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PARTE DE LA TOMA DE GUANAJUATO RENDIDO AL VIRREY POR DON FÉLIX MARÍA CALLEJA

 

El señor brigadier don Félix Calleja, comandante en jefe del ejército de operación contra los rebeldes, ha remitido a este superior gobierno el siguiente pormenor de la gloriosa acción de las tropas de su mando, en la reconquista de Guanajuato, en que tanto ha brillado la visible protección de la Divina Providencia en favor de la justa causa.

Excelentísimo señor.— Mis continuas ocupaciones después de la toma de Guanajuato y la diaria atención a los objetos del arreglo de aquella ciudad, me han impedido formar la relación circunstanciada de los sucesos de armas que precedieron a mi entrada en ella. Voy a ejecutarlo ahora que logro algún espacio, sintiendo no tener todo el necesario para exponerla como fue.

Batido y derrotado el ejército de los insurgentes el día 7 del mes último en Aculco, levanté el campo al siguiente, y me dirigí a Querétaro, donde di algún descanso a las tropas; pero con noticia de que el mayor número de los enemigos que huyeron de aquella acción, se había reunido en Guanajuato con Allende y los principales cabecillas, y que en esta ciudad, al abrigo de su numerosa plebe y fuerte situación, se proponían hacer la mayor resistencia, habiendo acopiado al efecto sus mayores recursos de artillería, municiones y gente, me encaminé a aquel punto por los pueblos de Apaseo, Celaya, Salamanca e Irapuato, con el doble  objeto de reducirlos a la obediencia y organizar su gobierno, como lo verifiqué, y asegurarme las subsistencias impidiéndoselas al enemigo.

La tarde del 23 tomé posición en Puerto Molinero, distante cuatro leguas de Guanajuato, y a las siete de la mañana siguiente emprendió el ejército su marcha hacia la cañada de Marfil, que es la entrada principal de aquella ciudad, no con otro objeto que con el de practicar un prolijo reconocimiento del terreno, y disponer en consecuencia el ataque para el día siguiente; pero la anticipación con que el enemigo empezó a batir con su artillería colocada en dos lomas a la orilla izquierda del camino, me puso en la necesidad de desalojarle de ellas para situarme y verificar después mi intento.

Al efecto, dispuse que un cuerpo de caballería compuesto de dos escuadrones de México con sus comandantes don Francisco Astudillo y el varón Antoneli, otro de España mandado por el capitán don Gabriel Martínez, dos compañías de escopeteros y patriotas de San Luis, al cargo del teniente coronel don Juan Nepomuceno de Oviedo, y el piquete de dragones de Querétaro al del señor don Manuel Pastor, todo a las órdenes del señor don Miguel de Emparan, general de la caballería, se dirigiese por la izquierda de las citadas alturas a tomar el camino de Silao y cortar la retirada al enemigo, al mismo tiempo que atacasen por el frente la compañía de voluntarios de Querétaro con su capitán don Antonio Linares, dos escuadrones de San Carlos con el teniente coronel de este cuerpo don Antonio Gutiérrez, la compañía de mi escolta mandada por el capitán don Ramón Falco, y otra de patriotas de San Luis, cuyo ataque debían proteger los cuatro cañones de a caballo situados sobre la derecha del camino.

Todo se verificó en los mismos términos que lo dispuse, las tropas deseosas de llegar a las manos con los enemigos, y animadas por mi segundo el señor conde de la Cadena que iba a su frente, se arrojaron a ellos con tanta resolución e intrepidez, que habiendo principiado el ataque a las diez y media de la mañana, ya a las once estaban derrotados, tomadas las dos alturas, cogidos sus cañones y puestos en precipitada fuga, ejecutando en media hora lo que me proponía hacer en todo el día. En esta acción se cogieron un coronel, varios oficiales y muchos prisioneros con cuatro piezas de cañón.

Viéndome dueño de los dos puestos ventajosos que formaban la vanguardia del enemigo y cubrían la entrada de la cañada de Marfil, notando el general entusiasmo de la tropa, y que aún no era llegado el medio día, traté de aprovechar este precioso momento e hice señal de que siguiese la marcha el ejército para internarme en la cañada, a cuya izquierda comienza el camino de Santa Ana, que me había propuesto seguir con el grueso de las tropas, a fin de flanquear la mayor parte de otras diez posiciones que en otros tantos cerros elevados ocupaban los insurgentes a derecha e izquierda con artillería y considerable número de gente, evitar el paso del resto de la cañada, cuyos espaldones estaban minados por más de mil quinientos barrenos comunicados por una misma mecha, y enfilados varios puntos por las baterías enemigas e ir sucesivamente batiendo y dominando el terreno.

Puesto al frente del ejército con la artillería de a caballo, siguiéndome el primer batallón de la columna de granaderos, con su comandante el señor don José María Jalón, y su sargento mayor don Agustín de la Viña, continué mi marcha por la cañada, internándome en el caserío que abandonaron los enemigos al acercarme, y desde ella paso a paso sin dejar de batirlos con mi artillería, a pesar del continuo fuego de una batería que tenían colocada a la derecha para imposibilitar esta entrada, llegué al punto que daba comunicación con el camino de Santa Ana, teniendo que subir a brazo los cañones, lo que ejecutó con suma presteza y animosidad la compañía de gastadores de la columna, hasta situarme en una ladera desde donde podía descubrir y batir al enemigo con más facilidad.

Entretanto di orden para que por el mismo paso me siguiese el resto del ejército, sostenido por el segundo batallón de la columna de granaderos al mando de su segundo comandante don Joaquín de Castillo y Bustamante, dejando para que lo ordenase al señor mayor general de la caballería don Diego García Conde, quien fue dirigiendo las columnas por el mismo paraje, protegidas por el fuego de mi artillería que continuó hasta hacer cesar el de dicha batería, lo que conseguido me encaminé por el propio rumbo a batir otras alturas que por mi frente y costado izquierdo tenía ocupadas el enemigo, haciendo que se me incorporase el segundo batallón de granaderos, que sostuvo igualmente el ataque contra otro cerro situado a la derecha de la entrada de Marfil.

Viéndome ya en estado de apoyar con mis movimientos sobre la izquierda los ataques de los demás, dispuse que el primer batallón del regimiento de la Corona mandado por su coronel el señor don Nicolás Iberri, al que iba agregado el señor conde de Casa Rul, 2 escuadrones de provinciales de San Luis, mandados por el señor conde de San Mateo Valparaíso, y el teniente coronel don Josef María Tovar, y 2 compañías de dragones de Querétaro a las órdenes de su capitán don Matías Bárcena se dirigiesen por mi derecha hacia los cerros de Marfil para coger la ciudad entre dos fuegos, auxiliando a mi segundo el señor conde de la Cadena, que después del ataque de la entrada se había dirigido con alguna caballería a aquel punto, y poco después di orden para que lo siguiese el segundo batallón de dicho regimiento, mandado por su sargento mayor don José Villalva, al mismo tiempo que la reserva y cuerpos de lanceros de la retaguardia estuviesen prontos a acudir donde llamase la necesidad, por manera que apoyándose y sosteniéndose entre sí todos los cuerpos, se viesen atacados y rodeados los enemigos por todas partes.

Mis órdenes fueron ejecutadas con la mayor inteligencia y exactitud. Unidos los dos batallones de la Corona avanzaron con rapidez y empezaron a subir la montaña despreciando el fuego de artillería y fusilería, y la lluvia de piedras que arrojaban los enemigos, venciendo las dificultades que ofrecía lo inaccesible del terreno, con tal ánimo y resolución, que en poco tiempo los desalojaron de las baterías que defendían, y se apoderaron de sus cañones y municiones; y ya empeñados en la derrota del enemigo y en desalojarle de las alturas que ocupaba, se adelantaron por todas las cimas hasta llegar a las del cerro de San Miguel el más próximo a la ciudad, donde se situó y pasó la noche, y desde el cual con uno de los cañones tomados hizo fuego el día siguiente el capitán del propio cuerpo don Bernardo de Orta, logrando contener el de los enemigos.

No puedo dejar de hacer honor en este lugar a mi segundo el señor conde de la Cadena, quien recibió al subir a dicha montaña una fuerte contusión de piedra en el hombro izquierdo, y a los dignos jefes, oficiales y soldados de este regimiento, por la bizarría y espíritu con que se portaron, causando emulación a todo el ejército. De los individuos del propio regimiento quedaron heridos de bala de fusil 4, y otros 13 de piedra, incluso el subteniente don Vicente Sobrevilla, ligeramente en la barba. En la misma acción el dragón de provinciales de Querétaro Marcos Arroyo mató a un artillero de los insurgentes en el cerro nombrado del Cubilete al tiempo de dar fuego al cañón, recibiendo una herida en la cabeza. El dragón del mismo cuerpo Ignacio Ruiz fue acometido en dicho cerro por tres enemigos, a quienes dejó muertos después de haber recibido varios golpes de palo. Finalmente, otro dragón del regimiento de España, llamado José Rayas, se distinguió en el mismo ataque matando en el cerro del Hormiguero 8 enemigos y haciendo 7 prisioneros; cuyas acciones manifiesto a vuestra excelencia para que no carezcan estos individuos del justo honor y premio a que se han hecho tan dignamente acreedores.

Mientras el regimiento de la corona y los demás cuerpos que le acompañaban, se distinguían en estos ataques, la caballería al mando de los señores Emparan, Valparaíso y Pastor cortaba a los enemigos en las cañadas y los perseguía en su huida pereciendo muchos a sus manos, quedando el campo lleno de cadáveres, y otros precipitados en las barrancas de este piélago de montañas, que así como por su situación daban más facilidad de defenderse al enemigo y ofender con ventaja, han hecho también más gloriosas las acciones de estos valientes cuerpos decididos con entusiasmo por la causa de su soberano, de su religión y de la patria.

Al paso que se ejecutaban estos ataques por la vanguardia, el cuerpo de reserva mandado por el señor coronel don Manuel de Espinosa, compuesto del regimiento de dragones de Puebla y cuerpo de frontera de la colonia, al cargo de su comandante el capitán don Manuel Díaz de Solórzano, apoyaba desde la entrada de la cañada con el fuego de los dos cañones que cubrían la retaguardia del parque, el ataque de los cerros de Marfil, impidiendo que los insurgentes que habían quedado a la derecha y vuelto a situar otra batería, se avanzasen como lo intentaron a cortar la retaguardia, precisándoles con este oportuno movimiento y con la persecución enseguida por la caballería a abandonar su intento y volver a su anterior posición, dando lugar a que el regimiento de la Corona ejecutase las acciones que se han dicho.

Entretanto continuaba mi marcha por la izquierda con la columna de granaderos provinciales, venciendo todos los obstáculos que se presentaban al paso, subiendo la artillería por parajes difíciles y encumbrados, batiendo alternativamente las baterías enemigas de derecha e izquierda, y protegiendo las operaciones de todo el ejército, cuyo objeto llenó completamente este cuerpo, obrando ya reunido, ya con separación de batallones y compañías, según lo exigían las circunstancias. Durante esta marcha se destacaron la compañía de gastadores al cargo de su esforzado capitán don José Ignacio Vizcaya, las dos de México al de los capitanes don Rodrigo Neyra, y don Cristóbal Velasco, y las de Puebla al de la misma clase don José Manuel Núñez y los subalternos don Miguel Guillén y don Bernardo Maroto, a tomar otras dos alturas donde estaban situados los enemigos con artillería, y desde donde hacían fuego que inutilizaba en parte su misma elevación; lo que ejecutaron con la mayor prontitud y serenidad, especialmente las dos de Puebla, apoderándose de tres cañones y porción de municiones y pertrechos que entregaron con varios prisioneros al tiempo de incorporarse en su cuerpo.

Restaba aún que vencer una batería de cuatro cañones, que colocada en el centro entre la ciudad y el camino de Santa Ana, en el cerro llamado de Pánuco, incomodaba mi marcha; y habiendo destacado al sargento mayor de dragones de Puebla don Miguel del Campo, comandante de la izquierda del ejército, con orden de que la atacase a toda costa, lo verificó con el regimiento de dragones de San Carlos, mandado por su teniente coronel don Antonio Gutiérrez, con tal bizarría y denuedo que en pocos minutos desalojó a los enemigos y se apoderó de los cañones, en cuya acción quedó muerto de una bala de cañón el dragón Tomás Coronado y se distinguió el de la misma clase Luis Ambrosio, quien arrojándose a la batería quitó la vida a un artillero en el momento de dar fuego a uno de los citados cañones.

Desalojado el enemigo de todas las alturas, arrollado, disperso y puesto en fuga con Allende y demás cabecillas, que no tardaron en verificarla luego que vieron perdida la acción: me dirigí al cerro de Valenciana con el objeto de tomar un puesto dominante, que me proporcionase batir a la ciudad si encontraba alguna resistencia al otro día; y llegué a aquel punto después de las 5 de la tarde, teniendo que situar mis tropas por la noche en posición militar, pues los sublevados se dejaban ver aún esparcidos por los cerros, y el no recibir noticia alguna de la ciudad estando tan inmediata, daba motivo para recelar que aún permaneciese ocupada o defendida por algún cuerpo de los rebeldes.

No me engañé en mis recelos, pues a la mañana siguiente empezó a oírse el cañón del enemigo que se hallaba situado con dos piezas de artillería en el cerro llamado del Cuarto, por cuya inmediación debía pasar el ejército. Sobre la marcha hice batirlo por 2 cañones de a caballo y atacarlo en seguida por tropa de infantería y caballería, que los acometieron y tomaron el cañón con la misma celeridad que lo habían sido todos, y en cuya acción quedaron muertos de bala de sus mismos compañeros los granaderos de la primera de Celaya José María Mendoza y Manuel García.

Sin detenerme continué mi marcha a la ciudad lleno de dolor por la noticia que acababa de recibir de que la plebe por sí o sugerida de los insurgentes, había manchado sus manos en la inocente sangre de más de 150 entre europeos y americanos, que existían presos en la cárcel de Granaditas, acometiendo este lugar de horror en la tarde y parte de la noche anterior, y pasándolos a cuchillo a excepción de muy pocos que se abrieron paso a costa de mil heridas, por entre los cadáveres y sus asesinos: acción bárbara y detestable que llenó de indignación a todo el ejército, y que en el primer momento me obligó a tocar a degüello para llevar a sangre y fuego la ciudad; pero que mandé suspender por efecto de humanidad y para no confundir al inocente con el culpado. A mi llegada encontré al señor conde de la Cadena, que avisado por mi señal de marcha emprendió la suya con el regimiento de la Corona y las demás tropas que le siguieron el día antes, y se situaron por la noche en el cerro de San Miguel.

En esta larga y porfiada acción que duró cerca de 7 horas, en que se cogieron 22 piezas de artillería, y en que quedaron batidas y destruidas sus principales fuerzas, que los mismos habitantes hacen subir al considerable número de 70,000 hombres, llenaron completamente sus obligaciones todos los cuerpos de este ejército y excedieron mis esperanzas, no pudiendo elogiar bastante la serenidad, espíritu y bizarra conducta de todos los jefes, oficiales y soldados.

La artillería dirigida por su comandante el teniente coronel don Ramón Díaz de Ortega, y mandada por su segundo el de infantería don Juan Diez, por los tenientes don Pedro Sagarra y don Francisco Montalvo, el alférez de navío don Manuel Murga y los tenientes de la Corona don Francisco Falla y don Antonio Cayre, sostuvo los ataques de las tropas y batió las posiciones enemigas con el acierto y serenidad que siempre la distingue, conservando su merecida reputación. Debo nombrar también a don José de Torres que sirve con mucho honor y distinción en clase de voluntario, desde el principio de la campaña, y que en las acciones que precedieron a la toma de Guanajuato tuvo a su cargo uno de los cañones de vanguardia; a don José Portillo también voluntario que se empleó en el servicio de la artillería; al guarda parque don Juan Bernal, al sargento primero Santiago Aguirre, y al cabo segundo Santiago Urbina que se distinguieron por su actividad.

Los escuadrones de lanceros del mando del capitán de dragones provinciales don Pedro Meneso, se emplearon con mucha utilidad en la custodia de cargas y parque de artillería, en sostener y conducir a ésta por cerros casi inaccesibles, en recoger y extraer de cimas y barrancas profundas los cañones y pertrechos cogidos a los enemigos, y en servir las municiones a nuestras baterías; en cuyas importantes operaciones manifestó esta tropa su buena disposición y deseos de llegar a las manos con el enemigo, haciéndose recomendables por su celo los comandantes de escuadrón don Juan Pesquera, don Martín Collado, don Francisco Orrantia, don Manuel Oviedo y Cosío, don Matías Aguirre, don Ramón Cardona, don Francisco Goyeneche y don José Gabriel Armijo.

El señor mayor general de caballería coronel don Diego García Conde, y el de infantería teniente coronel don Manuel de la Sota Riva con sus ayudantes don Esteban Munuera, capitán de dragones de Puebla y el teniente del príncipe don Casimiro León, el capitán de la Corona don Juan Cosío, que sacó una herida contusa en el pie izquierdo en el ataque del cerro de la Higuera, y el de la misma clase ayudante del batallón de Huichapan don Antonio Padilla, desempeñaron con acierto sus encargos y obligaciones, y lo mismo los del cuartel maestre general capitanes don Saturnino Samaniego, don Francisco Diez de Bustamante y don José del Rivero, habiendo sido el primero herido de un golpe de metralla en una rodilla, en el ataque de la entrada de la cañada de Marfil, a quien y al capitán de mi escolta don Ramón Falcón, recomienda mucho mi segundo el señor conde de la Cadena, como también a sus ayudantes el de infantería de Valladolid don Manuel Gutiérrez de los Ríos, y al alférez don José Ignacio de la Cuesta.

Igualmente llevaron con acierto y actividad las órdenes, partiendo desde la vanguardia los capitanes don Bonifacio Tosta y don Bernardo Tello, el ayudante mayor de la Corona don Juan de Urquidi, los de la columna de granaderos teniente don Ignacio Urrutia y subteniente don José Mariano Zavala, el del cuerpo de patriotas de San Luis don Juan Juárez, los de dragones de España y México alférez don Josef María Barberi y don Ignacio Iberri; los de dragones de Querétaro, Puebla, San Luis y San Carlos, tenientes don Vicente Concha, don Vicente Bustamante, don Pedro Imáz y don José Mora, los alférez del cuerpo de frontera don Gabriel Barragán y don Carlos Gutiérrez, y el cadete de las tropas veteranas de Nuevo Santander don Manuel Rosales.

El cuartel maestre general de este ejército teniente coronel don Ramón Díaz de Ortega, y mi primer ayudante el del mismo grado don Bernardo Villamil, estuvieron a mi lado durante toda la acción, activando mis providencias, comunicándolas por medio de los ayudantes de campo, y presentándose en los puntos en que era conveniente dirigir y animar la tropa.

Creo propio de mi obligación, recomendar a vuestra excelencia al teniente coronel don Juan Nepomuceno de Oviedo comandante del batallón de patriotas de San Luis por su espíritu, utilidad de su tropa ligera e importantes servicios que con sacrificio de sus intereses está haciendo desde el principio de esta bárbara y absurda revolución; y también a las familias del dragón del regimiento de San Carlos Tomás Coronado, y de los granaderos José María Mendoza y Manuel García que murieron en la acción; el primero tiene padres ancianos: el segundo dos hermanas pobres, y el tercero una madre viuda, a quienes considero debe extenderse la piedad de vuestra excelencia.

Incluyo a vuestra excelencia el adjunto plano del terreno sobre que se dio la acción, para la mejor inteligencia de ella.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Silao diciembre 12 de 1810.— Excelentísimo señor.— Félix Calleja.— Excelentísimo señor virrey don Francisco Javier Venegas.

Todas estas acciones particulares, que están indicando desde luego la energía con que los fieles vasallos de FERNANDO VII han hecho alarde de su patriotismo y virtudes, han merecido justamente la superior consideración de su excelencia como lo manifiesta en la siguiente contestación.

Recibo el parte detallado y el correspondiente croquis de la acción y toma de Guanajuato, que las incesantes ocupaciones de vuestra señoría le habían obligado a diferir hasta el 12 del corriente.

Sin dilación lo haré publicar en gaceta extraordinaria; y sin perjuicio de proporcionar las demás gracias a que se han hecho acreedores los individuos de ese ejército; no sufriendo dilación los premios, que piden de necesidad las acciones más distinguidas, y las desgracias consecuentes al honroso desempeño de las obligaciones de la profesión, de que fueron víctimas Tomás Coronado, Josef María Mendoza, y Manuel García, dragón el primero del regimiento de San Carlos, y granaderos de Celaya los dos últimos; desde luego mandar a vuestra señoría se abonen por una vez para consuelo de su infortunio, cien pesos a los padres de Coronado, igual cantidad a las dos hermanas de Mendoza, para que las repartan entre sí; y la misma a la madre de García.

A los valientes Josef Rayas, dragón del regimiento de España, Ignacio Ruiz, Marcos Arroyo, que lo son del provincial de Querétaro, y Luis Ambrosio del de San Carlos, les concedo el uso de un escudo sobre el brazo izquierdo, en cuyo centro esté bordada una ciudad con la inscripción Guanajuato, y en su orla este letrero: Fidelidad y valor distinguido por FERNANDO VII en. Además de esta honrosa divisa se les gratificará a Rayas con cincuenta pesos; a Ruiz con treinta y cinco, y a Arroyo y Ambrosio con veinticinco a cada uno, haciéndose saber en la orden general del ejército.

Dios guarde a vuestra señoría muchos. México 16 de diciembre de 1810 a las 11 de la noche.— Venegas.— Señor don Félix Calleja.

Fuente: Wikipedia. Juan E. Hernández y Dávalos Colección de Documentos para La Historia de La Guerra de Independencia de México de 1808 a 1821. Tomo II. Coordinación Virginia Guedea, Alfredo Ávila. Universidad Nacional Autónoma de México 2007. La edición del tomo II de la Colección de documentos para la historia de la Guerra de Independencia de México de 1808 a 1821 estuvo a cargo de Edna Sandra Coral Meza, Rosa América Granados Ambriz, Raquel Güereca Durán, Rodrigo Moreno Gutiérrez, Eric Adrián Nava Jacal, Gabriela E. Pérez Tagle Mercado, Claudia Sánchez Pérez. Proyecto DGAPA PAPIIT IN402602. Creative Commons.

 
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