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PERIODICO EL NORTE 1901: UNA IMPONENTE CEREMONIA MILITAR

 

LA ENTREGA DE NUEVO ESTANDARTE AL 13 REGIMIENTO

Estaba al consumarse la revolución de la Reforma.

La reacción, despedazada, vagaba errante por los campos sin encontrar refugio. Nuestra amada patria, comenzando a cicatrizar sus heridas, con la esperanza de la paz, entreveía un porvenir lisonjero. Como joven enamorada, contemplaba en sus ensueños a Valle, á Gutiérrez Zamora, á Lerdo y á Ocampo; sombras amadas, seres heroicos que habían, en el yunque de la constancia, forjado la libertad y sus leyes; y que habían, en el yunque de las constancias, forjado la libertad y sus leyes; y que habían, también, la mayor parte de ellos, vertido su sangre generosa, por asegurar conquista tan preciada.

El comercio, hijo predilecto de la paz, ansiaba ensancharse, las empresas todas presentían su desarrollo; y el labrador que, antes soldado de la libertad, acababa de abandonar su fusil, daba por fecundo abono a la tierra, más tarde, le brindaría, agradecida y risueña, como la deidad mitológica, sus ricas cabelleras de oro.

¡Era casi el término de la lucha. Era la aurora refulgente de la prosperidad!...

Este fue el momento que nuestros bienhechores de Europa escogieron para hacernos felices. Pero ellos habían comprendido, desde antes, que la empresa era trascendental para la América toda y para el orbe entero. La diplomacia era cobarde y temía que los Estados Unidos del Norte, hubieran entorpecido sus miras. El último de los Napoleones y el más pequeño de ellos permanecía oculto, en la tenebrosidad de la política, encubriendo sus proyectos y sofocando su ambición.

Enciéndanse los Estados Unidos en espantosa guerra; se asombra el mundo, y se estremece, al retumbar de los cañones. Entonces, la pantera sale de su escondite; y pérfida y alevosa, se arroja sobre su víctima, le hinca las garras y hace brotar la sangre de sus venas.

Llegan las potencias aliadas a Veracruz y no obstante el ultraje que se nos infería, ocupando indebidamente nuestro territorio, Juárez el grande, Juárez el coloso, quiso que la razón lo decidiera todo, antes que recurrir a la fuerza. Se organizaron los tratados de la Soledad; y la verdad y la justicia, patentizadas por la elocuencia del insigne Doblado, nuestro ministro, entonces, de relaciones, dieron a México un memorable triunfo en la diplomacia, tan esplendido como el que más tarde habíamos de alcanzar con las armas.

Grande, muy grande fue la importancia de este honroso acontecimiento; por él se desata la liga de las tres naciones; vindica nuestro concepto ante el mundo, y pone a Napoleón en la terrible disyuntiva de una retirada o de una retractación y sobre todo, pone la cuestión al alcance de todos, porque desde ese día todos los comprendieron. Doblado fue una antorcha, un luminar, un sol que disipo las densas tinieblas del embuste, para enseñar radiantes de evidencia el buen derecho y la justicia.

Las fuerzas españolas, al mando del ilustre Gral. Prim, guardaron la fe prometida; y no mancho el perjurio la nobleza del esforzado Márquez de los Castillejos. Inglaterra siguió su noble ejemplo. ¿Y Francia? Ah, muy poco teníamos que esperar del hombre del 2 de Diciembre, en cuyas manos estaban sus destinos. Rotos los preliminares, avanza el ejército invasor y el telégrafo transmite a la Capital, la triste nueva de la primer batalla.

La indignación broto de todas partes. Aquella noticia había sido el rayo que hiriendo en el corazón a los patriotas, había provocado su justo enojo, esparciéndose rápido de uno a otro confín de nuestra República.

Los franceses habían esperado a que, confiados en su palabra, disolviésemos nuestras fuerzas y quedásemos inermes, para lanzarse con ventaja sobre nosotros.

Con esta evidencia emprendieron su marcha.

El honor de México se encontraba comprometido; necesario era servirlo. Carecíamos de recursos y no teníamos armas. Las tropas invasoras eran infinitamente superiores á las nuestras, en número y disciplina.

Qué hacer? La heroica Puebla abriría festiva sus brazos, para recibir al invasor? Ah, no! Ahí estaba nuestro ejército de Oriente. Ahí estaba Zaragoza.

Los momentos eran supremos; no se trataba de una batalla decisiva para la Independencia, sino para el honor nacional. Juárez y Zaragoza lo habían comprendido así. Solo una acción heroica podría salvarnos. Zaragoza no debía ceder al enemigo poblaciones y palacios, para su recreo, sino cadáveres y cenizas para su ignominia. Su obligación no era vencer, sino luchar y sucumbir. Reúne a sus generales y les manifiesta que Puebla era el lugar a donde debían morir. Por fortuna, si Zaragoza era heroico, sus compañeros todos, también lo eran.

Entre tanto, la Capital de la Republica, se agitaba con febril inquietud.

El reducido ejercito de operaciones sabia la resolución de su valiente general y la había hecho suya, desde luego. Pero por ninguna imaginación pasaba la idea de la victoria.

La intervención avanza, sus legiones se aprestan al combate; y confiadas en su pericia y en su arrojo contaba el triunfo como seguro. Los nuestros contaban con la muerte, El entusiasmo, la persuasión del cumplimiento del deber, el amor á la Patria, fomentaba el ardor de nuestros valientes.

Las noticias comienzan á precipitarse. Puebla se conmueve, los clarines anuncian las ordenes, todos los batallones se aprestan al combate y a cada Jefe se le señalan los puntos que debía defender.

No parecía que se trataba de un sacrificio; no parecía que nuestras tropas marchaban al sangriento holocausto de nuestra redención; parecía que se trataba de una fiesta; y les halagaba la idea de la matanza, como si la muerte fuera una hermosa prometida que les brindara caricias y ternuras infinitas al aproximarse a ellas.

Se da la señal de ataque; y entonces, como un volcán que estalla, como un cráter que se abre, como un infierno que muestra sus horrores, brota el fuego, silva el plomo, derramando la muerte. El humo lo cubría todo; era imposible ver de qué lado estaba la victoria. ¿Vencería la fuerza al derecho? Y tanta injusticia, y tantos sacrificios, y tantas lágrimas, que darían sin recompensa?........

Bien pronto las dianas anunciaron lo que pasaba: Nuestras tropas, pobres, desnudas, careciendo de lo más necesario, habían abatido el orgullo francés. El Dios de la Justicia había combatido a nuestro lado.

Gloria a los vencedores del 5 de Mayo de 1862.

Zaragoza inmortal: Tus merecimientos fueron tan grandes que el destino quiso que tuvieran siempre respetados y te arrebato del mundo, para que en el Santuario de la muerte quedaran ilesos, y jamás la maledicencia tratara de empeñarlos.

Zaragoza, Negrete, Porfirio Díaz, sabéis lo que sois? Sois una trinidad sublime, sois una constelación de gloria, que como los tres luceros del cinto de Orión brillareis siempre en el firmamento de mi patria.

Héroes todos del 5 de Mayo, en pie; presentaos como sombras; dejad vuestras tumbas venerandas, y ved que no es estéril la muerte por la patria; en todo el país se les tributan homenajes y ovaciones de gratitud, de amor, de veneración. Vuestro ejemplo ha sabido apreciarse, puesto que ha sabido seguirse.

Que respondan las ruinas de Puebla, Santa Gertrudis, Querétaro, el 2 de Abril y otras muchas brillantes jornadas.

El 5 de mayo no es simplemente una fecha; para los mexicanos es un himno; quiere decir unión, quiere decir valor, quiere decir que la Patria es primero que todo.

Tal es, Señores, el glorioso día cuyo aniversario fue elegido por nuestro digno General en Jefe para hacer entrega del nuevo estandarte, el bizarro Regimiento que guarnece esta plaza; pero altísima y muy honrosa comisión, en la que tuve la fortuna inmensa de acompañarlo, lo llevo a las fronteras del país vecino, a presentar sus respetos, en nombre del Presidente Díaz, al digno Jefe de la Unión Americana.

Circunstancia san satisfactoria, hizo transferir hasta hoy, la brillante solemnidad militar a que hemos asistido, y en la cual hemos contemplado, llenos de justo regocijo, que un valiente de la vieja guardia, que ostenta su pecho constelado de merecidísimas condecoraciones que lo enaltecen; que un valiente cuyas poderosas y excepcionales energías están mostrando al mundo entero que si su pecho es ya demasiado pequeño para contener más condecoraciones, es todavía demasiado grande y vigoroso para conquistar otras muchas, ha depositado nuestra bendita y tricolor enseña, en manos de su grupo de esforzados y pundonorosos servidores de la Patria, que sabría, estoy seguro, dar en caso necesario y a la sombra de ese estandarte, símbolo de nuestro honor nacional, días de gloria, que nos presenten a la paz del orbe como dignos hijos de los héroes sacrosantos  que se han sacrificado en aras del deber y en la defensa de los salvadores principios de Libertad, de Reforma y de Progreso.

Dr. Máximo Silva.

28 de Mayo de 1901

Fuente: Periódico El Norte, Domingo 26 de Mayo de 1901. Número 912. Archivo Histórico Arquidiocesano de Chihuahua. Imagen: Banderas de México. Creative Commons.

 
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