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HISTORIA Y GEOGRAFÍA DEL ESPAÑOL PATRIMONIAL DE LOS ESTADOS UNIDOS

Es una realidad que la lengua española llegó al territorio de los Estados Unidos en 1528, cuando el inefable Álvar Núñez Cabeza de Vaca comenzó en la Florida un largo viaje de exploración que concluiría ocho años después en Culiacán, ya en México. Era esta la primera expedición española que recorría el sur del país actual. Para explorar la costa de la Florida, Pánfilo de Narváez partió por mar desde Tampa, con la mala fortuna de que un huracán hizo naufragar la expedición, de la que solo sobrevivieron Cabeza de Vaca, un africano llamado Esteban y dos más (Obregón, 1584: 177-179). El pequeño grupo se adentró en el desierto desde la costa y fue recorriendo tierras de Texas (por la zona de las actuales Austin y San Antonio) y de Nuevo México (actual El Paso), hasta llegar a Culiacán (Udall, 1987: 49 y sigs.). En el camino, fueron encontrando indicios que parecían dar visos de realidad a la leyenda de las siete ciudades de Cíbola, aliciente que llevó a organizar las expediciones de Francisco Vázquez de Coronado a partir de 1540.

Los siglos XVI y XVII: las bases lingüísticas.

La primera presencia del español en estas tierras norteamericanas constituye un período que se cierra en 1597, coincidiendo con el inicio de las expediciones de Juan de Oñate (Villagrá, 1610; Bolton, 1916; Kessell, 2002). En lo que se refiere a la configuración del español patrimonial, sin embargo, no puede decirse demasiado de esa etapa. En realidad, la llegada de hispanohablantes, aunque cargada de simbolismo, fue mínima y del todo punto insuficiente para crear una nueva comunidad de habla. Sencillamente, ese español ‘norteamericano’ del siglo XVI no fue más que la suma de las modalidades lingüísticas de los exploradores, marinos y soldados que fueron llegando a la región, unos de Castilla (como Narváez), otros de Andalucía (como Cabeza de Vaca) o de lugares diferentes. Ello no niega que se produjeran hechos lingüísticos relevantes.

Desde el punto de vista comunicativo, este período tiene dos aspectos de singular interés. Uno de ellos es el de la interacción con los indios, que debió ser por medio de señas y otros signos, como las pinturas, plumas y cascabeles que utilizaba el negro Esteban, que también viajó con Coronado y que ante los nativos representaba el papel de chamán de los expedicionarios. Las dificultades comunicativas se debieron al hecho de no contar con intérpretes (lenguas) en los primeros contactos, así como a la heterogeneidad lingüística del territorio: Cabeza de Vaca llegó a comentar las mil diferencias que había entre las lenguas de los indios que encontró en su expedición por Texas y Nuevo México (Cabeza de Vaca, 1542; Martinell, 1992: 157).

El segundo aspecto comunicativo de interés fue la supuesta concreción del mito de Cíbola, especialmente por boca y pluma del fraile franciscano Marcos de Niza, mito que se derrumbó por completo ante los testimonios de Coronado. Una frase de López de Gómara lo resume muy bien: ‘Las riquezas de su reino es no tener que comer ni que vestir, durando la nieve siete meses’ (1552: 304). Un factor que contribuyó a la verosimilitud del mito, portugués en su origen, fue el hecho de que entre los aztecas existiera también una leyenda que hablaba de antepasados que habían habitado siete cuevas (Ramírez Alvarado, 1998: 6). Los indígenas americanos pudieron hacer referencia a ello en sus rudimentarias interacciones con los españoles, pero no puede decirse que esos intercambios comunicativos supusieran la existencia de una comunidad lingüística establecida, ni que existiera un proceso de difusión de la lengua española. Aún no. El carácter incipiente y testimonial de ese primer español de la zona queda bien reflejado en una manifestación lingüística que, por otro lado, representa el fin del período de expediciones y el inicio del de asentamientos. Se trata de la más antigua inscripción que se conserva del español —y de una lengua europea— en América: es de 1605, se localiza en ‘El Morro’ y reza, con un tono que se antoja poco original: ‘Pasó por aquí el adelantado don Juan de Oñate’. Por allí pasó y con él, su lengua española.

Con todo, si la historia política del español en tierras de la Nueba Mexico arranca ya en el siglo XVI, su historia social y sociolingüística no se inicia hasta que comienzan a establecerse grupos de población con visos de permanencia, por escueta que fuera su dimensión. Efectivamente, a finales del XVI y principios del XVII se inicia el levantamiento de pequeños poblados o rancherías en el territorio del actual estado de Nuevo México, principalmente entre las ciudades de Socorro, en el centro, y de Taos, al norte, con la referencia principal de Santa Fe, fundada entre 1607 y 1610, desde donde se gobernó la región. El primer asentamiento fue la Colonia de San Juan, creada en 1598 por Juan de Oñate, que también fue el primer gobernador de Nuevo México. Esa zona es el corazón del territorio donde, durante siglos, se ha venido utilizando el español patrimonial, el más antiguo, de los Estados Unidos. Sus límites alcanzaron las tierras de Colorado al norte, de Arizona al oeste y de Texas al sur. La población del territorio de Nuevo México a lo largo del siglo XVII apenas llegó a superar los 2.000 habitantes. Se tienen noticias de que, en 1680, el número de españoles era de 2.400 (McWilliams, 1990: 70; Navarro García, 1978).

Pero, más interesante que el número de hablantes, a efectos lingüísticos, es la procedencia de esos hablantes y las condiciones de uso de su lengua. En lo que se refiere a la procedencia de los primeros expedicionarios, hay que hablar de soldados y colonos llegados de diferentes regiones de España y también de América: Oñate, por ejemplo, era natural de Zacatecas, aunque de ascendencia vasca. El grupo llamado ‘la expedición de Oñate’ estuvo formado por más de 300 personas, originarios de los lugares que se especifican en el cuadro 1, aunque no existe una información completa sobre la procedencia de todos ellos (Hammond y Rey, 1953).

Un somero análisis del origen de los acompañantes de Oñate nos revela que existía un grupo bien nutrido de americanos, especialmente mexicanos de segunda generación (nacidos en México y en Zacatecas, sobre todo). La mayoría de los hombres de Oñate eran, sin embargo, españoles y junto a ellos viajaba un pequeño grupo de portugueses (13), además de un griego y un flamenco. Es posible que entre estos expedicionarios surgieran pobladores de los primeros ranchos de Nuevo México y por eso merece la pena prestar atención a su perfil lingüístico. Siendo mayoría los españoles, es necesario atender a su región de origen para alcanzar alguna conclusión lingüística. Así, se aprecia que cerca de un 70% de los nacidos en España procedían de regiones en las que era —y sigue siendo— generalizada la distinción s/θ (casa/caza); por otro lado, un tercio de los españoles eran de regiones lingüísticas de fonética innovadora, con debilitamiento o pérdida de las consonantes en posición final de sílaba o entre vocales. En cuanto a los oriundos de América, es difícil saber hasta qué punto su forma de hablar se había alejado de la lengua de sus padres nacidos en España: más que probablemente los habría, por ejemplo, seseantes, como también los habría distinguidores de s/θ.

Al considerar estos expedicionarios en su conjunto, se aprecia que había algo más de un tercio de hombres con una forma de hablar que podríamos caracterizar como ‘castellana norteña’ (sin seseo, con consonantismo sólido); junto a ellos, otro tercio sería usuario de la incipiente variedad del español mexicano y algo menos de un tercio tendría una fonética de corte andaluz occidental-canario. En estas circunstancias lingüísticas, las primeras poblaciones hispanohablantes de Nuevo México probablemente hicieron uso de un español con diversidad de soluciones, especialmente fonéticas, y en la que convivían usos más tradicionales con otros más innovadores. Estrictamente hablando no sería adecuado afirmar que la lengua de estos colonos era el castellano rural llevado por los españoles, puesto que su extracción dialectal era diversa y la castellana era una más de las manejadas por los expedicionarios. Es una realidad, sin embargo, que algunos de los rasgos lingüísticos que acabaron asentándose y caracterizando estas comunidades eran propios de las hablas castellanas más conservadoras. Tal hecho necesita de una explicación porque, cuando en una comunidad se dan cita hablantes de diverso perfil dialectal, las soluciones que acaban imponiéndose suelen ser las más innovadoras y simplificadoras: pensemos en lo que ocurrió en la urbe sevillana, por la convivencia de gente llegada de muy diversos lugares. Este podría haber sido el caso de las primeras comunidades hispanohablantes de Nuevo México y en gran medida fue así, pero no del todo. Y no lo fue por tres razones principales: primero, por la importante proporción de hablantes de modalidad conservadora castellana; segundo, por el propio prestigio de las hablas castellanas, heredado de lo que ocurría en la Península; y, en tercer lugar, por el relativo aislamiento en que vivió esta población, alejada de las grandes rutas de intercambio y comunicación del mundo hispanohablante. Ello no es óbice, insistimos, para que estas hablas reflejaran de modo importante soluciones innovadoras, consecuencia de la presencia de hablantes americanos, andaluces y canarios, así como de la convivencia de usos de origen distinto.

Otro interesante aspecto lingüístico de los primeros asentamientos tuvo que ser la convivencia con los pueblos indígenas del territorio. La propia expedición de Oñate ya iba acompañada de indios mexicanos que realizaban labores de reateros, pastores, porteadores y ayudantes de campo, pero en las tierras novomexicanas coexistieron con otros grupos, como los indios pueblo o los navajos, y también con los nómadas comanches, apaches y utes. La mezcla con la población autóctona fue habitual prácticamente desde los primeros momentos de la colonización, lo que desembocó tanto en una hibridación biológica como en una paulatina difusión del español. A su vez, en la medida en que la lengua española extendía su uso, comenzó a conocerse en ella la penetración de voces indígenas. Buena parte de estas voces procedían del uto-azteca, emparentado con el náhuatl mexicano, cuyas variedades se extendían hasta el territorio de Nuevo México, Arizona y Colorado.

Fuente: Wikipedia. Francisco Moreno Fernández. El Español de Los Estados Unidos: Caracterización del español patrimonial.  P.p. 179-182. Creative Commons.

 
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