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LOS HÉROES DEL 2 DE ABRIL DE 1867

En el inicio de la guerra en contra de la Intervención Francesa y el Segundo Imperio, las fuerzas de la República experimentaron muchos reveses y conocieron pocos triunfos. La superioridad del enemigo había dispersado y arrinconado al ejército nacional en unas cuantas áreas de nuestro territorio, desde donde sin contar apenas con recursos, resistió con la convicción de reconquistar la soberanía usurpada.

Lentamente, con base en esfuerzos y sacrificios, los partidarios de la causa que representaba Benito Juárez lograron revertir las circunstancias y convertirse de perseguidos en persecutores. En 1867 fueron los imperialistas quienes se vieron obligados a parapetarse y resistir; así lo hicieron en las ciudades de Querétaro, México y Puebla. Al general Porfirio Díaz le correspondió, el 2 de abril de ese año, tomar esta última posición, mientras que el general Mariano Escobedo intentaba derrotar al emperador guarecido en Querétaro.

El 9 de marzo, los republicanos iniciaron el sitio de Puebla. Díaz erigió su cuartel en el cerro de San Juan, mismo lugar donde en 1863 el mariscal Forey había establecido el suyo. Desde su enclave, Porfirio Díaz reflexionó sobre su comprometedora situación.

No disponía de hombres ni materiales de guerra suficientes para poder efectuar un sitio de larga duración: contaba con unos 6 mil hombres. El enemigo refugiado en la ciudad tenía un número similar, pero en su favor contaba con una posición más ventajosa, superaba a los republicanos en la cantidad y calidad de su artillería y conservaba en su poder los fuertes de Loreto y Guadalupe, aquellos desde los que Ignacio Zaragoza y sus tropas habían rechazado el 5 de mayo de 1862 a los franceses que comandaba el Conde de Lorencez. Además, los franceses esperaban que en cualquier momento llegara Leonardo Márquez desde México con 5 mil hombres de refuerzo.

Para reducir la ventaja enemiga, Porfirio Díaz desplegó su actividad procurando mejorar su posición con la toma de aquellos puntos que le permitían un mejor control del terreno; para ello, fueron tomadas una a una las calles de la periferia, luchando casa por casa. En esa labor se destacó especialmente el general Manuel González, quien recibió una bala de rifle que le destrozó el codo y le costó la amputación del brazo derecho.

González había iniciado su carrera militar combatiendo al lado de los conservadores, pero al ocurrir la invasión extranjera hizo a un lado su filiación política y se sumó a las fuerzas republicanas. Años más tarde, Díaz confesó que al conocerlo había experimentado un sentimiento de antipatía y que, aún cuando su nuevo aliado había pedido que se le reconociera el grado de Teniente Coronel y “amigos mutuos me habían pedido que intercediera por él ante el gobierno para que se resolviera su solicitud, hice oídos sordos. Nuevamente en Puebla, con el enemigo en puerta, en 1863 se me presentó pidiendo no su grado sino un fusil y un lugar en la tropa”, Díaz no tuvo manera de rechazar su argumento: “piense que, como usted, yo también soy mexicano”.

El propio don Porfirio no dudó en exponerse personalmente, y así, el 31 de marzo, al inspeccionar una casa, el techo se le vino encima, quedando atrapado el general entre los escombros por la mitad inferior del cuerpo. Su situación era muy comprometida, pues los soldados enemigos introducían los cañones de sus fusiles por las ventanas y resquicios y hacían fuego sobre él. Tal ahínco puso Luis Terán en rescatarlo tirando con tanta fuerza de sus brazos que, cuando los soldados lograron mover la viga que aprisionaba sus piernas, Terán sacó a don Porfirio pero sin botas. Descalzo montó en su caballo para mostrar a la tropa que no había muerto en el incidente.

Los republicanos lograron mejores posiciones estratégicas, pero el tiempo transcurría y se reducían las posibilidades de éxito. Después de reflexionar, Díaz determinó que contaba con varias alternativas, aunque todas ellas implicaban un alto riesgo.

Una era levantar el asedio de Puebla y retirarse al sur para evitar los daños que podría producirles un ataque conjunto de las fuerzas de Márquez y de los defensores de esa ciudad; más para ello debía abandonar los pocos elementos de artillería que había reunido con gran esfuerzo.

Otra era salir al encuentro de Márquez antes de que éste llegara a Puebla, afrontando la posibilidad de ser atacado por fuerzas muy superiores a las suyas por el frente y la retaguardia.

Una más consistía en abandonar Puebla y marchar en ayuda de los sitiadores de Querétaro, opción que implicaba los mismos riesgos que las dos primeras.

Finalmente, podía simplemente asaltar y tomar Puebla.

El 1 de abril de ese 1867, Díaz y su Estado Mayor se decidieron por la última opción. Dividió a sus hombres en 17 columnas de asalto; tres de ellas realizarían un ataque falso sobre el convento del Carmen, con la intención de que el enemigo descuidara la defensa de los puntos por los que en realidad se pretendía penetrar en la ciudad.

A las 2:45 de la madrugada del 2 de abril, los escasos 18 cañones con que contaba el ejército republicano abrieron fuego sobre las trincheras del Carmen. Al consumirse las municiones, las columnas encargadas de distraer al enemigo iniciaron su ataque falso. Poco tiempo después, el resto de las columnas atacaron los puntos que les habían sido asignados.

Correspondió al mayor Carlos Pacheco comandar la columna de asalto que debía tomar la posición en la calle de Siempreviva. Su misión era tomar las trincheras enemigas y rellenarlas con paja para permitir el ágil paso de las tropas que venían a su retaguardia.

El fragmento de una granada hirió a Pacheco en una pantorrilla. Sin darle importancia siguió avanzando hacia las trincheras enemigas; allí fue herido también en una mano. Continuó su avance rumbo a la plaza, pero un tiro de metralla disparado desde el atrio de Catedral le rompió el muslo izquierdo. Cuando un soldado trataba de socorrerlo, otro disparo le destrozó el brazo derecho.

Al mediodía la plaza fue ocupada y, mientras esto ocurría, Porfirio Díaz, gracias al poder otorgado a José Valverde, se unía en matrimonio con Delfina Ortega, quien se encontraba en la ciudad de Oaxaca.

La del 2 de abril fue una acción bélica audaz y brillante: a un plan juiciosamente concebido siguieron un ataque y asalto ejecutados con perfección. El general Díaz y sus tropas contribuyeron a la pronta y definitiva derrota de los imperialistas.

Sin embargo, en el éxito de la empresa no fue suficiente la perfecta planeación y ejecución, éstas sólo sirvieron para contrarrestar la desventaja material y táctica de la República. La diferencia determinante fue la férrea determinación de los soldados que intervinieron en el hecho de armas por alcanzar la victoria.

Prueba de la excepcionalidad de estos  hombres es que sus tres principales héroes tuvieron, años después, un papel muy destacado en la historia de México: dos de ellos ocuparon la presidencia de la República: Manuel González y Porfirio Díaz; el tercero, Carlos Pacheco, fue diputado, gobernador de los estados de Puebla, Morelos, el Distrito Federal y Chihuahua, así como ministro de Fomento.

Fuente: Wikipedia. Artículo autoría de Raúl González Lezama, investigador del INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Ilustración: Francisco de P. Mendoza, Episodio de la Batalla de Puebla del 2 de abril de 1867, siglo XIX, Museo Nacional de Historia, INAH. Imagen tomada del libro: Eduardo Báez, la pintura militar de México en el siglo XIX, México, SDN, 1992,  p. 161. Creative Commons.

 
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