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LA SOBERANA CONVENCIÓN Y LOS AVATARES DE LA REVOLUCIÓN

 

 

La tarde del 16 de enero de 1915, el salón de sesiones de la Cámara de Diputados en la Ciudad de México estaba a reventar. El general coahuilense Roque González Garza, en su papel de presidente de la Soberana Convención Revolucionaria, subió a la tribuna para informar a la asamblea que el encargado del poder Ejecutivo de la Nación, el general Eulalio Gutiérrez, había abandonado la Ciudad de México sin autorización de dicho cuerpo colegiado y sin dictar las “órdenes necesarias para evitar cualquier trastorno público”.

 

En vista de los acontecimientos, González Garza asumió el mando provisional de la Ciudad de México y las poblaciones circunvecinas, decretó la ley marcial para todos aquellos que alteraran el orden, se prohibieron las manifestaciones públicas y se ordenó a las fuerzas militares acatar las órdenes del presidente de la Convención.

 

Acto seguido, el zapatista Antonio Díaz Soto y Gama presentó una iniciativa que contenía dos puntos: el primero, cesar al general Gutiérrez del cargo de presidente provisional; y segundo, la Convención (como depositaria de la voluntad popular) reasumiría el Poder Ejecutivo que se ejercería “por conducto de su presidente, el C. general Roque González Garza”. El proyecto fue aprobado por abrumadora mayoría.

 

A las 9:15 de la noche de ese 16 de enero, González Garza hizo la protesta de ley como nuevo presidente de la República y sus palabras revelaban el difícil momento por el que atravesaban el país y la Revolución. En su opinión, se necesitaba terminar con el “estado anómalo” que reinaba en la capital; comunicar a todos los gobernadores y comandantes militares de los estados su nombramiento, “encareciéndoles en bien de la Patria” se sirvieran acatarla; y por último, lo más importante, “hacer todo lo posible por atraer a todos los hombres de bien y de espíritu enteramente revolucionario; aquellos que por malos consejos o desorientados por los acontecimientos desarrollados en nuestra Patria, no están con nosotros”.

 

El llamado a la unidad revolucionaria resultaba fundamental, no sólo por el conflicto suscitado con el general Eulalio Gutiérrez, sino por la ruptura entre Venustiano Carranza y el gobierno de la Convención. Para colocar los dichos del presidente González Garza en su justa dimensión, vale la pena hacer un poco de historia.

 

En julio de 1914 se reunieron en Torreón delegados de la División del Norte y del Noreste para zanjar las diferencias surgidas, durante el combate al huertismo, entre el general Francisco Villa y Venustiano Carranza. En aquel momento se limaron asperezas y se llegó al acuerdo de que el Primer Jefe llamaría a una convención de los principales líderes constitucionalistas para señalar la fecha en que se realizarían elecciones y discutir el programa de gobierno de la Revolución.

 

Al igual que otros miles de compañeros de armas y de partido, el general Ángeles optó por establecerse cerca de la frontera. Con la ayuda de su amigo José María Maytorena, ex gobernador de Sonora y acaudalado hacendado, intentó establecer un pequeño rancho en las afueras de El Paso, al que llamó El Bosque. Sin embargo, sus virtudes como agricultor no corrieron a la par con sus dotes como artillero y la empresa fracasó tras dos años de intentos infructuosos por consolidarla.

 

La Convención se inició el primero de octubre en la Ciudad de México y continuó sus trabajos a partir del día 10 en Aguascalientes. El bullicio era enorme en la ciudad: sus calles y plazas fueron inundadas por centenares de oficiales y soldados, casi todos pertenecientes a los estados mayores y escoltas de los generales que concurrieron a la reunión. El Teatro Morelos, sede de los debates, estaba lleno a reventar, pues los palcos y galerías se atiborraron tanto de civiles como de soldados y de una que otra mujer galante que, a los ojos de los observadores, jugaban más bien el papel de espías.

 

Este ambiente festivo y de cordialidad fue desapareciendo conforme transcurrieron los días y los hechos se fueron desarrollando. El Primer Jefe inauguró los trabajos dejando a sus hombres de confianza el manejo de la asamblea, sólo que la preeminencia del constitucionalismo se fue diluyendo al sumarse los villistas y los zapatistas; esto quedó en evidencia cuando la Convención se declaró soberana, adoptó el Plan de Ayala y emitió un dictamen para proceder a la designación de un presidente interino para la República Mexicana.

 

Precisamente esta última cuestión, la posibilidad de que hubiera un relevo en el poder, abrió un nuevo capítulo de la pugna entre Carranza y Villa, a la que se sumó el general Emiliano Zapata. El Primer Jefe ponía como condiciones para dejar su cargo que se instalara un gobierno preconstitucional que llevara a cabo las reformas sociales y políticas que necesitaba el país, y que los generales Villa y Zapata renunciaran al mando de sus fuerzas y se expatriaran junto con él. Ante la polarización de las posiciones, el desenlace parecía previsible, Carranza fue declarado en “rebeldía” y tuvo que trasladarse con su gobierno a Veracruz, mientras que Villa y Zapata se convirtieron en el sostén del régimen de la Convención.

 

Definidos los bandos, el primero de noviembre de 1914 se reunieron los convencionistas para elegir un presidente interino de la República. El general Antonio I. Villarreal era uno de los aspirantes más fuertes, sólo que fue vetado por los zapatistas. El general Álvaro Obregón inició inmediatamente sus gestiones políticas para buscar otro candidato, que resultó ser el general Eulalio Gutiérrez, gobernador y comandante militar de San Luis Potosí.

 

El general Gutiérrez fue electo para el cargo por 79 votos a favor y 49 en contra, e hizo la protesta de ley como presidente provisional de la República, a las 12 horas del 6 de noviembre de 1914. El ideario del nuevo encargado del Poder Ejecutivo era el que marcaba los tiempos: “Soy la autoridad legítima del país; no represento a facción alguna sino a toda la Revolución. Aquí ya no hay villistas, ni carrancistas, ni zapatistas, sino convencionales y simpatizadores del gobierno nacional”.

 

El momento resultó apoteósico. Las bandas de música situadas en las galerías y en el pórtico del Teatro Morelos tocaron el Himno Nacional, las campanas de los templos se echaron al vuelo y una batería de cuatro cañones lanzó una salva de 21 disparos. Gutiérrez escogió como miembros de su gabinete a dos personajes que serían emblemáticos para la cultura nacional: José Vasconcelos, a quien nombró Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, y al ingeniero Valentín Gama, encargado del ministerio de Fomento, Colonización e Industria.

 

Sin embargo, como bien señala Vito Alessio Robles, subsecretario de Justicia en dicho gobierno, los convencionistas creyeron que con la elección de Gutiérrez se aseguraba la paz en el país, pero en realidad, era el inicio de una nueva guerra civil larga y dolorosa.

 

Los síntomas iniciales de este desalentador panorama se conocieron desde los primeros momentos de la gestión de Eulalio Gutiérrez, los cuales fueron muy agitados debido a las presiones políticas. Los carrancistas que lo habían llevado al poder, incluido el general Obregón, lo abandonaron, y los gobernadores y jefes adictos al Primer Jefe desconocieron a la Convención; incluso su hermano mayor, el general Luis Gutiérrez, quien era jefe de armas en Coahuila, también se declaró abiertamente carrancista. En un intento desesperado por evitar la ruptura, el presidente Gutiérrez se acercó a Carranza, quien desde Veracruz le respondió: “No puedo reconocer el gobierno que pretende establecer la Convención, porque carece de bases legales y de facultades para gobernar”.

 

Sin posibilidad de acuerdo, las avanzadas del ejército zapatista, a las órdenes del general Antonio Barona, ocuparon la Ciudad de México la noche del 24 de noviembre de 1914. Desde ese momento, debido a la fama de bandoleros que se les había inventado a los revolucionarios sureños, el pánico se apoderó de la capital. Las casas, mercados y tiendas estaban cerradas a “piedra y lodo”; se suspendió el servicio de tranvías y no había guardias en las calles. Pero, para sorpresa de la población, no se cometieron excesos, se designaron rondines para patrullar las calles desiertas y se expidieron decretos para castigar con la pena capital a todo aquel que robara. Tan “pacíficos” eran los zapatistas, que se les podía ver tocando las puertas de las casas para solicitar que se les diera un poco de comida.

 

Tres días después, llegó el general Emiliano Zapata a la capital y el 30 lo hizo Francisco Villa acompañado de su Estado Mayor; con ello quedaba dispuesto el escenario para uno de los momentos más celebres de toda la Revolución. Ambos caudillos se reunieron el 4 de diciembre de 1914 en Xochimilco, que se había adornado como para una feria, con flores y trajineras; los niños de las escuelas entonaron canciones y la banda municipal interpretó sus mejores melodías. Los asistentes al encuentro hablaron del “bandido” y “canalla” de Carranza, del amor de los pueblos a su tierra y del papel que jugaron las fuerzas de la División del Norte en la caída del régimen de Huerta. Asimismo, se estableció (en lo que se conoció como el Pacto de Xochimilco) que Villa surtiría de armas y municiones a los zapatistas. Para finalizar la reunión, tomó la palabra el general Roque González Garza, quien comparó dicho momento con el Abrazo de Acatempan que selló la Independencia Nacional.

 

A la histórica reunión siguió un “imponente” desfile conjunto de la División del Norte y del Ejército Libertador del Sur que se celebró el domingo 6 de diciembre. Más de treinta mil hombres recorrieron las calles de la ciudad; las avenidas estaban pletóricas del gentío que se apretujaba para conocer a los caudillos; en la avenida Madero, la multitud gritaba a los cuatro vientos: ¡Viva Villa! ¡Viva Zapata!, al tiempo que caía sobre las espaldas de éstos una verdadera lluvia de flores, confeti y serpentinas.

 

El presidente Eulalio Gutiérrez, los ministros, altos funcionarios y diplomáticos ocuparon los balcones del Palacio Nacional para presenciar el desfile. Posteriormente, se sumaron los generales Zapata y Villa, este último aprovechó la ocasión para divertirse un momento sentándose en la silla presidencial. Más tarde, se sirvió un banquete, del cual José Vasconcelos dejó una viva descripción; así relata que mientras Villa se “ensañaba” con la pierna de un ave, Zapata comía en silencio; igualmente contrastaba la “sencillez” de las ropas del Centauro del Norte con las del general suriano, que se asemejaban más a las de un “picador” de toros por su chaqueta corta llena de “abalorios” y oro. La reseña de Vasconcelos termina con una premonición involuntaria: “La comida fue excelente; los vinos franceses de primera, y al final se sirvió champaña, pero se evitaron los brindis. Cuando Eulalio hizo gesto de levantarse después del café, el cognac y el puro, Villa, que había estado correcto, se creyó obligado a decir algo; —“Bueno señores: comida acabada, compañía deshecha”—.

 

Resultaba una premonición porque después de ese momento surgieron las dificultades al interior del gobierno de la Convención que terminaría, en palabras de Villa, en “compañía deshecha”.

 

Las fricciones surgieron prácticamente desde la comida en Palacio Nacional. El general Juan Banderas, apodado El Agachado, se la pasó viendo con “ojos torvos” a Vasconcelos, pues lo había tanteado cuando estuvo preso, y juraba que no pasarían dos días sin que se lo quebrara; por su parte, el general Zapata se topó con el general García Aragón, un rendido al huertismo, a quien mandó apresar y posteriormente fusiló en los cuarteles de San Lázaro. A estos ajustes de cuentas siguieron los asesinatos de David Berlanga, a manos de las fuerzas villistas, y del periodista zapatista Paulino Martínez. El presidente Gutiérrez empezó a quejarse de los “desmanes” de las fuerzas revolucionarias.

 

El presidente convencionista tenía razón en condenar la violencia en tanto enrarecía el ambiente; sin embargo, las cuestiones políticas eran las que lo tenían presionado. Por ejemplo, los zapatistas se quejaban de que sus hombres no formaban parte del gabinete presidencial, mientras que Villa comenzaba a desconfiar de las negociaciones de Gutiérrez, y tenía motivo para ello, ya que los miembros de la Comisión Permanente de la Convención —después de entrevistarse con el susodicho— se pasaron al carrancismo. Algunos consejeros, de esos que no faltan en momentos de crisis, se le acercaron para sugerirle que si nulificaba a Villa y Zapata, seguramente contaría con el apoyo de Obregón. El presidente Eulalio Gutiérrez comentó en algún momento: “Yo ya estoy cansado y quiero tirar esta tiznada arpa”.

 

Los tiempos presagiaban tormenta a pesar de la creación de la Secretaría de Agricultura, la inclusión de los zapatistas en el gabinete y de la reanudación de las sesiones de la Convención Revolucionaria. Y la tormenta llegó cuando Gutiérrez, después de un primer intento infructuoso, logró fugarse de la Ciudad de México en la madrugada del 16 de enero de 1915.

 

Fue así, en medio de estas circunstancias, como el general Roque González Garza llegó a la presidencia de la República.

 

De esta manera, las dificultades por las que atravesó el gobierno de Eulalio Gutiérrez eran sólo una muestra del arduo camino que tenían que recorrer los miembros de la Convención para sacar adelante su proyecto de nación. El general González Garza primero, y el licenciado Francisco Lagos Cházaro después, guiaron al gobierno convencionista hasta la expedición, el 18 de abril de 1916, de su programa de Reformas Político-Sociales que se convertiría en el primer gran esbozo del México revolucionario.

 

Fuente: Wikipedia. Articulo autoria de Edgar D. Rojano García. Investigador del INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Secretaría de Educación Pública 2013. Imagen tomada de: Fototeca de la Dirección de Monumentos Históricos INAH. Creative Commons.

 

 
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