en campaña, equipándolo del mejor modo posible, habilitándolo de una abundante proveeduría hasta ponerlo en actitud de salir a buscar con él a su enemigo; pero enemigo formidable que reunía entonces a la multitud el prestigio grande de que carecía el suyo. La relación de las operaciones de Calleja será también un curso militar en que muchos preciados de generales y sabios políticos tendrán que aprender de él para conducirse con acierto en las difíciles circunstancias en que este jefe se halló. Los sucesos que me prometo referir así lo demostrarán; soy imparcial.

Por fortuna de este jefe, él no sólo corría en buena armonía con las autoridades de aquella provincia, sino que éstas lo respetaban y acataban como al mismo virrey. Sus resoluciones eran oráculos que se ejecutaban sin réplica; habíale dado este ascendiente la gravedad y circunspección con que se había manejado en el desempeño de las más arduas comisiones que el Gobierno de México le había dado, y en que había entendido haciendo de juez, como en el célebre expediente de un contrabando en que persiguió y removió del empleo al teniente letrado D. Vicente Bernabeu durante el gobierno del virrey Marquina. En aquella época había perseguido al famoso aventurero de los Estados Unidos y gran contrabandista Felipe Noland, el cual no dejó de poner en agitación a dicho virrey Marquina, quien para seguridad de aquella provincia situó en ella un cantón de tropas muy lucido, formado de varias compañías de diversos cuerpos del ejército, entre las que marchó con la suya D. Ignacio Allende, e hizo estuviese arreglado a verdadera ordenanza. Por tanto, este militar se formó en la escuela y bajo los principios de Iturrigaray, en Jalapa, y de Calleja en San Luis Potosí, a quien respetaba y temía porque le conocía; de consiguiente, procuró con el mayor esmero posible, ya que no pudo sorprenderlo y arrestarlo, ganarlo para sí, ofreciéndole hacer general del ejército americano. En el momento, pues, que llegó Calleja a San Luis Potosí, comenzó a expedir órdenes para reunir su brigada, y además las expidió a las haciendas y pueblos de todo su distrito. Todas fueron obedecidas exactamente, de modo que Salinas, Ramos, Ojocaliente. El Venado, Bocas, Espíritu Santo, Valle del Maíz, Valle de San Francisco y El Jaral, no sólo le ministraron la gente que necesitaba, sino mucha más, que tuvo después que retirar porque carecía de armamento para equiparla. El marqués de Moncada no se limitó a prestarle obediencia a sus decretos, sino que se estrechó en tanto grado con él, que no daba paso sin consultarle aun en lo más mínimo que le ocurría. Trató, pues, Calleja de levantar compañías numerosas de urbanos para que custodiasen la ciudad; mandó fundir cañones, organizó un batallón ligero de infantería de 600 hombres, y temiendo que estos cuerpos no tuviesen la disciplina conveniente en la ciudad, trasladó su campo a la hacienda de La Pila, inmediata a San Luis, tanto para darles allí la conveniente instrucción como para defender la población en el caso de que fuera invadida por varios puntos, principalmente por la fuerza grande que se aseguró que al efecto se reunía en la villa de San Felipe. El intendente de la provincia, D. Manuel Acevedo, que en todo obraba ciegamente según sus órdenes, puso a su disposición los caudales que existían en aquellas cajas, que en 8 de octubre ascendían a la enorme suma de $382,000 pesos, sin perjuicio de otras cantidades que se le presentaron por donativo para fomento de aquel ejército. Del Valle del Maíz le franqueó una suma crecida don N. Ortiz de Zárate. No era fácil inclinar aquella masa de gentes a que abrazase con gusto la causa del Gobierno español cuando los americanos se valían de la seducción y de otros medios para atraerla a su partido; cuando la combustión era general, y sobre todo, cuando en el corazón de todos resonaba la voz de libertad, tanto más enérgica cuanto que ya sabían el pronunciamiento general de Guanajuato, Zacatecas y otros lugares numerosos, cuyos habitantes comenzaban entonces a disfrutar las riquezas que se habían saqueado de ellos. Era, por tanto, necesario reunir a la sagacidad la autoridad y la prudencia, para sohreponerse a tan terribles contrarios. Calleja pulsó todos estos resortes atinadamente, y en 2 de octubre dirigió a aquel acervo de hombres campesinos y bárbaros la siguiente

PROCLAMA

Soldados de mis tropas:

Os han reunido en esta capital los objetos más sagrados del hombre: religión, ley y patria. Todos hemos hecho el juramento de defenderlos y de conservarnos fieles a nuestro legítimo y justificado Gobierno. El que falta a cualquiera de estos juramentos no puede dejar de ser perjuro, y de hacerse reo delante de Dios y los hombres. No tenemos más que una religión, que es la católica; un soberano, que es el amado y desgraciado Fernando VII, y una patria, que es el país que habitamos, y a cuya prosperidad contribuímos todos con nuestros sudores, con nuestra industria y con nuestras fuerzas. No puede haber, pues, motivo de división entre los hijos de una propia madre. Lejos de nosotros semejantes ideas que abriga la ignorancia y la malicia. Sólo Bonaparte y sus satélites han podido introducir la desconfianza en un pueblo de hermanos. Sabed que no es otro su fin que dividimos, y hacerse después dueño de estos ricos países que son tanto tiempo ha el objeto de su ambición. No podéis dudarlo: sabéis los emisarios que ha despachado, las intrigas de que se ha valido y los medios que emplea para llevar a cabo este proyecto.

¿Y permitiremos nosotros que logre sus fines, que venga a dominarnos un tirano, y que nuestros altares, esposas, hijos y cuantos bienes poseemos caigan en manos de aquel monstruo por el medio que se ha propuesto de introducir la discordia en nuestro suelo? A esto conspira la sedición que han promovido el cura de Dolores y sus secuaces; no hay otro camino de evitarlo que destruyendo antes esas cuadrillas de rebeldes que trabajan en favor de Bonaparte, y que con la máscara de la religión y de la independencia sólo tratan de apoderarse de los bienes de sus conciudadanos, cometiendo toda clase de robos, de asesinatos y extorsiones que reprueba la religión, como lo han hecho en Dolores, San Miguel el Grande, Celaya y otros lugares donde han llegado. No lo dudéis, soldados: del mismo modo veréis robar y saquear la casa del europeo que la del americano; la aniquilación de los primeros es sólo un pretexto para principiar sus atrocidades, y el peligro en que suponen la patria por parte de aquellos que tantas pruebas tienen dadas de su religiosidad y patriotismo es un artificio de que se valen para engañarnos y hacemos caer en el lazo que nos ha preparado el tirano.

Vamos, pues, a disipar esa porción de bandidos que como una nube destructora asuelan nuestro país porque no han encontrado oposición. Si ha habido por desgracia en este reino gentes alucinadas y perdidas que de acuerdo con las ideas de Bonaparte se hayan atrevido a levantar el estandarte de la rebelión, y que al mismo tiempo que protestan reconocer a nuestro legítimo y adorado monarca niegan la obediencia a las autoridades que nos gobiernan en su nombre, seamos nosotros los primeros que, a imitación de nuestros hermanos de la Península, defendamos y conservemos los derechos del trono, y limpiemos el país de estos perturbadores del orden público que procuran derramar en él los horrores de la anarquía.

El superior Gobierno quiere que tengáis parte en esta empresa, y usando de los grandes medios que están a su disposición, os invita a castigar y sujetar a los rebeldes con el ejército que ha salido ya de México y marcha para su exterminio. Yo estaré a vuestra cabeza y partiré con vosotros la fatiga y los trabajos; sólo exijo de vosotros unión, confianza y hermandad. Contentos y gloriosos con haber restituído a nuestra patria la paz y el sosiego, volveremos a nuestros hogares a disfrutar el honor que sólo está reservado a los valientes y leales.

San Luis Potosí, 2 de octubre de 1810.

Félix Calleja.

Esta proclama estaba en griego para aquellos bárbaros e infelices campesinos; pero Calleja, para que la entendieran, la puso en manos de unos frailes carmelitas, que con un Cristo en las manos, se la construían y analizaban, terminando con un sermónico exhortatorio a la lealtad al rey Fernando, y luego les exigían juramento.

Figúrese el lector a Calleja y a los reverendos colocados bajo de un dosel con todo aparato, y de la parte de abajo a estos rústicos oyendo aquellas declamaciones y exhortaciones cómicas, a unos rústicos arrancados de la coa y el arado, que tal vez eran los primeros objetos de esta naturaleza que veían en su vida. ¡Qué trastorno no recibirían en su imaginación! ... ¡Pobres ignorantes, cómo han sido el ludibrio de los malvados y el instrumento de sus pasiones vergonzosas y de sus miras!

Referencia: 1.- Bien caro ha pagado este buen señor el meterse en cosas que en nada le iban ni le venían.

Fuente: Wikipedia. Carta segunda, de Carlos Maria Bustamante. Cuadro Historico de la Revolucion Mexicana Tom. 1-8.  Pp. 48-54. Antorcha.net. Creative Commons.

 
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