historia.jpg

Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
IGNACIO ZARAGOZA, EJEMPLO DE CONVICCIÓN Y LEALTAD

 

Nacido en Bahía del Espíritu Santo, en territorio texano, el 24 de marzo de 1829, Ignacio Zaragoza Seguín siempre mantuvo su mirada fija hacia el sur. Hijo de un militar que comenzó su carrera de armas en 1822, al lado de Antonio López de Santa Anna, recibió sus primeras experiencias vitales en un ambiente totalmente inmerso en la disciplina castrense, que marcó el derrotero de su trayectoria. Debido a las ocupaciones paternas, transitó durante sus años mozos por diversas plazas del norte del país, lo que le impidió sentir arraigo en algún lugar específico, pero que, por el contrario, logró conjugar en su ser una identificación nacionalista. Para él México era todo uno.

Sus ansias por defender a la patria ante el mar de dificultades que se entreveía en el horizonte, se manifestaron desde edad muy temprana. Cuando apenas contaba con 17 años, en los momentos en que la invasión estadunidense era inminente, solicitó su incorporación a las armas nacionales. Su lozanía repercutió en que la petición fuera rechazada, lo que no disminuyó un ápice su convicción por la defensa de nuestra independencia. El tiempo, implacable en su transitar, confirmó su voluntad.

Dedicado por lo pronto a actividades comerciales, aprendió a ser paciente y su oportunidad no tardó en llegar. El 12 de marzo de 1852 se incorporó a la guardia nacional de Nuevo León y al año siguiente formalizó su entrada en el ejército. Transcurría entonces el último intervalo de la etapa presidencial de Santa Anna, que, transfigurado en sistema dictatorial, marcó el final en el poder del famoso “quince uñas”, apodo despectivo que hacía referencia a la ausencia de su extremidad inferior. Pero lo que no le faltaba al lisiado mandatario eran soberbia y despotismo, actitudes que, lógicamente, levantaron al pueblo en su contra. La bandera que se alzó en oposición a sus despliegues autoritarios fue el Plan de Ayutla, promulgado el 1 de marzo de 1854.

Zaragoza, siempre consciente de sus responsabilidades, se enfrentó a una complicada disyuntiva. Por un lado, debía lealtad al ejército que lo había acogido y, por lo tanto, a las instituciones que sostenían al indeseado gobernante. En otro sentido, no estaba ajeno de los males a que conducía el talante tiránico de quien otorgó al puesto presidencial el título de “alteza serenísima”. Su resolución se inclinó hacia el bien de la patria, por lo que consideró separarse de la corporación marcial y luchar contra la opresión y desparpajo del autócrata de pacotilla. Su lealtad, sin confusión alguna, estaba del lado de la nación, y puso todo de su parte para concretar el destierro del prepotente caudillo.

A pesar de que finalmente se obtuvo el exilio del denostado personaje, la calma era lo que más se extrañaba en el México de esos tiempos. Durante el mes de abril de 1858, nuestros antepasados estaban sumidos en una guerra sin cuartel. Liberales y conservadores —a fin de cuentas hermanos de la misma patria—, se disputaban las riendas del país, ensangrentando el territorio nacional, sin vislumbrarse todavía hacia dónde se inclinaría la balanza de la victoria. En el marco de estas operaciones bélicas, el joven coronel Ignacio Zaragoza, ubicado en las cercanías de San Luis Potosí, se encontró nuevamente en una situación comprometida. Tras el triunfo de las fuerzas liberales comandadas por el general Juan Zuazua sobre las tropas de Miguel Miramón, que se dispersaron y fueron capturadas, recibió la orden de fusilar a cuatro prisioneros. Como militar sumiso contestó afirmativamente a los designios de su superior, aunque en su fuero interno el sentido humanitario lo confundía sobremanera. En carta fechada el 21 de ese mismo mes, concluyó así la solicitud de perdón para los cautivos: “Seamos fuertes y terribles en el combate; pero después, que admiren nuestra humanidad los enemigos que no nos conocen”. Sus palabras obtuvieron un resultado positivo.

Pero justo un año después, cuando las hostilidades arribaban a un punto álgido, su actitud magnánima fue presa del desencanto: Leonardo Márquez, uno de los principales artífices del bando reaccionario, perpetró una cruel matanza en el poblado de Tacubaya, que lo colocó en la ignominia de la historia. Zaragoza, al igual que muchos, censuró tan inhumana acción, en la que resultaron sacrificados varios civiles, decidiéndose entonces a operar con todo el rigor necesario contra los adversarios, quienes no se tentaban el corazón. En el panorama de estas contradicciones se iba forjando la personalidad de un hombre que cumpliría al poco tiempo su cita con el destino.

En el tenor de tales circunstancias, el pundonoroso soldado fue adquiriendo una responsabilidad extrema ante las dificultades, que se acrecentaba en la medida en que ascendía en el escalafón militar. A las órdenes de Jesús González Ortega, participó activamente en la batalla que se desarrolló el 22 de diciembre de 1860, en los llanos de San Miguel Calpulalpan, donde se dio la puntilla a las ambiciones de los conservadores.

Como es de todos conocido, su momento más protagónico se presentó la mañana del 5 de mayo de 1862, cuando, ya nombrado general, al frente de las tropas mexicanas, comandó con valor e intrepidez la victoria sobre el ejército invasor francés, reconocido en esos momentos como el primer cuerpo de guerra del mundo. En los anales de la historia ha quedado plasmada la frase que remitió a Palacio Nacional, que se leyó ahí ese día a las 5:49 horas de la tarde: “Las armas del Supremo Gobierno se han cubierto de gloria”.

Sin embargo, el triunfo no era resultado de los esfuerzos de un solo hombre. Los generales José Solís, Ignacio Mejía, Porfirio Díaz, Francisco Lamadrid, Felipe Berriozábal, además del contingente indígena de zacapoaxtlas y todas las divisiones que tomaron parte en las operaciones, se merecieron los halagos de su jefe de campaña. Inmediatamente después de la victoria, en una postura sin egoísmos ni envidias, solicitó una recompensa ejemplar para sus subordinados. Como corolario inmediato de su petición, en la Ciudad de México se mandó acuñar una serie de medallas de oro y plata, cuya inscripción honraba a los valientes soldados mexicanos que ese día defendieron no solamente la integridad de los habitantes de la ciudad poblana, sino la propia independencia del país que los vio nacer. Con su entrega en el campo de batalla habían demostrado de lo que estaban hechos y que no sería fácil para los invasores cumplir los designios de su emperador, el ambicioso descendiente de Bonaparte, Napoleón III.

A pesar de ese rotundo éxito, que alojó inequívocamente su figura en el pedestal de los protagonistas de la historia mexicana, la fortuna le tenía preparada una mala jugada. A los pocos meses de su instante cumbre contrajo fiebre tifoidea, lo que le ocasionó la muerte el 8 de septiembre siguiente. En las honras fúnebres, realizadas con gran pompa, participó el pueblo al lado de todas las autoridades, incluyendo al presidente Juárez, quienes lo acompañaron en su último peregrinar al panteón de San Fernando. Al pie del sepulcro, José María Iglesias le ofreció palabras de gratitud, que selló con los siguientes enunciados: “Para tu memoria en el mundo, el lauro inmarcesible de la gloria. Para tu alma inmortal, el premio con que Dios galardona la virtud”.

En 1976 se le trasladó a un monumento edificado frente a los terrenos donde despuntó su fama. Hoy, cuando conmemoramos 180 años de su nacimiento, su entrega por la patria se mantiene como ejemplo a seguir. En su lealtad a México y la convicción por defender su soberanía, que tanta sangre costó entre quienes nos antecedieron, se aloja el perenne homenaje que se rinde a su memoria.

Fuente: Wikipedia. Artículo autoría de Carlos Betancourt Cid, investigador del INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Creative Commons.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia