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LOS COMANCHES Y LOS ESPAÑOLES

De entre todas las tribus que llegaron del norte sembrando el caos en la frontera del virreinato los más numerosos, feroces y temidos eran los comanches. Originarios del oeste de las Montañas Rocallosas, los comanches abandonaron este territorio en busca de caza más abundante y cruzaron las sierras hasta llegar a las grandes llanuras en el siglo XV. Allí se establecieron como pueblo nómada que vivía de la caza del bisonte, en grupos pequeños y muy dispersos de base familiar. Desde el primer momento el rasgo característico de los comanches fue su agresividad y su espíritu guerrero. Durante su migración lucharon contra cuantas tribus encontraron en su camino y ya asentados en las llanuras se dedicaron a saquear las tierras de sus vecinos. Hasta tal punto es así que si bien ellos se llamaban a sí mismos Numunuu -las personas-, los indios Utes les llamaron kohmahts -los que nos atacan-, de donde deriva el nombre español comanches.  El historiador y militar español Pedro Pino decía en 1812:

“Ninguna de las demás naciones se atreve a medir sus fuerzas con la comanche; aun aliados han sido vencidos repetidas veces; [el comanche] no admite cuartel ni lo da a los vencidos.”[1]

Los comanches atacaban en partidas, generalmente de número reducido, y usaban la lanza y, sobre todo, el arco, con el que eran maestros. Pocos pueblos se aprovecharon tan bien de la introducción de los caballos en América por parte de los españoles como los comanches. En apenas un siglo toda su cultura giraba alrededor de este animal. Criaban ponis pequeños y ligeros y los usaban para cazar, para desplazarse y, por supuesto, para atacar. Los españoles los consideraban los mejores jinetes de las grandes llanuras.

A principios del siglo XVIII, los comanches emprendieron una nueva migración más hacia el sur. Los motivos solo pueden suponerse; tal vez buscasen los tan imprescindibles caballos que los españoles tenían en gran número, tal vez las otras tribus les expulsaron hartas de sus saqueos y es probable que el empuje de la colonización británica y francesa en la costa este jugase también un papel importante. El caso es que los comanches avanzaron hacia el sur, guerreando con las tribus que hallaban, entre ellas los apaches, con los que mantuvieron un brutal conflicto que terminó en la casi aniquilación de los apaches en la batalla del Gran Cerro del Fiero y la huida de los supervivientes hacia tierras españolas. Expulsados sus antiguos dueños, los comanches ocuparon una enorme región baldía que ocupaba el actual estado de Oklahoma,  el este de Nuevo México, el sudeste de Colorado y Kansas y el este de Tejas. Este territorio fue llamado por los españoles la Comanchería, una inmensa extensión de tierra casi deshabitada, justo frente a la línea de presidios española, que todas las demás tribus rehuían.

"Un blanco monta un caballo hasta reventarlo y luego sigue a pie.

Llega un comanche, hace que el caballo se levante, lo monta 20

millas más y luego se lo come".

Ethan Edwards, Centauros del Desierto.

El primer contacto de los comanches con los europeos del que se tiene noticia ocurrió en 1716, en la provincia española de Nuevo Méjico (actual estado de Nuevo Méjico). Aprovechando que el gobernador Martínez estaba en el oeste luchando contra los Moquis, atacaron Taos, el pueblo español más al norte y último puesto civilizado antes de las tierras salvajes. Pese al factor sorpresa, fueron derrotados por el capitán Serna, que capturó a varios de ellos, junto con algunos indios Utes que habían ayudado a los comanches. Desde ese momento, las incursiones contra los pueblos aliados, los ranchos de colonos o incluso poblaciones españolas se sucedieron una tras otra con la crueldad inconfundible de los comanches, que pronto fueron considerados la principal amenaza por parte de las autoridades españolas. Generalmente los ataques eran de poca entidad, pero casi siempre incluían algún asesinato y, lo que es más, el rapto de mujeres que daría pie a John Ford para su obra maestra Centauros del Desierto. En estos casos, lo habitual era que desde el presidio más cercano un cabo saliese a golpe tendido con una decena de dragones de cuera en pos de los indios, persiguiéndoles hasta su propio territorio para darles caza. Estas persecuciones fueron innumerables a lo largo de las guerras contra los comanches y tenían como objetivo demostrar que toda incursión en el virreinato implicaba irremediablemente un castigo; al principio los españoles solían capturar a los indios, pero conforme se recrudeció el conflicto se optó por emplear métodos más disuasivos y los dragones de cuera no cejaban hasta dar muerte a la partida y volver con sus cabelleras.

A partir de 1745 los ataques aumentaron en intensidad y frecuencia y los comanches venían ahora equipados con armas de fuego que los comerciantes franceses les vendían a cambio de caballos españoles. Taos, Galisteo, Pecos y otros pequeños asentamientos alejados sufrieron repetidos ataques mientras el odio hacia los comanches se iba arraigando más y más entre los españoles y sus aliados indios. Varias expediciones partieron desde Nuevo Méjico a las órdenes de sucesivos gobernadores internándose en la Comanchería para escarmentar a los “bárbaros impíos”, pero la mayoría era incapaces de dar alcance a los comanches en la inmensidad de ese territorio que ellos conocían tan bien. En 1748, el gobernador Codallos, con 500 soldados y algunos auxiliares indios, sorprendió a una gran partida en Abiquiú y mató a 107 comanches, capturando a otros 206. Pensando que con esta victoria había doblegado a los belicosos salvajes, inició negociaciones con ellos y les invitó a asistir anualmente a la feria de Taos. Una junta convocada en Santa Fe por el virrey decidió estimular el comercio con los comanches en dicha población, pensando que así podrían ser convertidos por los misioneros. Los comanches no entendieron del mismo modo la idea y si bien participaron activamente en la feria vendiendo pieles y carne, no dejaron por ello de atacar a los españoles. El resultado fue que en diciembre de 1760 una reducida fuerza militar a las órdenes del gobernador Urrisola  les prohibió el paso a la feria y tras una escalada de tensión se desencadenó un brutal combate que dejó a 400 comanches sobre el terreno. Quedaba claro que negociar con los comanches era inútil.

Las escaramuzas, incursiones y persecuciones se sucedieron hasta el año 1777. A Santa Fe empezaron a llegar informes sobre un líder comanche al que llamaban Cuerno Verde por la cornamenta de búfalo que utilizaba como tocado. Había logrado reunir en torno a si una de partida de leales de considerable número y gozaba de una enorme influencia entre los comanches por su fama de guerrero bravo. Su nombre auténtico era Tabivo Naritgant -Hombre Peligroso- y era hijo de otro jefe también llamado Cuerno Verde al que habían matado los españoles en el ataque comanche a Ojo Caliente en 1768. Odiaba a los españoles y dirigió una serie de ataques que, incluso entre los comanches, llamaban la atención por su audacia y crueldad. Ese año el pequeño pueblo de Tomé fue atacado por los comanches y cuando, tras oír los rumores, el sacerdote de Alburquerque se acercó al pueblo descubrió horrorizado que los indios habían matado hasta al último hombre. Este brutal ataque, el más sangriento de todos los que hay registrados, tuvo una respuesta inmediata por parte de los españoles. A las órdenes del veterano militar don Carlos Fernández, un contingente español de tropas presidiales alcanzó una gran partida de comanches a las órdenes de Cuerno Verde cerca de la localidad de Antón Chico y con las primeras luces del día atacó el campamento. El combate se prolongó todo el día y al atardecer don Carlos había hecho cientos de prisioneros y acabado con otros tantos comanches, pero Cuerno Verde y muchos de sus guerreros lograron escapar[2]. El resultado fue desastroso para la nación comanche, pero la reputación de Cuerno Verde entre los suyos no se vio perjudicada, sino todo lo contrario. Había combatido con un valor casi suicida y había plantado cara a los soldados españoles cuando lo normal entre los comanches era evitar la lucha con los militares. El jefe incluso aprovechó la derrota para inflamar a su gente con deseos de venganza y como los comanches eran un pueblo tenaz y altivo pronto se le unieron varias partidas de jóvenes guerreros dispuestos a hacer pagar a los españoles su victoria.

Pese a las sucesivas derrotas, los comanches parecían siempre dispuestos a volver y el virrey de Nueva España decidió atajar de una vez el problema de la frontera norte. Hacía falta dar un golpe a los salvajes del que ni ellos pudiesen recuperarse. Afortunadamente, tenía al hombre adecuado.

Notas: [1] Pedro B. Pino, Noticias Históricas y Estadísticas de la antigua provincia del Nuevo Méjico. Cádiz, 1812. Pino dirigió tropas contra los comanches y estuvo presente en la victoria de don Carlos sobre Cuerno Verde en 1777. [2] Este durísimo enfrentamiento se describe en una obra de teatro corta llamada Los Comanches escrita por un autor anónimo que se cree tomó parte en el combate. La obra fue muy exitosa en su tiempo y aun hoy se representa anualmente en el pueblo estadounidense de Alcalde (Nuevo Méjico).

Fuente: Wikipedia. Jorge Álvarez. http://elrodelero.blogspot.mx. Creative Commons.

 
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