historia.jpg

LAS RAÍCES DEL MONARQUISMO MEXICANO

 

Las raíces del monarquismo mexicano se encuentran, desde luego, en los tiempos coloniales, cuando el territorio que se conoció con el nombre de Nueva España fue integrado a la monarquía española en calidad de reino. Pero las raíces más inmediatas, de cara a la historia no de la Nueva España sino de México, se revelaron como una cultura y una ideología, de manera clara y estrepitosa, durante la llamada guerra de independencia que dio inicio en septiembre de 1810. Y fue así porque la insurrección encabezada por el cura Miguel Hidalgo construyó un discurso justificativo que apeló, junto al patriotismo y la religión, a los valores del legitimismo monárquico. En sus inicios, la rebelión de Hidalgo fue una típica rebelión en contra del mal gobierno y en defensa de la religión y del rey, figuras ambas de devoción que, por lo demás, en la coyuntura de la invasión napoleónica de la península española, se encontraban en peligro real tras el cautiverio a los que sometió Bonaparte a Fernando VII y a Pío VII.

Las proclamas, bandos y manifiestos de los rebeldes muestran en efecto que la insurrección tenía como objetivos declarados la defensa de los derechos regios de Fernando VII sobre sus posesiones americanas, en este caso de la América septentrional, como solían llamar los rebeldes a la Nueva España. En una de las primeras proclamas de Hidalgo, el iniciador y líder principal de la insurrección, que circuló en octubre de aquel año por el Obispado de Michoacán, se señalaba que uno de los objetivos de la rebelión era «conservarle a nuestro rey estos preciosos dominios y el que por ellos [i.e. los españoles peninsulares] fueran entregados a una nación abominable»1. En un bando emitido en enero de 1813 por José María Cos, otro importante líder rebelde y ex cura del pueblo de Mascota en la intendencia de Zacatecas, se explicaba, por otro lado, que el «objeto de nuestras miras» era el de establecer «un Congreso nacional, representativo de nuestro monarca prisionero y conservador de sus derechos en estos dominios», y asegurar que la América, «siendo parte integrante de la monarquía, no esté sujeta a la España en tiempo en que no hay rey»2.

En otras palabras, el movimiento insurgente parecía buscar un estatuto de mayor autonomía respecto de la metrópoli, pero sin romper en modo alguno con la Corona española. Los propios insurgentes así lo reconocieron en uno de sus documentos más importantes: el manifiesto dirigido a «todas las naciones» y firmado por el Supremo Congreso Americano en Puruarán, en Febrero de 1815. En él se señala que la revolución no tenía inicialmente el propósito de «una absoluta independencia», pues se proclamaba «nuestra sujeción a Fernando

VII» y se testificaba «de mil modos la sinceridad de nuestro reconocimiento», y solamente se aspiraba a «la igualdad entre las dos Españas»3. El padre Mier, en su clásica Historia de la Revolución de Nueva España, publicada en 1813, obra destinada a defender la legitimidad de la insurgencia novohispana, lo había dicho antes con meridiana claridad: «¡Pluguiese al cielo! Ciertamente no pediríamos que se mudase la antigua constitución de la monarquía sino que se mejorase»4.

La defensa del rey y la idea de autogobierno de los rebeldes apuntaban efectivamente a un modelo renovado de integración de América a la monarquía española. No se proponían, en ese planteamiento, la independencia de la Nueva España respecto de la metrópoli, sino lo que se ha denominado autonomía, es decir, el establecimiento de un gobierno de americanos y para los americanos, dependiente de la Corona pero con un amplio margen de acción política y administrativa. Mier, en su ya citada Historia, afirmó que los americanos, cansados de «tiranías» e «injusticias» a las que habían sido sometidos por parte de los peninsulares, querían ser «independientes de los españoles en su gobierno económico, y solo dependientes de su rey»5.

El fundamento de la propuesta de autonomía era histórico. Mier afirmaba que el motivo de la guerra que asolaba a la Nueva España era que los americanos peleaban para sostener «el pacto social de sus padres», ese en el que los reyes de España «establecieron las Américas independientes de ella sino es por medio de su rey»6. Tras una larga disquisición sobre la naturaleza de la conquista del Nuevo Mundo y del carácter del gobierno allí establecido ―la falta de títulos de la conquista que le valió ser condenada o la concesión que hicieron los reyes, en virtud de su investidura de protectores, de «Cortes de procuradores de sus ciudades y villas» como en el caso de México y la corte de los emperadores aztecas, y en el Cuzco y la corte de los incas― Mier afirmó que la Corona no llamaba a las Indias «colonias» sino «reinos», y pusieron en ellas «no factores» sino virreyes «con la denominación amplísima de alter ego, que no tenían en España»7.

Pero además, agregaba Mier, establecieron allí audiencias y cancillerías «con las mismas preeminencias que las más privilegiadas de España», esto es, Valladolid y Granada, y con mayores facultades; Arzobispos y Obispos independientes de España, «y aun casi entre sí»; Comisarios generales de Ordenes mendicantes, como el de San Francisco, «independientes del general»; universidades como las de México y Lima con los privilegios de las de Salamanca; iguales tribunales; «ayuntamientos iguales a los principales de Castilla (como el de México al de Burgos, capital de aquella) y con honores de Grandes de España». A sus ciudades y villas les dieron «honores, escudos y armas como en Castilla». En síntesis, concluía el dominico, los reyes dieron a la América una «constitución» fundada en convenios con los conquistadores y los indígenas; e hicieron de ella, de la América, «igual en su constitución monárquica a la de España, pero independiente de ella». América era independiente de España por su constitución, sin otro vínculo «que el rey»8.

De modo que la idea de reino para significar a la América septentrional estaba absolutamente vigente en el pensamiento político de la insurgencia, y de ahí que no resulte extraño en lo absoluto que a Hidalgo, en la correspondencia con sus subordinados, se le haya llamado virrey; o que alguno de sus seguidores llegase a declarar que peleaban por «poner en su trono» al cura de Dolores9. Ciertamente, y como suele suceder, no había uniformidad de opiniones en el seno del grupo rebelde; y así como había partidarios de seguir reconociendo autoridad a Fernando VII, como Ignacio López Rayón, había otros, como José María Morelos, que rompieron pronto con la figura legitimadora del monarca. Morelos, con el concurso de su asesor Carlos María de Bustamante y otros líderes insurgentes, promovió de hecho el establecimiento de un Congreso Constituyente que terminó por declarar, en noviembre de 1813, la independencia respecto de España, y dio a conocer algunos documentos en los que se advierten ya ideas cercanas al republicanismo.

De cualquier forma, la ambigüedad política e intelectual caracterizó el pensamiento insurgente en estos años, pues osciló, en el tema crucial de las formas de gobierno, entre la monarquía, la república y el imperio. El primer intento de gobierno americano, la insurgente Suprema Junta Nacional Americana creada en agosto de 1811, era deudora de la experiencia «juntista» española y americana, de modo que se estableció, como ya lo preveía su ideólogo, López Rayón, bajo ciertas bases, entre otras, «la formación de un congreso, compuesto de diputados nombrados por los ayuntamientos, el clero y otras corporaciones», que debía representar «los derechos de Fernando VII» y gobernar en su nombre «mientras fuese prisionero de la Francia»10.

Esa visión se reiteró en los planes de Paz y Guerra de José María Cos, el ya citado líder rebelde, en los que trató de demostrar de nuevo que a los americanos les asistía el derecho de gobernarse por sí mismos, de «mandar en estos dominios a nombre del rey», en virtud de que ellos constituían «la verdadera nación americana»11. En sus Elementos constitucionales, Rayón ofrecía los «principios fundamentales» sobre los que habría de conseguirse «la grande obra de nuestra felicidad», que debía apoyarse en la independencia y la libertad12. Esos principios eran similares a los propuestos por Cos: el punto 1 postulaba la exclusividad de la religión católica, el 4 la independencia de la América y el 5 que «La Soberanía dimana inmediatamente del pueblo, reside en la persona del señor don Fernando VII, y su ejercicio en el Supremo Consejo Nacional Americano»13.

El rompimiento con la figura del rey y con la monarquía española se llevó a cabo, de una manera expresa e inequívoca, en dos lugares ya emblemáticos de la insurgencia mexicana: Chilpancingo y Apatzingán. Morelos prefiguró esa postura de rompimiento en el reglamento para el Congreso ―escrito en realidad por Andrés Quintana Roo― y en el famoso texto Sentimientos de la nación. El artículo 17 del reglamento firmado el once de septiembre de 1813 en Chilpancingo prevenía que el primer acto del congreso debería ser el de expedir un decreto declaratorio de la independencia de América respecto de la península española «sin apellidarla con el nombre de algún monarca». Los Sentimientos de la Nación, por su parte, que fueron leídos por Juan NepomucenoRosains en la sesión de apertura del Congreso de Anáhuac ―tal fue el significativo nombre que se le dio― el 14 de septiembre, postulaban de igual manera la independencia y libertad de la América respecto de España y «de toda otra nación, gobierno o monarquía»14. El Congreso, como no podía ser de otra forma dados esos antecedentes, terminó por promulgar, el 6 de noviembre, que la América septentrional recobraba «su soberanía usurpada» y que quedaba rota para siempre la dependencia respecto del trono español.

Esa declaración del Congreso acerca de la libertad y soberanía que recobraba la América septentrional tuvo su máxima expresión el 22 de octubre de 1814, con la sanción del Decreto Constitucional para la libertad de la América Mexicana, la denominada Constitución de Apatzingán, formada por 242 artículos. En el proemio del “Decreto” se afirmaba que la Nación se sustraía para siempre de la «dominación extranjera» y que sustituía el «despotismo de la monarquía de España»; mientras que el artículo 4 establecía que los ciudadanos tenían el derecho «incontestable» de establecer el gobierno de su conveniencia, así como de alterarlo, modificarlo o abolirlo. El artículo 5 prescribía que la soberanía residía originalmente en el pueblo y su ejercicio en la representación nacional. El 24 postulaba que la felicidad del pueblo y de los ciudadanos consistía en «el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad». En la segunda parte del capítulo dos, por otro lado, se establecía la división de poderes y la supremacía del poder legislativo15.

Sin embargo, aunque rompía con la monarquía española, la insurgencia no necesariamente lo hizo con la monarquía como forma de gobierno. Como ha sido puesto de relieve recientemente, la idea de Imperio para referirse a la América septentrional apareció en algunos textos insurgentes. Por ejemplo, en un proyecto de reformas fiscales mandado a elaborar por la Suprema Junta Gubernativa de América, esto es, el gobierno rebelde, se hacía referencia a los ramos del «Imperio Mexicano»; en la correspondencia del autor de dicho proyecto a uno de los vocales de la Junta, José María Liceaga, se le denominó a este vocal de «la Suprema Junta del Imperio». Ignacio López Rayón, otro de los vocales de la Junta, envió por su parte cartas de carácter diplomático a los presidentes de Estados Unidos y Haití, en las que se titulaba a sí mismo presidente del Congreso Imperial. Y Morelos, finalmente, en la sesión inaugural del Congreso convocado por los rebeldes, el 14 de septiembre de 1813, hizo un llamado «a restablecer el Imperio mexicano»16.

Como se advierte, no existió una formulación ideológica ni política ni mucho menos programática, sino que se trataba de una simple referencia pero que apuntaba, como se desprende de algunos indicios, a un planteamiento con significado mítico a la vez que político. Sobre lo primero, y al amparo de los planteamientos de Mier y de Bustamante, en el Congreso de Chilpancingo se hizo alusión al imperio azteca derrumbado tras la conquista y a sus emperadores Moctezuma, Cuauhtémoc y Xicoténcatl. Los insurgentes se visualizaban a sí mismos como herederos y vengadores de los antiguos mexicanos, y de ahí el llamado de Morelos. A la América septentrional, por otro lado, se le denominó también Anáhuac, y al cuerpo constituyente, Congreso de Anáhuac, como había hecho de igual forma Mier en su libro: la Historia de la Revolución de Nueva España, antiguamente Anáhuac.

Pero es muy probable que la idea de establecer un gobierno imperial haya sido dada por los riesgos de fractura interna una vez declarada la fallida independencia de 1813. Rayón advirtió que la separación absoluta de España y el desconocimiento de la figura del monarca abrían la posibilidad de la fragmentación política y territorial. Afirmaba Rayón que publicar el decreto de independencia los colocaría en un estado de «debilidad y languidez», que sería aprovechada por «la masa enorme de los indios», quienes harían «esfuerzos por restituir sus antiguas monarquías, como descaradamente lo pretendieron el año anterior los tlaxcaltecos en su representación al sr. Morelos». Eso sin contar, agregaba, el problema del reconocimiento internacional. De ahí que Rayón pugnara por no declarar la independencia y seguir utilizando el nombre de Fernando VII, pues una variación poco razonada «de sistema» podía traer consecuencias «muy funestas y ruinosas al Estado». La meta de la independencia estaba ya muy cercana, agregaba, como para comprometerla con su declaración abierta, pues se arriesgaba el Congreso a que fuese desconocida por «las provincias»17.

Una postura que coincidía con la que había expresado poco antes el obispo de Puebla, Manuel Ignacio González del Campillo, en un par de cartas enviadas precisamente a Rayón y a Morelos, con las que buscaba convencerlos de abandonar la lucha armada: la independencia, aun cuando fuese «nuestra felicidad» ―decía el obispo―, no dejaba de ser «un problema político». Explicaba el prelado que, una vez declarada la independencia, el siguiente paso era establecer un gobierno; y mientras que unos pugnarían por la democracia, otros lo harían por la aristocracia y otros más por la monarquía, lo que provocaría «infinitas divisiones, que producirían guerras crueles: muchos querrían ser reyes y todo lo sacrificarían a su ambición». Estas inquietudes interiores, seguía, convertirían al reino «en un yermo» de que se haría dueño «el primero que pusiera los pies en él». Destrozada la patria por la guerra civil, por lo demás, le sería imposible «sostener su independencia»18.

Notas: 1 Miguel Hidalgo, Amados compatriotas religiosos, hijos de esta América, en Ernesto Lemoine, La Revolución de Independencia. 18081821. Testimonios. Bandos, proclamas, manifiestos, discursos, decretos y otros escritos, Departamento del Distrito Federal, México, 1974, pp. 4244.; 2 José María Cos a los habitantes de América de todas clases y condiciones, Dolores, 13 de enero de 1813, en José María Cos, Escritos políticos, Introducción, selección y notas de Ernesto Lemoine Villicaña, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1996, [Biblioteca del Estudiante Universitario, 86], pp. 112113.; 3 El Supremo Congreso Mexicano a todas las Naciones, Puruarán, febrero de 1815, en Documentos importantes para la historia del Imperio Mexicano, México, en la Imperial de D. Alejandro Valdés, 1821, pp. 56.; 4 Servando Teresa de Mier, Historia de la revolución de Nueva España, antiguamente Anáhuac, 2 tomos, México, Instituto Cultural Helénico, Fondo de Cultura Económica, 1986, tomo II, p. 637.; 5 Mier, Historia de la revolución de Nueva España, tomo II, pp. 564566.; 6 Ibídem, p. 602.; 7 Ibídem, p. 611.; 8 Mier, Historia de la revolución de Nueva España, tomo II, p. 611612.; 9 Juan E. Hernández y Dávalos (ed.), Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1985, tomo I, documentos 87 y 118, pp. 257258 y 349: José María Mercado a José Lavayén, San Blas, 26 de noviembre de 1810; y José María Mercado, Bando, San Blas, 30 de noviembre de 1810. Véanse también los documentos 97, 98, 111 y 112.; 10 Ignacio Rayón hijo, Ignacio Oyarzábal e Ignacio Rayón, La independencia según Ignacio Rayón, Introducción, selección y complemento biográfico de Carlos Herrejón Peredo, México, Secretaría de Educación Pública, 1985, p. 29.; 11 Archivo General de la Nación de México (AGNM en adelante), Operaciones de Guerra, vol. 646, f. 71v: José María Cos, Plan de Paz, Real de Sultepec, 16 de marzo de 1812.; 12 Ignacio Rayón, Elementos de nuestra Constitución, 7 de noviembre de 1812, en Lemoine, La Revolución de Independencia, p. 129.; 13 Ignacio Rayón, Elementos de nuestra Constitución, 7 de noviembre de 1812, en Lemoine, La Revolución de independencia, p. 127.; 14 Ambos documentos en AGNM, Historia, vol. 116, fs. 271 y 278.; 15 Lemoine, La Revolución de independencia, pp. 318320: Decreto Constitucional para la libertad de la América Mexicana, Apatzingán, 22 de octubre de 1814.; 16 Véase al respecto Moisés Guzmán Pérez, El imaginario imperial de la insurgencia mexicana en Moisés Guzmán Pérez (coord.), Guerra e imaginarios políticos en la época de las independencias, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Instituto de Investigaciones Históricas, pp. 184187.; 17 AGNM, Historia, vol. 116, f. 287: Ignacio Rayón al Congreso de Anáhuac, Noviembre de 1813.; 18 Manifiesto. Don Manuel Ignacio González del Campillo, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo de la Puebla de los Angeles, Prelado Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III, del Consejo de S.M., Puebla, 15 de septiembre de 1811, en Manifiesto del exmo. e ilmo. Señor Obispo de Puebla, con otros documentos para desengaño de los incautos. Dedicado al exmo. señor D. Francisco Xavier Venegas, virrey, gobernador y capitán general de N.E., México, Casa de Arizpe, 1812, pp. 5657, en Biblioteca Nacional de México (BNM en adelante), Colección Lafragua, 960.

Fuente: Wikipedia. Orígenes políticos y culturales del monarquismo mexicano. Marco Antonio Landavazo, Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (México). Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 13, nº 25. Primer semestre de 2011. Pp. 64–69. Creative Commons.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia