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POEMA ESCRITO EN OCTAVAS REALES, EN HONOR A LA GUADALUPANA

LA OCTAVA MARAVILLA Y SIN SEGUNDO MILAGRO DE MÉXICO PERPETUADO EN LAS ROSAS DE GUADALUPE

Por Francisco de Castro (1680)

NOTA 1: Este hermoso poema, escrito en octavas reales, es probablemente el más extenso que se haya escrito en honor a la Guadalupana. La belleza de su composición y su lirismo llamaron la atención de Sor Juana Inés de la Cruz, quien escribió su único soneto guadalupano inspirada por La Octava Maravilla, y titula a dicho soneto Alaba el numen poético del padre Francisco de Castro, de la Compañía de Jesús en su poema heroico en que describe la Aparición milagrosa de Nuestra Señora de Guadalupe de México.

En su soneto, Sor Juana compara el poema de Castro nada menos que con una segunda aparición Guadalupana:

La compuesta de flores maravilla

Divina protectora americana

que a ser se pasa Rosa Mexicana

apareciendo Rosa de Castilla.

la que en vez del dragón -de quien humilla

cerviz rebelde en Patmos- huella ufana,

hasta aquí Inteligencia soberana,

de su pura grandeza pura silla;

ya el Cielo, que la copia misteriosa,

segunda vez sus señas celestiales

en guarismos de flores claro suma:

pues no menos le dan traslado hermoso

las flores de tus versos sin iguales,

la maravilla de tu culta pluma.

NOTA 2: Sin embargo, el poema es enorme, consta de cinco cantos, con 36 octavas el primero, 70 el segundo, 44 el tercero, 53 el cuarto y 55 el quinto. En total, son 258 octavas y 2,064 versos.

Me resultaría muy difícil copiar el poema completo, además de que, con todo y su innegable hermosura, no es parte esencial de la Investigación Guadalupana. De este modo, no colocaré el poema completo, sino que sólo seleccionaré algunas partes de todos los cantos.

DEL CANTO PRIMERO

I

Canto el Milagro y el Retrato escrito

del igual verdadero que, pintado

portento, Efigie a quien su matiz vivo

reinas sirvieron flores muerto el prado;

la que el Cielo a pesar de lo nocivo,

del sitio adusto y del diciembre helado,

del tosco lienzo y del ingrato suelo,

pintó cual quiso y la sacó del Cielo.

II

La Maravilla, digo, continuada

que a México envidiar, no ya Castilla,

más la parte del orbe más pintada

puede; la que admirable maravilla

hoy, como cuando a flores ostentada,

en un diciembre que al abril humilla,

se vio florida Maravilla extraña

aun en su patria de la Nueva España.

III

Aquella de Lisipos y de Apeles

espanto colorido, asombro, idea

que, aun estando en cadáver los vergeles,

donde jamás olió flor Amaltea,

y en lienzo, cuyos hilos a cordeles

tiran, se deja ver la Nazarea

Fénix copiada, en vez de los colores,

con las que el floricida mes dió flores.

IV

Del Mariano País la Primavera

al campo de un ayate reducida;

ayate cuya no menos grosera

tela desnuda fue, que por vestida

tan varia en sus matices persevera,

persiste en sus colores tan florida

que, siendo al temple, pasma los pinceles,

cansa pintores y delicia fieles.

VII

Tu, la que Numen décimo no al coro

vulgar creciste de las Musas nueve,

cual Safo; si cual tú, la que canoro

número y numen al Querub promueve

a cuya planta bebe aquel sonoro

castalio instinto que a los otros llueve;

tú, del Parnaso Empíreo, tu, María,

décimo coro y cuarta jerarquía.

VIII

De siete reinos Imperial Señora

México fue en su Rey, no coronada

menso las sienes que la vencedora

planta de hollados cetros laureada;

mas hoy, si la que entonces fue se ignora,

divina más, por menos endiosada,

de Deidad mejorando en su fracaso,

segunda vez Roma del Noroeste ocaso.

XXV

Esta México fue, si en mapa breve,

su majestad aquel más imperiosa,

hoy tan rica a oro menos que la aleve

de su edad yerro desquitó piadosa,

que en ley, que en rey, que en observancia debe

-calle sus demás timbres de famosa-

nada a cuantas el mar de Cristo baña,

una del siempre Dios y otra de España.

XXVIII

Del ínclito Ariel que en Palestina

vencido, y vencedor de injusta muerte,

otra vez fundó el orbe en su ruina,

próvido ambage fue, querida suerte,

que la Leonis entrase en la Arietina

casa; porque el piadoso, a par de fuerte,

Aristeo por Austria y por Castilla

hiciese campo a tanta maravilla.

XXIX

El de Judá León siempre triunfante

dudó no, si a nombrar al que convino

de su América esfera digno Atlante;

aguardó que el de Flandes Vellocino

al de España León, en lazo amante,

hiciese en Carlos Géminis divino;

porque fuese vanguardia a tal Belona

Cristo en su Imagen, ya que no en persona.

XXX

Cuando del Tenoztlán en la conquista

a Marte le incumbió la excelsa parte,

consulta muy de allá fue, que no asista

a tan ínclita Palas otro Marte

que el que en sus armas el Cordero alista

y descoge el León en su estandarte,

la de Nazareth Augusta Palas

al Cordero León debe sus alas.

DEL CANTO SEGUNDO

XIII

No es lo que más admiración desea

mirar frustrada a Laquesis y Clotos

del caduco vitir la atroz tarea;

si al ver a tantos las costumbres rotos,

como la irracional rompió Romfea,

del que temieron infortunio ignotos

y en la esperanza del escape heridos

a su eterna salud convalecidos.

XV

Aque, digo, dichoso Yariseo

de estirpe entre romana y palestina

cuyo tiró a extinguir Lobo deseo,

o con su escrita a divorciar Paulina

a la de gracia novia su himeneo;

que a un golpe de la diestra Clementina

hecho quedó de copia Babilonia

la que en Dios bebió Grecia; España, Ausonia.

XVIII

En cuya religión, no ciega tanto

como en la de otros dioses, procedía

la del Nilo, del Tíber, del Janto,

cual más, cual menos ciega idolatría;

cuando del duro, no que en bronce, o canto,

rostro esculpió el pincel, la conocía;

ni de otra cara, que de la oportuna,

que hizo el fiero desdén de su fortuna.

XXII

Aquella, digo, si con Dios tan una

con las demás, que incluye perfecciones,

tan suntuosa las obras cual ninguna;

pues le costó sacrílegos horrores

enmendar de su imagen la infortuna,

cuando le estuvo a insignes dos ladrones

oírse por su entonces más querido

pueblo suplicio y causa condolido.

XXIV

¿En quién de Dios halló cabida

la que de Dios vencido a Dios laurea

fuerza amante, potencia condolida?

¿En cuál de las criaturas se recrea

tanto que de la ya framea esgrimida,

de su justicia el golpe sobresea,

dejando ya su diestra fulminante

no menos reportada que triunfante?

XXV

De cuya invocación habido el voto,

por eco el entusiasmo me responde:

tal, que si el vinclo con el cuerpo roto

del alma no me deja, al fin me esconde

a mí de mí, de igual sentidos boto

que las potencias hábil, llegué adonde

registré, a la alta luz de aquéllas, cuanto

al metro fío y encomiendo al canto.

XXXI

Poco instantes después introducido

me hallo una tempe de menor follaje,

pero de amenidad de más olvido,

de la vida al quitar Dios homenaje;

o do al fin faz a faz ser poseído

plugo al que dista de ningún paraje;

muraba el sitio aquel metal luciente

a quien su mejor luz debe el oriente.

XXXVII

Ya el aire de su horror convalecido,

ví, en fe de que el discurso no me engaña,

un breve mar a quien por no surtido

menos de blanco pez que verde caña,

isleña amenidad creció su nido

el hoy Fénix país de Nueva España,

de donde ser dio el humo señas claras

y de adúltero culto a espurias aras.

XLIII

Dígalo del Dios Hombre la mudanza,

si no en sí propio, en el grimoso efecto,

que hizo a su curia verle de venganza;

cuyo tanto pavor la impuso aspecto

que hubo menester la que fianza

está leyendo siempre en el decreto

de su fidelidad intransitoria,

para constar en su quietud la gloria.

XLIV

Tres por la boca de su abierta mano

lenguas de fuego, que el postrer suplicio

si al Orbe no antenuncian Mexicano,

se iban a resolver de un sacrificio

solemne a su justicia en polvo cano,

por fiero albergue y homicida hospicio

de la más inhumana idolatría,

agresora cruel cuando más pía.

XLVI

Cuando levada de la augusta silla

la que ya dije, si a los ojos Diosa,

Mujer, empero, cuya gloria humilla

cuanto tiene la Roma victoriosa;

mejoró de sitial en su rodilla

repitiendo sobre ambas obsequiosa

de esclava el Trono, donde colocada

se halló de Dios el vientre coronada.

XLVIII

Tierno el semblante, sin que humano agravio

el condolor a su beldad influya,

dio a la purpúrea cinta de su labio

sonora humilde libertad, a cuya

dulce voz todo aquel Emíreo sabio,

boca por cielo, suspendió la suya,

parando todos, bulto y alas fijo,

sus mientes, mientras que la Reina dijo:

XLIX

Hombre y Dios, dijo, autor y hechura mía,

-tanta, Señor, la dignación fue tuya

que te pudiese, libre de osadía,

apellidar tu esclava hechura suya

cuando soy por ti a quien sus caulas fía

el mundo, y tú a quien plugo, sustituya

en mí la voz por la de tu clemencia,

tu de venganza y yo de negligencia.

LI

Rompa mi labio, pues, el que silencio

me quebrantará el príncipe instituto

de la que en mí, por tuya, reverencio

gracia de hacerme toda el atributo

más de tu genio, cuya siempre agencio

de glorias creces; quieras, dulce fruto

de mi vientre, lograr las que te ruego,

iluminando un pueblo asaz tan ciego.

LXI

Símbolo y guarnición de su estandarte

era el arnés, de acero no, de leño,

en que al mundo pusó de parte a parte

Dios Hombre, de quien ya culto y diseño,

en cuyo signo el Castellano Marte,

Alejandro Español, Cid Extremeño

se avanzó a dominar un gentilismo,

que a extinguirle bastó con el guarismo.

LXII

Dígalo a su murmulla cuanta alista

gente el Campo Español que tumultuosa

abandona el campeón, si no desista

de empresa con nación tan animosa,

cuya asaz multitud, de lejos vista,

de antemano se ostenta victoriosa,

cuando su inumerable turba sola

las alas entumió de la Española.

LXVI

No sangre menos que infeliz fortuna

a la del Español Marte avenida,

correr vi a Tenoztlán por su laguna

de sus mismos patricios sumergida;

mas si cual suele allí se mancomuna

la Deidad con la seña permitida,

para dar al ciego, que venció, su vista,

gloria a su México fue su atroz conquista.

LXIX

Dió a entender una voz que el noble espacio

que desde entonces diez tardase veces,

en repetir el oriental topacio

su esplendor, desde el Aries a los Peces;

en el de Tenoztlán sacro Palacio

al que de Pedro tendría allí las veces,

para su fiel abrigo ofrecería

la agreste manta al cielo de María.

DEL CANTO TERCERO

III

No va lejos del monte mi Talía,

cerca sí, aunque la historia la rodea,

sirviendo al hecho la mitología

cuando a la que del Griego oyó Tirea

y madre de los dioses se aplaudía,

ahora elocuencia, ahora idolatría,

por nombre Teotenantzin en su cumbre,

que mata aromas por faltarle lumbre.

IV

O finge que Opis su tendido manto,

por librarle a las huellas del cuadrupe,

dobló allí, no ya todo, sino un tanto;

pero tan sin aliño, que le tupe

de rugosa aspereza inútil canto,

y has de cuenta que ya viste a Guadalupe;

doblez de tierra, corpulenta ruga,

si ya del llano al agua no es tortuga.

VIII

Ni el siempre ingrato a todos rumbos ceño

de tierra, que sorteó tan grato clima,

dudas, la que al ya hipérbole de empeño

en la falda, en la loma y en la cima;

cima que no en su frente crespo leño,

falda que jamás flor admitió encima,

rivazos macilentos de viudos

aun de Ninfa, que a nadie negó nudos.

X

Tierra a quien por lo áspid, lo florido

bien le armara, mas tal de su veneno

lo estéril fue, que aun de lo bien llovido

nunca se le dio un bledo a su terreno,

si ya del cielo no le fue impedido;

porque sombrease en todo el inameno

sitio el gremio infeliz, de la ya ufana

Madre, por gracia de la flor Mariana.

XVI

Del lago y cerro, a poco no desvío

vulgo fue mucho, si del Villanaje

mides la multitud con el gentío;

si de sus casas en el homenaje

tan corto, como el huésped laborío,

alarife y peón de su hospedaje;

patria del Indio, a quien la ya de horrores

tierra infeliz fructó dichosas flores.

XVIII

La suerte macehual-así al de Anhágua

plebeyo llaman, mas con Dios no hay plebe-

era el Indio que Juan a lengua y agua

oyó del mar tan alto en concha breve,

que a la del fuego originen voraz fragua

dejó, del primer golpe, hecha nieve;

¿quién sino Juan, que a gracia suena, había

de ser digno internuncio de María?

XIX

No impropio nombre al labio castellano

de espadañas telar escucharía

el Pueblo, de do aquel recién cristiano,

sin la fe antigua, a pie veloz medía

no pocas millas de palustre llano

cada estatuto a su enseñanza día,

por el ya abierto de las huellas surco,

la vuelta de Santiago Tlatilulco.

XXII

Tres de sus doce la solar contaba

majestad, Ninfas de reloj sin mano;

y entre las muertas, desde que doraba

su matutina luz el meridiano,

la de diciembre Aurora, que a la octava

se siguió del origen Mariano,

tal a tal de aquel mes estaba el día

con la hora que a su sol fiel incumbía.

XXIII

Cuando el dichoso Juan, por escogido

precursor de la Rosa Nazarea,

yendo pies suelto y ánimo encogido

rumbo en demanda de su fiel tarea,

por aquel entre lago y monte ejido,

pasos, alma y camino le saltea

gente, si de los hombres, por canora

pacible cosa, entonces cazadora.

XXIV

Por donde más los ojos exaspera

al caminante de la cumbre el ceño

-cuales no en su oceana primavera

o estación fortunada escuchó isleño,

no el Pindo, cuando es tumbo su ribera-

por el diciembre en facistol despeño,

voces el Indio oyó con cuyo acento

miente otra vez de Anfión el instrumento.

XXVIII

La falda al monte en pocos saltos prende

y ganándole piedras a la cuesta,

sobre la que aun de alado se defiende

Garzón, por erizada más que ingesta,

todo el hombre estribando en el que atiende

celeste canto, al fin se encimó cresta;

dedonde, cuando la campaña explora,

se halla en vez de las aves con la Aurora.

XXIX

Vió una Mujer, pero doncella

fértil a par de pura, vió a María

que sobre el gremio femenil descuella

más, que en la triste noche, alegre día:

la tricolor de Juno Ninfa bella

de ser su templo, en Argos se lucía;

quedó a su vista de un asombro ledo

el Indio, Indio otra vez menos el miedo.

XXXI

Ave Juan, una y otra deliciable

gracia a mis ojos, la Beldad le dijo:

Yo soy la que ambos orbes admirable

Madre aclaman, por serlo de Dios Hijo,

a quien de hoy más, será más agradable

este monte, que entonces le desdijo,

cuando su Teotenantzin se mentía

otra Yo en él, por ya posesión mía.

XXXII

Dí a tu Pastor, mi siervo y tu Connombre,

que en esta, un tiempo de oblaciones fieras,

hará feliz, un templo por renombre

titular mío, "la que ahuyenta fieras",

me erija a mí la Madre de Dios Hombre;

que no menos sagradas las riberas

le plugo hacer del mexicano lago

que las del Ebro ya, que las del Tajo.

XXXIII

Dijo; y Juan, reverente como urbano,

porque sin arte el labio más plebeo

reina la sumisión el mexicano

-ningún Mercurio a tanto Caduceo

se obstó- aunque fatigando menos llano

que viento, el pie a par con el deseo,

llegó a México en pos de su obediencia,

temprano a la Obispal, tarde a la audiencia.

XXXVI

Pues llegó a Don Fray Juan apenas, cuando

con no violento le escuchó cariño

bien que sagaz de un nuncio recelando

tan anciano la edad, la fe tan niño,

no fuese la visión de contrabando,

a tinieblas paliada al rebociño

de las que anochecerle pretendía

la que del siempre Sol le amanecía.

XXXVIII

Mas como la prudencia no lo fuera,

si en tales casos crédula impaciente

de instantáneos informes se creyera,

dejó la prueba al siempre competente

Juez, en discernir la verdadera,

sea tiniebla, sea luz, de la aparente

al tiempo, de quien suele en igual graves

materias Pedro disponer sus llaves.

XXXIX

Llevando Juan la vuelta a su villaje

a la ya, por tocada, empírea cumbre,

le dió Santa María el buen viaje;

y de la que contrajo pesadumbre

a la duda obispal con su mensaje,

no de dejó a su voz triste vislumbre,

a quien para el futuro exhortó día

a ser su ángel de segunda vía.

XL

Volvió al siguiente sol Juan a palacio

do, aunque el Señor le dió veloz oído

gastando empero asaz prolijo espacio

en su examen, quedó no más vencido,

que a dar al Nuncio fé no más reacio;

partió aquel de calumnias malherido,

no del Pastor sino de su rebaño

fácil crédulo en sí de ajeno engaño.

XLIII

Dos de su grey el Mayoral previno

los más linces, que espías le observasen

el que ya de su albergue iba en camino;

intimados que no le perdonasen

digresión, poza o paso peregrino,

de que cautos su vista no informasen;

mas fuese permisión o providencia,

se hurtó el Indio a sus ojos sin violencia.

XLIV

Corridos los dos Argos de su incuria,

depusieron del Indio con su Dueño

cuanta superficial famosa injuria

para mentir vigilias a su sueño,

les desató del pundonor la furia;

uno lo dice transformado en leño,

otro en sierpe, éste en toro, aquél en cabra,

más de verdad ninguno habla palabra.

DEL CANTO CUARTO

I

La tarde propia de la ya mañana,

la senda a su alquería repitiendo

iba Juan, y a la luz ultramontana

del sol hacia su clima entre muriendo;

cuando en el monte la Alba Soberana

tercera vez se le mostró riendo

y por su propio nombre le saluda

preguntándole nuevas, que no duda.

II

Ya, Señora, sabrás, siendo María,

cómo tu causa, por encomendada

a la de ningún dote agencia mía,

no sólo en calma, pero mal parada

queda en México; cuando su más pía

la interpretó opinión a bien soñada;

que otros quisieron, para mi despeño,

que otro brebaje me brindase el sueño.

III

Busca por la Occidental otro que sea

-si tu favor pretendes sea creído-

de las ruidosas prendas que desea

para su asenso el español oído,

que a mí ya es imposible que me crea

cuando a mis voces yace tan dormido,

que lo que entonces vi y ahora veo

de mi embriaguez lo atribuyó a Morfeo.

IV

A tal candor no pudo Alba tan pura

negar, el que jamás negó a inocente,

risueño labio; bien que con mesura

le enseñó a su arbitrista balbuciente

cuanta a su orden superior criatura

tenía, no más santa que elocuente;

pero que en su ningún caudal quería

ostentar su mayor soberanía.

V

Ve en paz, le despidió, tímida oveja,

y cuando en pos de tu celeste vengas

pasto, en la tierra de explorar no deja

este repecho, donde porque tengas

alivio en el tormento, que te aqueja,

pondré en quien oyere tus arengas

tal fé de que Yo soy la que te envío,

que el Mayoral te apruebe, nuncio mío.

VI

De admiración embelesado y gozo,

a saltos de placer sumó el camino,

mas no saltó a su dicha estigial pozo;

pues a su deudo halló Juan Bernardino

expuesto el alma al último sollozo

y el cuerpo a ser del túmulo inquilino,

de un cocoliztle, achaque al mexicano,

no más incorregible que tirano.

VIII

Solícito, pues, Juan, cuantas le pudo

humanas contras al enfermo aplica

viendo empero a su tío, si no el nudo

a la garganta, al vientre la atroz pica,

el que de lo inmortal sagrado Escudo

la Católica Palas comunica

en semejante lid a su Teseo

partió a buscarle a pasos de correo.

IX

Más recelando -sayagués recelo-

que la divina Madre le impidiese

camino, en que a su hermano le iba el cielo;

cual si de águila tanta se pudiese

escapar a la vista o ir al vuelo,

aunque detrás del mundo se escondiese,

por el opuesto rumbo dobló el monte,

pero en vano gastó nuevo horizonte.

X

Por la contravertiente o derecera

del que al ir y venir reconocía

cerro, echó el Macehual; pero tan fuera

del que sin su rodeo pretendía,

que la fuga zaheriéndole grosera,

persona y pasos le embargó María;

su yerro Juan enternecido acusa

bien que le dora con divina excusa.

XI

Temiendo que, de hallarte, en la tardanza

no enfermase mi tío a la otra vida

-que a la de acá ya está sin esperanza-

del que tu Hijo la mortal herida

remedio instituyó, dejó libranza,

iba, huyendo de tu dulce detenida,

a buscarle el Quirurgo competente

con que de ti, por ti, me incurrí ausente.

XII

Pláceme la razón de tu extravío;

mas de tu deudo olvida el accidente

creyendo el que me asiste poderío

para darle, no ya convaleciente,

pero salud de tan holgado brío

que juzgue el Pueblo se soñó doliente,

si no es qe tú también con tu prelado

vives, de que esta soy, desconfiado.

XIII

Nunca manchó tu siervo pensamiento

tal duda; pues en prueba de quien eres,

tu faz pureza da, vida tu acento,

siempre la más feliz de las mujeres

te confesé en los ocios del tormento;

dáme en rostro la culpa que quisieres

con tal que no me toque en la fe tuya,

si no pretendes que otra vez me huya.

XV

Dobla de esa colina el desaseo

y de la que a su espalda mancha hermosa

vieres -cual lunar bello en rostro feo-

uen tierra macilenta ufana Rosa

-flor que suelo yo dar por Jubileo-

troncha las que en tu manta venturosa

den a tu santo dueño no pequeñas,

si de Asís viene, de mis gracias señas.

XVI

No en México será menos divina

seña a su Mitra de que Yo te envío

tanta en invierno flor hiericuntina

de la que Asís dió a Roma en el estío;

y a su tierra fue tan fidedigna

purpúrea firma del indulto mío,

que de mi Hijo entonces Tesaurario,

a Roma vista, nos franqueó el erario.

XXI

Sólo es de Asís ceño, do a un suelto Infante

de Roma Sacro en Tenoztlán Patricio

descojerás mi lábaro fragante;

será, empero, que algún pequeño indicio

sus domésticos vean, importante,

que en tanto humilde rara vez de oficio,

ni Argos los ojos a poner acierta,

si milagrosa voz no le despierta.

XXXIII

Hirió la etérea luz la agreste casa

y por las brechas de su infiel reparo

entró al mísero albergue, tan no escasa,

que le causó al bujío día más claro

que el sol caldaico a su campaña raza;

cuyo de gracia largo a par de avaro,

bien cual Virgen fulgor de nocumento,

nuevo al que ya expiraba inspiró aliento.

XXXIV

No así absorto el Consulto de Areopago

viendo morir al sol en plenilunio,

en su memoria decretó el estrago

del orbe, o de su Autor el infortunio;

como el bozal de ver bañar su lago

de un sol por el diciembre, cual por junio

jamás se vio, pensando que se había

mudado el cielo, el año, el mes, el día.

XXXVI

¿Quién eres, nueva estrella matutina,

exclamó, cuya pitimal potencia

siendo a un tiempo mi Apolo y medicina

curó con una vista mi dolencia?

Que aunque a las nobles de imitarse dina

doncellas nuestras la exterior decencia,

tu Beldad mal encubres; pues pareces,

si unas veces mujer, deidad más veces.

XXXVII

Ave Juan Bernardino, Dios te guarde,

ten salud, deja el suelo de tu cama;

pues ya de la que ardió fiebre cobarde

huyó a mi dulce voz su amarga llama,

dispónte a hacer de mi favor alarde,

mira que ya el Obispo, a quien la fama

llegó de tu salud por tu sobrino,

a México previene tu camino.

XXXVIII

Dí a mi querido Siervo y tu Prelado

que allá vas; de quien soy tan fiel testigo

como de mi favor excencionado,

cuando te preocupé del que contigo

féretro estaba ya resucitado,

que me erija el que dije y ahora digo,

templo en el monte, donde la mentida

de Diosas Madre un tiempo fue aplaudida.

XL

Do a la tarde, a la noche, a la mañana,

no benéfica menos que divina,

la puebla en sus fortuitos Mexicana

me habrá en su labio, no bozal vecina;

mas de verdad, aunque en el monte llana,

mientras el orbe en su vaivén termina,

a serle a mejor Rey Conquistadora

en el valle, en la cumbre, a cualquier hora.

XLI

Cuyo titular mío sea renombre,

"la que ahuyenta fieras"; aunque ya veo

que adultera sin culpa aqueste nombre

al labio mexicano el europeo;

mas, como Yo de allí cuantas del hombre

son y serán, logrado mi deseo,

fieras ponga en huida más atroces

¿qué importa mude la piedad mis voces?

XLIV

Mal terciado en su capa el mexicano,

en el inter de aquel y este impaciente

doméstico obispal, curioso alano,

quedó Juan Diego; mas tan obediente

al Virginal precepto que a esta mano

y aquella, defendió la floreciente

copia sagrada que prendió en su ayate,

de la curiosidad que la combate.

XLV

Pero al fin, por lograrse redimido

de la Pajense vejación, un canto

les asomó de su Alquisel florido:

primavera pensil juzgan su manto;

cuya corriendo voz al sacro oído,

dio al piadoso Pastor cuidado tanto,

no sin Deidad, el mísero Juan Diego,

que a su retrete le introdujo luego.

XLVII

Ya la propia del hombre vuelto planta

de la que a su Pastor dobló rodilla,

dio libertad a su prendida manta;

que en lluvia hermosa, por cualquier orilla,

de flores prorrumpió, pero no espanta;

porque las estampó la Maravilla

florida Sol, serenidad amena,

que en la tilma pintó la "Gratia Plena".

L

Doce el décimo mes soles contaba,

que hoy duodécimo fuera, si Octaviano

no hurtase en pos de Julio el que tocaba

nombre al diciembre, sin temor de Jano;

no escriben la que sombra el sol rayaba,

cuando en el del humilde americano

manto, de gloria ya, si antes de pena,

de flores se copió la Nazarena.

LII

Convocado a Palacio el día siguiente

del silbo pastoral Juan Bernardino,

la celestial visión narró fielmente

contestando al que trajo su sobrino

antes de verle, sin dejar luciente

ápice, Simulacro peregrino,

y con el nuevo de su inesperada

salud cerró milagro su embajada.

LIII

Noches catorce apenas huyó el día

desde esta a Tenoztlán felices hora,

cuando por su Nobleza y Clerecía,

en fausto y religión competidora,

al monte que ordenó, do ya tenía

epiciclo capaz la Sacra Aurora,

fue conducida con magnificencia

a tomar posesión de su influencia.

DEL CANTO QUINTO

I

Raso -maguey le llaman- vegetable

que esta parte del Cancro lleva el suelo,

planta tan a su dueño usufructuable,

cual concedió a otra tierra ningún cielo;

a los del tiempo asaltos indomable,

dura al sol, dura al agua, dura al hielo,

su corazón lo diga alado a pencas

de agudas archas, más que las flamencas.

II

Su tronco neto el pleno abarque impide

de brazos dos en bicodal altura,

su herido corazón licor despide

que al de Hiblea no le envidia la dulzura;

asado, electo pasto al gusto mide:

agradecida planta, fiel criatura;

pues al que ningún costo la cultiva

no sabe, aunque la tuesten, ser esquiva.

III

Tres potables le brinda; uno es vino

que cuando la alquitara le resuelve

sabe correr por aguardiente fino,

su castigada hoja en hebras vuelve

hilo, sino de asiento, de camino;

de afán y frío en el hogar absuelve

y al fin, sobre otros mil usos, al dueño

sirve de vino, agua, dulce y leño.

IV

Aristarco de a pie, plebeyo diente

juega al colmillo; y de su flaco embaza

Horacio no, si estómago impaciente,

la cruda lima astada en alcaraza:

dí que es de monstruo la que a su escribiente

pluma del principal asunto enlaza;

y cierra, que un mezcale pintar supe,

cuando el tema es la Flor de Guadalupe.

V

Y te responderá la Maravilla

que entre los otros, que a su primer Planta

milagros concurrieron a la Silla,

siendo el que a los pintores más espanta

no es el que a todos menos maravilla;

que arrostre tal primor tan cruda manta

y al pincel tal matiz beba en Bohemio

aun de colores líquidos abstemio.

VI

Deba en mi estilo, en mi pluma deba

a la Virgínea Madre aquesta fama

el "para todo" de la España Nueva,

sepa la Antigua de raíz la trama

del lienzo estéril, donde tanta lleva

florida copia de Jesé la Rama,

que de corteza a flor, milagros tupe

en su Imagen del nuevo Guadalupe.

VIII

Dos, poco más, llenó varas en alto

del sayagués américo la capa,

donde el Sacro Pincel rayó tan alto,

que de su vuelo, cielo no se escapa;

pues ni el empíreo se le fue por alto

en la que pinta de ambos orbes mapa:

dígalo aquel Querub en quien estriba

cuanto hay de Dios abajo cielo arriba.

IX

Palmar seis veces de altitud descuella

su elevación, desde la heroica planta;

cuya a la luna generosa huella

luces pule, candores adelanta

hasta el sol; cuyos doce a tanta Estrella

tienen rayos, ceñir su sacrosanta

frente que consiguieron por su ambiente

ignorar el ocaso en occidente.

XIX

Sobre la excelsa parte el manto ajusta

diadema real, de un oro que pudiera

dar al sol, cuyo globo le circunsta,

no poca envidia, si el metal no fuera

solar estirpe de su llama augusta;

mas una y otra del arte se atempera

que, opuesto el giro de ambas, ocasiona

imperial de oro y sol Fénix, corona.

XXIX

Con cuyas doce el sol lumbres el sello

echó al asiento que en el sacro adorno

gasta, desde una del virgíneo cuello

a la otra parte, coronando a torno

su faz, diadema, sienes y cabello,

donde tan a las manos ve el retorno

el Celeste Jayán, que al menos gana

que no se le despinte la mañana.

XXX

Pues sobre un siglo, ha ya no pocos soles,

que el de occidente Guadalupe honora,

prosiguiendo matices y arreboles

la Maravilla que pintó la aurora

y que el sol de brillantes girasoles

circunda su hermosura vencedora,

con que mientras del tiempo triunfa aquella,

jamás de aquel occidental querella.

XXXIII

De aquel sí corvo garbo y gallardía,

que la melliza del fulgor diurno

luce a pesar del sol al cuarto día,

huido el uno y otro cuerno eburno,

en medio de una y otra punta pía,

suelo sirvió a María, no coturno;

y haciendo por aquella y esta punta

plaza a su Emperatriz, nunca las junta.

LIII

Que a penetrar ninguno se ha atrevido

de la Celeste Puebla esta eminencia,

de que el Trono de Dios se ve asistido,

a las dos les encubren la presencia

a tanto alado Serafín rendido,

del que es todo poder, todo clemencia,

y esto en el Mapa se pintó florido

donde el Argos Querub nació torcido.

LIV

Así pintó la Fénix Maravilla

a quien, cual de sol tanta expresa sombra,

no sólo no le pasa interrumpilla

por su mudanza al tiempo; mas se asombra

de ver, que hoy como ayer, su matiz brilla;

no en Guadalupe más valiente Combra

de patrocinio a México, que propia

de su etérea beldad amena copia.

LV

De aquel nombre, hasta el siglo que hoy florece,

el sitio y el bosquejo se apellida;

donde, a pesar del tiempo, si no crece

en lienzo frágil su beldad florida,

a pesar de los años permanece

sin que una flor el tiempo le despida,

tan primavera ahora como entonces:

¡oh, Lienzo, envidia a los azules bronces!

Fuente: Wikipedia. Peñalosa Joaquín Antonio, Flor y Canto de Poesía Guadalupana, Edit. JUS, 1a. Ed. 1987. Creative Commons.

 
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