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UNA LECCIÓN DEL GENERAL GONZÁLEZ ORTEGA, HÉROE DE LA REFORMA

Al estallar la Guerra de Reforma, la mayoría de los militares profesionales y de más alta graduación habían sido seducidos por el Plan de Tacubaya, que desconocía la Constitución de 1857. Por esta razón, la pequeña fracción del ejército que defendía la legalidad se vio privada tanto de pertrechos como de hombres experimentados que la dirigiera. Por necesidad, el mando recayó en hombres que contaban con escasa o nula experiencia previa en cuestiones militares. Estos improvisados guerreros aprendieron de sus derrotas y finalmente alcanzaron la victoria sobre las huestes conservadoras.

Uno de ellos fue Jesús González Ortega, quien antes de la revolución de Ayutla se había desempeñado como escribano en una modesta notaría en Zacatecas. Su origen e inexperiencia lo hicieron víctima de crueles críticas, incluso de sus propios partidarios, quienes decían de él que era un “simple tinterillo, dueño de un orgullo tan grande como su suerte”. Esos comentarios hicieron mella en el ánimo de Santos Degollado, Melchor Ocampo y Miguel Lerdo de Tejada, principales líderes del bando juarista, quienes se mostraron inconformes e incluso profirieron alguna burla cuando a Ortega se le confirieron mayores responsabilidades. A pesar de saber lo que se decía de su persona, González Ortega nada dijo; continuó cumpliendo con sus encomiendas y pronto se reveló en él un estratega innato. Fue nombrado por Benito Juárez general en jefe del Ejército, y aun teniéndolo todo en su contra, logró lo que parecía imposible, derrotar al afamado campeón de los conservadores: el general Miguel Miramón.

La última batalla de la guerra de Reforma se libró en Calpulalpan el 22 de diciembre de 1860. Los conservadores fueron aplastados por las fuerzas comandadas por González Ortega, siendo su segundo Ignacio Zaragoza.

En el parte rendido al ministro de Guerra decía:

“Sírvase vuestra excelencia felicitar al excelentísimo señor Presidente por este suceso, anunciándole que probablemente pasado mañana estará el ejército federal en la capital de la República, para donde a su nombre suplico al mismo excelentísimo señor Presidente, se digne dirigirse cuanto antes, a fin de hacer más expedita su acción para que se consolide el orden constitucional”.

Conforme a lo prometido, los liberales se dispusieron a tomar la ciudad. Sus habitantes, pese a todo, no se privaron de celebrar, conforme a las costumbre de la época, con cohetes y un alegre novenario la fiesta de Navidad, excepto Miramón, quien abandonó la ciudad a la una de la mañana de ese día, no sin antes entregar el gobierno de la ciudad al Ayuntamiento y liberar a los generales constitucionalistas Felipe Berriozabál y Santos Degollado, a quienes mantenía presos en Palacio Nacional.

Importantes medidas fueron tomadas por los vencedores: un decreto publicado el 27 de diciembre, en el que se daba de baja a los miembros del ejército permanente que hubieran tomado las armas en contra de la Constitución, y el 28 fueron publicadas solemnemente las Leyes de Reforma, proclamadas en Veracruz el año anterior, a las que se añadió la ley que declaraba la libertad de cultos. Además, para brindar un homenaje a la tropa que había alcanzado la victoria y recompensar su entrega y lealtad, Ortega dispuso que el 1 de enero se realizara una parada militar con la que se celebraría, junto con el año nuevo, el restablecimiento del orden constitucional de México.

Poco antes de las 12 del día, las tropas liberales marcharon, en medio de la aclamación popular, a Palacio Nacional. Al frente de sus hombres, como era de esperar, se encontraba el general González Ortega.

El poeta porfirista Juan de Dios Peza, contaba con ocho años de edad cuando le tocó en suerte ser testigo del desfile y a él debemos una emotiva descripción, en la que recuerda cómo, desde las azoteas y ventanas de las casas, llovían al paso del cortejo flores y coronas de laurel, que el general atrapaba en el aire y las acomodaba en sus brazos.

A la altura de lo que hoy es la avenida Juárez, los miembros del Ayuntamiento esperaban para dar oficialmente la bienvenida a los triunfadores. Florencio M. del Castillo, a nombre de la ciudad, pronunció un discurso patriótico y puso en manos del general el estandarte de la ciudad.

La columna continuó con su camino y al pasar frente al edificio, que en otro tiempo fuera el palacio de Iturbide, González alzó la mirada y entre los espectadores descubrió a Santos Degollado, quien, caído en desgracia con una causa judicial pendiente en su contra, había perdido el mando supremo del Ejército. Detuvo su caballo y a toda la tropa y ordenó a un subordinado que invitara a Degollado a unirse al cortejo.

El aludido quiso negarse, tal vez avergonzado porque en el pasado había dudado de las capacidades del hombre que ahora lo invitaba a compartir su triunfo; sin embargo el general no estaba dispuesto a recibir excusas y le dijo:

–Señor general Degollado, enfrente de usted, yo no tengo méritos ni grandezas propias. Yo no soy más que un soldado de fortuna, un militar improvisado a quien la victoria le ha sonreído por casualidad. Es usted quien debe marchar al frente de la comitiva–. Lo abrazó y puso en sus manos una corona de laurel y el estandarte que había recibido del Ayuntamiento.

Degollado no tuvo ánimos para rechazar la invitación; montó un caballo que le ofrecieron y juntos reanudaron la marcha por las calles de Plateros (hoy Francisco I. Madero). Más adelante, González Ortega hizo un nuevo alto y, señalando otro edificio, ordenó a su asistente:

–Vaya usted a llamar a aquellos señores que están en ese balcón para que ocupen sus puestos delante de nosotros.

Volvió el comisionado y los convocados ocuparon el lugar que se les había designado; eran Melchor Ocampo y Miguel Lerdo de Tejada, a quienes, como había hecho con Degollado, les hizo entrega de las coronas de laurel que había recogido a su paso y, según recuerda Juan de Dios Peza, para vencer su resistencia, les dijo:

Estos laureles pertenecen a ustedes, que han pensado, que han sufrido, que han luchado sin tregua, y no a mí, que soy, por privilegio del cielo, acaso, un soldado nuevo, un humilde tinterillo de Teúl, a quien ha sonreído la fortuna.

Ese día de enero, hace casi 150 años, el general González Ortega dio una gran lección de humildad a los principales hombres de la Reforma, pero pronto comenzó a declinar la suerte que siempre lo había acompañado. Fue nombrado ministro de Guerra por el presidente Juárez, de quien comenzó a distanciarse hasta entrar en franco conflicto en 1865 cuando ambos disputaron acremente por la presidencia de la República. De cualquier modo, permanecerá siempre el recuerdo del momento en que el máximo héroe militar de la Reforma, reconoció que la victoria obtenida había sido labor de todos los hombres que lucharon en ella.

Fuente: Wikipedia. Articulo autoría de Raúl González Lezama, investigador del INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Creative Commons.

 
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